¿Quién entiende a las mujeres?

Yo solo sé que a nosotras mismas nos cuesta entendernos, vas a pensar que son las hormonas que nos hacen inestables, dicen que somos montañas rusas emocionales. Pero no, no es por eso. Para entender algo, lo que sea, ayuda conocer su historia, su contexto, saber de dónde viene y a dónde va. Su pasado, sus deseos, su presente, sus malestares, sus sentires… ¿Cómo vas a entenderme si ni yo misma sé bien lo que quiero? ¿Si a veces no sé quién soy? Solo a veces…

Las de mi generación crecimos en escuelas mixtas y ambiente democrático en el que escuchábamos por todas partes que éramos iguales que los hombres, que nosotras podíamos, que nuestras antepasadas lo habían conseguido para nosotras, que podíamos vivir nuestra vida como quisiéramos. Lo escuchamos en todas partes y lo creímos a pesar de que chocaba cada día frontalmente con la realidad que vivíamos. En casa era tu madre la que se encargaba de todo, la que cuidaba y servía a tu padre, era ella la que nunca paraba, la que siempre estaba cansada y no cobraba el trabajo extra. Además pedía permiso para tomar algunas decisiones que tu padre tomaba por derecho.

Era a ti y no a tu hermano a quien pedían que se levantara a medio comer a buscar el pan o un cuchillo que faltaba en la mesa. Eras tú la que de adolescente por más que quisieras tenías los horarios y las libertades mucho más recortadas que las de tus amigos varones. Eras tú la que estaba más bonita callada y por más que protestaras no se oía tu protesta. Aprendiste a no tocarte, a no sentir tu cuerpo a reprimir tus impulsos. Eras tu la que aprendiste a llorar y tragar en lugar de gritar de rabia y dar un puñetazo en la mesa. Porque una señorita nunca es violenta, solo se le permite disfrutar del rol de víctima. Pequeños hechos cotidianos recortaron tus alas sin ni siquiera ser consciente. Así poco a poco interiorizaste que era una ciudadana de segunda, que de algún modo tenías que ganarte el lugar. Nadie puso palabras a eso. El discurso siempre fue que podías hacer lo mismo que ellos. Así se gestó una contradicción interna que trae bloqueos, confusión, miedo a brillar, síndrome del impostor y demás ideas locas que no comparten los hombres.

La psicología femenina ha de ser vista en su contexto. Si quieres entender a las mujeres, si quieres entenderte tendrás que encontrar y encajar las piezas de un puzle grande que incluye 7.000 años de patriarcado. Mucho dolor en las mujeres de tu árbol genealógico y en tu infancia.

Ha pasado el tiempo pero todavía eres tu la que aprieta el paso cuando anda sola tarde por la calle. Es a ti a la que le gritan piropos inquietantes y le hablan por Facebook desconocidos. Eras tú la que has tenido que decir “no” una y cien veces para parar cuando quieres parar en un encuentro sexual. Eres tú la que has tenido que escuchar que eres estrecha, fea, tonta, guarra o lo que sea cuando no has satisfecho el deseo de un hombre. Eres tú la que ha cedido y ha complacido solo por no pasar por esa humillación. Eres tú la que guarda el asco muy adentro.

Eres tú la que internamente sabe aunque te ha costado muchos años ponerle palabras que la sociedad no considera que tienes la misma dignidad que un hombre. Y eres tu la que siente rabia, frustración e impotencia ante esa realidad. Y todo eso está dentro de ti creando contradicciones que te llevan algunas veces a no saber quién eres. A no saber si de verdad eres esa que se siente digna, esa que sientes dentro y que se sabe con pleno derecho o esa otra que tienes que ser, que se espera que seas porque es así como son las mujeres.

