El culto al sol y su relación con la vírgen de Guadalupe

En un país profundamente católico, escribir un artículo asociando el culto pagano al sol con la “madrecita”, la vírgen de Guadalupe, es considerado casi como una afrenta a un familiar o un ser querido. Una de las integrantes de la comunidad nos mandó este estudio realizado por ella, pidiendo confidencialidad al respecto de su nombre, ya que es un tema delicado. Ella (como muchos de nosotros) fue criada bajo la religión católica, y luego en la nueva era, la vírgen se presentó como lo que es: la diosa pagana… causando un mar de confusión.

El Guadalupanismo

Uno de los fenómenos culturales que distinguen a México es su religiosidad, resultado de la fusión (sincretismo) de la religión prehispánica con el culto católico introducido durante la Conquista. Estas creencias se ven reflejadas en muchas de las costumbres y fiestas tradicionales, destacando la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe cada 12 de diciembre.

La fe que millones han puesto en la vírgen Morena, no solo mexicanos sino personas de distintas nacionalidades alrededor de todo el mundo, tiene tal influencia que no solo se considera un culto, es todo un fenómeno cultural: el Guadalupanismo o culto Guadalupano.

Este culto es de los más antiguos en México. Nace en el siglo XVI siendo una pieza clave en la conversión de los indígenas al catolicismo y la creación de una nueva sociedad, en la cual era necesaria la implantación de nuevas ideas. Para lograrlo se debían construir iglesias y éstas tendrían que comunicar un mensaje, es por esto que las capillas, iglesias y catedrales de la época, están llenas de decoraciones que contienen mucho simbolismo. Lo simbólico fue determinante en el proceso de sincretismo cultural y religioso de los pueblos americanos, así como la forma más eficaz usada por la iglesia católica para la conversión de los indígenas. El simbolismo no solo se expresó a través de la arquitectura, también por medio de imágenes, principalmente la pintura y escultura. Hay historiadores que consideran a este fenómeno “la guerra de las imágenes”, que ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad como la forma más eficaz de imponer nuevas ideas.

El descubrimiento de América desencadenó una gigantesca guerra de imágenes. En cuanto Cristóbal Colón pisó las playas del Nuevo Mundo, los navegantes se interrogaron sobre la naturaleza de las imágenes que poseían los indígenas […] Gruzinsqui, 1995, pág. 113.

Es así como en México surge durante el siglo XVI el Arte Tequitqui, vocablo náhuatl para identificar al indígena cristianizado e incorporado a tareas dirigidas por los religiosos que venían de España. Fue un arte mestizo que nació del sincretismo religioso, en el que los artistas indígenas reinterpretaron los modelos góticos y renacentistas europeos, llegando a crear interpretaciones personales que mezclaban lo prehispánico con lo católico, caracterizado por un gran simbolismo propio de la ideología prehispánica.

Dentro de esta fusión religiosa y cultural nace el culto a la vírgen de Guadalupe, una de las figuras más representadas desde la Conquista de México, ya que el nuevo pueblo mexicano buscaba símbolos propios que le dieran raíces e identidad. A 10 años de la Conquista de México, en un lugar de gran importancia ritual conocido como el cerro del Tepeyac, se da la milagrosa “aparición” de la vírgen de Guadalupe entre el 9 y 12 de diciembre de 1531 a un indígena llamado Juan Diego, quien recibe la petición de la Virgen para construirle una iglesia en el mismo lugar del culto prehispánico.

La diosa pagana y la vírgen morena

La historia de la Virgen Morena comienza en un santuario prehispánico dedicado a la Madre de Dios Toci (Nuestra Madre, Nuestra Abuela, Nuestra Señora), más conocida como Tonantzin. Esta diosa pagana femenina recibía varios nombres (lo que en el catolicismo se conoce como advocaciones), entre ellos Coatlicue, Cihuacóatl, Teteoinan, Llamatecuhtli, Cuzcamiauh y Cozcamiahuatl.

Gracias a los arqueólogos sabemos que el Tepeyac forma parte de una amplia región geográfica y cultural conocida como Sierra de Guadalupe Tonantzin Cuautlicue,  formada por 29 cerros, entre ellos el Tepeyac. Abarca parte de la Ciudad de México y parte del Estado de México. Relacionados principalmente al culto de la montaña femenina sagrada, donde han encontrado vestigios que datan de hace miles de años, lo que indica que el culto a la Guadalupana tiene sus orígenes siglos antes de la Conquista de México.

