La burbuja universitaria de EEUU está dañando ya al ecosistema emprendedor #Katecon2006

Cuando se habla de emprendedores y de alumbrar las empresas del futuro, todo son buenas palabras y promesas políticas. Pero cuando se trata de verdad de dotar al ecosistema emprendedor del grado de cocción adecuado para que las startups proliferen en su caldo de cultivo, entonces ya los políticos congregados se van dispersando disimuladamente, y dejan en el lugar tan sólo a unos pocos convencidos, pero sí muchas efectistas pancartas con eslóganes que no se acaban de traducir en nada concreto.

En EEUU, una de las cunas tecnológicas más importantes del planeta, y donde es habitual ver crecer de la nada a los gigantes del mañana, su rico ecosistema emprendedor está seriamente amenazado. El motivo no es otro que la colosal deuda universitaria, que ya no sólo lastra las finanzas de los estudiantes durante muchos años: ahora también está dañando la creación de nuevas empresas. Y eso supone lapidar su tradicional liderazgo económico mundial.

La burbuja de deuda universitaria está impactando en la economía por muchos frentes

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Hace tiempo que les venimos hablando aquí de la deuda universitaria. Las cifras son colosales, y su impacto macroeconómico muy relevante. Como muchos sabrán, la educación universitaria de calidad no es en Estados Unidos ni mucho menos barata; es más: es carísima. De hecho, es habitual que, cuando unos padres tienen un nuevo hijo, le abren automáticamente una cartilla de ahorros en la que van depositando dinero año a año, con el fin último de que el niño, cuando sea mayor de edad, disponga ya de algunos fondos con los que hacer frente al acuciante gasto universitario para sufragar su carrera.

Pero no es suficiente (ni de lejos) con unos ahorros. La realidad es que una carrera puede llegar a costar bastantes decenas de miles de euros (si no incluso cientos), lo cual para un estudiante de clase media es totalmente inasumible, y también lo es para unos padres con varios hijos y con unos salarios de clase media cada vez con menos poder adquisitivo. Porque la tesitura de hace siglos de dedicar un hijo a estudiar una carrera universitaria, y a los otros relegarlos al campo, pues como que ya no se estila por comprensible cargo de conciencia: a ver quién sentencia destinos a tus propios hijos.

Así que los estudiantes universitarios estadounidenses sólo tienen una salida si quieren poder estudiar una carrera, que sigue siendo una condición necesaria (que no suficiente) para conseguir un empleo con una buena remuneración. Y de esta manera estos estudiantes se han lanzado en masa a pedir créditos monetarios para pagar sus créditos universitarios. Las cifras asustan, porque efectivamente hay una colosal burbuja que ahora ningún político sabe bien cómo pinchar, habiéndose barajado políticamente incluso una amnistía masiva.

Como apuntaban en el enlace del principio de este análisis, hoy por hoy unos 44 millones de estadounidenses deben en conjunto alrededor de 1,5 billones de dólares en deuda universitaria. Esta cifra astronómica según cualquier estándar macroeconómico aplicable, adquiere un matiz todavía más siniestro cuando se le compara por ejemplo con la muy habitual y popularizada deuda de tarjetas de crédito: la deuda universitaria (mucho más de nicho) supera a la de las tarjetas en 521.000 millones de dólares.

Y el asunto se agrava cuando estos estudiantes acaban la carrera, y los sueldos de los recién-titulados de hoy en día ya no dan para mucho, ni tan apenas para repagar esas deudas. Al salir de la universidad, un 70% de los graduados deja las aulas con una media de casi 30.000 dólares de deuda universitaria. Hay encuestas que revelan que este sufrido segmento de la población no tiene expectativas en su horizonte financiero de poder repagar la totalidad de sus préstamos universitarios antes de llegar a los 40. Como para pensar en comprarse una casa y tener hijos

Pero no crean que el problema es un problema tan sólo de las generaciones más jóvenes. Nada más lejos de la realidad. La pesada carga del crédito universitario, hacía inevitable que en la concesión del préstamo se involucrasen también los progenitores del endeudado, que o bien le avalaban con su nómina y patrimonio, o bien directamente suscribían la deuda en nombre de su hijo. Pero la solidaridad intergeneracional tampoco se queda ahí.

