Estar con los que muere de Joan Halifax – Apuntes

Título original: Being with Dying.
© 2008 by Joan Halifax
Editorial: Editorial Kairós.

El enfoque budista sobre la muerte puede ser de gran beneficio para todo tipo de personas, sean cuales sean sus orígenes o creencias. Lo demuestran cuatro décadas de trabajo de Joan Halifax con las personas que están muriendo y con sus cuidadores.

Basado en las enseñanzas budistas tradicionales, su trabajo es una fuente de sabiduría para aquellos que tienen la tarea de cuidar a una persona que está muriendo, lo mismo que para quienes se enfrentan a su propia muerte o para los que desean explorar y contemplar el poder transformador del proceso de morir. Las enseñanzas de Joan Halifax muestran cómo desplegar y entrar en contacto con nuestra fortaleza interior y cómo podemos ayudar a otros que están sufriendo a hacer lo mismo.

Joan Halifax es sacerdotisa zen y antropóloga. Ha ejercido en la Universidad de Columbia, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Miami y en la Universidad Naropa. En 1990 fundó el Upaya Zen Center, un centro de estudios budistas y de acción social en Santa Fe, Nuevo México. En 1994 fundó el “Proyecto de acompañamiento en el proceso de morir” que ha formado a cientos de profesionales de la salud en el cuidado contemplativo de las personas que están muriendo.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • No hay por qué equiparar la vejez, la enfermedad y la muerte con el sufrimiento; podemos vivir y practicar de tal manera que la muerte sea un rito natural de tránsito, una culminación de nuestra vida, incluso la liberación máxima.
  • Tras cuatro décadas acompañando a los que están muriendo y a sus cuidadores, creo que estudiar el proceso de cómo morir beneficia incluso a aquellos de nosotros que podríamos tener aún mucho años de vida por delante.
  • Cuanto antes abracemos la muerte, más tiempo tendremos para vivir a fondo y vivir en la realidad.
  • Uno no puede vivir una vida plena y luchar por mantener a raya lo inevitable … , aunque muchos intentemos hacerlo.
  • Cuando evitamos la muerte, evitamos también la vida.
  • La negación de la muerte campa a sus anchas a lo largo de toda nuestra cultura, dejándonos lamentablemente desprevenidos cuando llega nuestro momento de morir o nuestro momento de ayudar a otros a morir. Con demasiada frecuencia no estamos disponibles para aquellos que nos necesitan al estar paralizados por la ansiedad y la resistencia, y tampoco estamos disponibles para nosotros mismos.
  • Espero que este libro, resultado de cuarenta años de trabajo realizado en el campo del cuidado compasivo de las personas que están muriendo, pueda transmitirte algunas de las extraordinarias posibilidades que se pueden abrir para cada uno de nosotros en la vida cuando nos enfretamos a la muerte.
  • La única forma de desarrollar apertura ante las situaciones tal como son es practicando tanto la presencia como la paciencia.
  • Por muy insoportable que parezca cualquier incomodidad, al final todo lo que experimentamos es temporal.
  • Al estar con los que están muriendo nos vamos a enfrentar con este no saber, por mucho que intentemos cartografiar o controlarlo todo. Nos preguntamos: ¿Qué se sentirá al morir? ¿Sufriré? ¿Estaré solo? ¿Dónde iré después de morir? ¿Se me echará de menos? ¿Es dolorosa la muerte? ¿Será un alivio? Cuando nos hacemos estas preguntas, surge nuestro no saber, porque la verdad es que nunca podremos responderlas.
  • En muchas cultura la sabiduría se equipara no con el conocimiento, sino con un corazón abierto.
  • Un maestro zen dio que la sabiduría es una mente dispuesta. Esta mente fresca y abierta es la mente que no se apoya en hechos, conocimientos o conceptos. Es más profunda que nuestro condicionamiento. Es la mente que no está apegada a ideas fijas acerca de uno mismo o de los demás. El no saber refleja el potencial que tienen todos los seres de una mente clara y abierta: la mente sabia de la iluminación que no tiene base y es al mismo tiempo íntima, transparente, inconcebible y omnipresente.