Fueron varias culturas las que consideraron a este lugar como sagrado, entre ellos los mexicas (última ocupación), los chichimecas y los otomíes, estos últimos adoraron también a la diosa Cihuacóatl (mujer serpiente) y al dios Mixcoátl (serpiente de nubes). Un dato importante es que estas dos deidades pueden representar a la Vía Láctea, aspecto femenino y masculino de la bóveda celeste. Nuevamente encontramos las dos polaridades, el yin y el yang, el principio masculino y femenino que forman parte del paganismo, del ocultismo y ahora de la nueva era.

La actividad ritual continuó aún después de la llegada de los españoles. Esto se sabe por las crónicas del siglo XVI, que contienen información de las costumbres de los pueblos indígenas. A este lugar llegaban peregrinaciones de muchas partes de Mesoamérica, indicando que era un santuario de culto y peregrinación muy importante. Entre las crónicas destacan las del fraile franciscano Bernardino de Sahagún, en su Historia general de las cosas de la Nueva España (1575-1577). En ella menciona que en el cerro Tepeaquilla se adoraba a Tonantzin, la “madre de los dioses” y que en una zona cercana se hacían sacrificios de niños.

Los chichimecas que llegaron a la región (alrededor del siglo XII) construyeron un altar en la cima del cerro Tepeaquilla (actualmente Atzacoalco, muy cercano al Tepeyac) y labraron en la ladera de un cerro la imagen dual de la Tonantzin Coautlicue, conocida como “nuestra madrecita”.

Se creía que los relieves habían sido destruidos cuando se establece el culto católico en el lugar. Curiosamente, gracias a un dibujo del siglo XIX de Guillermo Dupaix (militar español interesado en las culturas mesoamericanas), sabemos que fueron destruidos posiblemente hasta inicios del siglo XX. Dupaix menciona que los relieves de las diosas no estaban ubicados en el Tepeyac, sino en un pequeño cerro pegado a éste (posiblemente el cerro de Zacahuitzco).

Existe un documento llamado el Códice de Teotenantzin perteneciente a la cultura mexica. En este códice a través de dibujos se describen unas esculturas colocadas sobre una pared rocosa al aire libre en el cerro del Tepeyac.

Se conservan dos esculturas que fueron encontradas en el Tepeyac: Cihuacóatl (Tonantzin) y Chicomecóatl; Dupaix ilustró una imagen muy similar a una de las esculturas encontradas y ambas son muy parecida a las del códice. Sahagún menciona que Cihuacóatl (mujer serpiente) fue una de las diosas principales del pueblo mexica, considerada como la virgen progenitora de la humanidad. Cihuacóatl tenía la característica de manifestarse a los hombres, es decir, de aparecerse. Sahagún lo menciona en varias ocasiones, diciendo que aparecía como una señora con bellos vestidos y que a inicios de la Colonia (entre 1528 y 1531) hubo varias apariciones haciendo de las suyas:

el diablo que en figura de mujer andaba y aparecía, de día y de noche, y se llamaba Cioacóatl, comió un niño que estaba en la cuna en el pueblo (…)

Otro fraile de la época Fray Juan de Torquemada, menciona en un escrito de 1615 que la diosa adorada en el Tepeyac se aparecía a los indígenas como una joven con túnica blanca. Sin embargo, Torquemada menciona también a un dios masculino que era adorado en la cumbre del Tepeyac, el dios Cohuaxolotl junto con la diosa Chantico. Sahagún menciona que a la diosa Chantico la festejaban el 23 de marzo durante el equinoccio de primavera.

En un documento del siglo XVII escrito por el español Jacinto de la Serna, menciona que en el cerro de Guadalupe, donde estaba el santuario de la Virgen Santísima de Guadalupe, adoraban a una diosa femenina con distintos nombres, el más común Tonan (la jefa anciana). Su fiesta más importante la seguían celebrando los indígenas del 19 de diciembre al 7 de enero, además de otras fechas. Con esto explicaba que los indígenas seguían adorando a su diosa aunque estuviera representada como una virgen católica. Un detalle interesante acerca de esta adoración, se encuentra en una pintura de la Guadalupana de 1653, donde el autor escribió Tlatzoichpochtli o la “preciosa doncella”.

