Por qué necesitamos cambiar la actitud de que “los hombres son criminales y las mujeres son víctimas”

Recientemente, el secretario de justicia del Reino Unido David Gauke anunció que se habían concedido 1.6 millones de libras al apoyo de las mujeres vulnerables, como parte del compromiso del gobierno para reducir el número de mujeres que entran en el sistema de justicia criminal. Más aún, el gobierno se ha comprometido a invertir 5 millones de libras a lo largo de dos años en provisiones de comunidad para mujeres en el sistema judicial y aquellas que se encuentren en riesgo de cometer crímenes, incluyendo una asignación inicial de 3.3 millones de libras concedidas a 12 organizaciones que proporcionan un conjunto de apoyos especializados. La financiación se sigue a la publicación de la estrategia gubernamental sobre Delincuencia Femenina de junio del año pasado. Por el momento, no existe una estrategia semejante para los delincuentes masculinos, aparte del anuncio de que se construirán más prisiones.

La población reclusa actual en el Reino Unido no es una mezcla diversa de hombres y mujeres; por cada mujer en prisión hay aproximadamente 22 hombres y este ha sido el caso durante la pasada década. ¿Cometen los hombres 22 veces más delitos que las mujeres? ¿Nuestro comportamiento delictivo es 22 veces peor al de las mujeres?

No.

Como muestra un análisis de datos de la oficina de Estadísticas Nacionales (ONS) y el ministerio de justicia, los hombres no cometen 22 veces más delitos, ni los delitos de los hombres son 22 veces peores a los de las mujeres. De hecho, los hombres son arrestados, perseguidos y sentenciados aproximadamente entre 3 o 4 veces más que las mujeres, pese al hecho de que los comportamientos delictivos de hombres y mujeres son en general los mismos.

¿Por qué entonces hay muchos más hombres en prisión y por qué se usan estrategias de gobierno para disminuir la población reclusa femenina pero no la masculina? Esto se debe al sesgo gamma, la distorsión cognitiva que impacta en nuestra percepción del género.

En términos de crimen, cuando el criminal es un varón normalmente el hecho de su género se magnifica, y si el criminal es una mujer el hecho de su género generalmente se minimiza. Al revés, cuando una persona es víctima de un crimen este patrón generalmente se invierte. En resumen, los hombres generalmente son vistos como perpetradores y las mujeres como víctimas.

Este esquema ha recibido apoyo de la investigación de la Dra. Tania Reynolds, discutida en el podcast Heterodoxy. Empleando viñetas de sombras que se “dañan” entre sí, la Dra. Reynolds halla que “los participantes suponen más a menudo que el objetivo dañado era femenino, en especial cuando empleábamos los términos víctima y perpetrador…más aún, también hallamos que cuando las personas suponían que el objetivo dañado era una mujer, respondían de forma más positiva hacia ella…por lo que les obligamos a elegir entre hombre o mujer y hallamos que en la media las personas suponen que la víctima es una mujer. Aproximadamente un 76 por ciento de las veces. Pero esta probabilidad era incluso mayor cuando usábamos términos como “perpetrador” y “víctima”. Las personas suponen automáticamente que la víctima es una mujer, y cuando lo hacen, la prestan mucho más apoyo -algo que no ocurre con los hombres. En su lugar, ellos son percibidos como la causa porque, de acuerdo con este esquema, los hombres son los perpetradores.

El esquema de los hombres como perpetradores y las mujeres como víctimas se manifiesta de forma bastante notable en el sistema penal de justicia, tal como halló la Dra. Samantha Jeffries en su artículo de 2002. Sobre las delincuentes femeninas, señala que “desafían las ideas apropiadas de la feminidad a través de su criminalidad e implicación en el sistema de justicia penal, ambos dominio tradicional de los hombres. Por ello, al enfrentarse con mujeres criminales, se halló que el sistema de justicia no tiende a verlas como mujeres o como criminales. Las mujeres fueron construidas dentro de las ideas dominantes de feminidad en relación a la familia y la enfermedad mental, y esto proporcionó un modo de reposicionar a las mujeres delincuentes como mujeres “reales” y, en definitiva, no como criminales.” Cuando las mujeres delincuentes pasan al sistema de justicia penal, quienes se encargan de procesarlas no son capaces de reconciliar el género del delincuente con su criminalidad, tendiendo a minimizar su percepción de la perpetración. Las mujeres no pueden ser perpetradoras y los perpetradores no pueden ser mujeres. En su lugar, son víctimas porque tienen que serlo.

En el caso de los hombres la Dra. Jeffries se encontró con una historia muy diferente, una que maximiza la perpetración. Escribe: “Un análisis de los discursos judiciales que rodean a los delincuentes masculinos reveló que las discusiones estaban limitadas por supuestos masculinos dominantes que a menudo hacen que las sanciones sean más, no menos probables. Los discursos judiciales dominantes de la masculinidad se centraron en la maldad, la disrupción y la criminalidad. No había necesidad de reconciliar a los hombres con su ideología de género dominante porque la criminalidad resulta consistente con la “hombría”. En consecuencia, la simpatía judicial en raros casos se extendió a los hombres porque se percibía que una mayoría constituía una amenaza para el orden social y necesitaba de regulación controlada por el estado.” La misma naturaleza de los hombres significa que los hombres son criminales, maximizándose este aspecto de su género por el que son, de forma inherente, perpetradores.

