Las semanas del jardín

“Meterse en un jardín”, recordaba Sánchez Ferlosio en Las semanas del jardín,  es una expresión de teatro que alude a las pérdidas de guión por parte de los actores, quienes deben improvisar sobre la marcha para retornar al guión sin que se aprecie demasiado su digresión. El paseo por un jardín es la figura que ha elegido Ramón del Castillo en un libro fastuoso, pantagruélico, un descomunal bosque de referencias que es ya una referencia imprescindible para el análisis cultural y político del momento contemporáneo: El jardín de los delirios. Las ilusiones del naturalismo. Una figura exacta pues el jardín es a la naturaleza lo que el cíborg a la condición humana: un híbrido atravesado por todas las contradicciones culturales, políticas y económicas posibles.

No es posible resumir el libro como no es posible resumir un viaje alrededor del mundo, y este texto tiene algo de un paseo interminable por las geografías urbanas y las psicogeografías del globo contemporáneo. Hay que perderse en él y anotar las notas y los libros señalados (la mitad del libro es una “biblioteca delirante” en la que Ramón del Castillo da cuenta de sus paseos por esas formas de jardín que son las librerías, las de viejo sobre todo, y las bibliotecas). Así que no lo haré y en vez de ello me meteré en el jardín de conversar con sus ideas, o más bien aprovechar las suyas para repensar las mías con un poco más de cuidado.

El carácter híbrido de un jardín es poliédrico. En una cara está en su existencia intermedia entre técnica, estética y naturaleza. Pretende ser una suerte de naturaleza domada por el arte y la agri-cultura. Por ello mismo ha sido a lo largo de la historia una figura simbólica de la relación con la naturaleza. Tras la revolución neolítica de la domesticación de plantas y animales, tras la construcción arquitectónica de los primeros grandes estados e imperios, tras la invención de la escritura, el jardín se convirtió en un lugar mitológico. Jardines del Edén, jardines de Babilonia, los jardines de cristal del Olimpo,… La naturaleza domesticada como lugar de resistencia a la forma más peligrosa de destino que era la amenaza de lo natural. La modernidad y su proyecto de civilización, es decir, de domesticación del bárbaro para convertirlo en ciudadano (o habitante de la ciudad) comienza por los jardines y bulevares que rompen la acumulación orgánica de callejas de la kasbah y crean espacios públicos de miradas, donde el poder pueda ser visto en todo su esplendor y el nuevo ciudadano mire y sea mirado por los otros. La era de los imperios fue también la era de los jardines botánicos, resumen del poder de la metrópoli sobre la geografía del planeta. En la Revolución industrial, el jardín romántico se convirtió en espacio de nostalgia. El urbanismo, en la era de la metropolización del mundo, crea el jardín como lugar antagónico entre quienes disponen de espacio para poseerlo, quienes lo usan para las nuevas formas de socialidad-individualista (deporte y agitación del cuerpo permanente) y quienes se allegan a él para respirar un trozo de naturaleza domesticada.

En otra cara está el jardín como territorio político intermedio entre lo real y lo imaginario. el jardín se abre como un espacio depositario de deseos. Las utopías, heterotopías y otras disidencias de lo real se refugian en los jardines como si allí la geografía se hiciese posibilidad de otro mundo. También lo contrario del jardín, critica con razón Ramón del Castillo: el sueño de una naturaleza libre, dominio ahora de una suerte de turismo de primera, turismo-ecológico, delirio también de quienes se refugian en lo salvaje y libre como si así se sustrajeran a la lógica del capital que ha convertido ya el planeta en parque temático de la mercancía. Jon Krakauer narró en Hacia rutas salvajes la aventura y muerte de Christopher Johnson McCandless, un joven que quiso abandonar la civilización y el consumismo y se adentró en Alaska como territorio salvaje en su sueño. Murió de hambre o quizás envenenado por haber confundido plantas alimenticias con variedades venenosas (llevaba un manual de alimentación de plantas salvajes). Un sarcasmo pesado de su muerte es que ocurrió en un autobús abandonado, donde había encontrado su habitáculo, sin saber que a pocos kilómetros había una presa que le hubiera permitido pasar un río que le separaba de la salvación.

En una tercera está la fenomenología del jardín como extensión de la propiedad. La utopía liberal ideó en la Ilustración una república de pequeños propietarios que habrían de formar una sociedad casi perfecta donde los intereses se acomodarían unos a otros como fruto perfecto de la mano oculta e inteligente del mercado. En la España falangista, José Antonio Primo de Rivera tradujo al fascismo este sueño liberal proclamando un país de familias poseedoras de un huertito y una casa. En la derrota del movimiento obrero, ya en la transición del capitalismo industrial al capitalismo global y financiero, Margaret Thatcher, profeta del neoliberalismo, logró imponerse a los viejos sindicatos del carbón acudiendo al mismo ideal de una sociedad de propietarios “libres” dueños de una casa un patio trasero en una ciudad-jardín. Un poderoso imaginario que se opone hegemónicamente al barullo socialista de la comunidad de vecinos siempre en follón a causa de los espacios comunes.

El jardín es poliédrico. Habría que explorar sus múltiples caras materiales, experienciales, imaginarias, políticas, técnicas, económicas. En los entredoses de las oposiciones ciudad-campo, cultura-naturaleza, el jardín se convierte en el territorio de nadie. Un lugar híbrido que se abre a todo tipo de análisis de las contradicciones culturales del capitalismo: desde ciertas pesadillas pseudo-ecologistas que preferirían una Tierra superviviente a los humanos hasta los infiernos de las petroleras y las empresas piratas de las tierras raras que ofrecen los metales preciosos de la era tecnológica, el jardín es un lugar de antagonismos teóricos y prácticos. Espacios públicos o privados; espacios “naturales” o espacios “urbanos”; espacios salvajes o espacios civilizados; espacios naturales o artificiales. El espacio, sostenía Henry Lefebvre no es una realización de la ideología: es ideología en sí mismo. También ese espacio físico, fenomenológico e imaginario que llamamos el planeta Tierra, atravesado ya por una línea histórica del pasado al futuro que ha construido en la última fase de la historia el capitalismo (no sabemos aún cuán última es) y que habitamos como moradores al tiempo que constructores una única y posible casa-habitación de supervivencia. En la Fundación, Isaac Asimov imaginó como centro del imperio galáctico al planeta Trantor, que había sustituido la corteza planetaria por una metrópolis sin fronteras que albergaba en su núcleo de poder un jardín donde habitaba la universidad y la fundación que habría de salvar al universo. De todas las utopías, incluyendo los delirios y distorsiones situacionistas, Trantor es mi figura preferida como representación de los sueños o pesadillas (dependiendo) del imaginario contemporáneo.

CONTINUARÁ

En la primera imagen, la catedral de Mejorada del Campo, fruto del delirio constructivo de Justo Gallego Martínez, la forma más universal posible de cómo lo local puede recolonizar lo universal

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