La base material de las identidades sociales

Esto no son sino apuntes para un texto  que habrá de elaborarse con más cuidado y datos, pero he aquí el esbozo de los argumentos centrales:

Se ha extendido la convicción de que los nuevos movimientos sociales (se les suele calificar también de «identidades») son producto exclusivo de percepciones del mundo, de actitudes o preferencias que se opondrían a las posiciones sociales basadas en lo objetivo y material o, como se decía en el marxismo tradicional, en la «contradicción principal». Como una consecuencia, se suele estigmatizar a estos movimientos como mero producto de superficiales políticas del reconocimiento frente a las que estarían las políticas profundas de redistribución e igualdad. Se ha discutido que esta dicotomía de «reconocimiento-redistribución» esté bien formulada, y hay muchas razones para ello.

En primer lugar, ¿de qué hablamos cuando hablamos de re-distribución? No obviamente solo de bienes básicos como suponía John Rawls en su Teoría de la Justicia. O por bienes básicos no podemos considerar ya únicamente alimentación, vivienda y cuidados de salud. Hay muchos otros que aparentemente tienen carácter inmaterial, aunque de hecho su base material sea muy real, como argumentaré más abajo. Todos ellos se resumen en posibilidades de proyectos y planes de vida personales, familiares o de comunidad cercana. Las posibilidades de futuro implican bienes como la seguridad, el ambiente de confianza, la situación en el mundo en términos de trabajo o de ocupación no alienante, de cuidados mutuos, de acceso al conocimiento y a los bienes culturales que se consideren que constituyen parte de una vida digna. En la redistribución, por ejemplo, está cada vez más incluida la sociedad de la información que por su propia naturaleza no tiene un carácter material, aunque no podría subsistir sin una base técnica: energética y material.

Quizás, lo paradójico y relevante es que en un mundo globalizado la redistribución de derechos al futuro, o de posibilidades de vida son cada vez más diversas. Aquello que hace que la vida merezca ser vivida depende cada vez más de diferencias de situación personal, biológica, social y cultural. Diferencias por culturas y países, entre ciudad y campo, de características de género y opción afectiva, de edad y condición física, de entorno territorial o urbano. Por ejemplo, pensar que un anciano en una residencia ya no necesita más porque se le alimente, cambien las sábanas y ocasionalmente se le suministren las pastillas contra la tensión, es algo equivocado. La redistribución es siempre redistribución de dignidad de la vida.

Pero veamos las cosas del lado de la diversidad. Los grandes movimientos sociales reivindicativos en el mundo contemporáneo son el feminismo, los movimientos raciales y étnicos, los movimientos ecológicos y los de reivindicación de formas de vida afectiva no represivas. Pero todos ellos tienen una importantísima base en la desigualdad social. Como han estudiado multitud de autoras, la «feminización» de amplias zonas del trabajo equivale directamente a una sobreexplotación de la mano de obra: los trabajos de cuidado y mantenimiento de la familia son trabajos no pagados sin los que sería imposible la reproducción social. Una parte de las reacciones de los varones que se viven con tanta ansiedad  no son sino ansiedades que nacen de la pérdida del privilegio económico que nace de la explotación de la pareja oculta bajo las formas patriarcales. No es reconocimiento lo que se pide tantas veces, es redistribución. Por otra parte, un buen indicador de la degradación de las condiciones de trabajo es su grado de feminización. En el capitalismo salvaje del XIX mujeres y niños fueron incorporados a las minas. En el capitalismo del contenedor y la deslocalización contemporáneo, son las mujeres las que se incorporan como maquiladoras a las nuevas empresas de trabajo más rutinario y agotador. En el mundo urbano y metropolitano se feminizan los trabajos creativos mal pagados y precarios, las viejas profesiones de políticas públicas de enseñanza y sanidad. Los servicios de urgencias médicas están habitadas mayoritariamente por mujeres, así como los trabajos de enfermería y enseñanza primaria.  En el caso de los movimientos antirracistas no es solo reconocimiento lo que está en juego. También y sobre todo es explotación en los salarios y en los trabajos disponibles. El oculto (o no tanto) racismo de nuestras sociedades se sostiene sobre prácticas de explotación sistemática de la fuerza de trabajo. La sociedad global que se desplaza hacia una creciente importancia del cuarto sector deja cada vez más brechas salariales y de trabajos basura (literalmente) para los que se demanda a capas de la población crecientemente racializadas. Los viejos sindicatos han sido ciegos cuando no colaboradores de la racialización de la explotación.

Y lo han sido también los viejos movimientos de izquierda que no entienden que los emigrantes defiendan su vida acudiendo a las iglesias evangelistas y aspirando a condiciones de mercado dignas, que les hacen muy sensibles a los argumentos del liberalismo. Me contaba un amigo que había invertido dinero y tiempo en una cooperativa en la que trabajaban en la cocina dos emigrantes que habían pasado por todo tipo de trabajos basura antes de llegar a ese puesto, en el que hacían un trabajo excelente. Cuando se proponía repartir por igual los beneficios, esas personas defendían que se hiciese con relación al trabajo realizado, no por una ideología cooperativa que les volvía a dañar. No entender por qué los argumentos liberales han entrado con tanta fuerza en los sectores más perdedores es una de las cegueras más habituales.

El movimiento ecologista se ha estigmatizado múltiples veces como un movimiento de clases medias urbanas bien educadas, pero es la expresión de una ansiedad muy real por la urgencia de un cambio radical de modelo productivo, reproductivo y de consumo. Es sorprendente a veces que las propuestas de lo que se denomina un «Green new deal» se desprecien afirmando que no son sino nuevas formas de capitalismo. El feminismo, la des-racialización y el ecologismo resumen hoy las principales políticas anticapitalistas que profundizan en políticas contra las formas más dañinas de explotación.

Diría cosas muy parecidas de los movimientos contra la discriminación por elecciones afectivas. Su base material es muy real y se aproxima mucho a lo que ocurre con el feminismo. Salir del armario significa en muchos trabajos directamente la expulsión y la «gay-ficación» de varios sectores (dependientes de tiendas de moda, peluquerías, etc..) no es un signo de identidad sino de explotación, lo mismo que las opciones de música, deporte o droga para los negros, gitanos y otras capas racializadas. No es identidad, es opresión y falta de posibilidades de vida.

Parecería que estoy dando la razón a quienes han argumentado contra la trampa de la diversidad, pero en realidad lo que estoy postulando es lo contrario. La diversidad habla de la diversidad de la opresión y explotación. La trampa está en usar el término «identidad» para estigmatizar la diversidad de las reclamaciones reduciéndolas todas al mínimo común denominador. Hay mucha teología política en este mantra: «tres sujetos  una clase verdadera».

En las identidades cuenta, por supuesto, la conciencia  la subjetividad y el orgullo, pero lo que realmente cuenta es la diversidad de las bases materiales de la opresión y explotación.

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Maestroviejo

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