En un documento del siglo XIX (perteneciente al archivo de la Biblioteca Teológica Lorenzo Boturini de la Basílica de Guadalupe), menciona que al pie del cerro del Tepeyac había un relieve en piedra de una gran cabeza emplumada (serpiente emplumada o Quetzalcóatl).

Debido a que el culto del lugar no solo era muy importante, también incluía diversas deidades (en su mayoría femeninas) y que las apariciones de la vírgen se dieran entre el 9 y el 12 de diciembre, muy cercano al solsticio de invierno (antes de la corrección gregoriana al calendario), generó que los investigadores hicieran más estudios.

Los solsticios y los rituales a la diosa, ahora la virgen morena

Los arqueólogos especialistas en el estudio de los fenómenos astrológicos y su relación con la ubicación y orientación de estructuras prehispánicas, encontraron en los 90’s una relación entre el cerro Zacahuitzco (colinda con el Tepeyac y se cree que ahí estuvieron los relieves) y el cerro del Papayo (volcán ubicado en la Sierra Nevada, a 45 km de la Ciudad de México). Un dato interesante es que hace unos años los peregrinos que iban a la Villa de Guadalupe subían a la cima del Zacahuitzco. Actualmente la depresión que lo unía con el Tepeyac ya no existe, fue destruida con la construcción de una avenida.

En 1995, los arqueólogos se dieron cuenta que durante el solsticio de invierno (21 de diciembre), el sol emerge tras el cerro del Papayo, en línea recta con la cima del Zacahuitzco. El fenómeno se daba cada 12 de diciembre, antes de la corrección del calendario Gregoriano de 1582, momento en el que se recorrieron 10 días hacia adelante cayendo el 21 de diciembre.

Los arqueólogos no encontraron ningún altar prehispánico en la cima del Papayo como creían, pero hallaron evidencia que la gente subía a su cima y dejaban ofrendas. Algo curioso es que en época moderna fue construido un adoratorio a la Virgen de Guadalupe, al que llegan en procesión e incluso algunos hacen actos de brujería, los arqueólogos llaman a esta tradición brujería de sierra.

Como ya se mencionó, la mujer serpiente (Cihuacoatl) y serpiente de nubes (Mixcoatl) se asocian a la Vía Láctea y la bóveda celeste, lo que es un indicativo para los arqueólogos de que el Tepeyac y sus alrededores, puede tratarse de un lugar asociado a los fenómenos astronómicos. Hay registros de que en la cumbre del cerro Zacahuitzco existió un templo prehispánico construido por los Tlatelolcas. Actualmente hay una capilla dedicada a la virgen de Guadalupe.

Es muy común que en las altas montañas haya evidencias prehispánicas relacionadas a rituales, como los relacionados al clima y las deidades acuáticas. Dentro del paralelo 19° los arqueólogos han encontrado vestigios prehispánicos (adoratorios y ofrendas), en las montañas más importantes, que se encuentran en una línea imaginaria paralela al ecuador, que cruza el globo terráqueo. Coincide con la ubicación de las cadenas montañosas más importantes. Desde hace más de 1500 años los indígenas suben para realizar rituales, tradición que continua hasta la fecha.

Durante el estudio observaron que esta alineación del Zacahuitzco también se relaciona con la pirámide de Cuicuilco y el Templo Mayor. Esto indica que el Papayo era un marcador de los eventos solares y otros fenómenos astronómicos, más que un lugar de culto, es decir, les servía para calibrar el calendario solar prehispánico desde varios puntos, entre estos el Zacahuitzo y el Tepeyac.

La zona arqueológica de Cuicuilco estuvo ocupada entre el 2100 a.C y el 1 d.C. Fue importante por sus observaciones relacionadas al movimiento del sol. Se localiza en el sur de la Ciudad de México.

Por esta razón, en época reciente se construyó un adoratorio a la Virgen de Guadalupe en la cima del Papayo, indicando un culto que viene desde mucho tiempo atrás, ya que en las montañas y cerros de la región es común observar cruces en la cumbre, pero no adoratorios a la virgen.

En otro estudio realizado en 2012, los arqueólogos se basaron en la iglesia del Cerrito, construida en la cumbre del cerro del Tepeyac en 1660. Se cree que fue construida sobre el templo prehispánico dedicado a la “diosa madre” Tonantzin, respetando la orientación del antiguo basamento. En el estudio registraron y midieron las salidas y puestas de sol entre los días 8 de diciembre de 2009 y 15 de marzo de 2010.

