Los sueños son la manifestación de los deseos del Ser

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Creo que los sueños representan para el ser humano una manifestación de los deseos de su Ser. Y no me refiero a los sueños como los sucesos o imágenes que se representan en la fantasía de alguien mientras duerme, que es su acepción más común, sino como a los proyectos, deseos, esperanzas y anhelos que un ser humano tiene sin un fundamento real o tangible. Me refiero a aquellos sueños, anhelos o deseos que parten desde el interior de una persona y que son muy difíciles de explicar, porque no son algo racional.

Estos sueños, al igual que los que tenemos cuando dormimos, también son fantasías, porque aún no se han materializado en el mundo físico. Pero se diferencian de estos en que somos conscientes de ellos. Normalmente no sabemos de dónde provienen, ni por qué los deseamos, pero lo que sí sabemos es que los anhelamos. Los sueños son nuestros deseos. Aquellos deseos que nos mueven y le dan sentido a nuestras vidas.

Hablar de sueños es hablar de un mundo de fantasía. De un mundo irreal que no pertenece al dominio de lo físico y que, por tanto, no es tangible o perceptible a través de los sentidos. Los sueños se encuentran en un dominio más allá de lo físico, en la mente. Pero no por eso dejan de ser reales. Porque, si un sueño no fuera real, ¿cómo podría entonces ser manifestado en la realidad? Lo que quiero decir con esto es que, cuando un sueño alcanza tu mente, adquiere el potencial de hacerse realidad.

Lamentablemente no ocurre así con todos los sueños, ni ocurre para todos los seres humanos. Pero hay seres humanos que, en ocasiones, logran hacer realidad sus sueños. Logran traer una fracción de ese reino de lo intangible, un sueño, un anhelo, y hacer que se manifieste en la realidad del mundo físico. ¿Cómo lo hacen? Eso continúa siendo objeto de estudio para la humanidad, aunque hemos dado grandes pasos, lo que nos permiten intentar replicar la manifestación de una idea, de un sueño o de un anhelo, en el plano físico. De eso ya se ha escrito bastante…

¿De dónde provienen nuestros sueños?

Esa pregunta puede tener múltiples respuestas, dependiendo de cada persona. Para mí, un sueño tiene su origen en lo más profundo de nuestro Ser. Un sueño expresa el deseo de nuestra esencia divina de experimentar algo. De vivir algo. De convertirse en algo. En mi opinión, un sueño viene a ser como una fracción de nuestro plan de vida, aquel que diseñamos antes de encarnar en un cuerpo físico, y que nos dice para qué estamos aquí. Un sueño es un anhelo por algo que no se puede explicar, porque no es algo racional, aunque usa a la mente como medio o mecanismo para ser interpretado.

Mi conclusión es que el origen de los sueños es el Ser. En la esencia divina que da vida al cuerpo físico. En esa partícula de Dios que habita en nosotros. Es de esa partícula que nacen los anhelos, los sueños, los deseos. Y es esa misma partícula la que utiliza a la mente como vehículo de manifestación de sus deseos. El Ser anhela, y la mente traduce ese anhelo en algo que se pueda manifestar en el mundo físico.

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Es así como la mente se convierte en el instrumento a través del cual el Ser inicia su proceso de manifestación. Una idea, un pensamiento, una posibilidad, algo que podría ser, son semillas que nacen del Ser y que encuentran tierra fértil en la mente. Detrás de una mente creativa está el Ser, manifestándose. Entonces, la mente no origina los sueños, sino que más bien “traduce” los deseos del Ser en energía de una frecuencia más baja que pueda ser interpretada por nuestros cuerpos biológicos.

El Ser se encuentra con interferencia en la mente

El Ser y la mente no son la misma cosa. Existen en planos diferentes. En ocasiones el Ser utiliza la mente para manifestar sus deseos, y en otras ocasiones es la mente la que controla la realidad del Ser y le impide manifestar su voluntad. Esto me recuerda algo que leí en un libro (El Gran Libro de las Revelaciones), en el que Osho explica que el Ser es el observador de lo que ocurre en la mente, pero no es la mente. De eso entiendo que el observador, cuando así lo desea, toma control de la mente para manifestar en su realidad algún sueño, deseo o anhelo, cosa que por lo general resulta muy complicada, ya que siempre encuentra interferencia en su propia mente.

¿A qué me refiero con interferencia? Pues me refiero a que en la mente humana cohabitan toda una serie de factores que determinan nuestra manera de percibir la realidad, de lo cual puedes leer más en este artículo. Tenemos, por ejemplo, programas y formas de pensamiento negativas, que hacen que percibamos la realidad desde el pesimismo, la escasez, la pérdida, el victimismo y el derrotismo. También tenemos patrones de conductas negativos, los cuales hacen que, cuando nos exponemos a un estímulo preestablecido, reaccionemos siempre de la misma manera. Así mismo, están las creencias, que son hipótesis que asumimos como verdades sin haber pasado por el proceso de experimentación para corroborarlas o descartarlas.

