Estos son los valores que rigen nuestra sociedad (y promueven una vida útil y productiva y no significativa o espiritual)

No es secreto que la economía y sus paradigmas han permeado toda nuestra sociedad y nuestra cultura. Hoy en día nuestra educación -tanto en las escuelas como en los medios- está orientada a hacer que una persona consiga la riqueza económica o el éxito social en término de estatus. Ciertamente esto no es algo nuevo o que este disociado de la naturaleza: existe una necesidad biológica de seguridad y el dinero y el estatus suelen permitir éxito reproductivo. Pero, cualquier persona que se haya dedicado a examinar su mente (y su vida seriamente), se dará cuenta que esto no es todo y que para ser realmente felices es necesario explorar más allá de lo meramente material y buscar sentido y propósito existencial.

Resulta acertado el diagnóstico que hace el escritor y teólogo Rob Riemen Par combatir esta era, en el que se preocupa sobre el latente surgimiento del nuevo fascismo. El cual seguramente tiene como una de sus razones más añejas lo que Nietzsche llamó «la Muerte de Dios», y la incapacidad que ha tenido la sociedad de autoproveer significado una vez que las viejas instituciones están en decadencia

Riemen, en una entrevista con La Vanguardia, señala que vivimos en una sociedad utilitaria, materialista en la que se han olvidado antiguos valores, cercanos a lo que podemos llamar «universales», como los que fueron proclamados por los grandes personajes de la era axial: Confucio, Lao-Tse, Platón, Pitágoras, Buda, Yajnavalkya, Isaías y demás. En cambio:

Los valores que dominan nuestro mundo son la eficiencia, la productividad, la cantidad, la flexibilidad. Son valores comerciales que se aplican a todo, desde la política hasta la educación…Nuestra educación no está interesada en dar ninguna noción de la sabiduría, pretende hacernos listos. Hoy el valor clave es que las cosas sean útiles, todo lo que no es útil sobra. Lo mismo ocurre en los medios de comunicación, lo que cuentan son las audiencias y las cifras.

No hay duda que el trabajo, la dedicación y la eficiencia pueden ser grandes virtudes. Pero trabajar para el beneficio de una entidad abstracta como una corporación, para que la economía -ese dios tiránico- siga creciendo infinitamente o simplemente para apilar más cosas que son conforten del ennui existencial -y a veces trabajar hasta la muerte o al menos hasta que el estrés se convierta en una patología- es poco menos que absurdo. 

Como sugiere Riemen, nos movemos en un mundo en el que lo cualitativo, la calidad de la conciencia, pasa a segundo término (la conciencia, el hecho puro de saber que existimos, incluso es puesta en duda para algunos científicos o considerada secundaria e irrelevante). Se mide el bienestar con indicadores económicos, con premios, con conquistas materiales. Lo que antes era llamado «el alma», parece haber pasado a la sombra o al escarnio sociale, siendo que no es bien aceptado entre la inetelectualidad mainstream, habla de cosas como el alma o Dios. Y aunque es indudable que nuestra época ha progresado mucho en cuestiones materiales, «el alma» individual y colectiva sufre. Hay un notable crecimiento en enfermedades mentales -la depresión y la ansiedad son buenas candidatas para definir nuestra era- y el arte y las humanidades son cada vez menos importantes.  Riemeen nota que «Nuestra sociedad es presa de una gran ansiedad. En EE.UU. cada día 175 personas mueren de sobredosis; si fueran ataques terroristas, el mundo se volvería loco». Esta ansiedad crece sin brida en gran medida porque no tenemos las herramientas psicológicas y espirituales para combatirla. Nuestras herramientas son el entretenimiento y el consumo, y no la filosofía y la verdadera filantropía. Cultivamos nuestra mente y nuestro cuerpo pero sólo en tanto a que este cultivo nos produzca beneficios utilitarios: nos haga más productivos o más atractivos. Según Riemen:

Como dijo Cicerón, el cultivo del alma es la búsqueda de la sabiduría, en eso consiste el humanismo, que es la base de la cultura europea: aprender a vivir con verdad, siendo justos y crean­do belleza.

