Los microbios en Marte, alerta roja

En algún momento de la década de 2030 la humanidad pondrá su pie en Marte. La conquista del planeta rojo no es, sin embargo, una tarea fácil. Desde los años sesenta se han impulsado más de cuarenta misiones espaciales y, sin embargo, su nivel de fracaso fue tan alto que germinaron en torno a ellas teorías conspirativas variadas. Ahora sabemos que no era cosa de los «marcianos» sino que la imagen idílica de nuestro vecino cósmico –imaginada con canales de agua desde el siglo XIX– no era ajustada a la realidad; su delgada atmósfera, sus gélidas temperaturas, su suelo árido y oxidado auguran que el Journey to Mars –«Viaje a Marte»–, nombre con el que la NASA se refiere a su próximo gran programa espacial, esté lleno de  incertidumbres.

Los retos de un viaje a Marte empiezan aquí, en la Tierra. Desde la propulsión hasta la llegada a la superficie debe estar planificado al milímetro. En un documento en inglés al que hemos tenido acceso, la agencia espacial estadounidense detalla las tres fases para conquistar el planeta. La primera, llamada «de dependencia terrestre», explora los riesgos de permanecer un año en órbita y la impresión de elementos en 3D. «La segunda fase es el lanzamiento de una nave Orión no tripulada», explica el ingeniero Eduardo G. Llama. En su forma, «la nave es parecida a las cápsulas del proyecto Apolo pero «estará dotada de sistemas más modernos y dispone, también, de un mayor tamaño para albergar una tripulación de entre cuatro y seis tripulantes», precisa este ingeniero español de la NASA.

Una de las cosas que trae de cabeza a los ingenieros y científicos de la misión es cómo garantizar un ambiente seguro para los astronautas durante los 520 días de vuelo a Marte. Y es que, según alertan investigadores del Centro Aeroespacial Alemán, los microbios a bordo de la nave podrían comprometer las misiones tripuladas al planeta rojo. «El riesgo de exportar organismos terrestres en las misiones espaciales es una cuestión que ha preocupado siempre a los científicos», explica el divulgador científico Jordi Munnske. Sabemos, por ejemplo, que el rover Curiosity de la NASA despegó con «polizones» a bordo. «Las muestras tomadas al vehículo antes de su lanzamiento revelaron la existencia de decenas de bacterias muy a pesar de los sistemas para su esterilización», concluye Munnske.

Estas especies podrían crecer y dañar el material de la nave poniendo en riesgo la viabilidad de la misión.

Los técnicos del proyecto sometieron a 377 cepas halladas en el vehículo a todas las perrerías imaginables. Las desecaron, las sometieron a temperaturas extremas, a niveles de pH elevados y a altos niveles de radiación ultravioleta. Nada. El 11% de las cepas sobrevivieron.

Los seres humanos fueron la principal fuente de dispersión microbiana en las naves espaciales. Los microorganismos detectados con más frecuencia fueron las especies Bacillus y Staphylococcus que, a menudo, se encuentran en la nariz, en las vías respiratorias, pero también en la piel. Los especialistas consideran que la dispersión en las cápsulas espaciales se produce a través de escamas de piel de la tripulación. En ese sentido, la doctora Petra Schwendner, de la Universidad de Edimburgo, precisa que «aunque el Staphylococcus no siempre causa enfermedad, es motivo de infecciones de la piel, especialmente en individuos con sistemas inmunes debilitados».

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