HAY QUE DAR, HAY QUE DAR, HAY QUE DAR

En mi opinión, compartir lo que tenemos es una tarea para la que deberíamos nacer inevitablemente predestinados.

A mí me gusta imaginar que es algo genético, algo que late continuamente y que nos hace ser generosos con los otros, con lo cual estaremos siéndolo con nosotros mismos. La satisfacción de dar a los otros devuelve a cambio el placer de sentirse generoso y dar rienda suelta a la nobleza y generosidad que al Ser Humano le corresponde.

Y no me refiero a que nuestro ego se va a sentir halagado, ni engordado y orgulloso con el agradecimiento que pudiera recibir del otro, ni del discurso que él mismo se contará acerca de su infinita bondad y desprendimiento, sino a que el alma necesita expresarse de esa manera también: siendo empática con el que necesita, sintiendo una compasión noble sin sentimiento de superioridad, dando sin pensar nada más que en ayudar a quien lo necesite.

Unos hemos sido más afortunados que otros, o por lo menos un poco más afortunados, así que es de justicia compartir.

Y cuando hablo de dar no me refiero solamente a dinero o bienes materiales, que eso hasta puede ser fácil, sino de darse uno mismo.

Más allá de cubrir la necesidades básicas, que son muy importantes, los humanos tenemos otras necesidades que no se pueden comprar, que sólo se pueden encontrar en la generosidad y humanidad de los otros. Me refiero a las necesidades sentimentales.

Necesitamos sentirnos “alguien” para el resto de la humanidad, o sea, ser reconocidos como personas y ser admitidos como humanos sin ser descartados por una condición social o personal inferior; necesitamos ver sonrisas, ser acogidos en abrazos, recibir una mirada que nos mire de verdad y hasta dentro; necesitamos de su empatía, de ser aceptados y acogidos, de que alguien nos toque la mano, de que alguien nos diga  sintiéndolo… “te quiero”.

Esas necesidades impagables que sólo los otros nos pueden proveer dan vida al espíritu, consuelan al alma, hacen sentir la propia dignidad.

Por todo lo anterior es por lo que insisto en que hay que dar, hay que dar, hay que dar.

Sin condiciones, hasta el límite, expresando nuestra generosidad innata sin restricciones, dando todo aquello que podamos dar y, por supuesto, sin esperar nada a cambio. Y se pueden dar sonrisas, cariño, abrazos, atención, compañía, cuidado, amor… cosas que son gratis, pero que tienen un valor ilimitado.

Este es un asunto que requiere atención.

Te dejo con tus reflexiones…

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