La represión sexual no funciona: son los conservadores y los religiosos los que más porno consumen

La condena pública de la sexualidad lleva aparejada que las expresiones sexuales tengan lugar en la clandestinidad, no que desaparezcan. En sociología un comportamiento no desaparece por el hecho de que dejemos de presenciarlo. Por ejemplo, son las personas más conservadoras y religiosas las que consumen más pornografía, aunque no lo parezca. Sencillamente, se ocultan mejor o tratan de evitar contarlo a amigos y allegados.

La represión, en el ámbito de lo sicalíptico, solo da lugar a la hipocresía, los dobleces y los intrincados rituales sociales que emboscan lo que de verdad uno piensa, como el diablo de Tasmania de los dibujos animados cuando giraba sobre sí mismo emborronando su imagen.

Amateur

Existe un equivalente a Google Trends, una herramienta que sirve para comparar la popularidad de una búsqueda de varias palabras o frases en Google, específicamente diseñada para el consumo de sexo online: Porngram. Según esta herramienta que publica las preferencias de millones de usuarios del mundo, el porno amateur, a ser posible en el idioma oficial de cada país, gana por goleada.

Es decir, la gente busca, ante todo, hiperrealismo. Como señala Noel Ceballos en su libro Internet Safari:

Busca esa sensación de material sensible robado, de echar un vistazo a través de un agujero en la pared a la intimidad de los otros. Es la Nueva Honestidad aplicada a la libido: nos pone porque es (o parece) real.

Estas estadísticas muestran lo que de verdad persiguen los usuarios en la intimidad de su hogar, lejos de miradas fiscalizadoras o encuestas que nos impiden ser verdaderamente honestos (incluso con nosotros mismos). Estos datos, pues, son lo más cerca que vamos a estar de las preferencias reales de las personas, hasta que no se invente un lector de mentes. Y por eso ahora sabemos que el mundo es mucho más complejo de lo que creíamos, y que casi nadie dice la verdad.

Los religiosos se sueltan la melena (en privado)

Intuitivamente, tenderemos a pensar que en los lugares donde hay más libertad y reina la progresía, las personas consumirán más pornografía. Porque el sexo llama al sexo. Porque, liberados de las ataduras de lo políticamente correcto, nos convertimos en salvajes rijosos.

Sin embargo, gracias a los datos masivos de consumo real, sabemos que es justo al revés: es en los lugares más reprimidos, donde hay menos libertad y donde reina el tradicionalismo, donde las personas sacan más a menudo el sátiro que llevan dentro.

Algo que coincide perfectamente con el aluvión de casos de abusos sexuales que, poco a poco, salen a la luz en el ámbito sacerdotal. Es decir, que no importa cuán elevada sea tu virtud moral o cuánto creas que tu dios te está monitorizando.

Según un estudio llevado a cabo por los investigadores canadienses Cara MacInnis y Gordon Hodson que recopiló información de Google Trends, los estados más conservadores de Estados Unidos buscan más pornografía en Google que los estados menos conservadores. De hecho, hallaron una fuerte correlación entre las creencias religiosas y las búsquedas por internet relacionadas con la pornografía.

Las personas de derechas y religiosas, según estos investigadores, muestran una mayor atracción subyacente por el contenido sexual.

El escaso poder de las fuerzas externas

Pero ¿entonces? ¿Cómo es posible que cada vez haya menos homicidios en el mundo? ¿Por qué hay menos violaciones? ¿Por qué somos más empáticos? ¿Es porque hay leyes y normas sociales más restrictivas o por otra razón?

Lo que cada vez parece más evidente es que las normas externas son menos importantes de lo que creíamos para responder a esas preguntas. A lo largo de la historia, hay numerosos ejemplos de cómo estas normas tienen un poder bastante residual a la hora de cambiar un deseo, un hábito o una tendencia social.

En la época victoriana, por ejemplo, se instauró una serie de normas sociales tan estrictas en aras de parecer una persona moralmente aceptable que el comportamiento de la gente apenas cambió en realidad: lo que se acentuaron fueron las formas de fingir que se era moralmente aceptable.

Por ejemplo, comportándose en sociedad de una manera socialmente muy pautada o evitando emplear palabrotas o incluso determinadas palabras que pudieran suscitar el deseo (como piernas). Todo el mundo empezó a interpretar una obra de teatro. Entre bambalinas, sin embargo, se desencadenaba Sodoma y Gomorra.

La Ley Seca estadounidense entró en vigor en enero de 1920 y, lejos de reducir el consumo de licores, provocó el auge de la corrupción y el crimen organizado. Antes de la prohibición, había 4.000 convictos por delitos federales. En 1932, había 26.859. La gente seguía bebiendo, y además lo hacía con menos seguridad.

Lo que sugieren los estudios al respecto es que las normas externas no son suficientes si no hay normas internas. De hecho, las normas internas son más poderosas que las externas. El problema es que no sabemos muy bien cómo inculcar normas internas. Sin embargo, su poder es incontestable, como puso de relevancia un estudio de Vanessa Patrick y Henrick Hagtvedt, dos investigadores sobre el comportamiento de los consumidores.

Tras solicitar a un grupo de mujeres que pensaran en un objetivo saludable a largo plazo, como hacer ejercicio tres veces por semana o llevar una dieta más sana, explicaron a las mujeres que debían autoconvencerse de su propósito para evitar la tentación de abandonarlo.

Un grupo fue instruido para que afirmara «no puedo saltarme el gimnasio», mientras que el otro grupo afirmaba «yo no me salto el gimnasio». Diez días después, solo el 10% de mujeres del primer grupo perseveró en su objetivo; mientras que lo hizo el 80% de las mujeres del segundo grupo. ¿Cómo había podido haber tanta diferencia?

Porque unas se guiaban por normas externas y otras, por normas internas, como explica Adam Alter en su libro Irresistible: «El lenguaje las empoderó cuando no implicaba que estaban en manos de una fuerza externa que no podían controlar».

Ser no es fingir

El quid de la cuestión, pues, parece residir en nuestra gran capacidad para fingir frente a los demás, ya sea para ser aceptado por un grupo de personas en concreto o para evitar ser el blanco de críticas. En otras palabras: muchas personas fingen ser más conservadoras y rectas moralmente de lo que son en realidad. O dicho de una forma más chocante: no nos podemos fiar de cómo se define una persona y ni siquiera de cómo actúa en público.

Dar la impresión de que somos personas normales en las que se puede confiar es relativamente fácil: hay que evitar decir palabrotas, hay que emplear lenguaje inclusivo, hay que dar el «buenos días», ceder el asiento en el autobús, sonreír, estrechar la mano con energía, esbozar una mueca de asco cuando alguien menciona una práctica sexual poco ortodoxa…

Sin embargo, detrás de todo ese fingimiento puede ocultarse un monstruo. Y si multiplicamos las regulaciones, las leyes y el castigo social hacia todo lo que se salga de la norma, entonces el fingimiento también se intensificará. Lo que puede traer aparejada una necesidad creciente de desahogarse en la intimidad. Por eso, como remata Alter:

Es más probable que los adolescentes mantengan relaciones sexuales sin protección en los estados conservadores, incluso si eliminamos de la ecuación aspectos como diferencias de ingresos, educación y acceso al aborto.

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