Un cuerpo no está sano o enfermo, sólo refleja los estados de conciencia

HACIA EL CONOCIMIENTO DE LA ENFERMEDAD     


La medicina holística (es decir, todas las medicinas conocidas como «alternativas», «tradicionales» o «no convencionales» como la acupuntura, la osteopatía, la fitoterapia, la naturopatía, la fagoterapia, la homeopatía, la quiropráctica, la psicoterapia, la ortoterapia, etc.) permite englobar al paciente, su enfermedad y sus dolores bajo un enfoque metafísico con el fin de re-conocer lo que la anima consciente e inconscientemente. Esta apertura a otros tipos de terapia abre la vía a la reapropiación del yo a través de la búsqueda y comprensión del «simbolismo» de los síntomas de la enfermedad. ¿Qué dice el mal? ¿Cuál es el significado de este síntoma?

El simbolismo es la clave para la lectura de este significado oculto, ya que nos acerca a la decodificación de los síntomas de la enfermedad y del malestar. Es todo un campo de comprensión entre el hombre encarnado y el desencarnado lo que se abre ante nosotros, y el camino hacia la salud se ejerce a menudo a través de la implementación simultánea de varios «tipos de medicina».

La medicina alopática, conocida como medicina «oficial», es altamente tecnológica y ha sido objeto de muchas críticas; «se la acusa, entre otras cosas, de falta de humanidad, de costes desorbitados, pero sobre todo de producir efectos secundarios y de sustituir un síntoma por otro…[1]«.

Dado el fracaso de la medicina en ofrecernos una sanación verdadera, debemos adquirir por nosotros mismos (con la ayuda de profesionales de la salud que practican la medicina «alternativa») el conocimiento de los diferentes aspectos, significados y claves de lectura que nos faciliten la comprensión de los síntomas que nos afectan a través de la enfermedad. Compartimos con ustedes algunas de estas claves a través de la lectura de una breve inmersión en la introducción del libro de Thorwald Dethlefsen y el Dr. Rüdiger Dahlke: La enfermedad como camino: Un método para el descubrimiento profundo de las enfermedades.

¡Que disfrute de su lectura!

************************* «Este libro llega a ser perturbador porque demuestra que la enfermedad es una coartada para que los seres humanos escapen de problemas que no consiguen resolver.»*

«Vivimos en una época en la que la medicina, ante el asombro de los laicos, presenta constantes medios y técnicas nuevos que descartan los límites de lo posible. Al mismo tiempo, cada vez se alzan más voces expresando desconfianza hacia esta medicina contemporánea prácticamente todopoderosa. […]

Es cierto que la medicina se ocupa principalmente de áreas concretas y prácticas, sin embargo, nos guste o no, seamos conscientes de ello o no, detrás de toda forma concreta yace un sustrato filosófico. No es en sus logros materiales que la medicina moderna fracasa, sino en la visión del mundo que la caracteriza y sobre la que ha establecido su plataforma irreflexivamente. Es su filosofía la culpable de su fracaso, o mejor dicho, su ausencia de filosofía. […]


El funcionamiento orgánico en sí no encierra significado oculto alguno. El significado, hay que descifrarlo. Por ejemplo, el que constatemos la subido del mercurio en un termómetro no significa nada, únicamente un cambio de temperatura visible nos permite sacar una conclusión. Del mismo modo, cuando la gente no establece una conexión entre su destino personal y lo que está sucediendo en el mundo, su existencia deja de tener sentido. Hay que sostener un punto de comparación para entender lo que está pasando. De ello deducimos que para descifrar lo que está sucediendo en el mundo material, una referencia metafísica se hace indispensable. ...] De la misma manera que los números y las letras representan los soportes de una idea, lo visible es el medio de lo invisible. En otras palabras, se podría afirmar que si en la forma se manifiesta el contenido, las formas son las que van adquiriendo sentido. […]

El análisis de un signo no provocará ningún cambio. Si tomamos un ejemplo del arte, es obvio que el valor de una obra no reside en la calidad de los materiales utilizados, los colores, las telas de una pintura por ejemplo, sino en la idea, la visión que el artista transmite.