¿Quieres entenderme? Yo también quisiera. Quisiera saber por qué,  por más que lo intento sigue sin gustarme mi cuerpo, por qué envejecer supone una pérdida, por qué tengo que vivir luchando y entristeciéndome tanto porque mis pechos se han caído, por mis arrugas, por mis canas porque se acerca la menopausia. Por qué quisiera estar más delgada y por qué ni un solo día de mi vida he comido sin culpa. Y sigo preguntándome por qué para la sociedad, lo más importante de la inmensidad de quién soy es lo que hay de la piel para afuera. Por qué mi cuerpo está en el punto de mira y parece que pertenece a otros más que a mi. Porque por más que me dicen que sea yo misma y que yo lo valgo, son miles, que digo millones las imágenes que he visto de mujeres como objetos. Jóvenes y «perfectas» usadas como ornamento para películas, publicidad y hasta presentando el telediario. Belleza femenina para complacer al varón y que no cambie el canal, porque es él el que tiene el mando a distancia.

Crecimos viendo televisión, revistas y libros de texto que nos explicaban como era el mundo. En el mundo del pasado no había mujeres, ninguna mujer hizo historia a pesar de haber sido brillantes. Algunas ejerciendo profesiones «de hombres» en la sombra otras pariendo y criado a toda la humanidad. En el mundo del presente solo podía haber mujeres jóvenes y guapas con papeles secundarios, o de modelos en las pasarelas. No leímos en los periódicos, ni en las revistas sobre los mismos temas que oíamos hablar a las mujeres de nuestra familia. Por eso no nos parecieron importantes esos temas. No se hablaba de dolores menstruales, no se hablaba de lo difícil que es criar a un hijo, de lo que duele separarse de él, del amor que se les tiene, de las preocupaciones que causan, de patrones, de costuras, de la experiencia tan poderosa que es un parto, de que detrás de cada tiro de cada película de acción, de cada guerra real hay una madre perdiendo un hijo, perdiendo una inversión de energía brutal; la que se necesita para que un ser humano llegue a los 18 años. La vida no tiene valor mientras la mirada femenina no se proyecte en todos los ámbitos.

No se habla de la renuncia y el dolor que supone ir al mundo laboral queriendo con todas tus entrañas estar junto a tus hijos. No se habla de la violencia económica a la que está sometida nuestra naturaleza. No se habla de la inmensa alegría y placer que da amamantar a un bebé. De lo sola que está y lo invisible que es una madre en un mundo patriarcal, donde solo lo productivo es visible y tiene valor. De lo que jode que todo el mundo espere que seas madre y tu sepas que eso no es para ti. En los periódicos no se habla del dolor desgarrador que supone dejar a un hijo en una guardería por ejercer tu derecho a ser productiva. La política tampoco habla del derecho a criar a tus hijos y a que se te proteja mientras lo haces. Al menos los 9 primeros meses de vida que es lo que la ciencia estipula como necesario. Solo se habla de tu derecho a trabajar y ser productiva para un capitalismo loco que se engulle a sí mismo mientras se carga el planeta que nos sustenta a todos.

No se habla de subir el bajo del pantalón, ni del croché, ni de hacer punto, porque es mejor usar y tirar. Tampoco he leído sobre las lentejas que se quemaron o las cortinas recicladas en trapos del polvo, o de la satisfacción de inventar una receta ponerla en la mesa y que no quede ni rastro. Aunque eso sea lo que da sentido y continuidad a la existencia. Los cuidados debería ocupar un lugar protagonista en la sociedad puesto que son lo que sustenta la vida. Pero no, no son importantes, de hecho no merecen ni ser pagados, ni reconocidos para esta sociedad patriarcal loca de ego e incapaz de honrar la vulnerabilidad de la vida y a quienes la sustentan.

Todo eso es invisible a los ojos de la maquinaria cultural y mientras que no se valore lo que las mujeres hicieron y hacen por la humanidad siguen creciendo mujeres inseguras para ir con firmeza hacia su objetivo, ya sea ser astronautas, presidentas del gobierno, madres, chef, costureras, educadoras de perros, Papisas en Roma, cuidadoras de ancianos o lo que les de la gana.

