Mente: ¿Por qué a veces nos abruma tomar decisiones?

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No son pocas las oportunidades en las que debemos tomar decisiones. A menudo, al intentar hacerlo damos vueltas y vueltas, planteamos A, B, C, aunque también encontramos ¡D, W y F! Con ello, nuestra decisión se entorpece y si se entorpece, se demora.

Aunque muchas veces no nos cuesta tanto, a veces parece que nos abruma tomar decisiones, pero no sabemos el motivo exacto ni cómo ponerle solución. Entonces es posible que nos maltratemos y autoexijamos respuestas que no tenemos. ¿Por qué no estamos siendo más ágiles o más resolutivos? ¿Por qué no somos más listos? Más, más, más… siempre algo más allá de nuestro alcance.

No siempre es fácil tomar decisiones

Mientras nos quejamos y agredimos, queda servido el caldo de cultivo para los opinólogos, una serie de personas que demuestran cierta experticia en el tema que nos compete o que nos recomiendan una eminencia y tratan de «ayudarnos» con argumentos aparentemente sólidos.

En fin, nuestra existencia está poblada de elecciones y las decisiones consecuentes. Sin embargo, en las decisiones que implican responsabilidades de envergadura, no parece tan sencillo hacer A, B o C y poner en marcha el proyecto.

Es que se nos pasa la vida tomando decisiones, desde las más simples a las más complejas. Decidir tomar café con más o menos leche por la mañana, si el mail lo envío hoy o mañana o si no lo envío, si es momento o no de cambiar de auto, si mandamos a tal o cual colegio al niño, etc.

No somos tan libres como creemos, pero eso no supone el fin del mundo

Las grandes decisiones son las que marcan líneas de vida, porque no solo hacen una modificación sobre la nuestra, sino que el desarrollo de un proyecto signa un camino para otras generaciones. El inicio de una empresa marca al emprendedor, pero también a toda la familia y a los sucesores. Más si la empresa prospera y el éxito impacta sobre las generaciones subsiguientes.

A veces, nos abruma tomar decisiones por la gran responsabilidad que el resultado puede suponer en contextos concretos.

Por otra parte, toda decisión implica una elección previa. Antes de decidir se presentan opciones que deben ser analizadas y la posibilidad de decidir por una de ellas implica elegir alguna como producto de esa reflexión previa. Por lo tanto, el hecho de elegir ya es una decisión. Pero a la hora de elegir y decidir estamos convencidos que actuamos con libertad, es decir, que somos personas libres para decidir.

La decisión que tomaron nuestros abuelos, desde la segunda guerra mundial, la hambruna de la posguerra y la guerra civil española, para vivir en alguno de los países del continente americano, demarcó la vida de hijos y nietos y bisnietos.

Contexto, cognición, biología y emoción

Si bien muchas veces conscientemente nos encontramos constreñidos por la situación y no somos tan libres como desearíamos en elegir, en realidad, nunca somos libres. Vivimos en sistemas y casi sin darnos cuenta estamos sometidos a las reglas y funciones que el contexto en el que vivimos nos impone.

Cuando nos abruma tomar decisiones, la pregunta de si somos libres de hacerlo o no, resulta difícil de responder.

Ni siquiera biológicamente lo somos, puesto que el sistema orgánico tiene una forma de funcionamiento y está regido por valores de máxima y de mínima. Por último, también nuestro estilo y tenor emocional están totalmente sistematizados en nuestra vida y nos lleva a reaccionar casi estereotipadamente en las situaciones.

Puesto que nuestra forma de pensar y de procesar información se encuentra a merced de nuestro modelo de conocimiento –que se activa cuando vivenciamos una situación o discernimos qué hacer, o cuándo debemos trazar un plan, etc.– no somos libres cognitivamente.

La libertad plena en el acto de tomar una decisión es imposible.

Cuatro sistemas: contexto, cognición, biología y emoción están en constante interjuego y se activan en cada acto humano y ni qué decir en las elecciones y decisiones. Con lo cual, decir que somos libres cuando decidimos algo, es una falacia.  

En la toma de decisiones, siempre hay una cuota de riesgo en la elección, y el miedo subsecuente a perder. Entonces, mientras que la amígdala nos alerta, la corteza prefrontal es la que se encarga de analizar, pensar, poner en juego valores, patrones de comportamiento, evaluar; plantea las acciones y las analiza evaluando el pro y contra de cada una.  

Por último, un detalle neurobiológico: la amígdala cerebral y la corteza prefrontal intervienen en la toma de decisiones. La amígdala es un órgano del tamaño de una almendra –de ahí su nombre– que es el que detona la señal de alarma emocional, frente a las situaciones, principalmente en las situaciones de riesgo.