Todos estos factores, así como muchos otros que seguramente existen y que desconozco, forman un intrincado laberinto que interfiere casi de forma permanente en la manifestación de los deseos del Ser. Es por eso que muchas veces deseamos hacer algo y terminamos haciendo otra cosa que nos aleja de nuestro deseo. Porque, por un lado, estamos recibiendo las señales de nuestro Ser, manifestados en nosotros como sueños, anhelos y deseos, pero por otro lado, estamos expuestos a todos los programas y formas de pensamiento negativas, patrones de conducta y falsas creencias que habitan en nuestras mentes y que interfieren con nuestros sueños.

El origen de la interferencia que llega a la mente

¿De dónde proviene esta interferencia que percibimos en nuestras mentes? Del mundo físico. Al nacer, entramos en un mundo que se maneja por sus propias reglas. Así que, al adquirir uso de razón y en la medida que vamos creciendo, vamos aprendiendo esas reglas y aplicándolas para poder encajar en el modelo social. Y hemos aprendido que esto es básicamente una cuestión de supervivencia. Desde niños aprendemos que hacer lo que hacen los demás nos garantiza aceptación. Nos hacemos parte de la manada. Y allí empiezan nuestros problemas…

En nuestra infancia empezamos a programar nuestra mente con aquellas reglas, normas, dogmas y creencias que nos garanticen la supervivencia. Es en nuestra infancia que aceptamos la creencia de que “memorizar es entender“, por ejemplo. Nuestro sistema educativo premia la buena memoria, más que al entendimiento mismo. Así mismo, en la infancia nos programamos para obedecer, porque “el que obedece es bueno“. Y nuestro sistema educativo premia muy bien la obediencia.

De la misma manera, es en la infancia cuando aprendemos algunas de las creencias más arraigadas en nuestras mentes. Por ejemplo, que hay un dios castigador y vengativo, al cual hay que temer. Que ese dios es un “él”, y que nos dio libre albedrío solo para castigarnos cuando nos equivocamos. También aprendemos que hay cosas que es mejor no cuestionar, porque no somos dignos de entender algo tan “sagrado“, por lo que ni siquiera debemos intentarlo. Para ellas existe algo llamado “acto de fe“, que es lo que debemos hacer. Y, por supuesto, todo esto nos hace sentir poco dignos de la gracia divina. 

Podría seguir dando ejemplos, pero creo que los que he expuestos son suficientes para mi objetivo. Solo quiero mostrar que desde que adquirimos uso de razón estamos expuestos a toda una serie de programaciones, falsas creencias y dogmas que van formando en nuestras mentes toda una telaraña de contradicciones, de trampas y entreveros que hacen muy difícil para el Ser usar a la mente como herramienta de manifestación de su voluntad, lo que al final nos hace confundir nuestros sueños con falsas creencias y programaciones, las cuales terminan llevándonos por un camino que no es el que deseamos…

¿Cómo diferenciar los sueños de la interferencia?

Entonces, ¿cómo podemos diferenciar los sueños de las interferencias? ¿Cómo saber que estamos persiguiendo un sueño nuestro y no algo que fue colocado en nuestras mentes como parte de una programación? ¿Cómo saber si estamos actuando desde el deseo que nace en nuestro Ser y no desde un patrón de conducta establecido por el modelo social? Estas preguntas no es fáciles de responder, ya que la diferencia entre una cosa y otra es muy sutil. Pero hay una característica muy particular de los sueños, deseos y anhelos que hace relativamente sencillo determinarlo. Se trata de cómo te sientes con respecto a ellos.

Tus sueños son algo interno en ti. Nacen desde adentro de ti. No hay una razón externa. No buscas hacer realidad un sueño para obtener una recompensa, para complacer a alguien, por obligación o por deber, sino que lo haces solo por el placer de hacerlo. Es decir, sientes amor por eso. Y cuando hay amor, aparece la pasión. Mientras que, cuando tu sueño es una interferencia, siempre está motivado por una razón externa. Ya sea que vas a obtener algo, que vas a quedar bien con alguien o que te sientes obligado a hacerlo por alguien, la interferencia se delata porque hay un motivo ulterior que no es el placer de hacerlo realidad. Como esto no es algo fácil de explicar, voy a recurrir a dos ejemplos para ilustrarlo.

