La servidumbre voluntaria del pueblo catalán

Comienza Montaigne en el ensayo que dedica a los caníbales haciendo una profesión de verdadero relativismo cultural, no exento de ciertas dosis de ironía, cuando dice lo siguiente “lo que ocurre es que cada uno llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres. Como no tenemos otro criterio para distinguir la verdad y la razón más que los ejemplos que observamos y las opiniones y costumbres del país en que vivimos, para nosotros allí se encuentra la religión perfecta, el gobierno perfecto y el más perfecto e insuperable uso de la cosa”.

Podríamos decir siguiendo la estela marcada por la sutil ironía del maestro francés que nosotros, hijos todavía de los vestigios de una cruel dictadura como fue la franquista, no alcanzamos a comprender el verdadero alcance de la palabra democracia. Para nosotros lo que el nacionalismo catalán llama como democrático (la expulsión del disidente, el desorden público o la prevalencia de los derechos colectivos sobre los individuales) no deja sino traslucir una incipiente tendencia cada vez más marcada hacia el totalitarismo en el seno de esa sociedad.

La gran cuestión que nos deberíamos plantear es cómo es posible que compartiendo un mismo Estado y habiendo entre los catalanes y el resto de los españoles tan escasas diferencias exista, sin embargo, una comprensión tan dispar de lo democrático.

Hoy el nacionalismo es el nuevo Dios de la religión catalana

Cicerón nos dice en su obra De Oratore que la historia hace las veces de maestra de la vida. Si hay una lección que debemos aprender de los antiguos es aquella que nos legara el gran Tácito, y que tanto sirviera a aquellos primeros modernos del siglo XVI entre los que se encontraba De la Boétie; a saber, que el poder político es una enfermedad que corrompe aquellas sociedades donde los individuos dejan que sus gobernantes adquieran cualidades casi divinas.

El gran error del pueblo romano fue haber dejado gobernar a una dinastía la Flavia-Julia, buena parte de cuyos emperadores se comportaron como si se creyeran dioses. En la posmodernidad ciertas ideologías han asumido esos caracteres cuasi religiosos. Esto es claramente perfectible en el caso catalán, donde los poderes civiles, religiosos y morales se han arrogado la divina misión de traer a Cataluña el cielo a la tierra en la forma de una promesa cuasi milenarista de lograr la plena prosperidad y felicidad con la llegada de la independencia.

Hoy el nacionalismo es el nuevo Dios de la religión catalana. No se trata simplemente de una metáfora que explique una cada vez mayor prevalencia de caracteres, propios de la religión en el ámbito de la política catalana. En la realidad los catalanes viven bajo un gobierno de carácter cesaropapista, donde ambos poderes, el religioso, representado por la Iglesia católica catalana, y el poder político asumen una misma cosmovisión de lo político: el establecimiento de una creencia religiosa, la de la independencia como bálsamo social, y que esta creencia sea obligatoria en el seno de la sociedad.

Como la historia nos muestra no hay nada mejor para garantizar la guerra civil y el surgimiento de la tiranía que el establecimiento de una religión obligatoria por parte del poder. Aun cuando determinadas teocracias puedan tener un cierto recorrido histórico (la Ginebra de Calvino, la Cataluña de Jordi Pujol o el ISIS) en la mayoría de los casos surgirá un conflicto en la sociedad. Sobre cuestiones de religión siempre existirá un amplio margen interpretativo, mucho más después de que el luteranismo estableciera el libre examen como una especie de axioma de lo religioso.

Otra fuente explicativa de la tiranía asumida voluntariamente se encuentra en la célebre obra de De la Boétie que mencionamos antes. Según la visión del célebre jurista francés del siglo XVI, contemporáneo de Montaigne, la dominación del tirano rara vez se sustenta exclusivamente en la fuerza bruta. Es preciso que la gran mayoría de la sociedad consienta en su sumisión. Ya sea por la fuerza de la costumbre de obedecer acríticamente, ya sea por el establecimiento de un régimen clientelar o por el mero adocenamiento de las masas instigado desde el poder. Algo muy similar a lo que viene ocurriendo en la sociedad catalana donde buena parte de la misma, por puro interés personal, por costumbre o por envilecimiento moral se ha acostumbrado a transigir con un gobierno despótico y confiscatorio que promete a su población un supuesto mayor bienestar económico que logrará una vez alcanzada la feliz independencia

Todas las sociedades han conocido tiranos, ya fueran antiguos, como por ejemplo los tiranos griegos, o modernos, como fueron presentados reyes como Felipe II por los flamencos o Enrique III por la liga católica, sin embargo, los modernos y los posmodernos hemos conocido una forma de tiranía llamada totalitarismo, que tan bien analizaran pensadoras como Simone Weil o Hannah Arendt.

El totalitarismo es una forma de tiranía donde la crueldad, la arbitrariedad y la injusticia no obedecen tanto a la voluntad caprichosa de un tirano o la necesidad de éste de instaurar el terror para acrecentar su poder omnímodo. En el totalitarismo el terror es una exigencia de la idea-fuerza que inspira la ideología totalitaria. En el caso del nazismo se trataba de la superioridad racial, en el caso del totalitarismo marxista-leninista de la idea de la lucha de clases como motor de la historia. En el caso catalán el ideal de la consecución de la independencia como promesa milenarista de un futuro sin las incertidumbres que lleva aparejada la vida posmoderna.

En el totalitarismo la crueldad, la destrucción y la vulneración de los derechos más elementales obedecen a una lógica implacable, que ya detectara con gran lucidez Simone Weil: la de implantar en la naturaleza humana la sensación de impotencia, la creencia de que nada puede hacerse para cambiar la prevalencia de una idea en el medio social.

A diferencia de lo que ocurre en el medio natural donde el mayor número se impone sobre el menor, en el ámbito de lo social no necesariamente ocurre lo mismo. Aquí la mayoría se conforma con ser una mera yuxtaposición de individuos que acepta voluntariamente su sumisión a los dictados de un gobierno tiránico y despótico, paradójicamente sustentado por una minoría. Esto es precisamente lo que ocurre hoy en día donde el nacionalismo, trasmutado eufemísticamente en una especie de misticismo democrático, se ha convertido en una forma de gobierno tiránico ejercido contra una mayoría de la población, que como bien apuntara Étienne de la Boétie ha aceptado de buena gana esta forma de servidumbre voluntaria.

El nacionalismo totalitario catalanista radical, con las demostraciones de fuerza que está realizando estos días, lo que busca es precisamente aquello que denunciara Simone Weil: instaurar en la mentalidad de los ciudadanos catalanes que ven sus negocios y sus propiedades asaltadas, su libertad ambulatoria restringida o su libertad de expresión silenciada, una idea de desesperanza. El pensamiento de que nada puede hacerse para parar los pies a ese nuevo Leviathan nacionalista que busca romper la concordia entre los ciudadanos para instaurar en la sociedad catalana una perfecta forma de servidumbre voluntaria.

Foto: davide ragusa

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