Y Trump ha sepultado bajo aranceles a… al consumidor medio estadounidense #Katecon2006

La guerra comercial, emprendida por Trump hace ya bastantes trimestres, enseguida empezó a revelarse como un conflicto a gran escala y con un enfoque de “uno contra todos”, a pesar de haber escenificado una especial virulencia en el auténtico aluvión de aranceles bajo a el que ha sepultado a China.

México, Canadá, Unión Europea, Japón… la lista no parece tener fin para un Trump que sigue empecinado en que, a golpe de fiscalizadores aranceles, está reconquistando el mundo, cuando en realidad está dañando significativamente también a la economía de EEUU y a los propios estadounidenses. La pregunta correcta no era a quién le cae el peso de cada arancel, sino quién los iba a acabar pagando. Y no, las cosas no han sido lo que alguno esperaba tan simplistamente.

El objetivo no era sólo China, sino todo «el mundo mundial»

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Para los que ya están aburridos de leer aquí a allá sobre cada nueva ocurrencia de Trump para su particular cruzada comercial, tan sólo les vamos a resumir aquí cómo la escalada bélico-comercial ha alcanzado también el rango de conflicto con otros países, y la inmensa mayoría de ellos eran antiguos y fuertes aliados de EEUU.

Entre ellos está Canadá, país con el que Trump rompió el antiguo tratado de comercio NAFTA, que también englobaba a México. Las tensiones llegaron a mayores, aunque finalmente las aguas acabaron volviendo a su (relativo) cauce tras la firma de un nuevo tratado comercial.

Con Europa, las primeras refriegas dignas de consideración empezaron con la guerra del acero, cuyo foco pasó rápidamente de fiscalizar las importaciones de acero chino, a hacer lo propio también con el de origen europeo. Y tras el reciente desarrollo de los acontecimientos, esta sub-guerra del acero también podría estar tocando a su fin. Pero ahora, como no podía ser de otra forma, surgen renovadas tensiones con la Unión Europea espoleadas por Trump, y han pasado a tener como objetivo el mercado automovilístico, verdadero corazón de la industria europea más exportadora, y en especial en el caso de la locomotora europea: Alemania. Precisamente parte de este nuevo campo de batalla puede ser la famosa “Guerra del diésel” que tanto daño está causando a Europa.

Con Japón, otro tradicional aliado de EEUU, ha habido igualmente sus más y sus menos, aunque últimamente son los menos los que también van inclinando la balanza hacia el conflicto comercial. Así, como habrán podido leer en el enlace anterior, esa nueva arena de lucha comercial en que se está convirtiendo el sector del automóvil, también está afectando a las relaciones entre EEUU y Japón: la industria automovilística es también una industria clave para la economía japonesa.

Y con su ineludiblemente vecino del sur, México, Trump no sólo ha discutido de muros y alambres de espino. El conflicto comercial también ha estado muy (pero que muy) presente, y en este caso la escalada bélico-comercial tiene una especial trascendencia para ambos países, por la profunda imbricación de sus respectivas economías. Efectivamente, las industrias establecidas a ambos lados de la frontera sur de EEUU tienen entre sí un continuo trasiego de personal y de mercancías, con unos procesos productivos que, muchos de los cuales, están en la práctica mayormente distribuidos entre suelo mexicano y suelo estadounidense.

Así que, por muy líder económico mundial que haya sido hasta ahora, cuando un país como EEUU se pone por objetivo bélico-comercial al resto del mundo, debe tener mucho cuidado, y sopesar si en realidad las cosas no son lo que parecen, y el verdadero objetivo a derribar podría estar siendo él mismo.

Pero no sólo de países afectados va la cosa, también hay enfrentamientos por sectores, y el tecnológico es uno de los más afectados

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Esta guerra comercial a gran escala es realmente tan polifacética como pueden ser sus intenciones últimas. No se puede analizar únicamente desde un prisma de objetivos nacionales, sino que hay que ampliar el espectro del análisis al impacto por sectores industriales y productivos, y sorprendentemente los dañados por las lesivas políticas de Trump pueden acabar siendo aquellos a los que se suponía que más podían beneficiar.

Inevitablemente hay que hablar ahora del sector tecnológico, aparte de los sectores anteriormente ya mencionados del sector acerero o de la industria del automóvil. Y por cierto, en referencia a este último, Trump llegó a calificar a las industrias automovilísticas europea y japonesa literalmente de amenaza para la seguridad nacional de EEUU. Esto ya no es ni retórica, es lo que podríamos llamar directamente “Retorzórica”, porque efectivamente se retuercen hasta el extremo palabras y argumentos. Y no soy yo el único que piensa así, porque como podrán leer en el enlace anterior, no sólo es la UE la que no coincide en absoluto con Trump en este punto, sino que también la propia Organización Mundial del Comercio (OMC) es la que ha mostrado su desacuerdo con tan rocambolesca calificación.

