Glaucón tenía razón: eres buena persona sobre todo para proteger tu reputación

¿Qué sería lo primero que perpetraríamos si fuéramos invisibles? ¿Si nadie, jamás, pudiera ver lo que hacemos? El protagonista del thriller de ciencia ficción El hombre sin sombra (Paul Verhoeven, 2000), Kevin Bacon, lo tiene claro: agredir sexualmente a su vecina, a la que a menudo espiaba a través de su ventana.

No es la primera vez que vemos un ejemplo de cómo la moralidad se disuelve en cuanto sabemos que no vamos a tener que rendir cuentas de nuestros actos, es decir, la antítesis del presidio panóptico de Jeremy Bentham.

También los filósofos clásicos se plantearon tales cuestiones. El hermano de Platón, llamado Glaucón, intuitivamente dio en el clavo a propósito de que nos comportemos bien: no lo hacemos por los demás, lo hacemos por nosotros. Concretamente, lo hacemos para salvaguardar nuestra reputación. Es decir, en puridad, somos altruistas porque somos egoístas.

Para demostrar su tesis, Glaucón reta a Sócrates a que demuestre que la justicia, por sí sola, es la que conduce al buen comportamiento imaginando qué sucedería si a un hombre se le entregara el mítico anillo de Giges: un anillo dorado que permite a su portador ser invisible. Basta con que la persona que lo lleva lo gire para obtener la invisibilidad. Cuando lo rota de nuevo se hace otra vez visible.

Glaucón sostiene que si entregáramos un anillo de Giges a un hombre justo y otro a uno injusto, los dos podrían obrar mal de resultas de la sensación de impunidad. Glaucón tenía razón. Los ecos de este anillo, indudablemente, llegaron hasta el anillo de El señor de los anillos, de Tolkien.

LA REPUTACIÓN LO ES TODO

La reputación no es cómo nos ven los demás. Es cómo nos vemos a nosotros mismos. En realidad, la forma en la que nos autoanalizamos tiene más que ver con la opinión ajena que con la propia. Como si nos escrutáramos en el reflejo de un espejo: el que confiere la mirada de los demás. Naturalmente, no todas las opiniones ajenas nos importan por igual: son las de nuestros pares o semejantes las que más nos influyen.

Salvaguardar nuestra reputación, pues, es salvaguardarnos a nosotros mismos, al relato que construimos sobre quiénes somos. Esto es lo normal, lo habitual y hasta lo saludable, porque si no te importa lo que los demás opinen de ti (no te importa de verdad), probablemente eres víctima de algún tipo de desorden mental.

Incluso hay estudios de neuroimagen que evidencian cómo algunas áreas del cerebro se activan cuando se obliga a alguien a dar una mala imagen de sí mismo a los demás, como este del año 2014, dirigido por Tom Farrow y sus colaboradores de la Universidad de Sheffield.

O como señala Derek Thompson, en su reciente libro Creadores de Hits, a propósito de que nuestros gustos artísticos forman parte tanto de una suerte de exhibición cultural como de un gusto genuino: «A los miembros de la élite no solo les gusta la ópera porque tienen acceso a ella; buscan acceso a la ópera porque creen que los convierte en miembros de una élite».

En lo tocante a la moral, estas dinámicas adquieren una importancia fundamental para entender por qué las personas deciden actuar con arreglo al bien común en vez de al propio.

La simple sensación de que alguien nos pueda fiscalizar es suficiente para que nuestro comportamiento sea más recto. Aunque solo percibamos la imagen de unos ojos que nos observan. Es lo que sugiere un estudio llevado a cabo por Melissa Bateson, profesora de psicología de la Universidad de Newcastle upon Tyne (Inglaterra), tal y como explico en el libro Cultiva tu memesfera:

En la sala de descanso de su propio departamento, existía la costumbre de que los miembros del profesorado pagaran sus cafés y bebidas echando dinero discrecionalmente en una caja. Es decir, que nadie les cobraba por las consumiciones: el pago debía surgir de uno mismo. ¿Crees que el precio de las consumiciones fue el factor determinante para que hubiera más o menos productos impagados? En absoluto. El factor determinante fue una fotografía en lo alto de la lista de precios (…) un par de ojos humanos, vigilantes.

PIENSO MÁS SI ME PIDES EXPLICACIONES

Según Phil Tetlock, uno de los más importantes investigadores en el ámbito de la responsabilidad, el mundo social es glauconiano: la apariencia suele ser mucho más importante que la realidad.

Así es como se tejen las redes de responsabilidad, esforzándonos en mantener identidades morales atractivas. Por eso, incluso, somos más ponderados y cuidadosos en nuestros juicios si sabemos que los demás van a poder escudriñarlos con lupa.