La materia es el medio, la expresión física que hace visible un contenido metafísico que habría permanecido invisible en su ausencia. Por lo tanto, se trata de buscar el significado de la enfermedad y de la curación. […]

En medicina, y en el lenguaje cotidiano, hablamos de «enfermedades» en plural, lo que lleva a una interpretación errónea, la palabra enfermedad es un concepto y sólo debe utilizarse en singular. Lo mismo ocurre con la palabra «salud», es una palabra singular, no hablamos de la «salud» en plural. Enfermedad-Salud son dos estados del ser que no definen ni los órganos ni las diferentes partes del cuerpo humano.

Un cuerpo nunca está enfermo, sólo es la expresión de la conciencia, transmite sus mensajes.

El cuerpo no puede hacer nada por sí mismo, es fácil convencerse observando un cadáver. El cuerpo cobra vida gracias a sus instancias inmateriales, el alma y la «vida» (espíritu). La conciencia transmite una información que se manifiesta, haciéndose así visible. La conciencia tiene el mismo efecto en el cuerpo que un programa de radio en un receptor.

La conciencia no tiene materialidad, no es producida ni depende de la existencia del cuerpo.

Lo que sucede en un cuerpo siempre refleja la expresión de un mensaje, de una información, la densificación de una imagen (en griego, la imagen se llama

eidolón, lo que nos remite al concepto de la «idea»).

La frecuencia cardíaca, las pulsaciones, la temperatura corporal que mantiene una temperatura constante, la producción de anticuerpos son funciones que no pueden explicarse únicamente basándonos en la materia,

todas dependen de la información enviada por la conciencia. Cuando todas las funciones corporales se desarrollan de cierta manera y armoniosamente, llamamos a este estado «salud». Si alguna función resulta dañada, hablamos de «enfermedad».

La enfermedad se instala cuando la armonía se ve comprometida, cuando se cuestiona el orden preestablecido (veremos más adelante que la enfermedad, vista desde otro ángulo, es un reequilibrio).

Lo que ha interrumpido la armonía se sitúa en la conciencia, en la información, y se manifiesta en el cuerpo. Por eso mismo, el cuerpo es el lugar de la realización, la escena donde la conciencia se expresa con todas sus variantes y fluctuaciones.

El mundo de la materia en su conjunto es una escena en la que la FORMA ORIGINAL cobra vida y es representada. Asimismo,

el cuerpo físico hace la función de revelador de las imágenes de la conciencia. Cuando un ser está perturbado, su conciencia se desequilibra y esto se reflejará en el cuerpo en forma de síntomas reconocibles. Por eso es un error decir que el cuerpo está enfermo, sólo puede significar que el ser está enfermo y que lo está demostrando mediante un estado de enfermedad en forma de síntomas. En una tragedia, lo trágico no es la escena, es la obra. […]

Existen muchos síntomas pero todos son sólo la expresión del mismo evento que llamamos «enfermedad» y que ocurrió en la conciencia de un ser dado.

Una vez explicado esto, deberíamos ser capaces de comprender que lo que se ha subdividido en categorías como: «enfermedad» somática, psicosomática, psíquica o mental es un lenguaje inaceptable para nosotros. Esta forma de concebir y catalogar la enfermedad impide su comprensión, no facilita su identificación. […]

En el plano donde aparece un símbolo, se puede distinguir entre lo «somático» y lo «psíquico», pero esto no permite localizar «la enfermedad».

El viejo concepto de enfermedad de la mente (enfermedad mental) induce al error dado que la mente nunca está enferma; en este caso se trata de la aparición de síntomas que se manifiestan a nivel físico, es decir, en la conciencia del ser.

Intentemos desarrollar aquí una representación de la enfermedad como un todo. Al establecer una distinción entre los términos «soma» y «psíquico», entenderemos mejor el plano sobre el que se manifiestan los síntomas.

Al separar los dos planos, enfermedad por un lado (plano de la conciencia) y síntomas por otro (plano del cuerpo físico), ampliamos nuestra forma de concebir la enfermedad, ya no nos limitamos a analizar lo que está sucediendo sólo en el plano físico, sino que también nos ocuparemos del plano psicológico, lo que hasta la fecha no ha sido habitual.