Las dimensiones de la burbuja, así como las condiciones financieras de las familias estadounidenses, han hecho que una proporción relevante de esta deuda universitaria también haya acabado por endeudar también a los abuelos de los estudiantes. Vamos, que hay cosas que sólo se hacen por un hijo (o nieto), pero es que hay cosas que en una socioeconomía eficiente, sostenible y de futuro no deberían tener que llegar a hacerse en condiciones normales bajo ningún pretexto.

Pero el sobre-endeudamiento es muy dañino, y a la vista están las consecuencias más (o más bien menos) emprendedoras

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Los lectores más habituales saben perfectamente lo enemigos declarados que somos del irresponsablemente feliz sobre-endeudamiento: más que nada porque luego las deudas hay que pagarlas. Una mala política de endeudamiento puede arruinar completamente una familia, o incluso todo un país. Porque un error habitual es sobre-endeudarse con tipos bajos y cuando el dinero es barato (cuidado con las hipotecas hoy por hoy), y hacer las cuentas asumiendo felizmente que los tipos van a estar pegados al suelo hasta la noche de los tiempos.

Pero no, luego las subidas de tipos pueden acabar llegando en cualquier momento (digo, en cualquier inflación), y su potente efecto multiplicador sobre la letra deudófila acaba haciendo saltar por los aires las finanzas de cualquiera que ilusamente había pensado que el dinero (de otros) era gratis. Si estaban impactados por las cifras anteriores de la colosal burbuja de deuda universitaria estadounidense, imaginen qué puede ocurrir como los tipos lleguen a subir al entorno del 5% en unos años (lo cual imposible no es).

Los números son sangrantes. Así, como apuntaba el enlace anterior del Harvard Business Review (HBR), un 60% de la populosa generación Millenial, aunque en esta generación se consideran masivamente como emprendedores a sí mismos, chocan con la realidad de las cifras de que tan sólo un 4% está delatoramente auto-empleado (los emprendedores siempre empiezan como auto-empleadores). La cifra de jóvenes que crean una empresa viene cayendo desde los años 90: en 1996 los jóvenes emprendedores eran responsables del 35% de la creación de startups. Y en 2014 la proporción ya había caído a un exiguo 18%.

Y las cifras más sombrías no se quedan ahí: el panorama macro es todavía más desalentador

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Esto es sin duda una reducción alarmante de la capacidad de regeneración empresarial y generacional del tejido socioeconómico estadounidense, y puede traer graves consecuencias: al final, debe haber una cierta tasa de reemplazo emprendedor y de relevo generacional, puesto que la salud del ecosistema emprendedor es fuertemente dependiente de ello. No quiero decir que las generaciones más senior no sean capaces de innovar y crear su propia empresa, pero obviamente los jóvenes tienen una formación más puntera y actualizada, además de unas condiciones de vida, laborales, familiares y de energía personal que les hace mucho más proclives a emprender.

Y además, la lejanía del relevo generacional en su startup por su juventud personal, hace que el siempre delicado momento del relevo generacional quede lo suficientemente lejos como para que, cuando llegue, la empresa ya sea más robusta. Esto también ayuda a incrementar la esperanza de vida de la empresa si son los jóvenes los que más emprenden. Y estos factores, muchas veces compensan la experiencia de los perfiles más senior, porque además habitualmente esta “seniority” lo es en grandes empresas tras una dilatada vida laboral, y por el contrario, el universo emprendedor es un mundo aparte en el que muchas veces toda esa experiencia laboral no sirve de tanto como cabría esperar.

El hecho es que la economía estadounidense tiene a su ecosistema emprendedor literalmente con el electroencefalograma completamente plano. Allende los mares llevan 40 años sin observar un incremento cuantificable en la actividad emprendedora. Así, informaba el HBR que la proporción de nuevas empresas entre las compañías de EEUU ha caído casi un 30% entre 1977 y 2016. Y nadie acierta con los motivos, pero lo cierto es que la sangría continúa, y los potenciales emprendedores que son los jóvenes cada vez se atreven menos a emprender con una nueva aventura que, obviamente, presenta una nueva y arriesgada vertiente crediticia.

