02 Trajano Brindisi legiones Danubio

Las legiones del Danubio: los guardianes del Imperio Romano

Durante más de cuatro siglos, el Danubio se convirtió en la principal frontera (limes) del norte del Imperio romano. Las legiones romanas se establecieron en el río en el siglo I d.C., cuando el primer emperador de Roma, Octavio Augusto, llevó a cabo un programa de conquistas para racionalizar las fronteras del Estado. Las poblaciones situadas más allá de sus orillas, a las cuales los romanos se referían colectiva y despreciativamente como «bárbaros», eran el principal motivo de existencia de una frontera fortificada. El territorio imperial les atraía de manera inevitable, ya que contenía lo que para ellos eran unas riquezas fabulosas (oro, plata, objetos de lujo…), de las que obtenían una pequeña parte de diversas maneras: sirviendo en las unidades auxiliares del ejército romano, a través del comercio, como regalos diplomáticos de Roma a jefes y nobles o bien emigrando al interior del Imperio. Si todo esto fallaba, siempre podían probar suerte intentando conseguirlas por la fuerza.

Augusto: el gran constructor de Roma

La frontera fortificada, pues, servía para protegerse de las pequeñas incursiones y controlar el tráfico de personas y bienes. En caso de ataque, torres y fuertes permitían detectar la amenaza y contenerla el tiempo suficiente para que llegasen refuerzos y el enemigo pudiera ser derrotado de la manera preferida por el ejército romano: en un enfrentamiento en campo abierto. Durante las grandes guerras, los romanos, herederos de una tradición militar extremadamente agresiva que se remontaba al período republicano, realizaban operaciones ofensivas contra los bárbaros. Operaciones en las que el ejército empleaba, de manera deliberada, una violencia extrema: los legionarios mataban, violaban y esclavizaban de forma indiscriminada, no con el objetivo de eliminar a los bárbaros por completo, sino de obligarlos a firmar un tratado de paz.

El despliegue del ejército

El ejército de tierra romano se dividía en legiones que contaban con unos 5.000 efectivos, y tropas auxiliares, compuestas por diversos tipos de unidades (cohortes y alas) de infantería, caballería y mixtas, cada una de las cuales agrupaba entre 500 y 1.000 hombres. A estas tropas se les sumaban pequeños destacamentos de origen bárbaro y de unos 200 hombres, los numeri, que se equipaban y combatían según las costumbres de sus respectivos pueblos y no al estilo romano. Las fuerzas romanas en el Danubio contaban, además, con el apoyo de dos flotas: una responsable del río desde su origen hasta las cataratas de las Puertas de Hierro (en la actual Serbia) y otra encargada del tramo final hasta el mar.

Cada legión contaba con 5.000 efectivos además de unidades de origen bárbaro que combatían según sus propias costumbres

Durante las primeras décadas de presencia romana en el norte, hasta mediados del siglo I d.C., el punto caliente de la frontera estuvo situado en el otro gran río, el Rin. Pero a partir del reinado de Domiciano, los problemas se desplazaron al Danubio, donde sármatas y dacios atacaron la frontera. Domiciano firmó la paz con el reino dacio, pero pocos años después Trajano decidió destruirlo para acabar de una vez con la amenaza que representaba. Tras dos guerras sucesivas, en 106 d.C. anexionó buena parte de su territorio al Imperio, creando la primera y única provincia romana situada al norte del Danubio: la Dacia. Su incorporación liberó un tramo considerable del curso bajo del río de su función de frontera, que se trasladó al norte de la nueva provincia. Con ello empezó la estabilización de la frontera, a lo que –también durante el reinado de Trajano– contribuyó la reconstrucción en piedra de las fortalezas, antes edificadas con madera y tierra. Medio siglo después, a comienzos del reinado de Marco Aurelio, las incursiones de pueblos germánicos procedentes del curso medio del Danubio, que llegaron a amenazar el norte de Italia, provocaron que entre los años 167 y 180 d.C. este emperador se embarcase en una serie de campañas punitivas que han pasado a la posteridad bajo el nombre de guerras marcománicas.