Cuando un síntoma aparece, interrumpe el curso normal de la vida y casi siempre atrae toda la atención. Un síntoma es una señal, captará el interés, la energía y la preocupación de quien lo resiente. Nos obliga a interesarnos por él, nos guste o no. Como un impedimento desde el exterior, el síntoma se percibe como un obstáculo, debe ser eliminado, lo que perturba debe dejar de perturbar. El síntoma ocupa toda nuestra atención, así que debemos combatirlo, deshacernos de él a toda costa.

Desde Hipócrates, la medicina ha estado esforzándose en persuadir al paciente de que los síntomas son manifestaciones aleatorias y que las causas han de hallarse en el funcionamiento orgánico, y que deben ser descubiertas. Para esta escuela de medicina, el síntoma no tiene sentido en sí, uno confunde el síntoma con la enfermedad, además estos no tienen importancia, no tienen sentido. Por ende no prestamos atención a la «señal», no la desciframos y el síntoma no tiene nada útil que aportar.

Tomemos el ejemplo de un conductor: varias señales se encienden en el salpicadero de su coche en cuanto algo deja de funcionar normalmente. Cuando se enciende una bombilla, el conductor se preocupa, eventualmente se detiene, está contrariado. Sin embargo, no se le ocurriría enfadarse con la bombilla, más bien al contrario, ya que le asegura estar informado de una posible avería. La disfunción que constata está localizada en algún lugar dentro del coche, un lugar que no está a la vista. Esta luz intermitente es una «señal» que anima al conductor a ponerse en contacto con un mecánico para llevar a cabo la inspección o reparación necesaria que hará que se apague la luz indicadora. […]

¿Qué pensaríamos de un mecánico que simplemente retirara la bombilla de la lámpara? Ciertamente estaríamos furiosos, sin embargo, la lámpara ya no se enciende y eso fue lo que nos alertó, pero sabemos que esta lámpara señalaba algo concreto, tuvimos que averiguarlo en lugar de apagarla. Lo que disparó esta luz no está en el salpicadero, hubo que mirar en otro lado y dejar de preocuparse por la bombilla para descubrir la avería.

El indicador luminoso sólo sirvió para atraer nuestra atención, nos obliga a indagar.

El síntoma en nuestro cuerpo es la expresión visible de los procesos invisibles, es una «señal» relacionada con una función que nos obliga a interrumpir el curso habitual de nuestra vida, a detenernos para observar que algo no está bien, que no está en «orden» y a buscar las razones. En este caso, como en el ejemplo del automovilista, sería estúpido atacar el síntoma y absurdo tratar de hacerlo desaparecer, pues sólo conseguiremos que nos sea imposible entender su significado.

Un síntoma no debe ser eliminado, sino volverlo superfluo. Para lograrlo debemos mirar más allá, más profundamente, traducir lo que el síntoma quiere enseñarnos.

Debido a la imposibilidad de franquear este paso, la medicina se encuentra en un atolladero debido a su fascinación por los síntomas. Por eso confunde lo uno con lo otro, el síntoma con la enfermedad, es decir, confunde la forma y el contenido.

Así es como tratamos con un gran arsenal de medios técnicos a los órganos y partes del cuerpo

pero nunca al ser que está enfermo. Todos los empeños tienen por objetivo evitar que tarde o temprano aparezcan los síntomas sin preguntarse cuáles son los significados y las razones de su aparición. Es extraño que la razón no haya logrado detener esta lucha utópica. Sin embargo, debemos tener en cuenta que el número de pacientes no ha disminuido desde el surgimiento de las técnicas médicas modernas. Siguen siendo igual de numeroso los pacientes, sólo los síntomas han cambiado. Nos mostramos orgullosos por los resultados obtenidos en las enfermedades infecciosas, pero no tenemos en cuenta lo que ocultan, es decir, cuáles de los síntomas han aumentado y su significado. […]

La enfermedad, al igual que la muerte, está profundamente arraigada en el ser humano, unos «trucos» superficiales y mecánicos no lograrán librar al mundo de ella. Si pudiéramos considerar la enfermedad y la muerte en su esencia y dimensiones, veríamos lo ridículo de nuestros esfuerzos, entenderíamos que nuestros esfuerzos no son suficientes. Uno puede protegerse de tal desilusión reduciendo la enfermedad y la muerte a un problema funcional, esto le permite a uno continuar creyendo en sus propios poderes y en su propia importancia.