La fachada de la iglesia tiene un sol al poniente, una luna al oriente y dos estrellas de 10 puntas en la parte alta. Al interior hay un sol y una luna creciente con una estrella de 8 puntas (el planeta venus puede ser representado de esta manera). También se observa una luna creciente con una estrella de 8 puntas. El altar se orienta al norte, donde se ubica la pirámide de Cuicuilco (que sirvió para medir los eventos solares). Es interesante que aunque se trata de una construcción católica, se respete la orientación original. Cambell menciona que la representación de este tipo de estrellas de 8 puntas se asoció en la antigua Babilonia con Ishtar/Inanna, arquetipo de la diosa madre asociada al amor, la guerra, la vida y la fertilidad.

Es importante mencionar que el solsticio de invierno fue muy importante para las culturas antiguas, ya que entre varias cosas, marcaba el nacimiento de Huitzilopochtli, uno de los dioses más importantes, engendrado por Coatlicue (diosa de la fertilidad y madre tierra) al guardar en su vientre una pequeña pelota de plumas caída del cielo. También observaron que el marcador solar del estudio realizado en los 90’s estaba conformado por el cerro del Papayo, el templo prehispánico construido en el cerro del Zacatepetl dedicado a Mixcoatl (serpiente de nubes) y el cerro del Tepeyac, ya que es posible observar el solsticio desde su cima.

Cuando en 1582 se modifica el calendario Juliano al Gregoriano, las apariciones de la Virgen entre el 9 y 12 de diciembre de 1531 coinciden con el solsticio de invierno (21 de diciembre), siendo la fiesta principal de la Virgen el 12 de diciembre. Sin embargo, por alguna razón la iglesia no recorrió la fecha de la celebración.

Al parecer las posiciones del sol en su recorrido hacia el Solsticio, coinciden con las fechas de las cuatro apariciones Guadalupanas. Al amanecer del 9 de diciembre de 1531 la “madre de dios” habló la primera vez, y la segunda ese mismo día por la tarde. La tercera aparición fue el 10 de diciembre al atardecer y la cuarta la mañana del 12 de diciembre, momento en el cual Juan Diego recoge las rosas del milagro.

Hay que mencionar que en relación al solsticio, en la antigüedad había 20 días conocidos como Panquetzaliztli, en los que el sol era más pequeño, los días más cortos y las noches más largas. La veintena terminaba el 8 de diciembre (día de la Inmaculada Concepción de María), que es cuando el sol sale al sur del Papayo y se puede observar desde el Tepeyac.

Las supuestas apariciones de la virgen

El cerro del Tepeyac ha sido muy importante desde la antigüedad como un sitio para observar el cielo y predecir fenómenos astronómicos, entre ellos los solsticios. Los investigadores descubrieron que en esos años hubo fenómenos astronómicos importantes, en 1529 se observaron cometas, en 1531 el 18 de marzo un eclipse de sol (a unos días del equinoccio de primavera) y en 1534 otro eclipse. Estos datos les hacen creer que la aparición de la vírgen estuvo relacionada a estos eventos, por lo que una aparición podría ser más aceptada en este contexto que fuera de él.

Sobre esto, Sahagún escribió en 1576 que nunca existió el milagro Guadalupano y que estaba en contra del nuevo culto, ya que bajo el nombre de Guadalupe se seguía celebrando a Tonantzin. Realmente no se han encontrado documentos antiguos que hablen sobre las apariciones de Guadalupe. El milagro se hizo conocido a través del Nican Mopohua, documento escrito en 1649 por don Antonio Valeriano, en lengua náhuatl. El documento relata las apariciones Guadalupanas al indígena Juan Diego. Es el único documento que habla sobre el suceso del milagro Guadalupano. Otro documento es el registro del discurso de Montufar durante la celebración de una misa, mencionando la importancia del milagro Guadalupano.

Por una necesidad de sustituir el antiguo culto a Tonantzin y otras deidades, los misioneros franciscanos edificaron la ermita del Tepeyac, lugar donde los indígenas tenían adoratorios a sus dioses. Esta ermita construida en 1530 fue la primera del conjunto que actualmente conocemos como Villa de Guadalupe o Santuario Guadalupano, así como una de las primeras edificadas los primeros años de la Conquista. Se cree que la ermita fue dedicada a la “Madre de Dios”, es decir, a la vírgen María sin ninguna advocación en particular, como lo demuestra un documento de 1556 escrito por Francisco de Salazar. Aunque la ermita ya existía, hasta 1556 se menciona por primera vez en un documento oficial la imagen de la famosa ermita del Tepeyac, con lo cual son veinte años de los que no se sabe nada de una imagen.

