LA TORRE HERIDA POR EL RAYO

El pasado dia 11, un canal propagandístico afín al Estado Islámico invitaba en Telegram a atentar contra las celebraciones de Semana Santa.

Previamente, entre finales de marzo y comienzos de abril, se había producido en Francia una oleada de profanaciones de iglesias, ataques que iban desde ensuciar con excrementos el crucifijo de un altar mayor hasta el incendio de la iglesia de Saint-Sulpice en París, que ha causado daños valorados en varios cientos de millones de euros. Esa marea vandálica venía a culminar el cerca de un millar de ataque anticristianos contra librerías, colegios, cementerios, parroquias y otros centros de la cultura católica registrados en apenas dos meses en el país vecino. Con la curiosa coincidencia de que las parroquias atacadas en lugares como Nimes o Dijon estaban dedicadas precisamente a Nuestra Señora (“Notre Dame”).

La Iglesia de Saint-Sulpice en París arde el pasado día once.

No se trata de un fenómeno local, sino mundial: en 2008 se contabilizaron 1063 ataques a templos católicos, y en los once años que nos separan de esa fecha la cifra no ha parado de crecer.

Si sumamos a estas noticias el apuñalamiento de un fiel y un sacerdote en la Iglesia de San Agustín de Varsovia el pasado dia 11, el tiroteo mortal anteayer en una iglesia de Canadá o las masacres, mayormente ignoradas por los medios, contra fieles católicos en Indonesia, India, Nigeria o Rusia, tenemos dibujado un panorama de violencia sectaria contra el cristianismo a nivel mundial.

España no es ajena a esta ola de violencia irracional, alentada tanto por la ultraizquierda más irresponsable como por el feminismo montaraz y desquiciado que se desahoga contra sus fantasmas haciendo pintadas abortistas en las iglesias o que reivindica ataques a templos en Galicia, desde la iglesia de Maside en Orense hasta la catedral compostelana.

Monumento nacional garabateado por analfabetos funcionales en Orense

Antes de Notre Dame un fuego intencional afectó a una iglesia en Écija (aunque los medios hablaron de afectación “casual” al templo), y el año pasado fue la Basílica de Santa María de Elche la que sufrió un intento de incendio por parte de un exaltado.

A este fanatismo anti-católico hay que sumar a la turba, liderada por ediles del PSOE, que increpó el domingo a los participantes en la procesión de Ramos en Valladolid:

¿Qué es lo que está pasando? A escala nacional podemos explicar algo de la cristianofobia rampante por el innoble modo en que recolectores de sufragios -me niego a llamarles “políticos”- agitan los fantasmas de un pasado traumático cuya cicatrización les privaría del acceso a caladeros de votos emocionales e irredentos. Que tiparracas como la asalta-capillas Rita Maestre vociferen “Arderéis como en el 36” sin que la fiscalía intervenga por delito de odio (al parecer, el odio solo existe cuando son sus conmilitones los señalados) indica a las claras la parcialidad de una justicia que cada vez deshonra más el significado de su nombre.

Sin embargo, el panorama internacional revela una aversión más genérica y profunda. Tal vez hayamos perdido el respeto a los símbolos de nuestra propia identidad, algo que es aprovechado por las Élites que nos gobiernan para profundizar en la ruptura con la tradición, en el desarraigo que nos convierte en náufragos en nuestra propia casa y en la desactivación de códigos simbólicos enormemente poderosos pero olvidados por siglos de reduccionismo cientificista, materialista y cartesiano.

Será probablemente reconstruida, pero …
¿volverá a ser la misma?

La catedral de Notre Dame es, como sabe el lector informado, un microcosmos en el que la imaginería y simbología cristiana se superponen a un sustrato pre-céltico de culto a la fecundidad, a la madre tierra y a Isis-Ishtar, figuras maternas que representan a la “Dama” honrada en su nombre tanto como la Madre de Jesús. Su ubicación se halla en el cruce de dos “líneas Ley”, ejes energéticos del planeta conocidos desde la época de los constructores de megalitos. Se erige en el mismo lugar donde en otro tiempo existió un templo dedicado a Júpiter y se encuentra alineada con otros monumentos parisinos como el obelisco de Luxor, la pirámide del museo del Louvre, La Defense y el Arco de Triunfo. Su subsuelo es pródigo en criptas y galerías, alguna de las cuales incluso está abierta al visitante. Es el kilómetro cero del país vecino, del que parten todas las rutas, y el símbolo de la “Grandeur” francesa: en Notre Dame fue canonizada Juana de Arco y fue coronado emperador Napoleón Bonaparte. Es también una enciclopedia iniciática y alquímica de piedra erigida sobre la llamada “isla de los judíos”, el lugar donde se procedía a la ejecución pública de todo el que se atreviera a desafiar el omnímodo poder de la Iglesia Católica durante la Edad Media. La ejecución más famosa allí realizada fue la del último Gran Maestre Templario, Jacques de Molay, quemado en la hoguera el 18 de marzo de 1314 y que pidió morir mirando a Notre Dame.

