Series que se levantan contra la obsesión de EEUU por lo políticamente correcto

Las palabras pueden ser como puñales. Herir como puñales. Incluso, para algunas personas, las palabras deben ser fiscalizadas como puñales. Ensangrentados. Como el arma del crimen que encuentra Sherlock Holmes tras sus pesquisas. En Estados Unidos, donde el umbral de la ofensa ya es epidérmico, esta deriva es más evidente que en cualquier otro sitio del planeta.

A pesar de todo, algunos divulgadores, cómicos y hasta series de televisión están tratando de levantar un muro de contención que resista la embestida neovictoriana de ese tsunami políticamente correcto que aspira a arrasarlo todo. Hasta que no haya ninguna arista incómoda. Hemos escogido cuatro de ellas, haciendo especial hincapié en la última, la más reciente.

Cuatro jinetes contra el Apocalipsis Victoriano

Series de dibujos animados como South Park, Padre de Familia, Rick y Morty o Paradise PD son los principales defensores de la libertad de expresión en Estados Unidos, y también el principal enemigo de la obsesión por lo políticamente correcto.

Vayamos con uno de los últimos ejemplos. En Paradise PD, en el capítulo 1×03, podemos observar una ácida crítica a la polarización moral de los medios en función de su ideología política y cómo se aborda el caso de un policía negro que se ha disparado a sí mismo, lo que se anuncia como un caso de racismo por parte de la policía (no importa que se haya disparado a sí mismo por accidente, lo que importa es que la víctima sea negra y el agresor, un policía).

El capítulo concluye con una imagen granguiñolesca de sexo que un periodista describe en estos términos (antes de que le estalle su cabeza robótica, por cierto):

Parece que un votante negro de Trump está montando a un musulmán transgénero miembro de la Asociación Nacional del Rifle con obesidad mórbida que le está realizando un aborto a una nazi provida y nazi progay… ¿En Fox News apoyamos parte de todo esto?

Que sepamos, nadie ha pisado el calabozo por emitir estas imágenes. Sin embargo, no hay poca gente dispuesta a que las cosas cambien. Algunos cambiando las leyes, otros a lo bruto, como el caso del atentado que sufrieron colateralmente los creadores de South Park por hacer chanzas de Mahoma.

También hay riadas de activistas que se quejan por todo, hasta de que se haga parodia de un personaje hindú en Los Simpson. También ha habido varios boicots a Fox por algunos de los episodios emitidos de Padre de familia, y ahora están intentando eliminar los chistes homófobos.

El creador de Rick y Morty también tuvo que pedir disculpas por frivolzar acerca de la pedofilia, algo que hacen a menudo en Padre de familia (donde varios personajes tantean esta idea y hasta existe un anciano abiertamente pedófilo) o South Park (donde hay incluso una suerte de club de pedófilos en uno de los capítulos).

Esta clase de chistes o parodias eran muy comunes hace años, en películas como Aterriza como puedas (los continuos guiños pedófilos del piloto con el niño que visita la cabina están entre lo mejor del largometraje), pero ahora levantan ampollas.

O antes también las levantaban, pero sencillamente no les hacíamos tanto caso, no les otorgábamos un papel protagónico. Al fin y al cabo, todos nos podemos sentir ofendidos por cualquier tipo de cosa (desde la ignorancia a la magufería, pasando por una visión torticera del romanticismo presentada por la mayoría de filmes del género).

El problema parece residir en que damos por sentado que si algo nos ofende es necesariamente malo, como si nuestra sensibilidad fuera el termómetro moral por el que debe regirse el mundo (o peor aún, como si creyéramos que si un tema hiere más sensibilidades es necesariamente peor que otro que hiere pocas, cuando las mayorías no siempre están en lo cierto: el sufragio universal llegó tan tarde a Suiza precisamente porque se hacía demasiado caso a la mayoría de los suizos que votaban).

Gente inteligente exigiendo cosas estúpidas

A medida que las aulas de las universidades empezaron a no estar únicamente representadas por hombres blancos, heterosexuales y protestantes, el interés por el activismo y los movimientos sociales creció exponencialmente, alcanzando finisterres difíciles de imaginar, y cuyo mayor empuje tuvo lugar gracias al Mayo del 68.

Esto ha llevado a personas como Regina Austin, profesora en la Escuela de Leyes de la Universidad de Pensilvania, a afirmar que deberían crearse leyes específicas para cada etnia porque las leyes actuales son instrumentos de opresión del hombre blanco.

Joe Feagin, profesor de Sociología de la Universidad de Texas, sostiene que Estados Unidos debe pagar una indemnización equivalente al 25% del PIB a sus ciudadanos afroamericanos para compensarles por el sufrimiento de sus antepasados esclavos.

Todas ellas, unas peticiones que, más que buscar la universalidad, a pesar de las diferencias, parecen obstinadas en eclipsar la realidad a través de la ocultación por el lenguaje y los gestos de superioridad moral.

Lo más irónico de todo es que, siendo Estados Unidos el líder del postureo políticamente correcto, a su vez es el país rico con peores condiciones de vida en casi todos los ámbitos analizados.

Por ejemplo, sus índices de homicidios son muy elevados. Sobre todo en algunos de sus Estados. Algunos de esos Estados, de hecho, se emparentan más con Albania y Uruguay que con democracias occidentales muy asentadas como Gran Bretaña, Holanda o Alemania.