¿Será por cómo perciben el riesgo de pedir un crédito tras la losa que ya acarrean a sus espaldas con su abultada deuda universitaria? Dada la pesada losa crediticia con la que estos jóvenes ponen su primer pie en el mercado laboral, parece que lo más lógico es que esta generación se ponga como objetivo tener mejor un sueldo asegurado trabajando por cuenta ajena. Con este sueldo se pueden permitir una planificación financiera con la que ir repagando su deuda, mucho mejor que lanzarse a pedir un nuevo crédito de suma y sigue en deudas, sin tener ningún ingreso recurrente (ni expectativa de tenerlo en el corto y medio plazo).

¿Se puede hacer algo para reactivar a esos esenciales jóvenes emprendedores?

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Pues en este punto, hay que decir que el artículo del HBR que ha originado este análisis hace una buena lista de posibles acciones para corregir la terrible deriva (des)emprendedora. La primera y más obvia es lógicamente hacer volver a los costes universitarios a la senda de una proporcionalidad mucho más acorde a lo que puede hacer frente una familia de clase media. Es decir, la opción obvia (que no sé si óptima) es intervenir puntualmente para pinchar la burbuja en origen, al ser un mercado que ha dejado de prestar el servicio que debiera en los términos esperados por una socioeconomía con el “American Dream” por bandera.

Ésta sería una buena opción sólo tras un estudio detallado de costes, y dilucidando si efectivamente ha habido una burbuja de precios con un gran gap entre lo que le cuesta a una facultad educar a sus clientes, y lo que éstos tienen que pagar por ello. Hay cosas que en esta vida no se deben solucionar a golpe de deudas y más deudas (al menos no a escala masiva), porque luego las consecuencias las pagamos todos: los estudiantes, los padres, los abuelos, y hasta los vecinos cuando el desastre de otra burbuja acabe también por reventar salpicando a toda la economía.

Pero esta solución llega demasiado tarde: las deudas ya están contraídas por millones de estudiantes, y la burbuja ya está inflada con una extrema tensión superficial. Efectivamente, habría que encontrar otra solución más a corto y medio plazo, y dejar el largo para cortar la transmisión a futuras generaciones y que no se vuelva a repetir el desastre. En el corto plazo, solo se puede mirar a las nóminas y a las condiciones laborales de los endeudados recién-titulados.

Obviamente, se puede pensar en multiplicar sus ingresos, pero engrosar la nómina “a lo bruto” no asegura que luego el empleado vaya a utilizar ese dinero para aminorar su deuda, que es el verdadero objetivo socioeconómico en este tema. Así, ya se pueden encontrar algunas empresas que ofrecen, entre sus beneficios sociales, una asignación directa para destinar únicamente al repago de deuda universitaria. Huelga decir que, además, el estado puede gratificar adicionalmente con una exención fiscal sobre esos ingresos, puesto que el problema lamentablemente pone en riesgo a todos, y debe ser un objetivo económico minimizar el impacto con el que amenaza a toda la economía.

Así, las empresas pueden dar en el clavo respondiendo a las necesidades de sus empleados, y atrayendo un talento que también resulta estar endeudado a más no poder, además de reforzando su imagen de empresa interna y externamente. Hay que confiar en que la práctica se extienda, y permita a los Millenials ganar en estabilidad y confianza como generación y como clase social. Con ello, los beneficios socioeconómicos de estas prácticas trascenderían los límites de la propia empresa, y redundarían en toda la masa laboral más joven, incluidos los propios emprendedores. Éstos así sabrían que, si las cosas se tuercen con su startup, no les resultará difícil volver la mirada hacia el mercado del trabajo por cuenta ajena, que ofrece condiciones que satisfacen sus necesidades más imperiosas. De esta manera, más jóvenes se lanzarían a emprender como opción, pues su percepción del riesgo disminuiría.

La creatividad y la innovación deben ser aplicadas también para fomentar la propia innovación

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Otra posible política a tomar sería la de tratar de fomentar que el mercado de financiación a startups se diversifique. Como apunta HBR, hoy por hoy, la mayor parte del capital que se invierte en nuevas iniciativas y emprendedores acaba sorprendentemente en demasiadas pocas manos en comparación con el ecosistema. De hecho, en 2017 los “Venture capitalists” invirtieron 61.000 millones de dólares en nuevo capital emprendedor, pero ese dinero fue a parar a tan sólo un 1% de todas las startups creadas ese año (el resto se buscó la vida crediticia de formas creativas y alternativas). En favor de los inversores y las incubadoras de startups, hay que decir que éste es un negocio de alto riesgo, pues la mortalidad de este tipo de empresas es muy alta, y eso significa perder todo el capital invertido. Algo mucho más difícil en mercados como las Bolsas.