Repitamos: la enfermedad es un estado que denuncia, en el ser humano, un trastorno de conciencia, una discordancia, un «desorden».

Esta pérdida de equilibrio se manifiesta en el cuerpo como síntoma. Un síntoma nos dice que como seres con alma estamos enfermos, que hemos resbalado, que hemos perdido el equilibrio, que nuestras fuerzas interiores, nuestras fuerzas del alma, ya no están intactas. […] En el pasado, cuando a un paciente se le preguntaba: «¿Qué es lo que no anda bien?» «Tengo dolor, tengo dolor» era la respuesta infalible. Ahora lo que le preguntamos es: «¿Qué tienes?»

Estas dos preguntas son polaridades, si nos detenemos a reflexionar un poco, son muy interesantes. Ambas se dirigen a un paciente, y siempre hay una «carencia» en un paciente (algo que no anda bien es una carencia) en realidad, esta carencia está localizada en la conciencia, porque si no le faltara de nada estaría «saint»

(NdT: santo y sano se pronuncian igual en francés), es decir, íntegro y armonioso. Cuando le falta algo a su salud, está «malsano», es decir, enfermo. Esta carencia, esta enfermedad, se manifiesta en el cuerpo a través de algo que «tenemos», un síntoma. Por lo tanto, podemos deducir que padecer, tener algo, es la compensación de una falta. Nos falta conciencia, resultado: un síntoma. Una vez que se entiende la diferencia entre enfermedad y síntoma, el comportamiento cambia. Ahora tenemos una perspectiva diferente sobre la enfermedad. El síntoma ya no es un enemigo a negar o combatir a toda costa, descubrimos que puede ser un colaborador que nos ayuda a encontrar lo que falta y, en el proceso, a superar la enfermedad. El síntoma se ha convertido en una especie de guía, en un maestro que nos ayuda en nuestra conciencia, en nuestra evolución. Puede ser feroz e incrustarse si no tenemos cuidado, porque es él quien impone la ley. La enfermedad tiene un sólo propósito: devolvernos la salud. Si entendemos el lenguaje de un síntoma, nos indicará lo que tenemos que hacer.

Este libro está dedicado a la decodificación de los síntomas. Se trata de un lenguaje olvidado que hay que volver a encontrar.

Conocido desde hace mucho tiempo, en realidad es el lenguaje psicosomático, conoce las relaciones entre el cuerpo y la psique. Por lo tanto, el lenguaje muestra dos facetas, si podemos escucharlo, también podremos entenderlo. Nuestros síntomas tienen más que enseñarnos que nuestros parientes o amigos más cercanos porque ellos son nuestros compañeros más íntimos, aquellos que realmente nos conocen.

La verdad que pueden revelarnos suele ser difícil de encajar. Ninguno de nuestros seres queridos se atrevería a decírnoslo de manera tan brutal. En cuanto al síntoma, no teme restregárnoslo en plena cara. Esta es probablemente la razón por la que preferimos olvidar el lenguaje de los síntomas.

Creemos que vivimos mejor en la ignorancia, sin embargo el que nos tapemos los ojos y los oídos resulta inútil, no favorece la desaparición del síntoma. […]

La enfermedad y la curación son conceptos que van de la mano, se relacionan con la conciencia y no con el cuerpo. Un cuerpo no puede estar sano o enfermo,

sólo refleja los estados de conciencia a los que está conectado.

Todavía tenemos una crítica más respecto a la medicina oficial. Ella habla de la sanación sin tener en cuenta en lo más mínimo el único plano en el que la sanación se realiza. […] las prácticas habituales de la medicina se limitan a las intervenciones sobre fenómenos funcionales que, en sí mismos, no son ni buenos ni malos, sino únicamente materiales. En este sentido, la medicina convencional logra a veces resultados sorprendentes.

Estos son métodos a los cuales podemos renunciar nosotros mismos, pero no nos da el derecho de imponérselo a los demás.

