IGLESIA: ¡CUEVA DE LADRONES!

Iglesia: ¡cueva de ladrones! 
Una meditación impactante, 
pero necesaria
“Cuan contestable me resultas, ¡oh Iglesia!, y sin embargo cuánto te amo, cuánto me has hecho sufrir y sin embargo cuánto te debo, querría verte destruida y sin embargo, necesito tu presencia.
Me has proporcionado tantos escándalos y sin embargo me has hecho entender la santidad, nada he visto en el mundo más oscurantista, más comprometido ni más falso, pero tampoco he tocado nada más puro, más generoso y bello.
Cuantas veces he tenido deseos de cerrarte en la cara, con la puerta de mi alma y cuántas veces he suplicado morir entre tus brazos seguros.
No, no puedo librarme de ti porque soy tu aunque no por completo, además ¿dónde iría, a construir otra?, pero no podría construirla sin los mismos defectos porque llevo dentro los míos; y si la construyera sería mi iglesia, no la de Cristo. Soy lo bastante viejo para comprender que no soy mejor que los demás, ninguno de nosotros es digno de crédito mientras están en la tierra; San Francisco gritaba: ¡Tú me crees santo y no sabes que puedo aún tener hijos con una prostituta, si Cristo no me sostiene!
La credibilidad no es propia de los hombres es solo propia de Dios y de Cristo, Lo propio de los hombres es la debilidad, o a lo máximo la buena voluntad de hacer algo bueno con la ayuda de la gracia que brota de las venas invisibles de la Iglesia visible.
Aquí está el misterio de la Iglesia de Cristo, verdadero e impenetrable misterio: tiene el poder de darme la santidad y está fabricada toda ella, desde el primero hasta el último, de pecadores, de pecadoras únicamente, ¡y de qué pecadores!
Tiene la fe omnipotente e invencible de renovar el Misterio Eucarístico. Está formada de hombres que bracean en la oscuridad y que se debaten todos los días con la tentación de perder la fe. Es portadora de un mensaje de pura transparencia y está encarnada en una pasta sucia, como está sucio el mundo; transmite un mensaje de Evangélica Pobreza y no hace más que buscar dinero y alianzas con los poderosos.
Cuando era joven no entendía por qué Jesús, pese a la negación de Pedro, quiso hacerle jefe, sucesor suyo y primer Papa; ahora ya no me sorprende y entiendo cada vez mejor, que haber fundado la Iglesia sobre la tumba de un traidor, de un hombre ue se asusta ante a cháchara de una sirvienta, era como una advertencia continua para mantener a cada uno de nosotros en la humildad y en la conciencia de la propia fragilidad.
No, no salgo de esta Iglesia fundada sobre una piedra tan débil, porque llegaría a fundar otra sobre una piedra todavía más débil, que soy yo. Entonces trato de protestar contra mí mismo, y me doy cuenta de lo difícil que es la conversión, porque podría darse y se da que mientras estoy en un salón tras un opípero banquete discutiendo sobre los candentes problemas del colonialismo portugués con los amigos sociólogos refinados, yo olvide a mi mujer en la concina o a mi madre mientras lava completamente sola los platos usados en el festín, ¿o es que tal vez, el espíritu del colonialismo no está en el fondo de nuestros corazones? No, no está mal protestar contra la Iglesia cuando se le ama, el mal está en criticarla poniéndose fuera como los puros; no, no está mal lanzarse contra el pecado y las cosas feas que vemos, el mal está en cargárselas a los otros y en creerse inocentes, pobres y mansos.
Aquí está el misterio, esta mezcla de bien y de mal, de grandeza y miseria, de santidad y pecado, de Iglesia-Mundo, en el fondo soy yo. Si es así muchas cosas deben cambiar, si es así, yo Iglesia en mi visibilidad, debo presentarme de modo distinto ante el mundo; no debo presentarme como santo ante los pecadores, como justo ante los injustos, como puro ante los impuros, debo estar atento a no subir a un púlpito para predicar con demasiada facilidad a los demás, y con tanta seguridad dar directrices luminosas.

Es orgullo, sentirse seguro en la casa de la oración y no tener en cuenta el reproche de Cristo: “¡La habéis convertido en una cueva de ladrones!”

Cada uno de nosotros puede convertirse en una cueva de ladrones, entonces ¿qué debo hacer? 

Tengo la impresión, de que lo primero que debo hacer es cambiar de actitud, si es verdad que en mí cohabitan pecado y santidad, y que no puedo separar la realidad-Iglesia, de la realidad-mundo, he de ser más humilde al considerar las cosas que ocurren a mi alrededor; no puedo juzgar con tanta ligereza a los demás como portadores del pecado del mundo y sentirme como Iglesia siempre inocente. Si alzo la voz con tanta facilidad contra los pecadores, con idéntica facilidad deberé acusarme de las infinitas responsabilidades que me atañen.
Escuchando las predicaciones normales de la Parroquia, de las diócesis y también de más arriba, se tiene la clara impresión de que son siempre los otros los que pecan, mientras que nosotros como Iglesia, somos siempre inocentes.
Síntesis de un texto de Carlo Carreto, discípulo del Beato Charles de Foucauld hecha por Christian Huerta, misionero.
“La Iglesia (gracias al Espíritu Santo) transmite 
lo que el clerocentrismo jerarca reprime”. 

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JESUCRISTO SEÑOR DE LA IGLESIA PROFÉTICA

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