Todas las mujeres llevan dentro de sí esa habilidad de sanar a su paso, sin embargo existen algunas que parecen corresponder a almas experimentadas que les da la experiencia necesaria para empoderarse de cada una de sus acciones e inyectar de amor, la energía que sana cada cosa como para dejar su firma personal.

Una mujer medicina es capaz de sonreír, de dar y comprender, mientras que en su interior lucha batallas internas. No espera mucho de nadie, se sabe capaz, se sabe en un proceso de crecimiento y entiende cada una de sus etapas desde lo sublime, desde su propia esencia.

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Cuando tenemos cerca a una mujer medicina, puede ser que ante su presencia nos sintamos más cerca del propio hogar, aunque ella en sí misma no pertenezca a nuestro entorno directo, sin embargo ella tiene la capacidad de transportarnos y hacernos sentir cerca del sitio del cual verdaderamente somos, donde todos somos uno y lo que hacemos al otro nos lo hacemos a nosotros mismos.

Se sabe que no es dueña de nada tangible, que no es dueña de sus afectos, sin embargo los cuida y honra su presencia, ama desde la libertad y la incondicionalidad, sin reservas. No guarda dentro de sí nada que le dañe, ni rencor, ni ira, ni envidia, ni remordimientos. Sabe perdonar, porque tiene mucha facilidad para ponerse en los zapatos del otro y desde allí entender su realidad, no se toma las cosas de manera personal y así le es sencillo entender y respetar los procesos de cada quien sin sentirse herida.

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No se encarga de acumular cosas materiales, lo que tiene lo comparte, lo reproduce, lo hace sentir interminable, en su corazón atesora lo que sabe que le acompañará más allá de lo que conoce. Atesora el amor que recibe, los recuerdos que alimentan, las imágenes de los lugares recorridos y hasta esos aromas especiales que transportan a lugares y a personas con un ligero paso a través del viento.

La mujer medicina sana a través de la bondad y el amor. Nada es más poderoso que un ser que se siente uno con la creación, que reconoce que sus límites solo habitan en su mente y que sus miedos no deben ser los protagonistas de su historia. Ella se encarga de aceptarlos, pero les da el rol de estimulante, con ellos toma impulso como si se tratara de un trampolín, o una catapulta para llegar a donde quiere ir.

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Es especialista en rescatar de cada experiencia, inclusive aquellas que consideramos negativas, lo mejor, lo que nutre, para ella no hay desperdicio, ni existen los errores, solo lecciones a través de las cuales se aprende y se crece en el amor. Por eso resulta tan sencillo estar a su lado, porque no juzga, ni critica, solo comprende, apoya y ayuda desde sus posibilidades. Ella es un contenedor donde cada uno encuentra la medicina que su alma necesita para sentir bien, para sanar desde el único sitio posible, desde el corazón.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet

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