  • Esta es la naturaleza del morir: dejarse llevar hacia lo desconocido, soltar nuestras amarras y abrirnos a la inmensidad de quienes somos en realidad.
  • Aprendí que cuidar nos exige estar en calma, soltar, escuchar y estar abiertos a lo desconocido.
  • Algo que me preocupaba continuamente era la marginalización de las personas que estaban muriendo, el miedo y la soledad que experimentaban los moribundos, y la vergüenza y la culpa que rodeaba a los médicos, a las enfermeras, a aquellos que estaban muriendo y a las familias, a medida que las olas de la muerte iban venciendo a la vida. Sentí que el cuidado espiritual podía reducir el miedo, el estrés, la necesidad de determinados medicamentos y caras intervenciones, los pleitos y el tiempo que los médicos y las enfermeras deben dedicar a tranquilizar a la gente.
  • Me sentí muy agradecida al descubrir que el budismo ofrece muchas prácticas y muchas prespectivas para trabajar de forma hábil y compasiva con el sufrimiento, la muerte, el fracaso, la pérdida y el duelo.
  • Empezamos con una pregunta muy directa y muy simple: “Si piensas en tu muerte, ¿cuál sería para ti el peor escenario posible?”. La respuesta a esta pregunta se oculta bajo la piel de nuestras vidas y da forma a muchas de las elecciones que hacemos a la hora de gestionarlas. Escribe, sin reservas y con detalles la peor muerte que puedas imaginar para ti. Pregúntate cómo te sientes, cómo se siente tu cuerpo y qué te surge en este momento, y escribe también estas respuestas.
  • Después dedica otros cinco minutos para responder una segunda pregunta: “¿Cómo quieres morir realmente?”. Escribe con todo el detalle posible. Cuando hayas terminado, presta cierta atención a lo que está ocurriendo en tu cuerpo y en tu mente, escribe también estas reflexiones.
  • Mis propias respuestas a esas preguntas ha ido cambiando con el tiempo. Hace años, mi peor muerte era una muerte prolongada. Hoy siento que sería más duro morir de una muerte violenta, sin sentido. Una muerte prolongada podría darme el tiempo para prepararme más plenamente. Además, al morir podría ser de utilidad a otros.
  • Casi todo el mundo quería morir de alguna forma que fuera fundamentalmente espiritual. La muerte violenta y azarosa se valoraba como una de las peores posibilidades. Morir sin dolor y con asistencia espiritual se consideró como una de las mejores muertes.
  • Una tercera pregunta: “¿Qué estás dispuesto a hacer para morir de la forma que quieres?”.
  • Con frecuencia sentimos que cuando el sufrimiento está presente, el silencio y la quietud no son suficientes.  Nos sentimos obligados a “hacer algo”: hablar, consolar, trabajar, limpiar, estar activos, “ayudar”.
  • Escuchar el testimonio de una persona que está muriendo o de un familiar en duelo es útil para la persona que habla: todo depende de cómo escuchemos. Quizá podamos reflejar las palabras y los sentiminetos de tal forma que la persona que habla pueda escuchar, por fin, lo que ha dicho.
  • Estos son los cuatro pilares de la atención plena: el cuerpo, las sensaciones, la mente y los objetos de la mente.
  • La confianza y la paciencia combinadas con la apertura y la aceptación son las que nos sostienen  cuando estamos con la persona que muere.
  • La práctica de la atención plena también nos ayuda a estabilizar la mente y el cuerpo. Nos ayuda a ser menos reactivos, más receptivos y más resilientes. Reduce el estrés y desarrolla nuestras capacidades intuitivas.
  • A menudo aceptar los sentimientos crudos y difíciles que acompañan a la deconstrucción del ego no resulta fácil.
  • Cultiva la consciencia cuando no estés meditando, manteniéndote en contacto con el momento presente.