Decidir sin culpa

Una decisión debe tomarse sin culpa puesto que este sentimiento es coercitivo y nocivo. Saber que alguien puede salir perjudicado cuando elegimos es parte del juego de las elecciones y decisiones.

Tengamos claridad sobre cómo elegir y decidir 

¿Estamos en un momento en el que nos abruma tomar decisiones? En ese caso, podemos tener en cuenta los siguientes tópicos que pretenden ayudarnos a tomarlas de forma más clara y activa:

No buscar agradar con la decisión

Muchas personas que buscan afecto y reconocimiento en su entorno deciden privilegiando el deseo de los otros y no el propio. No se trata de que la elección sea un acto egoísta, pero es importante colocarse en primer lugar y luego evaluar el nivel de perjuicio que pueden tener los otro con mi elección.

Si nos regimos por la culpa, contaminamos nuestro análisis para lograr decidir con claridad y eficacia.

No decidir en caliente

Las decisiones hay que tomarlas lejos de impulsividad y la seducción que implica el momento. Algo puede presentarse como muy tentador, pero es necesario tomarse el tiempo y salir del momento caliente.

Tampoco se puede ir por la vida como un patito feo, buscando afecto en el afuera: la valoración personal se debe buscar dentro de uno y no depender de la valoración que hacen los otros por sobre nosotros.

Decidir y hacer van de la mano

La decisión implica una acción consecuente con el acto de elegir y decidirse. La tríada elección/decisión/acción hace una secuencia que marca la finalidad de decidir, que consiste en el llevar a cabo lo que se determinó.

Al elegir, algo pierdes y algo ganas

Debemos tener en cuenta que en una elección para una decisión siempre hay algo que se pierde. Si elijo cualquiera de las opciones que se me presentan, descarto el resto y esta pérdida hay que asumirla como tal.

Decidir rompe la queja 

A la vez, las acciones desestructuran la queja puesto que la queja siempre lleva a la inacción. Mientras que una persona se queja, no acciona, porque el lugar de la acción lo ocupa la acción de quejarse y rumiar mentalmente una y otra vez sin actuar. 

No «al más de lo mismo» 

Otro de los factores que tamizan en una decisión es la opción que se elige como solución para resolver un problema. Un factor que evidencia una mala elección y decisión es una solución que se aplica y no soluciona, sino que perpetúa el problema. Sin embargo, una y otra vez se repite la misma fórmula con la secreta esperanza de que el resultado sea diferente.

Para los abarcadores esto será un problema. Los abarcadores necesitan hacer todo y no perder nada, querrían clonarse y estar en dos lados al mismo tiempo, exprimen el tiempo al máximo, entonces perder algunas de las opciones les resulta muy difícil y por ende, decidir se dificulta. 

No decidir apurado 

Tampoco elegir y decidir porque nos apremia el tiempo, debemos ser sumamente cuidadosos de no dejar para último momento la decisión, es decir, cuidado con procrastinar la elección y la puesta en marcha de su decisión consecuente. 

Aquí si no se toma una nueva decisión con una opción diferente, podemos girar en círculos in eternum sin encontrar ningún cambio. En cualquier caso, cuando la elección-decisión fue fallida, es necesario analizar lo que he intentado y no fue efectivo, buscar consejeros realmente expertos y hacer una nueva elección, pero fundamentalmente recordar para no repetir, como base de la experiencia.

Todos tenemos nuestro tutor de resiliencia, aquellas figuras de apego seguro que están a nuestro lado, y esas personas son a las que debemos recurrir cuando debemos tomar con premura una decisión.

Cuando hay que decidir, hay que buscar referentes afectivos

Si bien es cierto que muchas situaciones nos sorprenden y nos obligan a tomar una determinación con urgencia, en esos momentos es importante buscar a alguien que sea nuestro referente afectivo que nos ayude.

Sin darte cuenta multiplicas geométricamente las apreciaciones sobre cada una de las opciones y creas otras nuevas que confunden para decidir de manera clara.

Evitar a los licenciados en opinología 

Siempre hay predispuestos a dar consejos, caminos a seguir, recomendadores de especialistas. No debes llenarte de opiniones diversas porque lo único que logras es confundirte.

Alejémonos de la culpa si nos abruma tomar decisiones

Una decisión siempre deberá tomarse lejos de tintes culposos que contaminen la elección, ni necesidades de valoración, ni con acciones «en caliente».

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Maestroviejo

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