Gentrificación sonora: ¿solo los ricos tienen derecho al silencio?

A orillas del Vístula y relativamente céntrico, el distrito de Powiśle era carne de gentrificación. Los vecinos de toda la vida, obreros en su mayoría, supieron que habían sucumbido a ella al cruzarse de forma habitual por el barrio con estudiantes, bohemios y gente con alto poder adquisitivo. 

Con ellos, Powiśle perdió su condición marginal para convertirse en una de las zonas de moda la ciudad.

Los negocios fueron los siguientes en llegar. A las galerías de arte y tiendas vintage se sumaron bares, cafés y restaurantes. Todo perfecto de no ser por el excesivo ruido generado por estos últimos, sobre todo durante la noche.

Las quejas de los vecinos más adinerados no tardaron en llegar: querían Powiśle libre de los efectos sonoros propios de uno de los centros de ocio nocturno predilectos de varsovianos y turistas. 

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Para rebajar el prosaísmo de la situación, la socióloga Joanna Kusiak recurre a una de las distopías de J.G. Ballard. Lo hace en el capítulo del libro The Acoustic City (Matthew Gandy, BJ Nilsen, 2014) en el que Kusiak relata este episodio de la historia reciente de Varsovia.

En el cuento The Sound Sweep, el escritor británico describe una ciudad en la que el sonido se incrusta en las paredes de los edificios. De liberar a estos de los residuos sonoros se encarga una patrulla especializada dotada de sonovacs, unos potentes aspiradores capaces de absorber cualquier partícula sónica por minúscula que sea.

Pero el de los barredores de sonido y sus sonovacs era un servicio privado que solo los más pudientes podían costearse. Y es en ese punto donde Kusiak encuentra el paralelismo entre el relato de Ballard y el conflicto de Powiśle.

La intolerancia al ruido de los nuevos y ricos residentes contrastaba con la transigencia de los vecinos de toda la vida, acostumbrados a los estragos de los locales de música alternativa que pululaban en el barrio desde los 90.

Parecía que el silencio era un derecho que solo los más pudientes podían reclamar.

La gentrificación sonora que estalló hace poco más de un lustro en Powiśle enfrentaba a dos bandos; de un lado los residentes más acaudalados. Los empresarios de la noche y hosteleros, de otro.

Gentrificación sonora2

A estos se unió una nutrida representación de la escena artística de Varsovia que no estaba dispuesta a que las quejas de aquellos capasen la efervescencia cultural de la capital polaca.

Aunque para Kusia, el conflicto sónico actual no supone sino el resurgir de una realidad latente en la sociedad polaca desde hace mucho tiempo. En ella el ruido desempeña un papel político y social.

Hay que remontarse a principios del siglo XX, cuando movimientos antibarullo, como la Liga Anti-ruido o la Asociación Alemana de Protección contra el Ruido, surgen en algunos países de Europa. En muchos de ellos lograron importantes avances en la protección de la ciudadanía ante ruidos innecesarios.

Lo que no caló, en cambio, fueron los radicales fundamentos en los que se apoyaban algunos de sus líderes, como el filósofo Theodor Lessing, para quien el ruido era «la expresión acústica de las clases más bajas».  

Mientras las grandes ciudades europeas rechazaban los preceptos de Lessing por clasistas, en Polonia se imponía lo que el historiador Błażej Brzostek denominaba «solemnidad pública».

Algo así como la necesidad de impregnar de urbanidad cada poro de la vida urbana. Kusiak rescata las palabras con las que un croata resumió su estancia en Varsovia durante los primeros años de la década de los 30:

«Aquí no cantas ni silbas en la calle. La gente no habla en el tranvía. Nadie se ríe, nadie grita en esta ciudad…. Nadie está contento o se regocija. Nadie sonríe, ni siquiera las prostitutas, que caminan por las calles con la gravedad de una matrona».

Tuvieron que pasar varios años y otra guerra mundial para que aquella Varsovia devastada por las bombas se tornara ruidosa. Aunque fue por poco tiempo. El nuevo régimen socialista quería proletarios disciplinados.

Como explica Kusiak, «la planificación urbana socialista incluía tanto la sincronización como la zonificación de los sonidos».

Ni la música ni los estilos de vida imperialistas estaban bien vistos, y eso último incluía pasar el tiempo libre en bares y cafeterías. Establecimientos que fueron prohibidos en muchas zonas residenciales en aras de preservar el sueño y el buen descanso de los trabajadores.

Pero el Muro cayó y con él la forma de vida impuesta hasta la fecha a los ciudadanos de los países del Este. En Polonia comenzaron a brotar bares y restaurantes en las hasta entonces zonas prohibidas.

La cultura del silencio urbano comenzó a perder vigencia. Algo que se hizo aún más evidente cuando los nacidos a partir de 1989 tuvieron edad para salir y divertirse.

La liberación sónica llegaba a los barrios de Varsovia, y con ella la gentrificación acústica ya que las quejas solo surgían entre los vecinos más acomodados. Los ricos reclamaban el silencio como parte de sus privilegios. 