Este esquema psicológico explica por qué la política gubernamental trata a las mujeres como víctimas (es decir, no como criminales) mientras que los hombres son despachados como criminales (es decir, no como víctimas). Varias directrices (La estrategia de la delincuente femenina, el informe Corston, la influyente conferencia Longford Trust de 2005 a cargo de la baronesa Brenda Hale, presidenta del Tribunal Supremo, y el libro con orientaciones para un Tratamiento Igualitario) coinciden en señalar que las historias de vida de las delincuentes femeninas deben ser tomadas en cuenta a la hora de considerar si entran en el sistema de justicia penal. ¿Han soportado abusos? ¿Sufren problemas de salud mental? ¿En último término, son víctimas? Esta línea de investigación no se extiende a los hombres. Al considerar los aspectos negativos de sus historias de vida, las delincuentes femeninas son compensadas con sentencias más suaves y tratamientos para apoyarlas y rehabilitarlas. Se aplica el esquema de las mujeres como víctimas y los hombres como perpetradores, llevando a una enorme discrepancia de sexo en la población reclusa.

Este esquema explica por qué, en cada paso del camino, los hombres son tratados de forma mucho más dura que las mujeres dentro del sistema judicial penal. La idea de percibir a las mujeres como criminales y a los hombres como víctimas resulta extraña para aquellos cuyo oficio consiste en administrar justicia. Trabajan dentro de un esquema de sexo discriminatorio que sitúa a los hombres y las mujeres en diferentes caminos a través del sistema judicial penal, causando esta gran discrepancia de sexo.

Pero no tendría por qué ser así. Imaginen que el sistema de justicia penal sí que tratara a los hombres y a las mujeres del mismo modo. Fantaseemos, por un momento, con que las variables externas y las historias de vida masculinas fueran tomadas en cuenta por el sistema de justicia del mismo modo que lo son en el caso de las mujeres. Pudieran empezar con el hecho de que los hombres y las mujeres procesan la angustia mental de forma diferente, y en consecuencia, se comportan de forma diferente en tiempos de angustia mental.

Los hombres y las mujeres normalmente procesan la angustia de forma diferente. Los hombres tienen más probabilidades de externalizar sus sentimientos, pasar a ser agresivos, abusar de substancias u optar por el suicidio; las mujeres muestran signos clásicos de ansiedad o depresión. No es una sorpresa que los hombres angustiados tengan más probabilidades de ser tratados en servicios de las prisiones, donde es habitual que las terapias se dirijan más a cambiar conductas que a tratar con la angustia emocional. En estas condiciones, puede que los hombres se decanten menos por buscar ayuda si temen que su rabia se interprete como un signo de criminalidad.

Dado que la psicología masculina es tan pobremente entendida y tan mal representada, los hombres pueden caer en el sistema de justicia penal cuando, de hecho, lo que necesitan es atención terapéutica. Esto hace que me plantee algunas cuestiones serias. ¿Cuántos hombres hay en prisión a los que debería haberse prestado ayuda por problemas mentales? Lo desconozco. ¿Cuántos hombres han padecido problemas de salud mental (o angustia mental) que les han condicionado a actuar de forma que han terminado en prisión? ¿Cuántos hombres han sufrido angustia mental (han perdido la custodia de los niños en los tribunales de familia, han perdido sus trabajos, o han tenido sentimientos suicidas) y, en un acto desesperación y pérdida de control, han dado a parar en la policía y el sistema de justicia, terminando en prisión al ser vistos como “hombres malos” cuando, en realidad, sólo necesitaban ayuda? ¿Cuántos hombres en el sistema de justicia penal deberían estar recibiendo ayuda psicológica en lugar de castigo? En la conferencia de psicología masculina de 2017, la Dra. Naomi Murphy (Fens Offender Personality Disorder Pathway, HMP Whitemoor) habló acerca de su trabajo tratando a delincuentes. Esto fue lo que halló:

