El «verdadero» comienzo de año, el 1 de enero del calendario gregoriano, es apenas una convención impuesta por la costumbre.

El «año» es una revolución alrededor del Sol, que no tiene «principio» ni «fin» pero, si debe considerarse alguno, es cuando el Sol se posicione en el grado 0 del primer signo, Aries. Ése es el equinoccio de marzo (este año, 20 de marzo a las 19 hs); ése es el comienzo del Año Astrológico y por ende, Esotérico.

Ritual de equinoccio

En este caso, se trata de, a la hora citada —que es cuando el Sol se ubica perpendicular a la línea ecuatorial— encender una vela blanca frente a un cuenco (de vidrio o cristal) lleno de agua. Este cuenco es fundamental: no sirve de cerámica o cualquier material opaco, ni de plástico. En consecuencia sí puede ser de vidrio coloreado, o con detalles grabados o pintados, siempre que pueda verse a través de él. Y debe ser un «cuenco», no un vaso (aunque sí puede ser una copa de boca ancha).

Vestir de blanco, o completamente desnudos para este rito.

Como decíamos, se deposita el cuenco frente a la vela encendida formando —vela, cuenco, persona— una línea mirando hacia el Este.

La tolerancia respecto de la hora indicada es, si fuera antes, cuarenta minutos, y si fuera después, quince minutos (para no salir del rango de Hora Planetaria en que se encuentra).

Se toma el cuenco y se pronuncia sobre él, con voz fuerte y clara, los propósitos y objetivos, propios o de nuestras relaciones, para el presente año astrológico; debe cuidarse observar que la voz —mejor dicho, el aliento expelido al hablar— agite la superficie del agua visiblemente. Esas «afirmaciones» se repiten una segunda vez (sugerimos tener entonces previamente muy en claro qué vamos a invocar a nuestras vidas), y luego se toma el cuenco con ambas manos y a través de él se observa la llama de la vela.

Entonces, mojamos el dedo índice y medio de la mano derecha (manteniendo el pulgar cubriendo anular y meñique) en el agua y salpicamos a las cuatro direcciones cardinales, arriba y abajo (volviendo a empapar en agua los dedos cada vez).

Tras ello, tomamos el cuenco y bebemos tres tragos, en cada uno agradeciendo a cada aspecto Trino de nuestro Ser (Cuerpo, Mente, Espíritu) por ser y estar aquí y por elegir este momento, tras lo cual elevamos el cuenco sobre nuestra cabeza y derramamos su contenido lenta y delicadamente sobre la misma (podemos hacerlo de manera que el agua fluya hacia un recipiente o superficie sin mojar el resto del cuerpo).

Acto seguido, estrellamos el cuenco contra el suelo, rompiéndolo, y colocamos ambas palmas de las manos sobre la llama de la vela, diciendo: «El Todo es Luz y Sombras, pero elijo ser vehículo de su Luz», y frotamos inmediatamente nuestro rostro.

El Ritual ha finalizado. Se deja consumir la vela hasta el final y, junto con los restos del cuenco, se entierra en algún lugar al aire libre antes que anochezca el día siguiente.

Por Gustavo Fernández.


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