Debemos ser honestos con nosotros mismos y preguntarnos hasta qué punto estamos dispuestos a creer que el mundo se salvará mediante la invasión de sus propias funciones, o si estamos decididos a erradicar esta ilusión de nuestros pensamientos. Una vez que los trucos del juego se despliegan ante nosotros, podemos abandonar el juego (siempre y cuando no disgustemos a los demás) y dejar que aquellos que aún lo necesiten sigan viviendo en la ilusión. ¡Quitar el velo de los ojos ajenos atrae sus propias consecuencias! […]

La enfermedad no es un inconveniente detestable que ocurre por casualidad. En el camino de la vida, el ser humano camina hacia la salud. Cuanto mayor sea la atención prestada a este camino, mayores probabilidades tiene de alcanzar la meta.»

[1]

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Este libro y los que se presentan en una breve lista al final del artículo son herramientas para comprender lo que se nos oculta como individuos por derecho propio, y no pretenden sustituir ningún enfoque alopático que «

explica a las mil maravillas todos sus ‘cómo’ en sus descripciones de los mecanismos e interacciones sutiles e increíblemente complejos** -y simbólicos- «necesarios para comprender el cuerpo humano con sus «por qué» ** Confiar en uno solo de ellos sin tener en cuenta al otro o a los demás sólo impide que la persona en busca de la salud logre este objetivo. El trabajo realizado quedaría ciertamente incompleto y es probable que el problema volvería con mayor tenacidad más adelante. Como bien dice Luc Bigé, parece que los diferentes enfoques, en lugar de oponerse entre sí, deberían utilizarse en sinergia, aunque como podrán constatarlo en este extracto, el camino para lograrlo se parece a una auténtica búsqueda:

Sabemos por experiencia que la salud del cuerpo depende de su estado fisiológico, del equilibrio psicológico de la persona y del sentimiento de ser útil para vivir una existencia significativa. Comer bien, amar y ser amado, conectar con los valores: estos son tres elementos fundamentales para una existencia humana floreciente. La nutrición explora lo que significa comer bien para el cuerpo, la psicología describe las actitudes del cuerpo y los síntomas que indican nuestra necesidad de amor. ¿Existe una disciplina que cuestione al cuerpo acerca de nuestra necesidad de comprender?

De hecho, sí. La decodificación biológica cuestiona los síntomas del cuerpo enfermo aplicando, en situaciones de la vida cotidiana, los principios de lo que los psiquiatras han llamado histeria de conversión. Los pensamientos no sólo ocurren en la cabeza. También viajan a cualquier lugar: brazos, piernas, ojos, piel… Los pensamientos se mueven, van y vienen, produciendo a veces síntomas físicos enigmáticos. Se manifiestan en forma de patologías porque el cuerpo sólo puede expresarse de manera no verbal, mediante el lenguaje de los símbolos. […]

El lugar del síntoma se convierte en el asiento del pensamiento. Si supiera hablar, es él quien nos diría «yo pienso». Por eso, descifrar el significado del síntoma considerándolo como un símbolo equivale a darle voz y a rehacer el camino inverso: el pensamiento que construyó la enfermedad, una vez plenamente formulado en la relación paciente-terapeuta, abandona el cuerpo y lo libera de su sufrimiento.

Escribimos en otro lugar, en una obra más general sobre la función del simbolismo en la vida ordinaria, que una patología debe ser analizada según cuatro enfoques complementarios, sujetos a escándalos entre sí porque no funcionan con la misma lógica:

«De manera más general, este ejemplo lleva a una reflexión sobre el papel de la medicina analizado según esta cuadripartición del conocimiento:

En el primer cuadrante, la enfermedad es un problema objetivo que se reduce a un síntoma.

En el segundo cuadrante, la enfermedad es la solución a un problema. El verdadero problema es el contexto: la alimentación, el ambiente familiar, la ausencia de proyectos vitales, la contaminación, etc.

En el tercer cuadrante, la enfermedad es una señal, el «mal que hay que decir» (NdT: juego de palabras en francés con «maladie» que significa enfermedad») entonces, ¿qué significa entonces el mal?

En el cuarto cuadrante la enfermedad es el proceso de curación, un proceso que tiene por objetivo transformar al paciente reajustando lo que él o ella cree que es en lo que es en realidad.