Cabe decir que Don Juan de Zumárraga, primer Arzobispo de la Nueva España y quien estuvo presente en el “milagro” del estampado de la Guadalupana sobre el ayate de Juan Diego, nunca mencionó en ninguno de sus escritos el famoso milagro. Uno se preguntará porqué omitir algo tan impresionante…

Hay referencias de que el culto a la Virgen de Guadalupe inició en 1550 con la aparición de la gran devoción española a la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de Extremadura, España. Esto se basa en el gran parecido de la imagen y porque en documentos se menciona el culto que tenían los españoles a la Guadalupana en la ermita del Tepeyac. Pero es hasta 1556 que Montufar anuncia el culto oficial a la imagen.

El santuario de Santa María de Guadalupe tuvo su origen en una ermita construida en el lugar (a orillas del río Guadalupe) donde se le apareció Nuestra Señora a Gil Cordero. En 1327 ya existen documentos que mencionan a la imagen y su aparición.

Se desconoce cómo fue o resulto la imposición del nuevo culto, sin embargo se cree que el arzobispo Alonso de Montufar tuvo mucho que ver. Llega a tierras mexicanas (Nueva España) en 1554 como segundo arzobispo de México. El 6 de septiembre de 1557 predicó en la Catedral su famoso discurso sobre el milagro Guadalupano. Es por esto que se cree que la primera imagen de la ermita fue colocada entre 1555 y 1556 por la necesidad de Montufar de que los indígenas aceptaran la devoción a Guadalupe. Hay que recordar que los indígenas continuaban peregrinando para ir a adorar a Tonantzin. Al colocar una imagen de manera discreta en la ermita del Tepeyac, los indígenas lo entendieron como una “aparición” de Santa María Totantzin, misma que poco después fue aceptada como Guadalupe.

En los primeros años de la Conquista era muy común que en las iglesias se usaran estampas o grabados traídos de España de distintas imágenes. También se colocaban pinturas realizadas por indígenas convertidos al catolicismo que copiaban de las estampas (arte tequitqui). No es extraño que en un inició pudo haber una estampa de la Guadalupana que posteriormente fue plasmada en un lienzo que milagrosamente “apareció”.

Por esas fechas (1555) los españoles acudieron al Tepeyac para luchar contra la iconoclastia anglicana y devolver el culto a las imágenes. El rechazo hacia el culto a las imágenes es uno de los principios de la Iglesia Anglicana. Esta surge en 1534 en Inglaterra al separarse de la Iglesia Católica Romana. La Iglesia Católica Romana vivía tiempos difíciles y esta situación generó una explotación hacia los milagros atribuidos a ciertas imágenes, con el afán de su defensa. Curiosamente, la mención del milagro Guadalupano se da por estas fechas.

Es un hecho que el acto se realizó sin el consentimiento de los frailes franciscanos, ya que causo mucha controversia, como se puede leer en documentos del fraile Sahagún.

Existen dos documentos que ayudan a entender lo que sucedía en esa época, la información sobre el milagro Guadalupano comunicado por el arzobispo Montufar (1556) y una carta del virrey Martín Enríquez dirigida al rey, explicando lo que pudo investigar acerca del origen del culto Guadalupano (1575). El virrey menciona que la imagen que antes estaba en la ermita, entre 1555 y 1556, ahora estaba en la iglesia, la llamaban Guadalupe por su parecido a la Guadalupe de España. Su culto creció cuando un ganadero publicó que había recobrado la salud al ir a la ermita para pedirle a la virgen.

Hay una controversia entre los investigadores sobre cuál fue el momento en que los indígenas aceptaron un culto español, al convertirse en un culto a Tonantzin- Guadalupe, por lo que creen que la imagen debió tener otra “transformación”, es decir, que pudieron haber sido dos imágenes distintas.

Sobre esto, en 1556 el padre Bustamante atribuyó la imagen que se encontraba en la ermita al pintor indígena Marcos Cipac, indígena náhuatl y uno de los más destacados pintores de la Nueva España en los primeros años de la conquista de México.