A orillas del Vístula y relativamente céntrico, el distrito de Powiśle era carne de gentrificación. Los vecinos de toda la vida, obreros en su mayoría, supieron que habían sucumbido a ella al cruzarse de forma habitual por el barrio con estudiantes, bohemios y gente con alto poder adquisitivo. 

Con ellos, Powiśle perdió su condición marginal para convertirse en una de las zonas de moda la ciudad.

Los negocios fueron los siguientes en llegar. A las galerías de arte y tiendas vintage se sumaron bares, cafés y restaurantes. Todo perfecto de no ser por el excesivo ruido generado por estos últimos, sobre todo durante la noche.

Las quejas de los vecinos más adinerados no tardaron en llegar: querían Powiśle libre de los efectos sonoros propios de uno de los centros de ocio nocturno predilectos de varsovianos y turistas. 

Para rebajar el prosaísmo de la situación, la socióloga Joanna Kusiak recurre a una de las distopías de J.G. Ballard. Lo hace en el capítulo del libro The Acoustic City (Matthew Gandy, BJ Nilsen, 2014) en el que Kusiak relata este episodio de la historia reciente de Varsovia.

En el cuento The Sound Sweep, el escritor británico describe una ciudad en la que el sonido se incrusta en las paredes de los edificios. De liberar a estos de los residuos sonoros se encarga una patrulla especializada dotada de sonovacs, unos potentes aspiradores capaces de absorber cualquier partícula sónica por minúscula que sea.

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Pero el de los barredores de sonido y sus sonovacs era un servicio privado que solo los más pudientes podían costearse. Y es en ese punto donde Kusiak encuentra el paralelismo entre el relato de Ballard y el conflicto de Powiśle.

La intolerancia al ruido de los nuevos y ricos residentes contrastaba con la transigencia de los vecinos de toda la vida, acostumbrados a los estragos de los locales de música alternativa que pululaban en el barrio desde los 90.

Parecía que el silencio era un derecho que solo los más pudientes podían reclamar.

La gentrificación sonora que estalló hace poco más de un lustro en Powiśle enfrentaba a dos bandos; de un lado los residentes más acaudalados. Los empresarios de la noche y hosteleros, de otro.

Gentrificación sonora2

A estos se unió una nutrida representación de la escena artística de Varsovia que no estaba dispuesta a que las quejas de aquellos capasen la efervescencia cultural de la capital polaca.

Aunque para Kusia, el conflicto sónico actual no supone sino el resurgir de una realidad latente en la sociedad polaca desde hace mucho tiempo. En ella el ruido desempeña un papel político y social.

Hay que remontarse a principios del siglo XX, cuando movimientos antibarullo, como la Liga Anti-ruido o la Asociación Alemana de Protección contra el Ruido, surgen en algunos países de Europa. En muchos de ellos lograron importantes avances en la protección de la ciudadanía ante ruidos innecesarios.

Lo que no caló, en cambio, fueron los radicales fundamentos en los que se apoyaban algunos de sus líderes, como el filósofo Theodor Lessing, para quien el ruido era «la expresión acústica de las clases más bajas».  

Mientras las grandes ciudades europeas rechazaban los preceptos de Lessing por clasistas, en Polonia se imponía lo que el historiador Błażej Brzostek denominaba «solemnidad pública».

Algo así como la necesidad de impregnar de urbanidad cada poro de la vida urbana. Kusiak rescata las palabras con las que un croata resumió su estancia en Varsovia durante los primeros años de la década de los 30:

«Aquí no cantas ni silbas en la calle. La gente no habla en el tranvía. Nadie se ríe, nadie grita en esta ciudad…. Nadie está contento o se regocija. Nadie sonríe, ni siquiera las prostitutas, que caminan por las calles con la gravedad de una matrona».

Tuvieron que pasar varios años y otra guerra mundial para que aquella Varsovia devastada por las bombas se tornara ruidosa. Aunque fue por poco tiempo. El nuevo régimen socialista quería proletarios disciplinados.

Como explica Kusiak, «la planificación urbana socialista incluía tanto la sincronización como la zonificación de los sonidos».

Ni la música ni los estilos de vida imperialistas estaban bien vistos, y eso último incluía pasar el tiempo libre en bares y cafeterías. Establecimientos que fueron prohibidos en muchas zonas residenciales en aras de preservar el sueño y el buen descanso de los trabajadores.

Pero el Muro cayó y con él la forma de vida impuesta hasta la fecha a los ciudadanos de los países del Este. En Polonia comenzaron a brotar bares y restaurantes en las hasta entonces zonas prohibidas.

La cultura del silencio urbano comenzó a perder vigencia. Algo que se hizo aún más evidente cuando los nacidos a partir de 1989 tuvieron edad para salir y divertirse.

La liberación sónica llegaba a los barrios de Varsovia, y con ella la gentrificación acústica ya que las quejas solo surgían entre los vecinos más acomodados. Los ricos reclamaban el silencio como parte de sus privilegios. 

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