Estos cuatro supuestos filosóficos implican naturalmente una respuesta diferente por parte del cuidador. En caso de fatiga, por ejemplo, cada una de las cuatro formas de pensamiento querrá imponer su verdad, es decir, su técnica terapéutica:

Q1: Absorber vitaminas y oligoelementos. El médico tratará un síntoma,
Q2: Ir a las montañas, cambiar de aire, alejarse del ambiente familiar. El médico curará a un ciudadano,
Q3: Observará lo que anda mal en su vida y, al hacerlo, ocurrirá un cambio con la participación del mismo enfermo. El médico ayudará a la persona a convertirse en ella misma,
Q4: Realizar un acto simbólico, es decir, realizar un ritual que promueva la expulsión de la enfermedad. El médico ayudará a la persona a metamorfosearse. El que sana debe, idealmente, ser tanto Médico (Q1), Terapeuta (Q2), Sabio (Q3) y Mago (Q4). O sea que aún queda trabajo por delante… y muchos caminos por explorar para las generaciones futuras. »

Estos «cuatro cuadrantes» aplicados al cuerpo humano nos hablan de la máquina-cuerpo (primer cuadrante, Q1) tan explorado por la medicina actual, el cuerpo psíquico tratado de mil maneras por los defensores del desarrollo personal (segundo cuadrante, Q2), el cuerpo-símbolo que revela el sentido, también explorado por el desarrollo personal (tercer cuadrante, Q3) y, finalmente, el cuerpo-templo entendido como una involución del Ser en una forma específica (cuarto cuadrante, Q4).

Cada uno de estos enfoques tiene su legitimidad, sus especialistas y sus curaciones. El problema comienza cuando los partidarios de uno u otro de estos «cuadrantes» dejan de dialogar entre sí en un intento de imponer la verdad de su modelo a todo el mundo. Esto es bastante comprensible porque estas cuatro lógicas y sus leyes de desencriptación se sitúan cada una en los antípodas. Pude observar, por ejemplo, hasta qué punto los investigadores del Instituto Pasteur eran totalmente impermeables al pensamiento simbólico aplicado a las patologías. Este pasó por encima de ellos como un aguacero pasajero que fue rápidamente borrado por el brillante sol de la objetividad racional. Por el contrario, vi a un chamán de la tribu Huna Quin en Brasil que era totalmente incapaz de entender las teclas que había que pulsar para que las diferentes funciones de una linterna le obedecieran.

¿Nos damos cuenta hasta qué punto el condicionamiento de nuestro pensamiento es tanto una ventaja como un obstáculo para el conocimiento y la libertad de ser? Le Parchemin Magnifique – Opuscule 1 : La Méthode, Luc Bigé – Éditions Réenchanter le Monde. Edición Kindle
[El Pérgamino Magnífico – Opúsculo 1 : El Método, Luc Bigé – Edicones Réenchanter le Monde. Edición Kindle, no traducido al español.]

  • Notas

    * Los pasajes en negrita son de los editores.
    ** Extractos de The Magnificent Scroll – Folleto 1: El Método, Luc Bigé – Éditions Réenchanter le Monde. Edición Kindle

    1] Extractos de las páginas 15 – 25 de

    A Path to Health – Hidden Meaning of Illness and its Different Symptoms, (disponible en español como «La Enfermedad como Camino» de Thorwald Dethlefsen y Dr. Rüdiger Dahlke), Ambre Éditions – 2006.

    En el mismo espíritu que el del paciente y sus enfermedades sería ciertamente provechoso que la humanidad estudiara el significado de las epidemias/pandemias históricas y lo que sus síntomas pueden significar dentro de la

    conexión antropocósmica. Pero esto sigue siendo muy utópico teniendo en cuenta la sociedad mercantilizada y parcialmente deshumanizada en la que vivimos.

    Ver también:

    El Precio del Estres: El Dr. Gabor Maté desmitifica la medicina con erudición y compasión.

    Y algunos libros adicionales:

    – El lenguaje de la curación, Jean-Jacques Crèvecœur
    – El gran diccionario de enfermedades y dolencias, Jacques Martel
    – La solución está en tí, Thierry Janssen
    – El magnífico pergamino, Luc Bigé
    – El lenguaje emocional del cuerpo, Roger Fiametti
    – Historias de vida – Mensajes del cuerpo, Dr. Olivier Soulier
    – Interpretación de las enfermedades, Dr. Pierre-Jean Thomas-Lamotte
    – Dígame dónde le duele – El léxico, Michel Odoul

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