Todos estos conflictos definieron el despliegue de las tropas romanas en la frontera. En un primer momento, Augusto desplegó cinco legiones en el Danubio mientras que destinó no menos de ocho legiones al frente del Rin, que entonces era el más problemático. Pero en tiempos de Marco Aurelio, el Danubio contaba con nueve legiones. Si a éstas les sumamos las dos situadas en Dacia y el gran número de unidades auxiliares desplegadas en la zona (que ascendían a la mitad de todas las del ejército romano), queda clara la importancia que había adquirido la frontera danubiana. En ese momento, la guarnición del Rin era de sólo cinco legiones, por lo que no hay duda de dónde se habían producido los mayores conflictos durante el siglo anterior.

Las defensas

El despliegue de estas tropas se apoyaba en una amplia red de fortificaciones que servían a la vez de alojamiento para los soldados y de puntos de defensa. La mayoría de ellas tenían una característica planta rectangular (a veces cuadrada), con las esquinas redondeadas. Las más grandes eran las bases legionarias, como Lauriacum (Austria), Aquincum (Hungría) o Novae (Bulgaria), de alrededor de 20 hectáreas de superficie. Todas contaban con un edificio con la función de cuartel general, la casa del comandante, barracones, graneros, establos, almacenes, hospital, termas y letrinas.

El despliegue militar se apoyaba en una amplia red de fortificaciones que llegaron a acoger hasta nueve legiones, 45.000 hombres

Los fuertes acogían una cohorte (o dos, en casos excepcionales) y reproducían el esquema anterior a una escala más pequeña. Su superficie variaba entre una y cuatro hectáreas y disponían de los mismos edificios que las bases legionarias –con la frecuente excepción del hospital y las termas–. Se conocen ejemplos aún más pequeños, los llamados fortines, probablemente ocupados por los numeri y por destacamentos de las cohortes. Las torres eran las fortificaciones más pequeñas. Sus ocupantes no residían en ellas de manera permanente y tenían sólo funciones de vigilancia.

A diferencia de barreras artificiales como el muro de Adriano en Britania, donde las fortificaciones se construían a distancias regulares, en las fronteras fluviales éstas se disponían de manera irregular, según las características del terreno y, sobre todo, del río. El Danubio, con sus más de 2.800 kilómetros de extensión, presenta una gran variedad de paisajes, incluyendo amplios valles, zonas montañosas, estrechas gargantas y un extenso delta. En general, las bases legionarias se situaron en lugares de valor estratégico, para controlar los principales puntos de cruce del río y las vías que comunicaban el Imperio con el mundo bárbaro. Bases y fuertes se construían a menudo en la confluencia entre el Danubio y alguno de sus afluentes, que acostumbraban a ser rutas de acceso al territorio romano y que constituían mejores atracaderos para las naves que el caudaloso Danubio.

El muro de Adriano

En muchos tramos del río, los fuertes estaban separados entre treinta y cuarenta kilómetros, pero a su paso por la gran llanura húngara se construyeron cada veinte kilómetros. En la curva del Danubio, al norte de la actual Budapest, frente al territorio de los sármatas, los fuertes se situaron a distancias de tan sólo ocho o nueve kilómetros. Otros sectores del río estaban vigilados de forma mucho más somera, como la zona de la Puerta de Hierro: un tramo de unos 130 kilómetros donde el río fluye encajado entre abruptas montañas que ofrecen dificultades insuperables para cruzar la corriente. De ahí que en esa zona se hayan documentado pocos fuertes, la mayoría de los cuales se encuentran situados en las dos bocas de aquella garganta.

El terreno entre las bases legionarias y los fuertes de auxiliares estaba cubierto por fortines y torres. Pero en el Danubio y el Rin se han documentado muchas menos construcciones de este tipo que en otras fronteras fortificadas, como el muro de Adriano en Gran Bretaña. Aunque una parte se debe de haber perdido por la erosión, da la impresión de que el río, que tiene más de medio kilómetro de ancho en buena parte de su recorrido, suponía un obstáculo considerable para cualquier atacante, lo que permitió que se construyeran menos puntos de vigilancia.

