Más allá de la existencia (II)

Más allá de la existencia (II)

Alguien argumentará (quizá ya lo ha hecho en los comentarios), que la diferencia está en que la alucinación la provoca un cerebro malfuncionando y el rojo que veo es captado por mis retinas.

Eso podría ser absolutamente correcto, pero no cambia nada. Solo describe el origen de esas dos co-emergencias fenoménicas, una ha surgido por una serie de causas y la otra por otras, pero siguen siendo substancialmente comparables. ¿Cómo definir una como existente y otra como lo contrario?

Asumamos que ambas existen, pues parece lo único razonable. Entonces tendremos que asumir que todo lo mental es existente.

Aquí no debemos caer en el “idealismo absoluto”, pues por pensar en un dragón, los dragones no pasan a existir, pero sí existiría “el pensamiento sobre el dragón”. Según esta posición que es de las pocas que nos parecen razonables, sería que sí, existe.

Un pensamiento existe, una alucinación existe y el rojo existe.

Es decir, dado que “todo lo que experimento es mente”, todo existe, porque lo contrario, decir que nada existe (que también se oye) suena demasiado nihilista pues está claro que nuestra experiencia fenoménica completa “es algo” frente a “no es nada”

Bien, hemos llegado a la conclusión de que todo lo pensado existe y ya sabemos que solo hay mente, que todo es mente en nuestra experiencia, luego ¿hay algo que substancialmente no exista?

Si todo existiera, el concepto de existencia es inútil. No aporta nada. Igual que sin arriba no hay abajo. Pero sabemos que no es el caso, ¿entonces?

En realidad todo esto es un juego de palabras, todo este lio ocurre simplemente porque tanto existencia como inexistencia son conceptos borrosos, como todos, aproximaciones a una realidad que no se deja etiquetar así que siempre demos por real o certera “una etiqueta” obtendremos incohencias, confusión o como dice el budismo, ignorancia. Esa era la especialidad de Nagarjuna, por si teneis curiosidad…

Bien, ahora vamos a bajar (o subir) un nivel, como hacemos casi siempre, del mundo fenoménico (la forma) al mundo conceptual (el significado deducido de ese fenómeno).

Cuando evaluamos el significado de un pensamiento (y no su substancia como hasta ahora), podemos obtener inexistencias absolutas, un ejemplo clásico budista sería “el hijo de una mujer estéril”, ese concepto tiene forma (cuando lo enunciamos o pensamos), pero no apunta a nada que pueda existir.

Luego “el hijo de una mujer estéril” tiene forma, pero no tiene fondo alguno. Su forma existe pero no apunta a nada, es una forma vacía. Un cascarón, que existe como cascarón y como nada más.

Realmente esa es la única forma de inexistencia absoluta posible. Conceptualmente existen formas de inexistencia, porque los conceptos son apuntadores y es viable hacer que no apunten a nada, es decir que apunten a [no]cosas absolutamente inexistentes.

¿No es curioso? Solo podemos “hablar/pensar” de cosas inexistentes.  Así que para quién no tiene palabras/pensamientos no hay inexistencia…

O dicho de otro modo, la inexistencia absoluta no existe 🙂 más que conceptualmente. Cualquier inexistencia absoluta será siempre una construcción conceptual, una ideación a la que le damos categoría de realidad erróneamente.

Para un gato, que no tiene palabras no hay nada inexistente, porque no puede crear tal cosa…

Seguimos

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