Imagen premonitoria de la por-
tada de “The Economist” 2017

Ha resistido revueltas y guerras mundiales, incluso un incendio previo en 1871, pero nunca había sufrido tanta destrucción como la que nos dicen que deriva de un fatídico accidente. Los revolucionarios que se alzaron contra el Antiguo Régimen, iconoclastas entusiásticos, incendiaron numerosas iglesias, pero a Notre Dame la respetaron. El 11 de septiembre de 2016 ya fue objeto de un intento de atentado con bombonas de gas que la Gendarmería parisina pudo frustrar en el último momento. Quienes ahora la han sentenciado han querido destruir con ella el símbolo de una Europa cristiana, orgullosa e imbuida de una visión trascendente de la existencia humana. Frente a ella, las Élites paganas que nos gobiernan en secreto han querido ir más allá del “Dios ha muerto” de Nietzsche, más adecuado a la Semana Santa que celebramos, martirizando en la hoguera a su madre. Quien no quiera ver el profundo significado simbólico de este ritual está en su derecho, pero dudo que llegue a entender nada de lo que acaba de ocurrir.

No está de más recordar que las élites tienen por costumbre celebrar rituales de fuego entre el 15 y el 30 de abril, celebración de la “Noche de Valpurgis”, noche de brujas cuya energía propicia la realización de liturgias paganas y que precede al primero de mayo, fecha esotérica por excelencia bajo la denominación de “Beltane”, fiesta ancestral de la fertilidad y la luz.

“Han prendido fuego a tu santuario; han contaminado la morada de tu nombre
en la tierra” (Salmos 73, 7) 

El daño, no sabemos aún si irreparable, infligido a Notre Dame es un mal augurio para el mundo cristiano occidental. Si bien el presidente masón de Francia ha empeñado su palabra en reconstruirla, lo que pudiera salir de ese empeño no será ya la encrucijada espiritual que anteayer arrasó el fuego, sino un parque temático para turistas: el Ave Fénix solo existe en los cuentos y leyendas, y las donaciones que ya se están realizando con profusión, canalizadas por las manos adecuadas, por supuesto, pueden sufragar materiales y mano de obra, pero no restaurar la belleza intemporal creada por siglos de fe, esfuerzo y dedicación.

La deslumbrante belleza del templo de Nuestra Señora desde el Sena, tal co-
mo ha podido contemplarse desde la remodelación llevada a cabo por Viollet
le Duc entre 1845 y 1869 hasta la fatídica fecha de anteayer

No quiero privar de un último apunte a los más mitómanos (al fin y al cabo, la catedral herida también tuvo entre sus elementos sustentantes la fantasía): cuenta la leyenda que los verdaderos cuidadores de la catedral no eran otros que los filosóficos demonios representados en las numerosas gárgolas que adornaban los desagües y cornisas del templo. Justo hace una semana la mayoría fueron retirados como parte de la remodelación emprendida. Y, sin sus genios protectores, el templo fue pasto del fuego destructor.

Monstruos, demonios o animales fantásticos, llevan más de ocho siglos
encaramados a las alturas de la catedral

Un diablo sin oficio ni beneficio parece reflexionar en las pocas tentaciones
a que puede inducir a una ciudad donde habita el libertinaje más gozoso

Seres de pesadilla,  paradójicamente más cercanos al cielo que nosotros. En
ellos pudo encontrar Víctor Hugo inspiración para el deforme Quasimodo.

¿Qué obscenos comentarios harán estas criaturas de pesadilla, ahora desem-
pleadas y sin cobijo por la fuerza de las circunstancias?

Dejo al lector el sobrecogedor testimonio gráfico de la catástrofe padecida por este monumento irreemplazable, este contradictorio e inagotable palacio de piedra donde lo sagrado y lo profano se entrelazan y se funden. Son las últimas imágenes en que podrémos ver erguirse orgullosa la casa de la madre de Dios tal como la hemos conocido los enamorados de un París que tardará en sobreponerse a esta tragedia.

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