Una frontera porosa y conflictiva

Poner nuestro foco en el ejército y las fortificaciones puede llevarnos a imaginar una frontera en constante peligro, visión reforzada por la lectura de las obras de los historiadores romanos que ponían mucho más énfasis en los conflictos que en la vida cotidiana en la frontera, pero la realidad fue más compleja y los períodos de paz se intercalaron con los de guerra. Un recluta que comenzara sus veinticuatro años de servicio en el año 30 d.C. probablemente no tuvo que hacer frente a más peligros que los provocados por los bandidos y alguna incursión aislada de los bárbaros; en cambio, uno que lo hiciera en el año 85 d.C. pudo participar en las guerras de Domiciano y enfrentarse a varios ataques procedentes de territorio bárbaro.

Durante siglos, los periodos de paz se intercalaron con épocas de guerra y de continuas incursiones de pillaje bárbaras

En cualquier caso, el Danubio nunca fue una frontera cerrada. El acceso de los bárbaros al territorio imperial no estaba prohibido, aunque sí estaba regulado y restringido, ya que no podían cruzarlo a su antojo, armados o en grupos numerosos. Precisamente el control de estos desplazamientos era una de las principales ocupaciones del ejército. Las unidades romanas patrullaban las dos orillas del Danubio, aunque es probable que en el norte del río se limitasen a vigilar una pequeña franja de terreno de entre diez y veinte kilómetros. Esto no significa que se desentendieran del barbaricum, el mundo bárbaro. De hecho, la primera línea de defensa romana la constituía la diplomacia, y los romanos se involucraban de manera intensa en la política interna de los grupos bárbaros, en los que a menudo se formaban facciones a favor y en contra de Roma.

Más allá de estas funciones de control y defensa, la vida cotidiana del ejército romano en la frontera estaba dominada por preocupaciones más mundanas, y una gran parte de sus esfuerzos se dedicaba a cubrir sus propias necesidades, que eran enormes. Así, aunque una parte de los víveres se enviaba desde otras provincias, el resto debían procurárselo las diferentes unidades, que contaban con campos para cultivar cereales y apacentar el ganado. Otros soldados viajaban, a veces a zonas muy alejadas de su base, para obtener suministros como ropa o caballos.

Labores de todo tipo

El Estado romano empleaba a los soldados en tareas poco relacionadas con la milicia. Como el Imperio carecía de policía, las labores de mantenimiento del orden público y de escolta recaían en los militares, que también se encargaban de la lucha contra los bandidos e incluso de investigar delitos. También ayudaban en las minas o trabajaban en proyectos civiles como puentes, vías o acueductos. Gracias a un papiro encontrado en Egipto conocemos el amplio abanico de actividades a las que se dedicaban los soldados de una unidad auxiliar destacada en el Danubio a principios del siglo II d.C. En cierto momento, además de guarnecer su base, se ocupaban de otros dos fuertes y escoltaban a funcionarios imperiales. Tres grupos estaban al norte del Danubio (uno vigilando cosechas, otro explorando y otro «de expedición»), dos grupos habían viajado a las lejanas Galias para obtener ropa y cereales, otro más estaba proveyéndose de ganado en los montes Haemus y, finalmente, uno estaba destacado en las minas de Dardania. Pero el papiro también incluye las bajas sufridas por los soldados, y el hecho de que durante este período de paz murieran dos de ellos, uno en un enfrentamiento con bandidos y otro «en combate» (se supone que con los bárbaros) nos recuerda que la violencia nunca dejó de formar parte de la vida en el limes del Danubio.

Para saber más

Europa romana. Edward Bispham. Crítica, Barcelona, 2008.

El ejército romano. Adrian Goldsworthy. Akal, Madrid, 2005.

Historia de las legiones romanas. J. Rodríguez González. Almena, Madrid, 2003.

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