Así que si eres mujer y te sientes rara o neurótica quiero que sepas que una buena parte de ese peso es compartido. No es cosa tuya y es necesario que compartamos más y más.

A veces me pongo en el lugar de los hombres y pienso: «que difícil la tienen los pobres». Las mujeres podemos ser intensas aún sin proponérnolo; es nuestra naturaleza. Además, por alguna razón las latinas tenemos una mayor dotación emocional que otros grupos étnicos. Por eso a veces los hombres usan la simpática frase: ¿Quién entiende a las mujeres? Platicando con amigas, llegamos a la conclusiones de que si hay contradicciones, aqui algunos ejemplos.

– Le decimos a los hombres  NO cuando en realidad queremos decir que SI. ¿Dónde aprendimos el mal hábito? ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo expresarnos?

– Tomamos café al despertar; dos horas después té para acceder ese espacio de «armonía y serenidad»¿Cómo? ¿Primero up y después down?

– Usamos el «Yo nunca» muy a menudo…cuidado, apenas lo decimos, ya lo estamos haciendo.

– ¡Quiero ser delgada! pero vamo al super y compramos comida chatarra, refrescos, postres y todo lo que no necesitamos en el refrigerador. Lo peor es que esperamos que él nos diga: ¡Que delgada estas mi amor!

– A menudo pensamos: ¡Odio a mi novio/pareja/esposo/peor es nada! Tres minutos después le enviamos un texto: ¿Estas enojado?, ¿Me quieres?

– Decimos: ¡Me chocan los selfies o posar en las fotos! para demostrar que no somos unas frívolas. La noche que nos arreglamos y lucimos mejor que Angelina Jolie, y alguien nos invita a posar ¡Aceptamos encantadas! Let’s face it! ¡A todas nos gusta posar!

– Cambiamos de planes de último minuto y esperamos que nuestra pareja «comprenda». Error si él hace lo mismo…lo maldecimos y mandamos a la cárcel del silencio, y por supuesto que le recriminamos «nunca me tomas en cuenta» ¡Traidor!

– Cuando estamos con él somos débiles como palomas. Pero solas ¡podemos con todo! Nos volvemos Margaret Tatcher si es necesario ¿Qué onda?

– Si un hombre nos consiente o es muuuuy bueno nos chiflamos y lo tratamos con indiferencia. Si no nos pela, es un «ingrato, malnacido, creído, insoportable».

Soy la primera en aceptar que puedo ser impredecible, pero considero que estas paradojas nos hacen personas divertidas e interesantes siempre y cuando las usemos con medida; entender y aceptar nuestras dualidades nos permite mantener relaciones más tranquilas.

A nuestro favor tenemos el hecho de que está científicamente comprobado que “Las mujeres nos caracterizamos por ser emocionales debido a las fluctuaciones hormonales y naturaleza sensible, especialmente durante ciertos momentos de nuestro ciclo* . El problema es que en ocasiones no hay una razón lógica para los cambios de humor.

Como lo que intento es motivarte e inspirarte para tener una vida más feliz estas son mis dos recomendación para evitar volver loco a un hombre en «esos momentos tridimensionales» (que ni nosotras entendemos).

1. Si estas de mal humor, opta por el recurso de “huida de emergencia» que significa: No ver a la persona en cuestión, o reducir interacción para evitar roces.

2. Se sincera y clara con él. Dile cosas como: «Mi amor ando rara, no me peles por favor, ya pasara». Te garantizo que el drama se reducira, y él entenderá que un mal día cualquiera lo tiene. Si usas el auto control transmitiras una imagen de mayor estabilidad.

3. Busca el lado simpático de cada situación y ríete, de ti y tus puntadas. La mejor medicina para relajarte.

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