"Soy Homosexual" o La tiranía de Sodoma

Recibo un día una carta de un seguidor desconocido que me dice «soy homosexual», y añade que mis palabras le han herido a él y a sus amigos homosexuales por encontrarlas un poco homófobas.

 Ese comentario me ha sumido en algunas reflexiones cuyas conclusiones comparto aquí.

Diálogo hipotético:

– Buenas tardes. Yo me lo hago con mi perro.
– Pues yo con un calabacín.
– Y a mí qué me cuenta.
– Eso digo yo.

Eso es exactamente lo que me ha pasado. Pero seguro que nadie se sorprenderá de lo ocurrido. Está normalizado que ciertas minorías digan públicamente sus gustos sexuales. Pero sólo estas minorías.  Las otras que lo hacen con los productos de la huerta o con los animales de corral no pueden, porque sería chocante y de muy mal gusto. Esto es lo que llamo la tiranía de Sodoma.

Y pregunto:
¿Es correcto escribirle a un autor para pedirle que éste tenga en consideración mis prácticas y preferencias sexuales? ¿cómo puede ser que alguien inteligente y educado cometa semejante falta de respeto?  ¿Tan lejos hemos llegado? Parece que sí.

Ahora, quitémonos el implante y reflexionemos al margen de la programación mental. ¿Qué significa decir «soy homosexual»? ¿qué se está diciendo cuando se anuncia públicamente a desconocidos «soy homosexual»?

En mi opinión, y lo mire como lo mire, esa persona está diciendo : » Me gusta el sexo con personas de mi mismo sexo», es decir, «soy sodomita y me gusta el sexo anal».  No hay más. Eso es lo que se está diciendo. «Ser homosexual» no es una referencia a un tipo de filosofía o visión del mundo, no es una ideología ni una creencia religiosa. Porque si a una persona le gusta la compañía de personas de su mismo sexo para hablar, pasear, pensar o compartir una buena cena, no diría «soy homosexual», simplemente no diría nada, porque amar la compañía de seres de tu mismo sexo no tiene ninguna etiqueta, a lo sumo, filantropía. Luego, «ser homosexual» se refiere exclusivamente a gustar del sexo anal, y perdonen la literalidad, pero es necesaria para dejar claro este asunto.

Y apunto todo esto porque, en las relaciones sociales, nadie hace referencia a sus prácticas y gustos sexuales así porque sí, como para autodefinirse, a menos de estar en momentos de gran intimidad o de encontrarse en un prostíbulo o espacio semejante donde uno tiene particular interés en informar al otro de sus gustos eróticos.

Me podrán llamar mojigata y anticuada, me da igual, pero, para mí, que un desconocido me escriba para decirme «soy homosexual» me resulta soez, impertinente, grosero, impúdico y obsceno; es una absoluta falta de educación, de decoro, de respeto a la vida privada de uno mismo y de los demás. Sin embargo, nadie se sorprende de tener que escuchar semejante barbaridad. Y los que lo dicen se creen en su pleno derecho a imponer su intimidad, y exigen que se les respete, cuando son ellos los que están faltando el respeto.

Observemos que cuando escribimos a un desconocido, solemos presentarnos por nuestra profesión (soy gerente)  o estado civil (soy viuda), por nuestra  cercanía física (soy vecino del edificio o del barrio) o familiar (soy el primo de tu tía Segundina), por nuestro activismo social (soy ecologista), o nuestras creencias religiosas o políticas… es decir, que nos presentamos por nuestra participación, más o menos activa, en la sociedad, pero no solemos presentarnos por nuestros gustos sexuales, excepto el original Salvador Dalí que, ya en 1929, se presentaba como el Gran Masturbador.

En 1929, Salvador Dalí pintó su autorretrato al que tituló «El gran masturbador» dejando claro que su relación sexual se limitaba a sí mismo, razón por la cual murió virgen y sin descendencia.
Este cuadro se encuentra en el Museo Reina Sofía y llegó a las colecciones nacionales porque Dalí estableció en su testamento que, después de su muerte, sus colecciones privadas serían heredadas por el Estado español. Dalí era narcisista, ególatra, cientificista, cero espiritual, y, como buen seguidor de las teorías freudianas,  especialmente centrado en el sexo.

Cuando, en nuestra sociedad, alguien se presenta diciendo «soy homosexual»,  significa que para esta persona su actividad sexual anal es central y definitoria de su manera de estar en el mundo, y considera necesario informarnos de ello, porque algo espera de nosotros, supongo. Pero ¿qué?

Ahora pregunto a los interesados: ¿De verdad es el gusto por la sodomía tan relevante como para presentarse y autodefinirse con esa etiqueta?

Así, concluyo que, en este mundo invertido donde todo es lo contrario de lo que debería ser, estamos viviendo una tiranía de los sodomitas, que están siendo apoyados por todo el sistema con trailers de dinero público para carrozas y fiestas del orgullo, desde donde se nos está diciendo que el sexo anal  SÍ se puede publicitar y expresar abiertamente, que SÍ es políticamente correcto, mientras que sentirse molesto por ello podría llevarnos a ser acusados de ser  culpables de delito de odio. Manda huevos.

Parece que estos colectivos minoritarios no saben que la base de toda democracia es que se escuche y gane la voluntad de la mayoría. Como muy bien explica García Trevijano, la única garantía de estar en una democracia es que se haga lo que pide la mayoría, que  es la mitad más uno.  Todo pacto o consenso de las minorías es, por definición, corrupción. Y es lo que está pasando en España en todas partes, porque no hay segunda vuelta, porque el poder lo consiguen a base de pactos a puerta cerrada.

Reivindico desde aquí, que es mi casa, el derecho a expresar libremente mi opinión sobre la necesidad de una sexualidad más discreta y respetuosa, la necesidad apremiante de que la vida privada se mantenga privada y de que la minoría sodomita  deje de imponer sin pudor a la mayoría su muy sesgada visión de lo que es correcto.

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