La Iglesia católica no se renueva e insiste en sus viejas necedades contra el aborto. 
Ante la nueva constitución de la aberración política llamada Ciudad de México en lugar del sensato Distrito Federal de antes, el semanario Desde la fe señaló que se trata de una constitución asesina y que su versión final fue secuestrada por “las izquierdas intolerantes, asesinas y absurdas…”
 Es asesina, porque legaliza en la práctica el aborto, es decir –según la Iglesia–, el homicidio de un no nacido que para ella es un ser vivo, humano, porque de otros seres vivos y sintientes no habla ni a las horas de penitencia o de comidas.
No es éste el espacio para discutir sobre los óvulos fertilizados, embriones y fetos en el cuerpo de una mujer y si en esta etapa ya se puede hablar de una vida humana o sólo a partir de que nace y se le desprende de la madre, es decir, a partir de que tiene vida propia aunque dependiente de muchos factores. 
En muchas legislaciones, en México y otros países, se permite el aborto, de preferencia antes de la semana 12 de embarazo, porque supone menos riesgos para la mujer ya que el embrión convertido en feto apenas es, por lo común, aproximadamente menor de 7.5 centímetros de longitud cráneo-caudal (en este periodo es cuando suelen presentarse los llamados abortos espontáneos).
 Para la Iglesia católica y otras religiones la interrupción del embarazo, incluso antes de que el embrión se convierta en feto, es asesinato. 
Es una creencia dogmática que no se sostiene científicamente, como tampoco que el origen del ser humano se dio con Adán y de éste con Eva, la mujer siempre en segundo plano en la mayoría de los textos llamados sagrados de la antigüedad en los que sólo había y hay un dios y éste era y es hombre (¿por qué no mujer?)
No es la primera vez que la Iglesia católica está en contra de un texto legal comúnmente llamado constitución.
 Primero se opuso a la separación Estado-Iglesia y a que el primero fuera laico, luego se opuso a la Constitución de 1917 y a los gobiernos emanados de ella que, además, quisieron cumplirla (Calles, señaladamente).
 Su objeción era a los artículos constitucionales que se oponían a la libertad y dogmas religiosos (principalmente el 3, 5, 24, 27 y 130), artículos a los que expresamente dijo la Iglesia que combatiría y así lo hizo llamando, desde el Vaticano (papa Pío XI), a oponerse al gobierno mexicano y provocando la Guerra Cristera (1926-1929).
 Con las reformas constitucionales de Salinas de Gortari (1992) las iglesias católica y de otras religiones ganaron presencia y tuvieron menos prohibiciones. Pero, como siempre, van por más.
 En 2010, el mismo semanario Desde la fe señaló que los ministros de la Iglesia, antes de obedecer a las leyes de los hombres lo harían a las leyes de Dios. Según ese escrito nuestras leyes no tienen validez alguna si se contraponen a Dios, a los dictados de la fe y del creador.
 ¿Y de dónde proviene lo que se acepta y lo que se rechaza en materia de fe y de dogma católicos?
 Del Vaticano, un Estado extranjero, por lo cual no queda claro a qué Estado obedecen los ministros católicos, ¿al del Vaticano o al de México?
 ¿Se vale esta dualidad? ¿Los mexicanos con doble nacionalidad que viven aquí pueden ampararse en el Estado español, gringo o argentino, para el caso, y violar las leyes mexicanas sin consecuencias jurídicas? Hasta donde entiendo no pueden mientras vivan en México.
 ¿Qué espera el Estado mexicano para aplicarles la ley a quienes dicen que primero obedecen las leyes de Dios que las del país donde viven?
 Una cosa es la libertad de cultos, que bien garantiza nuestro Estado laico, y otra que se llame a no respetar las leyes del país donde desempeñan su trabajo. 
Una cosa es la libertad de expresión y otra el llamado a no respetar una ley. Esto último ataca no sólo a la ley sino a las instituciones de la República.
Ahora los representantes de la Iglesia católica han vuelto a la carga y la Constitución de Ciudad de México, para ellos, es asesina, porque no está en contra del aborto. 
El artículo 130 constitucional señala claramente que las iglesias y demás agrupaciones religiosas se sujetarán a la ley. 
Y el inciso e del mismo artículo dice que “tampoco podrán en reunión pública, en actos del culto o de propaganda religiosa, ni en publicaciones de carácter religioso (cursivas mías), oponerse a las leyes del país o a sus instituciones…”
¿Y qué dijo al respecto el cardenal Norberto Rivera? 
Que la Iglesia católica y sus ministros pueden hablar, desde el púlpito o desde donde prediquen, de problemas éticos, sociales, políticos, económicos y familiares ( La Jornada, 6/02/17). 
¿Está retando al artículo 130 de la Constitución y a quienes están encargados de hacerlo respetar?
 Pienso que sí y que algo debería de hacerse para obligarlo a respetar las leyes, las leyes mexicanas y no las de Dios si acaso éstas existen.
Octavio Rodríguez Araujo

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