La historia del chico que quería bailar…

Esta es la historia de un chico que nació en una familia humilde, con un padre un tanto machista, que se ganaba la vida como mecánico automotriz, y que deseaba que su hijo siguiera sus pasos. Este niño era el mayor de cinco hermanos y, por tanto, el principal candidato a seguir los pasos de su padre.

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El chico quería complacer a su padre, así que trabajaba con él y lo ayudaba en el taller cuando disponía del tiempo. Pero le gustaba mucho el baile. Todo tipo de baile. Sentía una fascinación tal, que buscaba en la televisión todo tipo de programas y de concursos relacionados con el baile. Practicaba cuando estaba solo en su habitación, y resultó que era bueno para eso, pero no se atrevía a hablarlo en su casa, y mucho menos con su padre, porque temía a su reacción ya que en varias oportunidades le había escuchado hablar de manera despectiva de los bailarines “el baile es cosa de mujeres“, decía…

Siendo ya un adolescente, se le presenta la oportunidad de participar en una obra de teatro en la escuela. Era un musical. Y por supuesto, no desperdició la oportunidad. Ese tal vez fue el momento más feliz en la vida de este muchacho hasta ese momento. Y tal vez fue esa experiencia la que le dio el valor para enfrentar a su padre y comunicarle que deseaba dedicarse formalmente al baile.

Por supuesto, hubo mucha resistencia, una gran pelea y mucho drama cuando decidió manifestar su deseo a la familia. Pero el muchacho no dio un paso atrás en su decisión. Estaba tan decidido, que ante la negativa del padre a que su hijo se relacionara con la danza, le hizo saber que igual lo haría aunque tuviera que irse de su casa. El chico no quería contrariar a su padre, pero dedicarse a la danza era algo que anhelaba hacer.

Después de aquella terrible discusión, nadie volvió a mencionar el tema en su familia por un tiempo. Pero el chico lejos de desanimarse, buscó información de una academia de danza y eligió una que podía pagar ahorrando. Y eso hizo. Empezó a ahorrar todo el dinero que ganaba ayudando a su padre, y cuando había reunido suficiente, se inscribió en la academia de danza, en un horario posterior a la escuela. Primero se inscribió y después se lo hizo saber a su padre con gran determinación, asumiendo que tendría que buscar otro lugar para vivir, ya que no creía que su padre aceptara ese acto de rebeldía.

Pero, para su sorpresa, el padre simplemente lo escuchó, le hizo un par de preguntas sobre el horario y su disponibilidad para ayudarlo en el taller, y le dijo que estaba bien. Y ese fue el inicio de lo que terminaría siendo una carrera exitosa en la danza contemporánea para este chico, cuya pasión por el baile lo llevó a desafiar a su padre y a toda su familia por escuchar la voz de su Ser, que deseaba manifestarse a través de la danza…

La historia de la chica que no se atrevió…

Esta es la historia de una joven que vivía en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. Era hija única, nacida en el seno de una familia que había tenido mucho dinero por varias generaciones. De hecho, pertenecían a la aristocracia de esa ciudad. Sus padres no tuvieron más hijos, ya que su madre sufrió una histerectomía total luego de ella nacer. Su familia tenía negocios en la industria farmacéutica de larga data, por lo que eran muy reconocidos en el ámbito comercial y social.

En la medida que la chica fue creciendo, empezó a desarrollar una desbordante pasión por el dibujo, específicamente por la arquitectura. Tenía buen ojo para el arte y dibujaba muy bien. Como su familia tenía dinero en abundancia, continuamente hacían viajes alrededor del mundo, lo que le ofreció la oportunidad de ver muchas de las grandes obras arquitectónicas más admiradas del planeta, y de codearse con el arte en todas sus formas. Eso despertó en ella más aún su pasión por la arquitectura. Y sus padres, la consentían comprándole todo lo que ella pedía en relación con ese tema, ya que lo consideraron como un pasatiempo para ella.

Pero cuando la chica se hizo una adolescente y alcanzó la edad de decidir qué estudiar como carrera, sus padres daban por hecho que estudiaría alguna relacionada con la industria farmacéutica. Incluso, le llegaron a sugerir que podría hacer dos carreras, ya que el derecho, como segunda carrera, le vendría muy bien para los planes que tenían para ella. Y allí inició el conflicto para la joven, ya que ella quería estudiar arquitectura. 

En su familia, la costumbre era discutir las diferencias de opinión en la mesa, durante una comida, de forma muy educada y amable. Así que una noche, durante la cena, decidió plantear su expectativa en relación con la carrera a estudiar. Trató de argumentar que amaba la arquitectura, y que eso era lo que realmente deseaba estudiar. Sus padres la escucharon en silencio, y luego de una breve pausa, fue el padre quien empezó a esgrimir sus argumentos para tratar de convencerla de estudiar otra cosa. Sus argumentos eran más que todo emocionales: “tu madre y yo contamos contigo para sucedernos en el negocio“; “tú eres nuestra única hija, y por consiguiente, la heredera de toda nuestra fortuna“; “hemos trabajado duro para asegurar tu futuro, y esperamos que no eches por la borda todo nuestro esfuerzo“; “todo esto lo hemos hecho para ti“. Y así continuaron por un buen rato los argumentos de sus padres. 