Por el lado más «techie», la guerra abierta declarada entre EEUU y el fabricante de tecnología chino Huawei está ya en boca de todos. EEUU también declaró a esta empresa un riesgo para la seguridad nacional, y además de cerrarle las redes de telecomunicaciones del país a sus equipos de 5G, con posibles implicaciones por todo el globo, Google también tuvo que anunciar que debía dejar de permitir a Huawei instalar Android en sus smartphones. Pero Huawei es ya un fabricante con bastante músculo tecnológico y financiero, comparable por ejemplo al de otros jugadores del sector como la surcoreana Samsung, y así Huawei ha decidido lanzarse (¡Qué remedio!) a desarrollar e instalar un sistema operativo propio en sus terminales.

Pero dada la refriega legal en la que ha derivado la guerra comercial en el terreno más tecnológico, las consecuencias de las acciones de castigo emprendidas por la administración Trump van mucho más allá del mercado estadounidense. Que EEUU haya calificado a Huawei como la ha calificado, le cierra muchas otras puertas en otros países con los que EEUU tiene relaciones legales y comerciales, y sobre los que tiene (todavía) una gran capacidad influencia, sin ir más lejos en la propia Europa. Por otros motivos como son las amenazas con nuevos aranceles sobre las importaciones chinas, el gobierno chino ha llegado a calificar las acciones de Trump de “terrorismo económico”.

Está por ver si con esta deriva tecnológica de la guerra de Trump éste consigue derribar al gigante Huawei como ya hiciera con ZTE, o si por el contrario sus restricciones tan sólo pueden provocar que la empresa de tecnología china se vuelva autónoma e independiente, y acabe convirtiéndose en una alternativa real e integral a la tecnología “made in USA”. Eso encajaría con el escenario de un mundo «regionalizado» que ya les dibujamos al analizar la actual ola des-globalizadora. Por otro lado, y según resaltaba Medium en el enlace de antes, en la arena tecnológica hay otros grandes y destacables afectados, como por ejemplo es Apple: una empresa que va a ver seriamente dañados sus márgenes comerciales (y/o precios finales) con unos aranceles que le impactan en la línea de flotación. Sobre Apple además se cierne una probabilidad muy alta de que sea tomada como rehén por el gobierno chino para las represalias que sin duda traerá el caso Huawei. En los próximos trimestres se nos irá desvelando el desenlace final de este serial “techie” por entregas.

Y esos aranceles no sólo no benefician a los que iban a beneficiar, sino que bajo su espeso manto de nieve todos quedan sepultados (también los estadounidenses)

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Hasta el momento, la política de “aranceles para todos” de Trump no ha producido apenas beneficios tangibles para la economía de EEUU, salvo por unos frescos dólares para el gobierno federal por la recaudación de las nuevas tasas de aranceles. Pero poco más hay de números negros para Estados Unidos S.A. tras tanta batalla y tanto titular. En realidad, el color que más predomina en la cara de los ejecutivos y empresarios cuando se les nombran los aranceles es el de rojo sangrante.

Y las últimas consecuencias son tan complejas y difíciles de anticipar como la propia economía, porque la globalización está ya tan extendida que pretender desmontarla en cuestión de dos años, a base de políticas agresivas y viscerales, es literalmente tarea imposible (y suicida). Como ejemplo pueden ustedes tomar el caso que se exponía en el artículo de Medium enlazado antes, y que dibujaba un panorama empresarial y unos datos de los que también se ha hecho eco la prensa tradicional. Las medidas de respuesta de la UE y Japón ante la deriva estadounidense han hecho que las empresas exportadoras de langostas del estado de Maine, donde son toda una industria a nivel estatal, hayan sufrido una abultada caída del 50% en sus exportaciones a la UE y del 80% a China.

Pero el sufrimiento no acaba ahí, con un mero impacto directo para un negocio que sustenta a muchas familias y empresas familiares. Este sector está asistiendo atónito al despeñe de sus cifras de ventas, pero además en paralelo a verse forzado a asumir los nuevos costes derivados de una nueva regulación medioambiental, para la que tienen que renovar sus medios de pesca. Pero no crean que los fabricantes van a ser los beneficiados: para desarrollar los nuevos productos con I+D, los fabricantes necesitarían acometer unas inversiones cuantiosas, en un doloroso contexto de caída generalizada de ventas por la crisis del sector.

