Polarización de grupos

La llamada Ley de Hierro de los Procesos Deliberativos establece que cuando un colectivo desarrolla un proceso deliberativo, una discusión acerca de un asunto, al final las posiciones de sus miembros son mucho más radicales que las que tenían al comienzo. La simple percepción de que hay dos opciones comienza un trabajo de generación de grupos, de reconocimientos mutuos en la discusión, de reclutamiento de partidarios y de un progresivo desoimiento, desvaloración o simplemente incomprensión de las palabras y argumentos del otro grupo. Poco a poco, el proceso varía desde una primitiva exposición de las posiciones a un creciente número de invectivas y actos de habla denigratorios a los miembros del otro grupo.

No está muy claro por qué el fenómeno de la polarización es tan abundante. Una de las explicaciones más convincentes es que la tensión que crea el acto de tener que tomar una decisión genera una necesidad de verse acogido en un grupo, estar al resguardo de una facción, y esta suerte de disonancia cognitiva entre la angustia y el reconocimiento produce el fenómeno de la polarización. Quienes se atreven a no afiliarse y a continuar bajo la duda y la consideración de los argumentos de cada parte suele ser una minoría que muy pronto es vista con desconfianza por cada una de las partes, como si fuesen infiltrados del adversario o, peor aún, como almas bellas que aún creen en la potencialidad de las razones.

En el peor de los casos, la polarización de los grupos puede desembocar en violencia cuando el otro comienza a ser visto no ya como adversario sino como enemigo. No como alguien a quien hay que convencer sino como quien debe ser vencido no importa por qué medios. La violencia, claro, puede llegar a ser física, pero en la mayoría de las situaciones, por suerte la escalada es verbal. El estudio de las redes, que comienza poco a poco a ser un campo antropológico, nos proporciona múltiples evidencias de la transformación en violencia de lo que antes no era sino discrepancia.

En los últimos tiempos hemos podido asistir a varios procesos históricos de polarización de grupos. El primero, que viví en distancias cortas, fue el proceso de polarización de Podemos ante la asamblea de Vistalegre II. Con la perspectiva de unos meses, una vez que acabó el proceso y los votos decidieron que una parte era ganadora, ya no podría decir qué era lo que estaba en discusión. Durante el proceso aquello parecía la fractura de bolcheviques y mencheviques, de puros y renegados. Creo que se discutían las estrategias de algo así como instituciones o calle. No recuerdo bien, pero viendo el cómo la vida política del grupo ha discurrido después ya no sabría distinguir cuál era el punto de discusión ni en qué podrían haber cambiado las políticas su hubiera ganado el otro grupo. Las redes, sin embargo, llegaron a una violencia verbal que merecería revisar para hacer un poco de auto-antropología. Otro proceso parecido ha sido el que ha sufrido el PSOE, que dejaré para otros mejores momentos el comentario.

Por último, el proces catalán. Como todos recordamos, durante dos años, 2004 a 2006 el Parlamento Catalán llevó a cabo un largo proceso de redacción de un Estatuto de Autonomía que fue votado finalmente por el Parlamento Catalán, bajo la promesa del Presidente del Gobierno de que se respetaría la voluntad del pueblo catalán representado en su parlamento. Era una mayoría muy respetable, pero, como sabemos, hubo una ardua campaña ya antes de la aprobación que condujo a que el Tribunal Constitucional negase la constitucionalidad del Estatut. El PP convocó concentraciones, una en la Puerta del Sol donde Mariano Rajoy proclamó “no formamos una nación de naciones, y no hay más que una nación, la española”, lo que fue coreado con gritos de ¡España! ¡España! por los asistentes.

Cabrían en ese momento dos soluciones, suponiendo que era cierto que el Estatuto era inconstitucional: una, que parecería racional, era la de someter a revisión la Constitución Española que todo el mundo, casi todo el mundo, consideraba ya necesitada de revisión en unos cuantos artículos fundamentales, creando así un consenso nuevo en el nuevo escenario de la Comunidad Europea. El otro, era dejar que las cosas discurriesen por sus cauces, con la esperanza de que al final los procesos electorales dejasen las cosas en su sitio. Se optó por esta segunda solución y así se inició un proceso colectivo de polarización que primero se produjo en la prensa, más tarde entre las fuerzas políticas y, desgraciadamente, amenaza con fracturar la propia sociedad: internamente la catalana y externamente la española. Desde hace un tiempo ya hay posiciones definidas, “identidades”, diríamos, que previsiblemente sostendrán un proceso de polarización, no importa lo que suceda con la iniciativa del referéndum unilateral. Al día siguiente, la sociedad se levantará más fracturada.

Las posibilidades de que se pueda instaurar una democracia deliberativa, es decir una democracia que no se limite a la regla de las mayorías, sino que desarrolle procesos de discusión de razones, de creación de una esfera pública compleja, densa, fractal en todas las capas de la sociedad, se encuentra siempre frente al fenómeno de la Ley de Hierro de la Polarización. Pero lo cierto, es que a pesar de que este fenómeno es muy abundante, no es, como parece autoproclamar el nombre, una ley determinista. Por el contrario es posible resistir estos fenómenos y hay varios métodos efectivos para hacerlos. El primero, que me parece una condición de emergencia, es la de examinar públicamente los intereses de las élites en la polarización: posiblemente descubramos que las élites juegan al peligroso juego del gallina, el “cobarde el primero que se tire”, que a tantos accidentes históricos conduce. Pero el segundo, el que me parece más importante, es el de generar nuevas formas de esfera pública y discusión donde se vean los rostros quienes debaten. Lo que hacen los contertulios ante cámaras o micrófonos, o los partisanos con sobrenombres en las redes no es esfera pública. Ahí los efectos son contraproducentes. Pero cabe la posibilidad de extender las discusiones de otras formas, sin producir procesos de polarización: cuando las discusiones se plantean en términos de qué es lo que necesitamos todos, qué es lo que se puede hacer, qué medios posibles. Radicalizar la democracia es todo lo contrario a radicalizar las posiciones, es, por el contrario, vaciar a las élites de sus facultades de reclutamiento hacia la propia identidad frente a la del adversario. No se van a evitar los conflictos, pero sí se dejarán más claras cuáles son las preferencias reales de la gente. No me voy a poner estupendo y decir “¡que se vayan todos y empecemos de nuevo!”, aunque el cuerpo a veces le pida a uno decir estas cosas que sabe imposibles. Pero sí podemos comenzar un proceso de parar la escalada de violencia y de llevar la discusión a lugares donde no sean los intereses de las élites sino las necesidades más básicas las que se pongan a debate.

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