A lo que le pregunta la entrevistadora, con la ironía y el relativismo que caracteriza a nuestra era en la que se cree que todo es permitido porque no hay un soporte universal, no hay un centro que otorgue significado. «Verdad, ¿cuál de ellas?» Contesta Riemen:

Me refiero a la verdad metafísica, la idea de en qué consiste la dignidad de los seres humanos, a qué deberíamos aspirar. Se trata de esa verdad inmutable que hace que una pintura de Goya, la música de Bach o la filosofía básica que encontramos en los clásicos sigan siendo válidas. [Verdades universales] que nos recuerdan que todos formamos parte de la misma humanidad. Es lo contrario del mundo actual, donde todo es transitorio, inmediato y carece de sentido.

El mensaje de Riemen es similar al del controversial psicólogo Jordan Peterson (de quien hicimos un resumen de su pensamiento aquí). Peterson mantiene que el Logos y la noción de que existe el bien -y que este bien se difunde en el mundo cuando se dice la verdad- es el fundamento metafísico sobre el cual está construida la sociedad occidental y sin el cual se desmorona. La idea, a grandes rasgos, es que, como el Verbo en el Génesis, la verdad crea orden en el caos y que esta verdad es una meta-verdad en relación a la ciencia, puesto que la ciencia produce verdades fácticas, verdades que describen cómo son las cosas, no cómo se debe de actuar y hacia qué se debe aspirar. Este fundamento ético era proveído por la religión obviamente y ante la secularidad y el relativismo posmoderno hay un gran vacío.

Riemen regresa a los viejos pensadores y a las viejas ideas. Cree que la mayor parte de la academia está corrupta -acaso cuidando su plaza con la corrección política que se espera de todos en nuestros días. «La traición de los intelectuales viene de lejos, no están comprometidos con nada. Pero todo el mundo puede leer a Platón, a Ortega y Gasset, Marcuse…». El individuo, sugiere, debe de cultivar su conciencia, más allá de la banalidad del individualismo opinionista donde se dice “esto es justo y bueno porque me lo parece a mí”. El individuo no puede ser realmente un individuo -individuarse-  si vive en la ignorancia. La verdadera individualidad entonces surge de lo universal, de exponerse al pensamiento filosófico y religioso que ha superado el paso del tiempo y de ejercer un pensamiento crítico con estas ideas para luego poder convertirlas en auténticas experiencias.

Al igual que Peterson, quien cree que uno de los grandes males de nuestra época es que en todos lados se discuten cuáles son los derechos de los individuos (y se exigen ferozmente) y en desproporción se fomenta la toma de responsabilidad, Riemen enfatiza la importancia de la responsabilidad moral. La lógica es muy sencilla: antes de pensar en lo que te mereces -o en aquello de lo que careces: cómo te ha castigado el estado, Dios, el patriarcado, etc.- es más conducente al verdadero bien y a la felicidad pensar qué puedes hacer para mejorar tu situación y la de los demás. Puesto que, como ha notado Peterson, las personas encuentran sentido en la vida no a través del ejercicio de sus derechos -en la profusión orgiástica del supermercado existencial- sino en asumir responsabilidades. Los verdaderos tesoros de la vida son entregados a quienes están dispuestos a enfrentarse con el mal por el bien de todos, como las historias de San Patricio y San Jorge y todos esos enfrentamientos arquetípicos con los dragones, y aquella más explícita de la mitología hindú, en la que Shiva acepta beber el veneno mortal que sale del océano de leche y a través de cuyo acto luego emergen los tesoros, incluyendo el néctar de la inmortalidad. Riemen concluye:

Las cosas serían distintas si todos aceptáramos nuestras responsabilidades morales. Sócrates decía que deberíamos hacernos dos preguntas: qué es una buena vida y cómo contribuir a una buena sociedad. Si tomamos conciencia, exigiremos otra educación, otra sociedad.

Twitter del autor:@alpepholo

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