  • Cualquier cosa que hagamos en nuestros trabajo con aquellos que están muriendo, nos comprometemos a hacerlo con consciencia.
  • Al estar con los que están muriendo nuestra atención plena se verá constantemente desafiada por todo tipo de situaciones complejas.
  • Algunos de nosotros tenemos problemas de dependencia y nos resulta muy difícil recibir ayuda de los demás, lo que nos puede llevar a reprimir nuestra ternura natural hacia el otro.
  • Demasiado a menudo nuestra supuesta fortaleza procede del miedo, no del amor; en lugar de tener una espalda fuerte, muchos tenemos un corazón blindado que protege una columna débil. Vamos por la vida frágiles y a la defensiva, intentando ocultar nuestra falta de confianza.
  • En el budismo zen la transmisión del dharma es la confirmación del despertar del estudiante.
  • Muchas veces hace falta un accidente, un diagnóstico demoledor o un desastre para que nos abramos y seamos capaces de aceptar nuestro propio sufrimiento de una forma más amplia y más paciente. Pero el sufrimiento también nos vuelve tiernos. Si somos muy sensibles, quizá nos retiremos para protegernos, y es que el sufrimiento es una espada de doble filo: nos puede liberar o nos puede llevar a escondernos.
  • Un hombre mayor que trabajaba en el hospicio me comentó en una ocasión: “Antes de entrar en la casa de alguien que está muriendo intento dejar todo lo que sé en el coche”. Pretender que “sabemos” solo oculta nuestro miedo.
  • Compartir una práctica o una oración, el silencio y la presencia con el que está muriendo también ayuda al bienestar de aquel que está cuidando.
  • Cuando te veas atrapado en los acontecimientos que te rodean o en tu esperanza o en tu miedo, baja el ritmo. Detente incluso. Cultiva el hábito de prestar atención a la respiración continuamente; utiliza la respiración para estabilizar y enfocar la mente.
  • Los budistas tibetanos dicen que todos hemos sido la madre de otro en una vida anterior. Imagina a todos los seres como si fueran tu madre, practica el amor sin distinciones hacia todas las personas que encuentres, incluyendo desconocidos, animales e incluso a aquellos que te han herido.
  • Cuando estoy cuidando a una persona que está muriendo intento dar y recibir ternura como si yo fuera la madre de esa persona. Cuando caigo en un comportamiento automático, cuando me siento alienada o cuando estoy teniendo dificultades para abrir mi corazón, pensar en todos los seres con amor fraternal es un buen punto de referencia.
  • La transparencia es la verdadera base de la ausencia de temor y descubre la transparencia en tres dimensiones. Para empezar, vuélvete transparente para ti mismo a través de la indagación personal. Después haz que el mundo sea transparente para ti. Finalmente, vuélvete transparente para los otros. Aprende a estar abierto, a ser vulnerable y a no estar a la defensiva en tus relaciones.
  • Al principio no fue fácil. No surgió de forma natural o instintiva. Trabajar tan cerca con la muerte solía asustarme; me daba miedo pensar que podría contagiarme de aquello que tenía la persona que agonizaba. Cuando reconocí que yo ya tenía eso que tienen quienes están muriendo (mortalidad), dejé de preocuparme por el contagio.
  • Muchas veces la gente me pregunta acerca de tener “una buena muerte”. Lo cierto es que desde el punto de vista del optimismo radical, no hay una muerte buena o mala. Morirse es morirse; cada uno lo hace a su manera. Sin una idea preconcebida, sin apego al resultado, el cuidador radicalmente optimista está presente y no transmite miedo.
  • Una vida espiritual no significa ser consciente de uno mismo o llevar una insignia que diga “¡Soy un bodhisattva!”. Se trata de hacer lo que tienes que hacer sin apego al resultado.
  • Jonas Salk: “Aprende a cooperar con lo inevitable”.