Eso por no hablar del impacto añadido que supone para estos fabricantes tener que plantearse asumir el impacto de unas caras importaciones de acero canadiense, de las que dependen geográfica y productivamente, y sobre las que han recaído también aranceles. Así, se ven entre la espada y la pared: repercutir los aranceles en los precios y deprimir más el mercado, o asumir las pérdidas en sus propios y renqueantes márgenes. Como les decía, la complejidad y las derivadas de la micro y macroeconomía son múltiples, y pretender simplistamente desplegar de forma airada toda una batería de medidas bélico-económicas desde la visceralidad más irreflexiva, y sin prácticamente analizar su verdadero impacto final, es una política preocupantemente suicida.

Pero sí, es cierto, la langosta de Maine en el contexto general de Estados Unidos es una pequeño negocio, sabroso, pero demasiado pequeño como para evaluar el impacto nacional en toda su plenitud de la visceral guerra arancelaria de Trump. Aunque esto tampoco es un argumento sólido como debiera, porque lo cierto es que situaciones como la expuesta están bastante generalizadas, y el daño y el impacto que están sufriendo muchas industrias es muy importante también en el contexto más general.

Como demostración de ello, no se puede pasar por alto el hecho de que las comercialmente bélicas políticas de Trump están generando gran alarma e inseguridad entre el empresariado estadounidense, hasta tal punto que nada más y nada menos que 600 empresas se han atrevido a alzar la voz ante el autoritario y resoluto Trump, y le han dirigido una carta abierta para comunicarle sus hondas preocupaciones ante su dañina deriva comercial, pidiéndole además que no siga incrementando salvajemente los aranceles, tal y como pretende seguir haciendo.

La guerra arancelaria actual es un acto de mediático patriotismo económico, pero de escasa efectividad (e incluso de «contra-efectividad»)

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Para empezar, bajo el contundente subtítulo anterior, hay que decir que, tal y como ya les anticipamos en el análisis «Así neutraliza China el impacto de los misiles arancelarios de Trump«, cada vez que Trump anuncia un nuevo golpe a un país como China a base de nuevos aranceles, acto seguido, en unos mercados de divisas internacionales donde hay cierta flotación de divisas («cierta» porque en el caso chino está limitada), automáticamente las divisas de los países afectados se devalúan frente al dólar. Así ha sido por ejemplo en el caso de China y México, y de manera similar ocurre en bastantes más casos de la guerra comercial (con especial incidencia en los países más dependientes de la importaciones estadounidenses). La realidad es que esos aranceles tan sólo están demostrando ser un mediático, efectista y visceral acto de patriotismo económico, porque su eficacia para los objetivos que enarbola Trump es más bien contraproducente a toda vista.

Por más que este efecto pudiese ser evidentemente previsible para el común de los mortales salmón, no lo era (ni lo es) para el injustificadamente resoluto Trump, que sigue insistiendo incomprensiblemente en golpear a sus oponentes comerciales una y otra vez con más y más aranceles. Y ya no es que el arancel a esos productos extranjeros, que trata de dañar Trump selectivamente en la aduana, pierda buena parte de su efecto final porque la depreciación de la divisa lo abarata casi en la misma proporción, es que además el daño ocasionado a la economía de EEUU es aún mayor. Esto es así porque, mientras que los aranceles afectan a determinados productos sobre los que han sido impuestos, la depreciación de la divisa afecta absolutamente a todas las importaciones procedentes desde el país (pretendidamente) atacado.

Así por ejemplo, más allá de langostas e importadores tecnológicos, tenemos otro claro ejemplo de un daño severo para la economía estadounidense, y es la propia industria del automóvil de EEUU. En la frontera sur de El Paso, el trasiego diario de trabajadores (legales) y mercancías es contínuo y muy intenso. Una de las industrias más activas en la zona, a ambos lados de la frontera, es la automovilística. Antes de montar finalmente una pieza en las cadenas de montaje de las plantas de producción de automóviles, una misma pieza o sus componentes han podido pasar la frontera bastantes veces.