Pero no todo es tan sencillo como culpar al celo en el control del riesgo inversor. Hay también mucho margen para fomentar esa diversificación, incrementando la posibilidad de éxito; el éxito aqué no es sino que el “Angel investor” acabe poniendo sus dólares en una futura Facebook. Se echa en falta algo más de tecnificación y profesionalización en el sector de la inversión en startups, y por ejemplo ya les escribimos en un análisis que hablaba de cómo invertiendo menos dinero en más empresas se maximiza el beneficio, en vez de concentrando más dinero en unas pocas con buenas perspectivas (que muchas veces no son tales).

De paso se consigue el beneficio socioeconómico de conceder “algo” de financiación a iniciativas de éxito, pero que nunca llegaron a ver la luz por falta de unos recursos copados por unos pocos. Y esto no es una llamada a repartir dinero a espuertas: de nuevo hay que apelar a la profesionalidad para seguir evaluando concienzudamente ideas, mercados, potencialidad, balances, y dar el dinero a los más prometedores que nos aseguren unos mínimos estándares de probabilidad de éxito. En media, los estudios académicos del enlace anterior demuestran que el beneficio de diversificar es mayor, para el inversor, para el emprendedor, y para la socioeconomía en su conjunto.

No es necesario decir cómo muchos grandes inventos de la humanidad han provenido de fuera de los círculos académicos, de personas sin experiencia previa, y que se enfrentaron a una falta total de recursos. Pero en su momento, su talante emprendedor, sus excelentes ideas, y su resistencia al fracaso les permitieron triunfar y contribuir decisoriamente al progreso de la humanidad. HBR se permite recordar a emblemáticas figuras como la de ese Tesla que tuvo que proveerse su propio laboratorio, el registrador de patentes Einstein, y tantos otros cuya probabilidad de descubrimientos, muchas veces incluso puramente casuales, se maximizan con una mínima asignación de medios económicos. La innovación es caprichosa, y como la inspiración y la creatividad, muchas veces sólo llega por cauces no habituales.

También se puede pensar no sólo en diversificar, sino en innovar con nuevos modelos de financiación, que disminuyan el riesgo para el emprendedor, comprometiéndole por ejemplo tan sólo con parte de sus beneficios futuros. Obviamente, esto traslada el riesgo del emprendedor al inversor, pero realmente el riesgo no es todo el que parece: incluso en el peor escenario de una bancarrota, no hay tanto que sacar en el concurso de acreedores del patrimonio de un ciudadano normal que se ha aventurado en el mundo del emprendimiento.

Y algunos aplican ya la misma idea anterior a la propia burbuja universitaria: en vez de sepultar al estudiante a créditos, ofrecerle que entregue un porcentaje del salario de su futuro trabajo. Esto ya es lo que se dice, desinflar la burbuja en las aulas, para inflarla en la sala de profesores, pero en media, no tiene por qué ser un mal modelo en conjunto, y de paso incentiva directamente que los estudiantes reciban la mejor educación que el centro les pueda dar: cuanto mejor sea ésta, más posibilidades habrá de cobrar más y mejor cuando se incorpore al mercado laboral.

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Para finalizer, no hay que olvidar que, aunque sea por mera evolución tecnológica, es mucho más fácil que sean nuevas empresas las que pongan en marcha nuevos y disruptores productos y servicios, a que sean las viejas y anquilosadas empresas líderes del hoy las que se transformen para abanderar toda la innovación. El problema además es que, si una socioeconomía no tiene una buena tasa de reemplazo empresarial, y su tejido corporativo no se regenera por sí mismo, lo más probable es que ese reemplazo y regeneración llegue de la mano de starups extranjeras que se comerán su mercado con nuevos y disruptores productos y servicios que las grandes corporaciones nunca son capaces de igualar en ritmo de innovación.

Innovar e incentivar la innovación es la mejor forma de fomentar el progreso socioeconómico real de toda la sociedad, y el ecosistema emprendedor es el mejor caldo de cultivo para ello, especialmente en sus segmentos de edad más jóvenes. Pero claro, el que esté libre de deudas, que lance el primer dólar.

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