LE DIJE QUE ERA SUYA, Y ÉL SE EQUIVOCÓ

Como con casi todo en su vida, no supo leer entre letras, no entendió nunca que si, lo amé como a nadie, como nunca imaginé, como ni yo podía creer. Lo amé de forma tan desmesurada que cuando le dije que era suya, él lo creyó, lo creyó al pie de la letra, nunca, nunca, aprendió a leerme, no pudo entender que el llamarme “suya” era discurso romántico, ardid del lenguaje para maximizar ese amor que se me escurría del alma y las piernas con sólo pensarlo.

Nunca entendió que no era literal, que el poder que le di al llamarme suya era simbólico, que se limitaba a mi cuerpo en el momento del sudor, que ese poder era relativo, era casi total durante el tiempo de la carne y los orgasmos, que era sólo para los besos, para sus ojos mirándome sin ropa, sin testigos ni recuerdo inmortalizado en lente, porque esa era su privilegio.

Que al autodenominarme suya jugaba con las palabras, con el discurso romántico por excelencia, que era una forma estúpidamente poética de decirle que lo amaba. Que nunca le di poder entero sobre mi, que no renuncié a ser yo para ser de él, que mi vida tenía sentido y fuerza mucho antes de su piel, que su adiós me dolió, que lo lloré más de cien noches, que le escribí tantos versos y hasta un tiempo juro que lo odié… y hoy, a las vueltas del sol, ya su nombre puede ser fonema en mis labios, ya su olor no me eriza la piel, ya puedo contarle al mundo la historia bastarda de este amor sin que mi voz se quiebre, ya no duele la herida y la cicatriz la presumo orgullosa.

Porque amar como lo amé fue mi privilegio, mi hazaña, fue un don mío… porque me ha gustado mirarlo a los ojos y decirle así, a la cara que estaba equivocado, que las mujeres que amamos, las hembras que damos el universo en un beso, amamos así, porque hemos primero aprendido a amarnos, porque antes de él, ya era yo.

Porque quise compartirle mis lunas, mis soles, porque creyó que me tenía a sus pies, porque estaba costumbrado a bosquejos de mujer que sin su aliento no respiran, que piden perdón aún siendo la víctima, porque creyó que tanto amor le daba poder para devastar mis letras, mi alma, mi ego, porque se olvidó que el motivo de su amor era esa grandeza que llevamos en los ojos las mujeres libres, las mujeres enteras, las que no dejamos en manos ajenas el rumbo de nuestro destino, el origen de la felicidad… ni siquiera el deseo fue exclusivo de su aroma, de su carne, de su boca.

Él se equivocó, su arrogancia no le dejó ver que al decirle al oído en mitad de un orgasmo que era suya… fue por amor, el más grande que le han profesado, el único que por ser tan grande no me dejó destruida en aras de la obsesión, el único que una mujer de verdad le ha podido dar, que alimentaba su grandeza del mío, porque lo amé tanto y tanto, casi, casi como me amo yo.

-Liliana Quijano-

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