Si por cada vez que pasa por la aduana, hasta estar lista para su emsamblaje, se le repercute un importante arancel, tenemos que el daño ya no es sólo por el propio arancel, sino por el alto y dañino efecto multiplicador de esos aranceles sobre industrias con procesos de producción complejos y distribuídos como es la del automóvil. Finalmente, Trump decidió no aplicar los últimos aranceles que anunció para su vecino del sur, demostrando una vez más que sigue practicando la teoría de juegos según ya les analizamos, pero, primeramente no descarten que en cualquier momento Trump pueda volver a la carga, y en segundo lugar, el caso expuesto es un excelente ejemplo de cómo esos aranceles pueden tener efectos imprevisibles en un contexto de economías globalizadas e interdependientes, y de la misma manera la dañina situación expuesta puede presentarse en otros sectores y países. Y no duden de que Trump «juguetea» contínuamente con esas amenazas de aranceles, pero si se siente desagraviado, no duden de que puede ejecutar desairadamente cualquiera de sus amenazas.

Y alguno pensará que todo este padecimiento económico es por una «buena» causa, que sería reducir el déficit comercial estadounidense que Trump tanto satanizó durante la campaña electoral que le llevó finalmente a la Casa Blanca. Pues bien, esto es sufrir por sufrir, porque lo que se dice reducir reducir el déficit comercial, va a ser que no. Con la la (por ahora) puntual excepción del mes de Abril, lo cierto es que, desde que Trump emprendiese su dañina contienda, el déficit comercial estadounidense no sólo no se ha reducido de manera significativa comercial, sino que incluso se ha llegado a ampliar.

Pero el daño provocado por esos misiles arancelarios lanzados desde la visceralidad aún va todavía (mucho) más allá

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Pero es más, el efecto indeseado de los aranceles todavía va mucho más allá de todo lo anterior (que no es ni mucho menos poco). Con permiso de las divisas que mencionábamos antes, en la medida en la que esos aranceles pueden acabar impactando en el precio de los productos extranjeros a los que pretenden teóricamente dañar, lo cierto es que, más que dañar a las empresas extranjeras, lo que de verdad dañan es el bolsillo de los propios estadounidenses. En un artículo del New York Times se exponía cómo se han publicado recientemente dos nuevos y reveladores estudios que demuestran cómo los efectos de los aranceles de Trump sobre el bolsillo de los estadounidenses están anulando el efecto beneficioso que estaban dejando los recortes de impuestos del presidente.

Y por cierto, esos recortes han sido a costa de la abultada y prácticamente insostenible deuda federal, que a ver cómo solucionan ahora como no acaben recaudando lo que tan eufórica y categóricamente predicaban. Y eso por no hablar del déficit estatal, que se ha disparado más de un 40% entre mayo de 2018 y mayo de 2019. En concreto, en el NYT explicaban que el billón y medio de dólares de rebajas fiscales que eran la parte que beneficiaba a las clases medias y humildes ha quedado totalmente anulado por el sobrecoste de los aranceles en los productos del mercado estadounidense. Las clases altas tampoco salen mucho mejor paradas, y aunque su saldo es todavía positivo, lo es por un escaso margen.

En este otro artículo de Bloomberg sobre el tema hacen los números detallados, y ponen negro sobre blanco en lo que respecta a importes, dólares y balances sobre el bolsillo medio estadounidense. Así, exponen cómo la clase media estadounidense se vió beneficiada por unas rebajas fiscales que le inyectaban una media de 930 dólares por hogar y año a finales de 2017 según el Centro para las políticas fiscales Urban-Brookings. Por otro lado, también exponen cómo, según un estudio de la Reserva Federal de Nueva York, los aranceles tienen ya tras el subidón del pasado mayo un efecto detractor sobre el bolsillo medio estadounidense que asciende a 831 dólares anuales por hogar.

Sí, el saldo es todavía positivo, pero por la mínima, y si además a eso sumamos el efecto de la nueva ronda de aranceles anunciada por Trump para junio (volviendo así a atacar a China), los números para los hogares estadounidenses se volverían de color rojo intenso: estimen ustedes mismos que esos 831 dólares por hogar y año se corresponden a una carga arancelaria sobre importaciones por un valor total de 283.100 millones de dólares (ver datos desglosados aquí). Ello arroja una recaudación vía aranceles de 69.300 millones, lo cual supone un recargo medio en la aduana del 24,47%.

