Los celos no nacen de lo que vemos, sino de lo que imaginamos

Pocas personas se definen como celosas, mucha menos de las que en realidad lo son. La falta de este reconocimiento nace de la indeseabilidad social que recibe este atributo como parte de nuestro carácter. Así, en el inconsciente colectivo parece gravitar una idea clara: los celos no traen nada bueno para nadie, ni para la persona que los tiene ni para la persona a la que se los prodiga.

Por otro lado, los celos están ligados inevitablemente al concepto de propiedad. No en vano, el temor a perder algo solo aparece cuando existe una posesión o la esperanza de tal posesión. Sin embargo, si nos quedáramos aquí -por muy lógico que suene- tendríamos una visión muy reducida de este sentimiento y como tal de su poder motivador.

En el inconsciente colectivo parece gravitar una idea clara: los celos no traen nada bueno para nadie, ni para la persona que los tiene ni para la persona a la que se los prodiga.

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Las personas celosas

Si bien los celos no solamente son atesorados por personas mediocres, si sucede que la mayoría de las personas que los cultivan piensan que lo son. Esta percepción les lleva a hacerse preguntas con las que se apuñalan una y otra vez, “¿Por qué está conmigo si yo no me merezco a alguien tan bueno?”, “¿Cuánto va a tardar en pasar esa alucinación que llama amor?”

Preguntas que esconden una sensación de insignificancia muy amarga para quien se las hace, porque en ellas se encierra una resistencia a la entrega, a querer de verdad. Esta resistencia es consecuente con las dudas: “¿para qué me voy a entregar en una relación que se terminará rompiendo?”

Con esto no queremos justificar al celoso, pero sí proponer que no es un aspecto aislado de su carácter sino que está entroncado con el resto de piezas del rompecabezas que conforman su personalidad. Así, analizar los celos o a una persona celosa de manera aislada es analizar la herida omitiendo las causas que la produjeron o que la mantienen abierta.

Por otro lado, también queremos resaltar algo si queremos ayudarle. Una persona celosa realmente lo pasa mal. Realmente tiene miedo, no es un miedo fingido, por mucho que el resto del mundo piense que no tiene fundamento. Incluso racionalmente la persona celosa puede tener ratos de lucidez y entender que sus sentimientos y comportamientos son absurdos. Algo que no hará que se sienta mejor e incluso aumentará lo insignificante que se siente.

De esta manera se cierra el círculo que se retroalimenta y produce la escalada.

Si bien los celos no solamente son atesorados por personas mediocres, si sucede que la mayoría de las personas que los cultivan piensan que lo son.

Los celos nacen de lo que imaginamos

A veces da la sensación de que nos gusta pasarlo mal. Confiamos en nuestra pareja, pero si vemos su teléfono perdido por la casa y se ha marchado puede aparecer la tentación de acercarnos y mirar. No se trata de una sospecha, sino de una comprobación como la que hacemos cuando nos damos la vuelta al salir de casa en búsqueda de una luz que haya quedado encendida.

Entonces vemos en un mensaje “un abrazo”, un “pásatelo bien”. Las palabras de alguien que no conocíamos. Un “beso” (Pero…. un beso, “¿cómo, cuándo, dónde?”). Un agradecimiento cariñoso y empiezan las preguntas y la desazón. Nos hemos situado en una encrucijada difícil. Por un lado sabemos que no podemos confesar que hemos entrado en su teléfono.

“Cariño, he estado trasteando en tu teléfono para comprobar que no tengo razones para estar celosa”

¿Alguien dice esto?

celos

Bueno sí, las personas que se creen con todo el derecho a hacerlo y que sienten ese derecho reconocido por parte del otro. Es muy común, por ejemplo, que después de una infidelidad la persona infiel permita estos comportamientos del otro. Entiende que es una manera de darle seguridad al otro de que no volverá a pasar y concede ese espionaje como precio por seguir con la relación. Es decir, entre los dos colocan una bomba que terminará explotando.

Volviendo con nuestra espía, que piensa que antes “muerta que confesar”, y la que por lo tanto va a tener que empezar a tragar dudas. Dudas que no tienen que ver con el beso o con el abrazo, con lo que ha visto, sino con lo que imagina que puede haber detrás. A partir de ahora ya no irá al teléfono para comprobar, sino para confirmar los peores temores. No decía que parece que nos gusta sufrir…

Los motivos de una persona celosa

Con esto queremos decir que una persona celosa siempre encontrará motivos para serlo, porque todos tenemos hilos en nuestra vida a partir de los cuales una mente esmerada puede inventar una historia llena de amantes clandestinos. Historias que en la mayoría de las veces la persona que las crea no compartirá y que tragará como aquel que traga veneno. De esta forma tan trágica, y también representada en algunas comedias teatrales, es fácil que termine prisionera de sus propias sospechas.

Por otro lado, la línea que separa a los celos fundados e infundados es peleaguda. Nadie quiere enterarse el último de que su pareja tiene una “querida” o un “querido” porque en juego puede estar todo un proyecto de vida. Además, sobre el papel puede ser muy fácil decir que si la relación se tiene que terminar, se terminará igual, haya o no una tercera persona. Pero, como decíamos al principio, esto es intelectualizar en demasía un sentimiento que es más complejo y tiene un fuerza más poderosa.

Así, si alguien esperaba una conclusión fácil para este artículo me temo que se va llevar una decepción. Los celos y los comportamientos de los que nacen y que los mantienen son una decisión personal; eso sí, es bueno que cada uno sea consciente de dónde introduce a sus pensamientos y a sus emociones cuando emprende determinadas conductas. En uno u otro caso, piensa que los celos tienen más que ver con lo que imaginamos que con la información que en realidad tenemos.

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