Podríamos pensar que estas diferencias se deben al acceso legal a las armas por parte de su población civil, pero también este vínculo causal parece esquivo: si restamos todos los asesinatos con armas de fuego y contabilizamos solo los cometidos con cuerdas, cuchillos, tuberías de plomo, llaves inglesas, candelabros y demás objetos cotidianos, el índice de muertes violentas entre los estadounidenses es superior igualmente al de los europeos, aunque las estadísticas son muy diferentes si miramos Estado por Estado.

Si bien hay Estados que sí son muy similares a Europa, como Nueva Inglaterra, Iowa, Montana o Minnesota, con índices de homicidios inferior a 3 por cada 100.000 habitantes al año, en el punto diametralmente opuesto tenemos estados como Arizona (7,4), Alabama (8,9) o Luisiana (14,2).

Para que nos hagamos una idea de estas cifras, Uruguay tiene 5,3 homicidios por cada 100.000 habitantes y Jordania, 6,9. Pero si acercamos la lupa al mapa de Luisiana, descubriremos lugares como el distrito de Columbia, con un índice de 30,8 homicidios, en la línea de los países centroamericanos más peligrosos.

Si revisamos la historia de Estados Unidos, descubriremos que la misión civilizadora del gobierno nunca penetró en el sur americano tanto como en el nordeste del país. Es decir, que los americanos, sobre todo los del sur y el oeste, nunca terminaron de firmar un contrato social que otorgara al gobierno el monopolio del uso legítimo de la fuerza. Y es precisamente en estos Estados donde los índices de homicidios se disparan.

A pesar del celo moral de sus habitantes, Estados Unidos también es el único país desarrollado que no cuenta con seguro universal de salud y que presenta mayores desigualdades sociales.

Según un estudio del Imperial College de Londres y la Organización Mundial de la Salud (OMS) realizado en 2017, en el que se han analizado el promedio de vida de los habitantes de 35 países industrializados, se establece que, para el año 2030, Estados Unidos será el país rico con menor esperanza de vida del mundo tanto para hombres como para mujeres.

En otras palabras: todos los norteamericanos morirán antes que nosotros, aunque lo harán sin decir palabrotas. Sin ofender a las minorías. Sin frivolizar temas dramáticos (lo que significa desdramatizarlos, en realidad). Evitando que haya demasiada sangre o sexo en las películas aptas para mayores de 13 años.

Efectos contraproducentes

Por si esto fuera poco, el excesivo control del lenguaje y un movimiento por lo políticamente correcto cada vez más opresor están propiciando justo lo contrario de lo que se trata de conseguir. Sencillamente, la gente se está hartando. Por ello, la batalla por lograr un espacio totalmente aséptico parece estar alcanzando algunos síntomas de agotamiento a raíz de sus excesos.

Estrellas de la radio como Rush Limbaugh han llegado a defender el uso de expresiones como «feminazi» como reacción a una supuesta epidemia de corrección política (PC, por political correctness) en las universidades, recordando las palabras del cómico George Carlin cuando se refería a los adláteres del PC: «Gente presumida, vanidosa y bien alimentada ha inventado un lenguaje para contener sus pecados».

La serie de animación South Park, que siempre se ha caracterizado por su zafiedad, empezó a dedicar dos temporadas completas a un único tema: criticar los excesos de corrección política con un nuevo director de la escuela, el director PC.

En el capítulo titulado Espacio seguro, por ejemplo, Eric Cartman publica una foto suya en Twitter, exhibiendo sus evidentes lorzas, porque él está convencido de que en realidad está «fuertecito» y no «gordo».

Los comentarios burlones a través de la red social no tardan en manifestarse. Cartman, hundido, traslada su situación al director PC, que decide confinarle en un espacio seguro libre de críticas. Para ello, obliga a otro alumno, Butters, a que borre todos los comentarios ofensivos a Cartman en lo sucesivo, y que le imprima en papel únicamente los comentarios favorables.

Cartman empieza a ser feliz de nuevo. Poco a poco, sin embargo, cada vez hay más personas que empiezan a solicitar los servicios de Butters, como Steven Seagal, Demi Lovato o Vin Diesel. Tras pasarse días enteros moderando comentarios ofensivos, Butters somatiza todo ese mal y cae enfermo. Y de repente, el Sr. Realidad, un villano enmascarado que intenta arruinar el espacio seguro de las personas, aparece en la casa de Butters amenazándole de muerte por ignorarle.

Cada vez son más las personas que precisan los servicios de Butters, pero este ya no es capaz de proporcionarlos, así que todos tienen una idea genial que resulta ser tremendamente irónica: se reparten miles de iPads entre los niños pobres de los países del Tercer Mundo para que sean ellos los que trabajen diariamente en proteger a la ciudadanía de los comentarios ofensivos, es decir, de su virtud moral.

El Sr. Realidad es ahorcado en la plaza pública. Y, a partir de entonces, todos pueden vivir felices y comer perdices.

¿Acaso puede haber un buen resumen del actual estado de las cosas en el país rico más desigual y con menor esperanza de vida del mundo? ¿Acaso no nos estamos equivocando de enemigos que abatir a la hora de que todos vivíamos más felices y durante más tiempo?

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