Para demostrarlo, Tetlock llevó a cabo un estudio en el que solicitaba a diferentes sujetos que revolvieran problemas y tomaran decisiones. A un grupo se le dijo que, más tarde, debería dar explicaciones de sus decisiones a alguien más; el otro grupo podía actuar discrecionalmente, ajenos a cualquier tipo de escrutinio.

Al ser conscientes de que sus decisiones serían auditadas, los del primer grupo fueron mucho menos vehementes, como explica Jonathan Haidt en su libro La mente de los justos:

Cuando se les deja a su propio aire, las personas muestran la habitual serie de errores, desinterés y confianza en sus intuiciones que se ha documentado en muchas investigaciones acerca de la toma de decisiones. Pero cuando a las personas se les dice de antemano que tendrán que dar explicaciones, piensan de manera más sistemática y autocrítica, y son menos propensos a saltar a conclusiones prematuras y más proclives a revisar sus creencias en función de las evidencias.

Parece bastante evidente que nos importe tanto lo que digan los demás y que nos esforcemos más en aparentar que en ser: somos animales sociales. Nuestros ancestros sufrieron una fuerte presión evolutiva para cooperar. Quienes no cooperaban, no mostraban empatía, no rendían cuentas, no demostraban que trabajaban tanto como sus semejantes eran excluidos del grupo y, probablemente, eliminados del linaje genético (porque sus opciones de reproducirse eran menores).

Esta presión selectiva fue tan drástica como la que también ejercimos sobre algunos lobos: matábamos a los violentos y alimentábamos a los más dóciles, hasta que nacieron los actuales perros zalameros.

La forma de sobrevivir en el pasado pasaba por encajar en el grupo. Ser una pieza útil más. El individualismo era la muerte.

Por consiguiente, a pesar de las excepciones, a pesar de las mutaciones, a pesar de que el contexto puede, en efecto, sacar lo peor de nosotros mismos, finalmente todos nos convertimos en niños que tratan de justificar frente a un profesor fiscalizador por qué no hemos hecho los deberes.

Debemos hacerlos o, en caso contrario, argüir una excusa mucho más convincente que «el perro se los ha comido». Así seremos buenas personas, o pareceremos serlo, muchas más veces que si nos tornamos invisibles y nos volvemos incapaces de ver nuestro reflejo en el iris de los demás.

¿Qué sería lo primero que perpetraríamos si fuéramos invisibles? ¿Si nadie, jamás, pudiera ver lo que hacemos? El protagonista del thriller de ciencia ficción El hombre sin sombra (Paul Verhoeven, 2000), Kevin Bacon, lo tiene claro: agredir sexualmente a su vecina, a la que a menudo espiaba a través de su ventana.

No es la primera vez que vemos un ejemplo de cómo la moralidad se disuelve en cuanto sabemos que no vamos a tener que rendir cuentas de nuestros actos, es decir, la antítesis del presidio panóptico de Jeremy Bentham.

También los filósofos clásicos se plantearon tales cuestiones. El hermano de Platón, llamado Glaucón, intuitivamente dio en el clavo a propósito de que nos comportemos bien: no lo hacemos por los demás, lo hacemos por nosotros. Concretamente, lo hacemos para salvaguardar nuestra reputación. Es decir, en puridad, somos altruistas porque somos egoístas.

Para demostrar su tesis, Glaucón reta a Sócrates a que demuestre que la justicia, por sí sola, es la que conduce al buen comportamiento imaginando qué sucedería si a un hombre se le entregara el mítico anillo de Giges: un anillo dorado que permite a su portador ser invisible. Basta con que la persona que lo lleva lo gire para obtener la invisibilidad. Cuando lo rota de nuevo se hace otra vez visible.

Glaucón sostiene que si entregáramos un anillo de Giges a un hombre justo y otro a uno injusto, los dos podrían obrar mal de resultas de la sensación de impunidad. Glaucón tenía razón. Los ecos de este anillo, indudablemente, llegaron hasta el anillo de El señor de los anillos, de Tolkien.

LA REPUTACIÓN LO ES TODO

La reputación no es cómo nos ven los demás. Es cómo nos vemos a nosotros mismos. En realidad, la forma en la que nos autoanalizamos tiene más que ver con la opinión ajena que con la propia. Como si nos escrutáramos en el reflejo de un espejo: el que confiere la mirada de los demás. Naturalmente, no todas las opiniones ajenas nos importan por igual: son las de nuestros pares o semejantes las que más nos influyen.

