Luego de la muerte de los padres, la vida nunca vuelve a ser la misma

Independientemente de la relación que exista entre una madre o un padre con su hijo, la muerte de alguno o ambos progenitores deja una marca para cualquier hijo.

Las creencias que tengamos pueden ayudarnos a aceptar con mayor facilidad la ausencia física de ese ser que nos dio la vida, sin embargo, los efectos de la pérdida se extienden indefinidamente.

Muchas veces no sabemos lo que nuestros padres son para nosotros, hasta el momento en el que ya no los tenemos, nos perdemos de compartir con mayor frecuencia, de aprender más, de demostrarles más afecto, sin tomar consciencia de que en algún momento dejarán de estar.

dedos padre e hijo

Como en condiciones normales el amor que recibimos de nuestros padres, está siempre allí, de manera incondicional, sin filtros, sin importar si hemos sido buenos o malos hijos o si hemos llegado a acercarnos a sus expectativas, muchas veces damos ese amor por sentado.

Nos parece normal e inclusive algunas veces nos genera un tanto de fastidio que luego de 30 años nos pregunten dónde estamos o con quién vamos a salir, sin valorar que esa preocupación, ese deseo de que estemos bien y que algo divino ilumine cada uno de nuestros pasos, no la sentirá nadie más de esa manera. A nadie le importará tanto nuestra vida como a nuestros padres. Para nadie será de tan relevante importancia nuestro cumpleaños como para ellos, pues ellos celebran habernos traído al mundo.

dedos padre e hijo

No importa si son activos, si están enfermos, si nos hacen pasar algo de pena cuando o si tenemos muchas cosas que consideramos reclamables, ubiquémonos por un momento y entendamos que el milagro que hoy vivimos, lo apreciemos o no, es gracias a ellos, sin ser relevante que tan bueno o malo consideramos sus roles en nuestras vidas. Es a ellos a quien le debemos el agradecimiento más grande por habernos dado la oportunidad de llegar acá.

Nuestros padres no lo son de manera aleatoria, existe un acuerdo de almas preestablecido, que nos dará oportunidades únicas para nuestra evolución, para aprender a amar, a perdonar, a transitar este camino. Así que si sentimos que nuestra relación con nuestros padres no es la mejor, busquemos las vías que sean para mejorarlas, ellos no estarán para siempre y luego de su partida los procesos de sanación se pueden complicar, aunque no son imposibles.

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Sería ideal poder tener muchísimos recuerdos maravillosos de los cuales nutrirnos cuando ellos no estén, sin embargo, a veces cuando parten, nos damos cuenta de que pudimos haberlo hecho mejor, que lo que abunda en nuestra mente son desplantes, desinterés, cansancio, hastío, dolor… Y nos preguntamos ¿si no pudimos haberlo hecho mejor justamente con ellos, qué puede quedar para el resto de mis afectos?

Afortunadamente el amor lo sana todo, en presencia o en ausencia, el darle a alguien lo que sentimos quedamos debiendo a nuestros padres puede resultar reconfortante, ayudándonos a limpiar nuestra mente del mal sabor de la culpa o el remordimiento. Pero lo más importante es saber que el amor nunca muere, que el perdón se da en cualquier momento y aunque no podamos regresar el tiempo atrás y sepamos que nuestra vida no volverá a ser igual, ellos siguen vivos en nuestros corazones y de alguna manera siempre estarán pendientes de sus hijos, que para ellos siempre seremos sus pequeños.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet

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