Una conmovedora historia sobre cómo es posible encontrar el destino a bordo de un tren en el frío…


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Las personas con quienes viajamos en avión, atravesamos el mar en cruceros y observamos paisajes pintorescos desde el tren parecen no existir en la vida real. ¿Lo has notado? Son una especie de vecinos fantasma por un rato. Sin embargo, sucede algo diferente…

Genial.guru quiere compartirte la tierna historia de una de nuestras lectoras, en la cual el destino encontró a dos personas en un vagón de tren.

Cuando menos lo esperas

Íbamos de regreso a casa en el tren bala. Los vagones estaban llenos de amistosas y amigables familias, fines de semana cargados de diversión, impresiones, emociones y risas agradables.

Desde esta imagen tan perfecta, destacan un hombre y una mujer sentados frente a frente, como dos icebergs en un océano de felicidad, charlas familiares y risas de niños.

Él miraba su computadora, ella leía una novela. Ambos eran personas agradables de aproximadamente 35 años.

Ella se levantó para guardar su bolso en el compartimiento superior. Durante esos segundos, él la escaneó de pies a cabeza y regresó la mirada a su computadora.

El hombre sacó su teléfono para hablar con alguien. Hablaba de manera cálida y relajada; era obvio que la llamada no era de trabajo. Durante todo ese tiempo, mientras él hablaba, la chica no leía, no cambiaba de página simplemente veía el rincón de la hoja y escuchaba de manera atenta.

Terminó la llamada con la frase: “¡Bueno amigo, dale saludos a Gaby y los niños!”. La chica enseguida salió de su papel de exploradora y se relajó en el respaldo del asiento. Pero accidentalmente tocó el pie del hombre debajo de la mesa.

“Disculpa…”, dijo susurrando y sonrojada. “No pasa nada”, respondió y confirmó sus palabras con una mirada alentadora. Se estableció contacto visual de 5 a 7 segundos.

La persona encargada de los alimentos y bebidas llegó.

“Té negro”, “café con leche” indicaron al mismo tiempo respectivamente y sonrieron tímidamente, mostrando con la mirada que estaban cediendo la palabra el uno al otro.

La mujer sacó de su cartera 100 USD para pagar, pero el encargado movió su cabeza disculpándose por no tener cambio.

Haga la cuenta de ambos, indicó el hombre y pagó por el té y el café.

Los siguientes diez minutos tomaron sus bebidas calientes bajo el golpeteo de las ruedas del tren, mirando el libro y revisando la computadora. En el rostro de cada uno había una sonrisa apenas perceptible.

Era obvio que el hielo entre ambos estaba a punto de romperse. En el aire se sentía esa sensación a primavera.

La chica pensativamente doblaba y desdoblaba la esquina inferior de la página y a escondidas miraba al hombre por encima del libro. Por fin, ella hizo algo inesperado.

“¿Vas a un viaje de negocios?”, señalando con la mirada sus “artículos de viaje”: traje, computadora y una pequeña bolsa para sus pertenencias.

“¡No, no! ¡Voy de regreso a casa!”, precipitadamente habló el hombre, como si todo dependiera de esta respuesta. O tal vez así era.

“¡Yo también estoy regresando a casa! Estuve de visita con mi hermana y mis sobrinos”, reveló la chica, “Es genial que en ocasiones podamos pasar tiempo juntos y no siempre trabajo y trabajo…”.

“Sí, ni lo menciones, solo trabajar”, afirmó el hombre comprendiendo todo. Ellos se miraron fijamente el uno al otro.

Por el pasillo, a paso inseguro, de un lado a otro caminaba un niño de un año. Él se sentía lleno de alegría: había logrado separarse de su mamá a unos cuantos metros. ¡Está cerca, casi te atrapa, tienes que apresurarte! Se tropezó y salió volando hacia adelante. Las manos de la chica lo salvaron a tiempo de un inminente chichón.

El bebé se rio, como si todo hubiera estado planeado y, junto con su mamá que llegó al rescate, se dirigieron a sus asientos.

“¡Qué buenos reflejos! ¡Se ve que tienes experiencia!”, exclamó el hombre sin ocultar admiración.

“No”, respondió la chica con una ligera tristeza en la voz, “No tengo ninguna experiencia… ¡Pero tengo muchas ganas!”.

El hombre y la chica se rieron el uno al otro y carcajearon como un par de niños que saben quién se ha comido los dulces, pero no le dicen a nadie.

En la mesita del tren estaba el boleto de la chica.

“Verónica”, leyó en voz alta el chico como un barítono soñador. La chica se sonrojó, como si le hubieran hecho un cumplido.

“Alejandro”, extendió la mano el hombre, “¡Puedo mostrarte mi boleto si quieres!”.

Verónica y Alejandro nuevamente rieron, sosteniendo sus manos casi por un minuto por completo y sin querer soltarse.

El resto del camino pasó muy rápido, hablando sobre todo y, a la vez, de nada. El tren se acercaba a su destino.

En el vagón comenzó un alegre alboroto, los padres le indicaban a sus hijos: “no olviden nada, dejen de jugar y abríguense bien”.

Verónica y Alejandro se dirigieron a la salida.

“¿Te espera alguien?”, preguntó con tono de importancia Alejandro.
“No”, respondió de un solo respiro la chica.
“Te ayudó con la maleta”.

Alejandro tomó su pequeño maletín sobre su hombro y llevó la maleta de ella hacia el vestíbulo; Verónica lo siguió, arreglando su cabello sobre la marcha.

Salieron de un cálido y romántico viaje hacia el frío de enero. Ella no cree en los cuentos de hadas, cree en el amor.

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