Salvaguardar nuestra reputación, pues, es salvaguardarnos a nosotros mismos, al relato que construimos sobre quiénes somos. Esto es lo normal, lo habitual y hasta lo saludable, porque si no te importa lo que los demás opinen de ti (no te importa de verdad), probablemente eres víctima de algún tipo de desorden mental.

Incluso hay estudios de neuroimagen que evidencian cómo algunas áreas del cerebro se activan cuando se obliga a alguien a dar una mala imagen de sí mismo a los demás, como este del año 2014, dirigido por Tom Farrow y sus colaboradores de la Universidad de Sheffield.

O como señala Derek Thompson, en su reciente libro Creadores de Hits, a propósito de que nuestros gustos artísticos forman parte tanto de una suerte de exhibición cultural como de un gusto genuino: «A los miembros de la élite no solo les gusta la ópera porque tienen acceso a ella; buscan acceso a la ópera porque creen que los convierte en miembros de una élite».

En lo tocante a la moral, estas dinámicas adquieren una importancia fundamental para entender por qué las personas deciden actuar con arreglo al bien común en vez de al propio.

La simple sensación de que alguien nos pueda fiscalizar es suficiente para que nuestro comportamiento sea más recto. Aunque solo percibamos la imagen de unos ojos que nos observan. Es lo que sugiere un estudio llevado a cabo por Melissa Bateson, profesora de psicología de la Universidad de Newcastle upon Tyne (Inglaterra), tal y como explico en el libro Cultiva tu memesfera:

En la sala de descanso de su propio departamento, existía la costumbre de que los miembros del profesorado pagaran sus cafés y bebidas echando dinero discrecionalmente en una caja. Es decir, que nadie les cobraba por las consumiciones: el pago debía surgir de uno mismo. ¿Crees que el precio de las consumiciones fue el factor determinante para que hubiera más o menos productos impagados? En absoluto. El factor determinante fue una fotografía en lo alto de la lista de precios (…) un par de ojos humanos, vigilantes.

PIENSO MÁS SI ME PIDES EXPLICACIONES

Según Phil Tetlock, uno de los más importantes investigadores en el ámbito de la responsabilidad, el mundo social es glauconiano: la apariencia suele ser mucho más importante que la realidad.

Así es como se tejen las redes de responsabilidad, esforzándonos en mantener identidades morales atractivas. Por eso, incluso, somos más ponderados y cuidadosos en nuestros juicios si sabemos que los demás van a poder escudriñarlos con lupa.

Para demostrarlo, Tetlock llevó a cabo un estudio en el que solicitaba a diferentes sujetos que revolvieran problemas y tomaran decisiones. A un grupo se le dijo que, más tarde, debería dar explicaciones de sus decisiones a alguien más; el otro grupo podía actuar discrecionalmente, ajenos a cualquier tipo de escrutinio.

Al ser conscientes de que sus decisiones serían auditadas, los del primer grupo fueron mucho menos vehementes, como explica Jonathan Haidt en su libro La mente de los justos:

Cuando se les deja a su propio aire, las personas muestran la habitual serie de errores, desinterés y confianza en sus intuiciones que se ha documentado en muchas investigaciones acerca de la toma de decisiones. Pero cuando a las personas se les dice de antemano que tendrán que dar explicaciones, piensan de manera más sistemática y autocrítica, y son menos propensos a saltar a conclusiones prematuras y más proclives a revisar sus creencias en función de las evidencias.

Parece bastante evidente que nos importe tanto lo que digan los demás y que nos esforcemos más en aparentar que en ser: somos animales sociales. Nuestros ancestros sufrieron una fuerte presión evolutiva para cooperar. Quienes no cooperaban, no mostraban empatía, no rendían cuentas, no demostraban que trabajaban tanto como sus semejantes eran excluidos del grupo y, probablemente, eliminados del linaje genético (porque sus opciones de reproducirse eran menores).

Esta presión selectiva fue tan drástica como la que también ejercimos sobre algunos lobos: matábamos a los violentos y alimentábamos a los más dóciles, hasta que nacieron los actuales perros zalameros.

La forma de sobrevivir en el pasado pasaba por encajar en el grupo. Ser una pieza útil más. El individualismo era la muerte.

Por consiguiente, a pesar de las excepciones, a pesar de las mutaciones, a pesar de que el contexto puede, en efecto, sacar lo peor de nosotros mismos, finalmente todos nos convertimos en niños que tratan de justificar frente a un profesor fiscalizador por qué no hemos hecho los deberes.

Debemos hacerlos o, en caso contrario, argüir una excusa mucho más convincente que «el perro se los ha comido». Así seremos buenas personas, o pareceremos serlo, muchas más veces que si nos tornamos invisibles y nos volvemos incapaces de ver nuestro reflejo en el iris de los demás.

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