Mente: ¿Por qué sentimos afinidad con unas personas y no con otras?

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Desde que somos pequeños comenzamos a conocer personas que potencialmente podrían formar parte de nuestro círculo social más cercano. En clase, en actividades extraescolares, en la universidad, en los distintos trabajos por los que vamos pasando… son infinitos los lugares en los que coincidimos con otros que, finalmente, quedan como un vago recuerdo en nuestra memoria. 

¿Cuántas personas conocemos a lo largo de nuestra vida? Nos es imposible llevar la cuenta de los rostros que nos cruzamos en el camino o de los nombres de quienes formaron parte de pequeños instantes de nuestra existencia. Sin embargo, de entre todas esas almas, ¿con cuántas sentimos afinidad realmente? ¿qué determina que se produzca esa conexión tan gratificante entre dos seres humanos?

¿Por qué sentimos afinidad con ciertas personas?

Un punto de encuentro

Se trata de hallar, de manera natural, un punto de encuentro. Puede que esa persona exprese una opinión que sentimos como nuestra, tal vez comparta alguno de nuestras aficiones o haya atravesado una experiencia vital similar. En cualquier caso, existe algo en ella que nos lleva a sentirnos identificados y constituye un punto de partida positivo.

La dinámica de la relación

Por norma, el tiempo es un factor necesario para la consolidación de las relaciones. Desde un primer momento podemos tener la sensación, con alguien, de estar en una longitud de onda parecida. No obstante, en otras ocasiones son los encuentros repetidos los que nos ofrecen la oportunidad de descubrir la valiosa esencia del otro.

Y es que, en muchas ocasiones, no es tan necesario que se compartan ideas concretas sino valores básicos. Mientras existan el respeto, la admiración o la lealtad, el intercambio de opiniones puede resultar incluso enriquecedor. Únicamente necesitamos sentir que el otro posee unos principios compatibles con los nuestros y con los que esperamos de los demás.

Sentimos afinidad con quienes hablan nuestro lenguaje

Pero, ante todo, sentimos afinidad con quienes comparten nuestro lenguaje emocional. Aquellas personas que parecen entender de forma natural las sutilezas de nuestra comunicación; que son capaces de percibir los matices en nuestra mirada, nuestros gestos o nuestro tono. Aquellos con los que el intercambio emocional es fluido, sencillo y natural, con quienes no tenemos que esforzarnos para explicar lo que hay en nuestra alma.

Cada interacción nos permite conocer y profundizar en sus actitudes y modos de comportarse. Permite que se produzca la reciprocidad, que se muestre la consideración y el interés mutuo, que tengan lugar autorrevelaciones importantes entre ambos… En definitiva, que el vínculo se vaya forjando sobre unas bases sólidas que el otro demuestra estar dispuesto a construir.

Esta sintonía natural que surge con algunas personas depende de rasgos de personalidad, de actitudes, de sistemas de representación y de un sinfín de factores personales de cada individuo. Sin embargo, cuando está presente es tan evidente como gratificante, pues tu corazón se siente en casa.

Seguramente todos hemos conocido a alguien con quien, por más que tratemos, parece imposible hacernos entender. Cada palabra es malinterpretada y los objetivos de cada uno están tan alejados que los caminos mentales discurren de manera paralela, sin llegar nunca a cruzarse.

Las relaciones no son estáticas

Por último, es necesario recordar que los seres humanos no somos estáticos y, por ende, tampoco lo son nuestras relaciones. Nuestro propio crecimiento personal, nuestra evolución natural puede llevarnos a cambiar visiones, ideas y opiniones que mantuvimos tiempo atrás. Por lo mismo, relaciones que antes fluían a la perfección pueden dejar de hacerlo.

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Maestroviejo

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