Los investigadores atribuyen el nacimiento del Guadalupanismo al Nican Mopohua, ya que creen que su objetivo era el de sacralizar la nueva imagen como una aparición para los indígenas, con el fin de que aceptaran el nombre español de Guadalupe (por esto la virgen pide a Juan Diego que se le llame Guadalupe). Esto puede explicar porqué el autor escribe la historia de las apariciones en náhuatl a pesar de hablar castellano.

El 8 de septiembre de 1556 debido a la celebración de la natividad de la Virgen María, se ofició una misa en la capilla del convento de San Francisco. Es importante mencionar que el arzobispo Montufar no estuvo presente, pero sí gente importante, entre ellos el virrey don Luis de Velasco. Durante esta misa el provincial de los franciscanos fray Francisco de Bustamante, denunció la devoción a Guadalupe, al ser perjudicial para los indígenas, ya que con esfuerzo trataban de eliminar la adoración que tenían hacía los ídolos y las imágenes católicas (que hacían pasar por sus ídolos) y la gran devoción hacia Nuestra Señora (la Virgen María), ya que la consideraban como Dios mismo. Era tal su molestia que lo deja ver en su discurso:

(…) y venir ahora a decirles a los naturales que una imagen pintada ayer por un indio llamado Marcos hacía milagros, era sembrar gran confusión y deshacer lo bueno que se había plantado.

Este discurso muestra el conflicto que había en el interior de la Iglesia, entre Montufar y los franciscanos. La Corona española le pide al arzobispo que al llegar a la Nueva España detuviera como fuera posible la idolatría de los indígenas. (Montufar estuvo relacionado con la Santa Inquisición en España), sin embargo para lograr esta enorme tarea se necesitaba dinero, el cual tenían en parte por los diezmos, pero los indígenas no daban diezmo debido a que los frailes lo impedían al considerarlo un exceso para los recién convertidos. Por esta razón, Montufar se empeñó en declarar que la única manera de erradicar la idolatría en la Nueva España era dejar la evangelización a cargo de los clérigos y no de las órdenes religiosas como se venía haciendo.

Para el arzobispo, el milagro Guadalupano era el arma ideal de poner en contra a los indígenas con los franciscanos, ya que la devoción a la imagen fue creciendo tanto que éstos ya no podían detenerla, mostrando a la Corona que su trabajo misionero no era suficiente. Varias de las decisiones de Montufar favorecieron el surgimiento entre 1550 y 1650 de la imagen barroca en México (tan empleada para introducir nuevas ideas). Al existir una lucha en torno de la Guadalupana entre dos iglesias, la de los franciscanos y la del arzobispo, Montufar se aferró aún más a defender que lo importante era la definición, funcionamiento y buen uso de las imágenes.

El Concilio de Trento aceptó este nuevo culto basándose en la producción de las imágenes, esto es en sus milagros, apariciones, sueños y visiones, es decir, en todo lo invisible, creando todo un sistema sobrenatural que produjo un nuevo culto a las imágenes. Este nuevo culto da origen a la imagen barroca, especialista en convertir lo invisible en visible y convertirlo en arte. Cabe recordar que nuestro Creador claramente ordenó el NO HACERSE IMÁGENES, y que la correlación entre un elemento visual que crea todo un sistema sobrenatural es algo que como ex-nuevaeristas conocemos bien, ya que la base para muchas experiencias místicas y sobrenaturales utiliza la visualización de imágenes, las cuales actúan como portal de entrada a los espíritus engañadores. Ya sea poner una estatua de una virgen, dibujar un mandala, meditar frente a los nombres de Dios con las letras hebreas, visualizar los símbolos de los planetas… todo esto es una forma de abrir portales sobrenaturales al mundo espiritual, y quienes se infiltrarán son los espíritus caídos.

Actualmente se sabe, gracias a una serie de estudios y análisis (Garza-Valdés, 2002) así como a la restauración de la pintura de la Virgen de Guadalupe, que la pintura consta de la sobre posición de tres imágenes, una de las cuales fue ejecutada por Marcos Cipac. Existe un documento de 1625 que forma parte del Archivo General de la Nación, en donde se menciona que se le pagó al artista Juan de Arrué por haber pintado la imagen de la Virgen de Guadalupe. No sé sabe si se trata de la segunda sobreposición, o la que vemos actualmente.

