Los cinco niveles de la meditación

En su reciente libro “rasgos alterados” los archiconocidos Daniel Goldman (autor del concepto de Inteligencia Emocional y del libro con el mismo nombre) y Richard Davidson (investigador reconocido por su trabajo con lamas y meditadores de mucho tiempo) desarrollan una idea muy interesante en relación a los distintos caminos que el practicante de meditación puede recorrer.

La obra trata de cómo se producen en el cerebro los cambios propios de esta práctica, pero sugiere que esto ocurre de una manera evidente y registrable por técnicas de imágenes cuando el meditador practica lo que llaman “el camino profundo” (Deep path).

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De alguna forma, ponen blanco sobre negro en cuanto a valorar cuánto tiempo real hay que invertir para poder transitar ese camino y así generar cambios neurales en el cerebro, los cuales están relacionados con la interocepción (sentir el propio cuerpo), la atención, la empatía y la compasión, entre otras habilidades/capacidades.

Camino profundo

Aquí, según los autores, hay dos niveles: el 1, que sería el de aquellos meditadores expertos que practican dentro de un contexto cultural/religioso/ideológico en el cual surgió la meditación, es decir, en oriente, y por lo tanto consagran su vida a la contemplación. Pueden ser sacerdotes, yoguis, lamas, etc. Estos meditadores han demostrado, en diversos estudios neurocientíficos, grandes capacidades mentales relacionadas con la práctica prolongada.

Matthieu Ricard, científico francés convertido tempranamente en meditador budista al cuidado del Dalai Lama, fue uno de los primeros que “prestaron su cerebro” a la investigación científica y fue bautizado como el “hombre más feliz del mundo” por el aumento de conexiones frontales relacionadas con la mayor atención y empatía.

El segundo nivel de este camino profundo donde la meditación juega un rol primordial en las vidas de las personas corresponde a quienes practican con continuidad y perseverancia la meditación pero al mismo tiempo están en un contexto no necesariamente oriental y de hecho suelen dejar de lado las creencias o ideologías culturales orientales. Puede que este practicante no sea budista, por ejemplo, y de esta forma si bien tiene a las prácticas contemplativas como centrales en su vida, no está totalmente dedicado a ellas.

De alguna forma, estos dos niveles profundos de práctica corresponden a quienes verdaderamente han producido cambios importantes en sus vidas y registran un cerebro donde la meditación ha dejado una huella conectiva honda en los circuitos neurales.

Quienes enseñamos mindfulness, por ejemplo, deberíamos acercarnos bastante a este nivel de experticia para poder ser verdaderamente ejemplo para nuestros alumnos y transmitir las cualidades que cultivamos en los ejercicios, como atención plena, ecuanimidad, paciencia, empatía, alegría, tolerancia al dolor, compasión por el sufrimiento de otras personas.

Camino extendido

Aquí, por el contrario, encontramos tres niveles donde la meditación no tiene un rol preponderante.

El nivel 3 corresponde al de personas que practican meditación con cierta continuidad, aunque no lo transforman en central en sus vidas. Por ejemplo quienes hacen un programa de mindfulness y mantienen algún tipo de práctica mientras siguen con sus vidas en los contextos habituales e intentando elevar niveles de bienestar. Estas personas son las que han tomado más herramientas de las clases de meditación y es probable que introduzcan algunos cambios en sus vidas, quizás no tan revolucionarios, pero por cierto importantes.

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En el nivel 4 están aquellos que practican de manera más intermitente, han tomado contacto con las prácticas pero a través de alguna actividad corta, de un entrenamiento más bien suave, o través de un app, de la lectura de libros, etc. Es quien suele sentirse atraído por la meditación pero aún no ha tomado la decisión radical de involucrarse en la práctica continua.

Por último, en el nivel 5 tenemos a quien ha sido “rozado” o apenas influido por algo relacionado con la meditación pero se mantiene algo alejado y quizás lo integra con otras herramientas (probablemente muy alejadas de los principios de la práctica contemplativa) para intentar elevar niveles de bienestar.

Pensar en niveles para planificar intervenciones

Me resultan especialmente interesantes en mi trabajo las personas que pertenecen a este camino extendido (niveles 3, 4 y 5), que por cierto es menos profundo pero no por eso menos valioso. ¿Por qué? Porque considero que quienes están en el camino profundo seguramente ya encontraron su direccionamiento en aras de la salud, ya se involucraron comprometidamente con un estilo de vida pero por el contrario los del camino extendido están en la búsqueda de bienestar y necesitan ser acompañados en esa necesidad de herramientas para sentirse mejor.

El mindfulness en la salud pública o en educación, por ejemplo, debería enfocarse más en este segundo camino y en generar estrategias de integración con otras herramientas que faciliten el desarrollo personal en lugar de intentar crear meditadores profundos, ya que sabemos que apenas representan un porcentaje pequeño (¿el 5%?) de quienes se acercan a la meditación.

Así las cosas, arremanguémonos y tratemos de expandir creativamente esta práctica maravillosa que es la meditación pero sin fanatismo y hermetismo dogmático, sino más bien con una actitud de indagación y una visión de impacto en la población a la cual deberíamos cuidar desde nuestra función de profesionales de la salud.

*Martín Reynoso es psicólogo, coordinador de Mindfulness en INECO y autor de Mindfulness, la meditación científica.

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