– el 66.1% informó de abusos sexuales en la infancia

– el 72.6% informó de abusos físicos en la infancia

– el 80.6% informó de rechazo en la infancia

– el 66.1% informó de abusos emocionales en la infancia

– el 59.7% informó de antipatía parental

– el 43.5% informó de violencia doméstica parental

– el 54% de los hombres abusados sexualmente fueron victimizados por una mujer

Alrededor del 65% de los hombres con los que trabajó habían sufrido algún tipo de abuso infantil que, de haber sido tratado antes por el sistema, podría haber resultado en que los hombres pasaban de ser encarcelados a recibir la ayuda que precisaban. Y no es sólo el trauma emocional, también el físico puede mandar a un hombres por la senda tenebrosa. Una revisión publicada en Lancet Psychiatry sugiere que los golpes en la cabeza a raíz de accidentes, choques de tráfico, violencia o asaltos, etc, es decir, cosas que los hombres sufren más que las mujeres, puede llevar a lesiones neurales que afectan al funcionamiento del cerebro, pudiendo incrementar el riesgo de delitos violentos. Los autores muestran que, de las personas que están en el sistema judicial penal, alrededor del 20% sufría alguna lesión traumática del cerebro entre moderada y fuerte y otro 30-40% sufría algo menos serio. Al menos la mitad de la población reclusa (unos 40.000 presos) habían sufrido una lesión traumática cerebral. Cuando lo comparamos con el 0.5% de lesiones del mismo tipo en el público en general, observamos una enorme discrepancia.

Al hablar de los efectos de identificar tempranamente estas lesiones, el influyente profesor Huw Williams de la universidad de Exeter, comentó: “Abordar las lesiones cerebrales traumáticas, implica a menudo no sólo una mejora en las vidas de aquellos que delinquen, sino también una reducción de la delincuencia. Un conjunto de medidas podría reducir el riesgo de que aumente la delincuencia con posterioridad a lesiones cerebrales traumáticas. Estas podrían incluir cualquier forma de neurorehabilitación, mejor coordinación entre los departamentos de emergencias, servicios de salud mental para la comunidad, y GP’s y sistemas escolares que podrían llevar a una gestión e identificación temprana.” Tenemos que imaginar que si las lesiones en la cabeza hubieran sido abordadas tanto por el sistema de justicia penal como por el sistema sanitario, potencialmente más de 40.000 hombres podrían no estar hoy en prisión.

Estos no son números triviales. Sobre el 65% de los hombres vistos por la Dra. Murphy sufrían algún tipo de abuso infantil, el cual, extrapolado a toda la población reclusa, supone unas 50.000 personas, y una estimación de 40.000 sufrieron algún tipo de lesión cerebral traumática. ¿Cuántos hombres no estarían hoy en prisión si estos factores hubieran sido tomados en cuenta? ¿Cuántos hombres podrían estar recibiendo la ayuda (tanto física como psicológica) que necesitan para curar sus heridas? ¿A cuántas vidas se les podría haber dado realmente la vuelta si las historias masculinas de vida hubieran sido tomadas en cuenta en lugar de descartadas?

Hay que recordar que, debido al esquema psicológico aplicado, en el momento de la sentencia las mujeres tienen más probabilidades de recibir una sentencia de trabajos en la comunidad, y tienen más probabilidades de que su sentencia sea suspendida, mientras que los hombres tienen muchas probabilidades de someterse a custodia inmediata, y a que sus sentencias sean más largas. Del mismo modo, se aceptarán más los factores atenuantes para las mujeres que para los hombres, y los factores agravantes serán más aceptados para los hombres que para las mujeres. Pensemos en lo mucho que podría mejorar el sistema si todas las medidas introducidas para las mujeres estuvieran disponibles también para los hombres.

Esto serviría a los intereses no sólo de los hombres en el sistema de justicia penal, sino de la sociedad en su conjunto, en la medida en que el coste anual por recluso en Inglaterra y Gales en 2016/17 fue de 22.933 libras. Digamos que la población reclusa se reduzca a la mitad debido a que esos hombres son correctamente redirigidos a medidas terapéuticas en lugar de punitivas. Una reducción tal en la población reclusa ahorraría al sistema de justicia penal una estimación de 917.320.000 libras cada año sólo en costos de prisión. Aún así, debido al esquema de que “los perpetradores son hombres y las víctimas son mujeres”, esta perspectiva está muy lejos en el horizonte.

El pronóstico, sin embargo, no es tan oscuro. Por ejemplo, como medida de prevención, la organización caritativa Journeyman UK ayuda a que hombres y chicos problemáticos superen ritos de paso, enseñándoles a ser hombres honrados capaces de contribuir positivamente a la sociedad. Proporcionan medidas terapéuticas para mejorar la salud de los hombres y padres del futuro. La organización caritativa A band of brothers trabaja con hombres y chicos jóvenes en el sistema penal de justicia, proporcionándoles guía y apoyo en su transición a la vida adulta. Ambas organizaciones reconocen que los hombres y los chicos poseen sus propios métodos de mostrar emociones y comportarse, y que requieren cuidados y atención, no escarnio y desprecio. Ojalá pudiera entenderlo del mismo modo el sistema de justicia penal.

 

Sobre el autor

Jordan Holbrook es un colaborador honorario de la Male Psychology Network. Su área principal de interés es la brecha de empatía centrada en el sexo, cómo evolucionó, por qué lo hizo así y cómo se manifiesta en la sociedad de hoy. También está interesado en las diferencias de sexo y salud mental masculina.

Publicado originalmente en Male Psychology Network.

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