«La pena ecológica» embarga a los científicos que observan la decadencia de la Gran Barrera de Coral

Cuando la Gran Barrera de Coral, el mayor sistema de arrecifes coralinos del mundo, sufrió unas olas marinas de calor que batieron récords en veinte1seis y veinte1siete, muchos investigadores quedaron conmocionados.

La científica social Michele Barnes asistió a ese desastre en primera fila. Trabaja en el Centro de Excelencia de Estudios de los Arrecifes de Coral del Consejo de Investigaciones de Australia, en Townsville, que está junto al arrecife. Entrevistó a científicos y otras personas que trabajaban sobre el arrecife para investigar sus reacciones a esa catástrofe debida al cambio climático.

Barnes, que todavía está analizando sus resultados, se quedó sorprendida de que muchos de los científicos a los que entrevistó sintiesen una gran pena, una gran tristeza, por el deterioro de los arrecifes. Nature ha hablado también con varios investigadores de los arrecifes de coral que no participaron en el estudio de Barnes y que expresan sentimientos similares.

«Ahora me siento mucho más desesperanzado, y una ansiedad más profunda se abre paso», dice John Pandolfi, ecólogo marino de la Universidad de Queensland en Brisbane. Pandolfi lleva estudiando la dinámica del ecosistema de la Gran Barrera de Coral desde hace más de treinta años. Los dos episodios de blanqueamiento consecutivos que empezaron en veinte1seis llevaron a la muerte a gran escala de la cobertura de coral del arrecife, lo que causó un cambio drástico en la composición de su especie. Pandolfi investiga ahora las nuevas configuraciones de la especie que han surgido como consecuencia de los influjos humanos.

Está formándose un conjunto de investigaciones que muestran que son muchos los que tienen un sentimiento de pérdida a causa de la degradación medioambiental causada por el calentamiento global. A este fenómeno se le llama «pena ecológica». Aunque los investigadores suelen encontrarse en primera fila cuando colapsan los ecosistemas, pocos estudios han investigado las consecuencias mentales y emocionales de ese tipo de trabajo.

A Pandolfi, las consecuencias que le preocupan son las que sus hijos, que ahora tienen 1siete y veinte años, tendrán que encarar como resultado del cambio climático. «No me preocupa que el mundo pueda seguir adelante sin gente, pero sí que esté yo incurriendo en una deuda con mis hijos que nunca podré saldar», se lamenta.

Asistir a cómo la Gran Barrera de Coral «se descompone en una semana», como pasó en veinte1seis, fue toda una conmoción para David Suggett, fisiólogo del coral de la Universdad Tecnológica de Sídney. «Nada puede prepararte para que veas cómo pasa en tiempo real», dice.

Suggett afirma que le es difícil dejar aparte sus emociones por el estado de los arrecifes de coral cuando habla en público. Le inquieta que si enseña sus sentimientos se le acuse parcialidad. «A los investigadores nos cuesta mucho mantener la apariencia de ser objetivos mientras mostramos nuestra preocupación por los ecosistemas sobre los que trabajamos», dice. Cree que la inexistencia de una red que apoye a los científicos que padecen los efectos emocionales de su trabajo podría ser una de las razones de que se sientan aislados.

Para Selina Ward, que estudia la reproducción del coral en la Universidad de Queensland, comunicar los hallazgos de sus investigaciones a la gente empeora la desesperación que siente. Sus trabajos sobre los arrecifes durante los últimos treinta años han demostrado que los cambios de la temperatura del mar afectan gravemente al  reclutamiento de corales. «Intento ser positiva, pero la verdad es que es una historia tristísima», dice.

Estrategias para aguantar

Ser conscientes de que la decadencia de los ecosistemas y los acontecimientos climáticos asociados pueden afectar a la salud mental es importante, según Neville Ellis, científico social de la Universidad del Oeste de Australia, en Perth. Él y Ashlee Cunsolo, que estudia cambio medioambiental y salud en la Universidad Memorial de Terranova, en St. John´s, Canadá, escribieron el año pasado un comentario en Nature Climate Change que presentaba la idea de la pena ecológica como efecto secundario de la degradación medioambiental.

Vieron que las personas pueden sentir duelo por la desaparición o degradación de una especie o un paisaje y la futura pérdida de un ecosistema.

Ellis señala que investigaciones como la de Barnes ponen de relieve la vulnerabilidad emocional de los científicos que trabajan en primera línea de fuego durante una crisis ecológica. «Al reconocer que se corre ese riesgo, los equipos de investigadores se pueden preparar mejor para ayudar a sus colegas que estén angustiados», explica.

Más serán los expuestos a la pérdida ecológica a medida que el cambio climático se intensifique. Los investigadores han de saber cómo pueden, los científicos y la gente, mantener su bienestar frente a dificultades así, sostiene Ellis.

Algunos científicos han desarrollado sus propias estrategias para vérselas con el estrés y la ansiedad de su propio trabajo. Emma Camp, bióloga experta en corales de la Universidad Tecnológica de Sídney, intenta convertir su tristeza por la mengua de los arrecifes de coral en acciones, en la restauración, por ejemplo, de los arrecifes dañados. «Puedo rendirme cuando me siento alterada o puedo usar esas emociones para motivarme y encontrar soluciones mejores».

Según Ward, se puede también facilitar un estado mental más sano participando en proyectos secundarios. Se ha puesto a investigar las pautas reproductivas de las liebres de mar, un grupo de moluscos que aguantan mejor que los corales la subida de la temperatura del mar. «Me abstrae de las malas noticias», dice.

Gemma Conroy / Nature News

Artículo traducido y adaptado por Investigación y Ciencia con permiso de Nature Research Group.