El sagrado femenino en el paganismo y la adoración al sol

Si analizamos un poco la historia del Tepeyac y sus alrededores nos daremos cuenta que en definitiva el lugar estaba relacionado no solo a la divinidad femenina, también a la observación de los astros y a una profunda relación con el sol. No es extraño que la imagen de la Virgen de Guadalupe presente simbología relacionada a las estrellas, así como el hecho de que su aparición, (independientemente de la veracidad) fue establecida en las fechas del solsticio de invierno.

En las fuentes que hablan sobre este hecho en realidad (a excepción del Nican Mopohua), siempre se habló de una “imagen” y no de una aparición. Esto nos hace pensar sobre la famosa “guerra de las imágenes” y hacia dónde estamos apuntando nuestra fe o nuestra atención. Independientemente del origen de la imagen de la Guadalupana, es un hecho que la vírgen de Guadalupe es el arquetipo de la imagen nueva, una imagen necesaria para la construcción de una nueva nación, que conjuntó lo terrestre con lo sobrenatural, logrando reunir a las distintas etnias que componían la sociedad novohispana. Así fue naciendo un culto que es el resultado del sincretismo entre la antigua idolatría prehispánica y el catolicismo, un culto a la virgen mestiza, que hoy en día sigue reuniendo a millones y su influencia (de la misma manera que hace siglos) ha logrado romper fronteras sin igual, siendo el santuario Mariano más importante de México y entre los más visitados y venerados del mundo, y que a pesar de esta enorme devoción, son pocos los que se han dado a la tarea de conocer sus orígenes, los cuales permanecen ocultos para los ojos que no quieren ver, y que prefieren vivir enamorados de su mentira, antes de aceptar la verdad.

Si quieres entender mejor sobre el paganismo y la adoración al sol en América Latina, te recomendamos este video que forma parte de la serie sobre el paganismo. Al escucharlo entenderás porqué muchas prácticas siguen hasta el día de hoy.

La rosa de Guadalupe: promoviendo la idolatría en cadena nacional

Es un éxito enorme. Lleva diez años en las pantallas de la televisión mexicana desde su primera emisión, en febrero del 2008. Pese a la pobreza de sus guiones y a las actuaciones que no pasan de un nivel mediocre, La rosa de Guadalupe mantiene una audiencia cautiva en muchos países de Latinoamérica. ¿El secreto? Me aventuro a pensar que hay un público necesitado de historias de redención, donde el nudo del conflicto es desatado de manera sobrenatural por una superheroína cuya única arma visible es una rosa blanca que aparece de la nada y anuncia la solución de todos los problemas.

Pero más allá de los aspectos técnicos negativos citados líneas arriba, a los que podríamos agregar una insufrible dosis de moralina, comparable —quizá— con el efecto que causa escuchar las canciones de Arjona, hay problemas mucho mayores que intentaremos desglosar en esta nota.

Antes de entrar en detalles, y para los que no están familiarizados con esta serie mexicana, resumiremos de qué va la cosa. Todos los capítulos de La rosa de Guadalupe siguen el mismo patrón: la presentación de un conflicto, que puede ser familiar, principalmente con adolescentes problemáticos metidos en drogas, en la delincuencia o en líos sexuales o que son víctimas del bullying o incluso de violación, y que ocasionan quiebres en las relaciones otrora armónicas o afectan a los involucrados, por ejemplo, en sus estudios. Luego de tocar fondo, cuando el problema lo rebasa todo y cuando parece que ya no hay marcha atrás, siempre uno de los personajes clamará por ayuda ante la imagen de la Virgen de Guadalupe. Entonces aparecerá la rosa blanca. Puede ser sobre una repisa, dentro de un maletín, sobre un velador, en fin. Lo importante es que esa rosa, que aparentemente posee propiedades mágicas, significa el anuncio inminente de que la Virgen de Guadalupe, con capa y espada, le pondrá remedio al inconveniente. Una vez solucionado el problema, el protagonista de turno que estuvo metido en él recibirá en su rostro la descarga de aire milagroso, como confirmación de los servicios prestados por la superheroína. Entonces, todos felices, colorín colorado, este cuento se ha acabado. Así de simple y repetitivo.

Pero, cuidado. Detrás de lo que aparenta ser solo una ficción que supuestamente rescata los buenos valores y endereza caminos torcidos, hay una serie de objeciones serias que podemos plantear.

