La expresión “autorictas” aparece en Roma, concediendo una legitimidad social, quien la ejerce tiene capacidad moral y una opinión cualificada. La autoridad que deben realizar primero los padres, después los maestros y profesores no deriva de la coacción, ni por supuesto de la violencia de ningún tipo, sino del respeto recíproco.

En las edades más complicadas para mantener esta autoridad, con esa adolescencia que cada vez comienza antes y termina (si es que lo hace) más tarde, el respeto recíproco es una suma de cercanía, que significa conocimiento del alumno como sujeto y persona, y del profesor por parte del alumno como sujeto y persona, es lo que facilita y posibilita que la autoridad del profesor también se respete. Este ejercicio de autoridad, imprescindible en la educación, necesita protocolos, o sea normas, y el desarrollo de unas ciertas destrezas que no vienen dadas, sino que exigen esfuerzo y trabajo continuo, como la disciplina (trabajo de la voluntad), que solo en el cumplimiento constante de unas reglas ofrece sus resultados.

Estamos demasiado acostumbrados a escuchar a los muchos voceros y vendedores de humo que pregonan el aprendizaje por divertimento, que denominan innovación, convirtiendo las aulas en un eterno patio de recreo

Lectura y escritura han sido siempre los pilares de la enseñanza y de la educación. El número de lectores en tiempo libre en España ha crecido hasta el 61,8%, si bien un 38,2% no lee nunca o casi nunca, según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de libros en España 2018. Lectura y escritura se deberían aprender correctamente en la escuela. Gramática y sintaxis son la parte normativa que precisan ejercicio, la ortografía no se puede sustituir con los correctores de los programas automáticos. Esta enseñanza requiere un trabajo diario, constante, que exige muchas horas de corrección y dedicación, tanto para el alumno como para el profesor. Leer y escribir son la práctica que convierte la cultura en respiración, inspiramos y expiramos en cada página, sea cualquier soporte que leamos. Detrás de alguien que escribe bien, siempre existe un ávido lector.

Por consiguiente estamos hablando de aprender contenidos, sus prácticas podrán resolverse de un modo o de otro, pero el profesor de matemáticas enseña matemáticas y el de lengua, lenguaje. La enseñanza obligatoria, incluso la universidad está para enseñar, no para “aprender a aprender”, esto ya lo exigirá la vida, el trabajo, la adaptación al entorno, y en particular la tecnología, que de un modo u otro cambia nuestra vida, nuestro modo de conocer, percibir y nuestra convivencia.

Estamos demasiado acostumbrados a escuchar a los muchos voceros y vendedores de humo que pregonan el aprendizaje por divertimento, que denominan innovación convirtiendo las aulas en un eterno patio de recreo. ¿Atención, motivación? Sí claro, pero desde los contenidos, donde se puede adquirir una formación básica y completa. Un conocimiento no necesariamente útil y práctico, pero sí necesario para aprender a pensar, razonar, gestionar las propias emociones, a pesar del impacto emocional, así como la construcción de un criterio propio.

“La nueva pedagogía no promociona la escuela”, expone en una entrevista Inger Enkvist, catedrática de Español en la universidad de Lund (Suecia). Se defiende la libertad del alumno, su toma de decisiones, incluso sobre lo que quiere aprender, se proponen metodologías que acaben con las filas de los pupitres, con los libros del temario, con los deberes, con la memoria. Se aboga por un alumno autónomo, que solo necesita motivación para encontrar aquello que le gusta y le interesa para aprender.

Así llegamos a ciertas pedagogías, que Jesús Maestro, describe como “la degeneración de la educación. Una formulación patológica de la educación. Se trata de imponer como una garrapata en la actividad profesional del profesor para deteriorar su labor educativa”.

La concesión de un denominado “empoderamiento”, políticamente correcto y establecido para el alumno es una deriva del mensaje que dejara Rousseau, que imaginó al hombre en su estado natural y primigenio, justo y pacífico. Un hombre bueno que fue pervertido por la cultura y la sociedad. Y así nos encontramos con ese “Emilio” roussoniano, que permanece intacto dentro de esa pedagogía moderna, con sus gurús y sus prácticas innovadoras.

Esta pedagogía posmoderna roussoniana resulta ser una enemiga de la ciencia y de la posible alfabetización de la sociedad. Consigue el diseño de una inteligencia humana por debajo de las necesidades y las exigencias de la vida, recalca Jesús Maestro. De este modo se constatan sus resultados en varias generaciones limitadas para comprender el mundo que les rodea, la lengua que hablan, la escritura que escriben, la historia de su país.

Mientras tanto, en los últimos treinta y cinco hemos conocido siete leyes de educación, siempre al albur de los intereses de la partitocracia, con una mira cortoplacista y autocomplaciente. ¿Un pacto de estado con la educación? Claro, pero sirviendo a los intereses de una sociedad que necesita una infancia y una juventud formada y crítica.

La educación está contenida en un binomio inseparable, familia y escuela. La escuela no puede ser el colchón que recoge los golpes de la sociedad y la dejadez de los padres. No puede ser un aparcadero seguro unas cuantas horas del día. No puede ser un escaparate o bandera ideológica o política. Tampoco un continuo patio de recreo donde se pinta y colorea. O un púlpito para los gurús de turno que exhiben sus diseños, muy alejados de la tiza y de los niños en el día a día.

El aprendizaje siempre ha exigido esfuerzo, rutinas, cansancio, también alegrías pero en la superación de obstáculos y dificultades. En esta loca carrera del “cuanto mejor peor”, hemos dejado en la cuneta capacidades imprescindibles como la memoria, olvidada en la educación. La memoria nunca fue inútil, siempre tuvo sentido práctico, así se habla de memoria de trabajo, con un pequeño depósito, que permite realizar operaciones breves, como recordar una serie de nombres, frases o tareas. El proceso de información depende en gran medida de las estrategias que utilicemos para manejar los datos. No se trata de desplazar la memoria por un conjunto de actividades rápidas y muy divertidas, sino de precisar “qué aspectos, significados, datos” son precisos retener, para que formen parte del recuerdo necesario. Por tanto, no es cuestión de apartar la memoria, sino de diseñar su uso.

La creatividad, tan necesaria y tan reivindicada, se nutre de ese otro depósito, más grande y más profundo, que permite realizar las conexiones oportunas para resolver un problema, plantear nuevas situaciones o diseñar acciones que hasta ahora eran ineficaces. Lo espontáneo y la improvisación no son tales, si antes no hubo práctica, repetición, ejercicio. El músico de jazz que recrea una obra tiene en su haber cientos de piezas que en ese momento es capaz de juntar para tocar de nuevo.

Ni las metodologías, ni la innovación, menos todavía la tecnología o la nueva ley de educación son lo importante. Algo tan básico como alumno y maestro fueron y son el sentido de la educación. Vaya desde estas líneas mi admiración y reconocimiento por los educadores infantiles, son esas edades donde se forma el niño y se garantiza un futuro para ellos y su sociedad.

Foto: Roel Dierckens

La educación sin rumbo

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