  • La aspiración a despertar o a beneficiar a otros puede ser útil; nos puede ayudar con nuestra prioridades, igual que tener el objetivo de una muerte sana y consciente nos puede ayudar a apreciar y disfrutar de este momento presente. Pero si la práctica se transforma en un medio para un fin “más grande”, entonces se convierte en una inversión, y empezamos a esperar un beneficio, ¿Cómo podemos ser uno con el momento concreto si estamos esperando algo?
  • Hazte esta pregunta: ¿qué puedes hacer hoy para sentirte satisfecho al final de tu vida? ¿De qué necesitas deshacerte hoy para crear una vida llena de sentido? ¿De qué necesitas ocuparte ahora para que la vejez resulte un poco más fácil y más libre?
  • Imagínate que eres cinco años mayor que ahora y te estás enfrentando a tu muerte. Imagínate que estás tranquilo en tu cama y solo te quedan algunos momentos más de vida. ¿Qué te gustaría haber comprendido? ¿Qué estado mental te será de ayuda para una muerte pacífica? ¿Qué puedes hacer ahora que te ayude a fortalecer tu mente y tu corazón para que puedas aportar esta fuerza cuando estés muriendo?
  • Imagínate ahora que vas a morir de aquí a un año. ¿Qué puedes hacer en este momento que te pueda ayudar a morir apaciblemente? ¿Qué le dio sentido a tu vida? ¿Qué harías ahora de manera diferente? ¿Qué puedes hacer mañana para poder alcanzar la mejor muerte posible?
  • Imagina que vas a morir en un mes. ¿Qué cambiarías en tu vida diaria? ¿Qué necesitas hacer para no dejar tantos problemas pendientes? ¿Qué necesitas abandonar? ¿Qué hábitos debes romper para morir en paz? ¿Qué relaciones has de poner en orden? ¿A quién debes pedir perdón? ¿A quién necesitas perdonar? ¿Qué parte de ti te gustaría hacer crecer en este momento? ¿Qué puedes hacer mañana que favorezca una muerte tranquila?
  • Ahora imagina que vas a morir la próxima semana. ¿A quién quieres a tu alrededor compartiendo estos últimos momentos de tu vida? ¿Con quién necesitas hablar de cómo quieres morir y qué hacer con tu cuerpo cuando mueras? ¿A quién te gustaría expresar tu más profundo amor y gratitud esta semana?
  • Esta noche te vas a dormir. Nada especial. Mientras te vas quedando dormido te das cuenta de que vas a morir. ¿Qué es lo más importante que puedes hacer hoy a la luz de esa posibilidad? ¿Cuál ha sido el mayor regalo que has recibido en esta vida? ¿Con quién quieres compartir tu amor por última vez?
  • Mantener la historia del “yo” es agotador. Defender el “yo”, promover el “yo”, acumular méritos para el “yo” puede dejarte sin fuerzas. En cambio, la compasión incondicional puede ser energizante.
  • No podemos atesorar el amor; el amor crece cuando lo damos. Cuanto más damos, más grande es nuestra capacidad de amar. Así es como la bondad amorosa se vuelve ilimitada.
  • Cuando te sientes con alguien que está muriendo, tómate el tiempo para disfrutar de los regalos más sencillos de la vida y observa si puedes generar y compartir algo de alegría en el momento presente: la luz vespertina del final del otoño que inunda la habitación, el sonido y el olor de la lluvia en el calor del verano, las notas de un concierto de piano flotando en el aire desde la casa de un vecino cercano …
  • Con demasiada frecuencia solo vemos dolor, sufrimiento, neurosis. Mira más profundamente y encuentra el buen corazón de esta persona, y permítete encontrarte con el tuyo.
  • Mi experiencia me ha demostrado que resulta muy fácil perder el delicado equilibrio de la ecuanimidad.
  • El filósofo Spinoza nos recuerda que todas las cosas nobles son tan difíciles como escasas.
  • Frases que nutren la compasión:
    • Que tú y todos los seres estéis libres del dolor y del sufrimiento.