Primero, lo que es más palpable: incita a la idolatría. No hace falta hurgar mucho para darnos cuenta de ello. Todas las peticiones van dirigidas a la imagen de la Guadalupe. Y esta actúa de manera sobrenatural usurpando funciones exclusivas de nuestro Señor Jesucristo, único intermediario entre Dios y el hombre. Aunque está claro que hay un trasfondo viable para los católicos.

Segundo, el elemento central de las historias, la bendita rosa blanca, rebaja el espectro espiritual a los niveles de la superstición y la magia. Cumple una función catalizadora comparable con las barajas del tarot, los amuletos y demás, lo cual nos empuja a considerarla como una especie de culto fetichista. Siendo, en realidad, un engaño total, una farsa monumental.

Tercero, muestra una desviación total de cómo funciona la fe genuina y verdadera. Por lo general, los episodios hacen desfilar a personajes que no tienen conexión alguna con Dios; sus vidas transcurren a leguas de distancia de lo que podríamos establecer como espiritual. Y es recién cuando se ven en serios aprietos que claman a la imagen de la Guadalupe. ¡Y esta les responde positivamente! Es decir, el mensaje que subyace es el siguiente: vive apartado de Dios todo lo que quieras, y solo cuando necesites ayuda, recurre a Él. Bueno, ni eso: recurre a una imagen que hará las veces de Dios.

Cuarto, a la par de un supuesto culto positivo a quien encarna supuestos valores cristianos, las tramas suelen ser muy permisivas con conductas que, a la luz de la moral cristiana, son absolutamente reprochables. Por ejemplo, presentan o al menos dan a entender que las relaciones sexuales prematrimoniales son absolutamente normales, incluso aconsejables, y que no merecen objeción alguna (más allá de posibles riesgos de embarazos no deseados o de enfermedades de transmisión sexual; o sea, ninguna objeción moral). Podemos ver fácilmente en algún episodio a una adolescente que acaba de fornicar pidiendo a su virgencita que la ayude.

Quinto, es una serie que promueve una visión progresista y posmoderna de la homosexualidad, presentándola como algo normal y sancionando, más bien, a quienes están en contra de ella. Plantea, entre niños y adolescentes, la idea de moda de que la homosexualidad es valorable, que no hay nada malo en ella, pues lo que importa es el amor, así sea entre personas del mismo sexo. Esto implica un mensaje que entra en conflicto no solo con la doctrina cristiana, sino incluso con quienes profesan la fe católica.

Para resumir, diremos que La rosa de Guadalupe es una serie nefasta que levanta la bandera de la religiosidad, del fariseísmo moderno, y que está muy —pero muy— lejos de promover valores espirituales consecuentes con el cristianismo y, más bien, muy cerca de la hipocresía pacata. Encarna perfectamente la visión distorsionada de un cristianismo fast food, resumible en la siguiente frase: vive como quieras, lejos de Dios, transgrede y peca (como es normal en todos los seres humanos), y cuando estés en aprietos, solo cuando en efecto lo estés, acude a la mano salvadora de Superguadalupe, que ella te comprenderá y rescatará del más profundo abismo en el que caíste. Recibirás tu rosa blanca y un airecito milagroso en el rostro.

Es por todo lo expresado en esta entrada de blog, que el enemigo está muy feliz con el culto a la virgen morena. Y es que ésta ha sido otra de sus armas, pues mientras la gente siga en idolatría y sin conocer lo que la verdadera Palabra de Dios dice, seguirán cayendo tras una de las muchas caretas que el enemigo usa, para desviarnos del camino en búsqueda de nuestro Redentor y lograr reestablecer una relación con el Creador y Dios Verdadero. Y es que si hay algo que queda claro cuando se lee la Biblia, es la cantidad de veces que nuestro Creador nos advierte de no ir en pos de otros “dioses” y de no dar veneración a objetos, imágenes, ni incluso a otras personas darles la adoración que solo pertenece a nuestro Creador. Por más buenas intenciones que se tengan, poner oraciones en manos de la vírgen María es una pérdida de tiempo, porque ella no puede responderlas, y quien se enmascara para responder es quien busca que pierdas tu alma. ¡No te dejes engañar, y suelta las tradiciones de hombres que van en contra de la Palabra de Dios!

Fuentes bibliográficas
  1. Alarcón, R.; García, M. Pintura Novohispana. Museo Nacional del Virreinato. Tomo II. México.
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