¿Qué sabemos sobre el apetito? Depende del tipo de alimento, la velocidad con la que se vacíe nuestro estómago y las hormonas que se segregan

La semana pasada también explicamos por qué nuestro apetito no dependía del tamaño del estómago y que, de hecho, este no variaba en función de la cantidad de comida que le acostumbrásemos a digerir. Por eso no hace falta más alimento que de costumbre para llenarlo y reducir así el hambre. Esta semana la pregunta es cómo regula el apetito nuestro organismo. ¿La respuesta rápida? Dependerá, entre otros factores,del tipo de alimento y de las hormonas que su interacción con las células del tubo digestivo segreguen.

«El tamaño del estómago aumenta con la edad y, por tanto, su capacidad. Sin embargo, niños con estómagos muy pequeños pueden tener obesidad, y sujetos con estómagos de tamaño normal pueden sentirse saciados de forma muy precoz», matiza a Maldita Ciencia Violeta Sastre Lozano, facultativa especialista del Área de Aparato Digestivo en el Hospital Universitario Santa Lucía, en Cartagena (Murcia). «Esto es debido a que lo importante [en relación al apetito] es la velocidad de vaciamiento gástrico o el tipo de alimento que ingerimos«, añade.

Ahora bien, a pesar de no influir en el tamaño del estómago, cambiar la cantidad de alimento que ingerimos habitualmente sí interviene en los mecanismos de control del apetito. «Generalmente lo hacen a varios niveles: a nivel local en el tubo digestivo, y sobre el sistema nervioso central (lo que también influyen de forma indirecta sobre el tubo digestivo y la ingesta)», comenta la experta.

Sastre explica cómo, durante una comida, los alimentos interaccionan con las células del tubo digestivo: «Hay hormonas que controlan la cantidad de alimentos ingeridos. Si estas se bloquean o no se secretan, podremos ingerir más cantidad de alimentos«. ¿Por qué? Por que la sensación de saciedad llegará más tarde. Estas hormonas (como la colecistocinina, GLP-1, péptido YY) son las encargadas de la interacción con los receptores del cerebro que controlan la sensación de saciedad.

La colecistocinina, por ejemplo, retrasa el vaciamiento gástrico, haciendo que los alimentos permanezcan más tiempo en el estómago y ralentizando su paso al duodeno. «Además, sus acciones saciantes son mayores cuanto más distendido está este (es decir, cuanto más contenido tiene)», comenta Sastre. También dependerá de la carga calórica del alimento.

Otra de las hormonas relacionadas con la saciedad es la leptina, cuya cantidad, paradójicamente, es mayor con el aumento de la grasa corporal. «Parece existir una concentración elevada de leptina en sangre de pacientes obesos, pero presentan una resistencia a su acción: no se transporta de forma adecuada a través de la barrera hematoencefálica para emitir después la orden de saciedad al tubo digestivo«, detalla Sastre.

Por el contrario, la grelina es la hormona del apetito: aumenta su concentración antes del inicio de una comida y disminuye rápidamente después. «Si realizamos mayor número de ingestas al día, la concentración de grelina se mantendrá en niveles inferiores a los que tendríamos si realizamos menos», expone Sastre. «Es decir, reducir los periodos de ayuno entre comidas disminuye la sensación de hambre con la que llegamos a la siguiente comida», concluye.

Gran parte de la relación hambre – saciedad que experimentamos depende del alimento que comamos. Según Sastre, echar mano de alimentos simples y rápidos de comer y con un índice glucémico alto hará que a nuestro organismo no le dé tiempo a la producir hormonas de saciedad en zonas intestinales más lejanas, dado que se absorben rápidamente en la porción más proximal del intestino delgado. «Por tanto, la sensación de saciedad es tardía y seguimos comiendo. Esto explicaría por qué hay pacientes que, tras someterse a reducciones de estómago y tras una pérdida de peso inicial, pueden seguir presentando obesidad», aclara Sastre.

Por otro lado, los alimentos ricos en fibra, no procesados ni predigeridos, hacen que se retrase el inicio de su absorción y el vaciamiento gástrico y se sintetizan antes las hormonas de saciedad.

«Si no hacemos caso a nuestra sensación de saciedad (por las hormonas intestinales), o esta llega demasiado tarde, podremos seguir comiendo hasta llenar nuestro estómago«, advierte Sastre.

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