Los nuevos misiles arancelarios gravarían productos chinos por valor de 300.000 millones adicionales, y asumiendo (esto son estimaciones aproximativas) el mismo tipo medio del 24,47%, ello arroja unas nuevas imposiciones por valor de 73.436 millones de dólares. Si los 69.300 millones actuales se han traducido en una carga fiscal de 831 dólares anuales por hogar, una simple regla de tres dará como estimación aproximada 880,6 dólares adicionales de nueva carga fiscal anual por hogar estadounidense. A pesar de lo aproximado de unos cálculos basados en una cierta estimación, el verdadero y revelador valor de estos números está en el orden de magnitud, y éste evidencia cómo la nueva fiesta arancelaria con la que Trump amenaza sería similar a todas las fiestas anteriores sumadas hasta este momento. Así, aquellos exíguos 100 dólares por hogar y año de saldo positivo que dejaba la combinación rebajas fiscales+aranceles, arrojaría tras el nuevo incremento arancelario un abultado saldo negativo de cientos de dólares anuales por hogar, que pueden estimarse en unos 780 dólares por hogar y año.

Ahora supongo que entenderán por qué la expectación (y la tensión) es máxima ante este nuevo y contundente ataque balístico preparado desde las lanzaderas estadounidenses, y en el ambiente se palpa un tenso compás de espera en un escenario que sube y baja más que una montaña rusa, y en el que la última noticia es ahora que China y EEUU van a retomar sus negociaciones en breve. Salvo que un acuerdo de último momento no lo remedie en las imprevisibles nuevas negociaciones Trump-China, éste será el nuevo escenario cuando los nuevos aranceles anunciados tomen vigencia.

Y algunos habrán llegado a pensar que el que suscribe estas líneas se contradice, porque por un lado afirmo que Trump ha aumentado aún más la ya casi insostenible deuda estadounidense a base de la arriesgada apuesta de llevar a cabo unos agresivos recortes de impuestos, y por otro explico hoy cómo lo que Trump les da a los estadounidenses (sobre todo a los de clase media y humilde) por el lado de esos recortes, se lo quita vía aranceles. Pues bien, la realidad es que si hacen un análisis más detallado de los flujos económicos de ambas cosas, las tesis de estas líneas son perfectamente válidas y coherentes. El tema no va sólo de importes, sino que realmente aquí lo más relevante son los tiempos.

Efectivamente, ya a día de hoy, las rebajas fiscales (recuerden, para la clase media y las clases menos favorecidas) quedan prácticamente anuladas por los aranceles. Pero el tema está ahí, en ese relevante «a día de hoy». Lo cierto es que las rebajas fiscales de Trump entraron en vigencia al poco de tomar posesión el polémico presidente, mientras que el efecto de los aranceles ha sido gradual e increscendo a lo largo de lo que llevan de legislatura en EEUU, con el «pez gordo» arancelario de 47.200 millones de ingresos federales (recuerden, sobre un total de 69.300) recaudados tan sólo desde el pasado 10 de mayo.

Así, aunque hoy por hoy (que no a partir de junio y la nueva ronda de aranceles) lo uno compense a lo otro de cara a los bolsillos de los ciudadanos (y a las arcas del estado) hasta haber llegado al punto de equilibrio actual, hay de por medio muchos trimestres durante los cuales el saldo era abultadamente negativo para las arcas federales, debido a esos agresivos recortes de impuestos. Y así, una deuda que ya era muy abultada (y mayormente heredada de la era Obama y anteriores, todo hay que decirlo), ha seguido creciendo hasta hoy tornarse prácticamente insostenible.

Hace años que ya les advertimos desde estas líneas que la globalización no es algo que se pueda desmontar visceralmente en unos trimestres (ni tan siquiera en unos años). Las economías globales están ya tan imbricadas unas con otras que resulta ineficiente y dañino dedicarse a tratar de penalizar importaciones «por las bravas». Unas importaciones que, en realidad y en muchos casos, resultan ser esenciales para el propio tejido productivo, puesto que la industria nacional no las produce (con todo el esfuerzo y tiempo que implicaría empezar a hacerlo). Suban lo que suban los aranceles de determinados productos y su precio final, muchas industrias estadounidenses no van a tener más remedio (en el corto, medio e incluso largo plazo) que seguir pagando la diferencia y repercutiéndola al consumidor final.

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Resistan ante el implacable ataque de la propaganda, especialmente de la económica, y únanse a la Resistencia Sináptica: aquí no sobra ni un solo espíritu crítico, y hasta el último resulta vital en esta guerra ciber-social. Porque sí, queda muy bonito y efectista envolverse en una bandera económica y empezar a repartir golpes a una realidad vendida simplistamente como dicotómica, pero luego la realidad económica va inevitablemente por otro camino. Y a la realidad económica le priva especialmente darles un baño de humildad a los elementos díscolos de la manera más dolorosa en economía: infligiendo una alta penalización económica (con todas sus implicaciones últimas). Por cada patada que algunos le den a la economía, ésta siempre va a devolvérsela y mucho más fuerte.

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