Vida mental

THE SECRET LIFE OF THE MIND
How your brain thinks, feels, and decides
Por Mariano Sigman
Little, Brown and Company, Nueva York, 2017

No está todavía suficientemente desarrollada la neurociencia para poder establecer lo que el título y el subtítulo de este libro, aparecido en español en 2015, parecen prometer. En realidad, viene a ser una exposición sobre la consciencia, con la cual, al igual que ocurre con el tiempo y el espacio, estamos familiarizados, aunque su definición nos resulta huidiza. Tan elusiva que algunos se muestran dualistas, otros materialistas y otros funcionalistas. El autor sostiene que la consciencia emerge del cerebro y que estamos gobernados por el inconsciente.

Más de 20 años de investigación sobre los mecanismos cerebrales lleva Sigman a sus espaldas, lo que, unido a su formación en física y a su amplia ilustración humanista, le ha permitido crear un texto sólido, ágil y entretenido. El cerebro es capaz de observar y monitorizar sus propios procesos para controlarlos, inhibirlos, conformarlos, detenerlos o simplemente gestionarlos. Todo ello da lugar a un bucle que es el preludio de la consciencia. Cuando se ejecuta una acción, el cerebro no solo envía una señal a la corteza motora, sino que nos pone en alerta también. La activación de la corteza visual codifica las propiedades del estímulo (color, luminosidad, movimiento); este puede ser reconstruido a partir de la pauta de la activación cerebral producida. Con infundado optimismo, Sigman afirma que podemos leer y explorar nuestros pensamientos mediante la decodificación de las pautas de actividad cerebral; aunque se trabaja en esa dirección, con resultados espectaculares, se trata de casos restringidos que no hilvanan una explicación general.

En particular, se esfuerza en aplicar los principios de la neurociencia a la educación. No es nueva la idea de que a través de su plasticidad relativa puede moldearse el cerebro del niño, pero Sigman aporta ejemplos de tomas de decisiones racionales, consciencia, estados mentales y aprendizaje. Considera la dislexia un problema fonológico por encima de su ámbito visual, hasta el punto de que no podemos leer si no somos capaces de pronunciar. El sistema de consciencia fonológica puede estimularse antes de que el niño comience a leer, preparándolo para la lectura con juegos de palabras y otras actividades. En una esfera más amplia, el aprendizaje de una segunda lengua en la infancia ayuda a disipar prejuicios, pues incluso entonces los niños distinguen acentos.

La consciencia tiene un conmutador de activación e inactivación. Durante el sueño, en estado de coma y bajo anestesia, el conmutador queda apagado y, con él, la consciencia. En algunos casos drásticos, la inactivación resulta inequívoca; en otras ocasiones, como en la transición al sueño, se desvanece gradual e intermitentemente. Cuando el conmutador se activa, la actividad cerebral asociada a los estados de consciencia adquiere diversas formas. Observamos, por ejemplo, que la consciencia de los infantes opera a distinta escala temporal y que los esquizofrénicos son incapaces de reconocer que son los dueños de las voces que sienten en su cabeza, creando una distorsión de la narrativa. Pero ¿de dónde emerge la consciencia?

¿Surge espontáneamente en el desarrollo del cerebro o se forja en el marco de un nicho cultural determinado? Podemos tener diferentes opiniones e intuiciones sobre el particular. Se trata de un debate filosófico de largo recorrido histórico. En un principio, creía Sigman que la consciencia no pertenecía siquiera al campo de la ciencia. Podría haber añadido que fue Francis Crick quien más hizo por introducir la cuestión en el campo de la neurociencia. Con Julian Jaynes, sostiene que la consciencia, por la que nos consideramos pilotos de nuestra propia existencia, emergió con la cultura en un momento reciente de la historia de la humanidad. Para Jaynes, la consciencia, anterior a Homero, vivía en el presente y no reconocía que cada uno era el autor de su propia voz. A eso le llama Sigman consciencia primaria, característica de la esquizofrenia y de los sueños, pero no de la lucidez. Con la proliferación de textos, la consciencia pasó a ser lo que ahora reconocemos: nos sentimos autores y protagonistas, creadores de nuestros propios actos mentales.

Sitúa el intérprete de la consciencia en el cuerpo calloso, estructura de fibras neuronales que une ambos hemisferios cerebrales. Tiempo atrás, se recurría a la resección quirúrgica del mismo para curar la epilepsia, afección vinculada a la conectividad cerebral. La resección interrumpe el flujo de corriente en el cerebro. ¿Qué sucede con el lenguaje, las emociones y las decisiones de un cuerpo gobernado por dos hemisferios que han dejado de comunicarse entre sí? La respuesta metódica a esta cuestión, que nos permite además comprender la forma en que los hemisferios se distribuyen las funciones, le valieron a Roger Sperry el Nobel en 1981. Sperry junto con su alumno Michael Gazzaniga descubrieron un hecho extraordinario que, al igual que los experimentos de Libet, cambia nuestra forma de entender la construcción de la realidad y, con ello, la consciencia. Sin el cuerpo calloso, la información disponible en un hemisferio resulta inaccesible para el otro. Cada hemisferio presenta su propia narrativa. El derecho solo ve la parte izquierda del mundo y controla también la parte izquierda del cuerpo. Y a la inversa. Hay, además, algunas funciones cognitivas que son peculiares de cada hemisferio. Ocurre así con el lenguaje, confinado en el izquierdo, y con la capacidad de representar un objeto en el espacio (en el hemisferio derecho). El gran descubrimiento de Sperry consistió en comprender cómo nuestra consciencia construye una narrativa.

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