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La chica escuchó con cuidado, intentando dar fuerza a su deseo de estudiar arquitectura, pero terminó interpretando que sus padres no se darían por vencidos hasta que ella no asumiera la responsabilidad de dar continuidad a su negocio. Así que, con gran tristeza en su rostro, signo más que evidente de su resignación, terminó aceptando la propuesta de sus padres. Y este fue el inicio de una mediocre carrera en el área farmacéutica para esta chica, quien asumió la responsabilidad que sus padres le ofrecían para dar continuidad a la herencia familiar, por obligación. Una responsabilidad que no le ofrecía ningún tipo de satisfacción en lo personal…

Las interferencias están impresas en el modelo social

Estas dos historias muestran con claridad cómo las interferencias impiden la manifestación de los sueños del Ser. En el primer caso, el chico se encontró con el paradigma de ser el primogénito, heredero del oficio del padre. Además del paradigma de que el baile es cuestión de mujeres. Estas dos programaciones eran parte de la consciencia colectiva. No solo su familia veía su situación de esa manera, sino que muchas personas las veían igual. Y sin embargo, decidió nadar en contra de la corriente. Decidió salirse del camino que todos siguen. Decidió recorrer su propio camino, incluso aceptando la posibilidad de que su padre lo echara de la casa.

En cambio, en el caso de la chica, ella se enfrentó con el paradigma de ser hija única, y con la obligación de darle continuidad a los negocios de sus padres. Y, aunque su pasión por la arquitectura era muy grande, sus programaciones, falsas creencias y patrones de conducta lo eran aún más. Por eso se sintió en la obligación de hacer lo que sus padres le pedían. 

Todas las interferencias que estos dos chicos encontraron están impresas en nuestro modelo social. “El hijo mayor debe seguir los pasos del padre“; “los hijos deben dar continuidad al legado de los padres”;el baile es cuestión de mujeres“; todas estas creencias están impresas en nuestra consciencia colectiva. Damos por hecho que son verdad, porque muchas personas las creen, así que nos apegamos a ellas sin cuestionarlas. Y cuando aparece alguien que sí las cuestiona, entonces lo atacamos y tratamos de convencerlo que está cometiendo un error. Y si no llegamos a convencerlo y sigue con sus ideas rebeldes, entonces lo apartamos. Lo hacemos a un lado como castigo por su rebeldía. Pero no es así como debería ser…

Los sueños vitalizan a los seres humanos

Un ser humano que sueña, es un ser humano que está conectado con su esencia divina, con su Ser. Porque es su Ser el origen de todos sus sueños. Por tanto, una persona que sueña, se alimenta de la energía de su Ser. Elimina las barreras, los obstáculos, las interferencias que se agrupan en su mente, gracias a la energía divina que emana de su Ser. Es por eso que se hace tan importante escuchar la voz de nuestro Ser.

Cuando decidimos poner nuestra atención en lo que ocurre adentro de nosotros, en lo que pensamos, en lo que sentimos, es que podemos entrar en contacto con nuestro Ser. Prestar atención implica descifrar qué es eso que deseamos, que anhelamos, que soñamos y hacerlo manifiesto en el mundo físico. Y cuando lo hacemos, nos invade una sensación de plenitud, de felicidad, de alegría, de dicha. Porque el Ser tenía un sueño y logró, utilizando su mente y su cuerpo, hacerlo realidad. 

Tal vez sea por eso que los soñadores suelen estar de buen humor. Además, son personas muy creativas, para las cuales un problema ofrece múltiples oportunidades de probar su creatividad a través de sus soluciones. Una persona soñadora se enferma poco, si es que se enferma, y no sufre ante la adversidad, sino que busca maneras creativas de hacerle frente sin tener que pasarla mal. 

Los sueños son la evidencia de que existe una conexión entre el cuerpo físico y la esencia divina. Es el Ser, que a través de sus sueños, está diciendo en el plano físico: “¡Hey! Estoy aquí. Y vine a hacer mi voluntad. Vine a experimentar aquello que decidí vivir antes de llegar aquí”. Entonces, mientras una persona tenga sueños, estará viva. Cuando deje de soñar, será su fin. Envejecerá y morirá…

AUTOR: Rafael Bueno, redactor en la gran familia de hermandablanca.org

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Zacarias Perdomo

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