    • Que puedas cuidar de ti.
  • Frases que generan alegría empática:
    • Que todos los seres sean felices.
    • Que la alegría te llene y te sostenga.
    • Que tu bienestar se mantenga.
  • Frases que fomentan la ecuanimidad:
    • Todos hemos de hacer frente a nuestra situación.
    • Tu felicidad y tu desgracia dependen de tus propias acciones, y no de lo que yo te desee.
    • Que seas capaz de aceptar las cosas tal como son.
  • Podemos ocuparnos de una amiga que está muriendo y cometer el error natural de considerarnos separados de su experiencia. En nuestra mente podemos separarnos de ella pensando: “Ella está muriendo; yo soy quien la cuida”. Pero, en realidad, estamos unidos por los vínculos de la impermanencia.
  • Si nos entrenamos en observar la naturaleza cambiante de nuestras situaciones cotidianas estaremos en el camino hacia la liberación del sufrimiento.
  • Aceptar la impermanencia y nuestra mortalidad compartida requiere aflojar el nudo de la historia: soltar nuestros conceptos, nuestras ideas y nuestras expectativas acerca de cómo creemos que debería ser el morir.
  • El cambio es inevitable: eso es la impermanencia. La conciencia de la impermanencia puede ayudar a afianzar nuestro compromiso de vivir una vida llena de valor y de significado.
  • Muchas tradiciones enseñan la inevitabilidad de la muerte como la piedra angular de todo el camino espiritual.
  • En nuestra cultura contemporánea occidental la muerte no se suele considerar como una maestra con la que pasar cierto tiempo, sino más bien como un amenazante fracaso biológico, e incluso moral, que hay que negar y evitar. Nuestra perspectiva colectiva de la muerte no la contempla como algo redentor y liberador, sino más bien como un enemigo al que vencer o en el mejor de los casos, como una situación negativa que soportar.
  • La mayoría de los fondos destinados a la atención médica se dedican a los seis últimos meses de nuestras vidas.
  • Como me dijo un viejo amigo: “El cambio es inevitable; el crecimiento es opcional”.
  • Hasta que no hemos recibido un diagnóstico catastrófico o perdemos a un ser querido, damos la vida por hecho.
  • Lo interesante es que algunos no iniciaremos un trabajo interior hasta que estemos en el núcleo del sufrimiento. Y quizá ya sea un poco tarde, pues los hábitos de la mente que nos mueven están profundamente arraigados, y arrancarlos en cuestión de días, semanas o meses puede no resultar fácil, aunque sea posible.
  • Una práctica importante para ayudar a asentarnos en la conciencia de la impermanencia es la de la generosidad.
  • Si creemos que no somos más que este cuerpo, cuando este empiece a descomponerse quizá nos veamos arrojados al valle del miedo. Si creemos que morimos solos o nos sentimos perdidos en la pena, nuestros sentimientos de aislamiento pueden nublar y estrechar nuestra visión. Si percibimos el dolor que sentimos como algo sólido, inmutable y eterno, nuestra experiencia se puede volver dura y claustrofóbica.
  • Darnos cuenta de que sufrimos porque nos consideramos permanentes y separados es extremadamente importante. La compasión surge al darnos cuenta de que no estamos separados y no tenemos un identidad fija. Cuando nos permitimos amar ya no nos resistimos al sufrimiento de los demás.
  • Hoy, mi padre vive en sus hijos y en sus nietos. Su vida buena inspiró a mucha gente y sus aspiraciones viven en ellos.
  • Meditación. Las nueve contemplaciones:
    • Primera contemplación.
      • Todos vamos a morir, antes o después.
      • La muerte es inevitable; nadie está exento.
      • Con este pensamiento en mente, permanezco en la respiración.
    • Segunda contemplación:
      • Mi tiempo de vida se va reduciendo.
      • Nuestro tiempo de vida se reduce constantemente, cada respiración nos acerca más a la muerte.
      • Con este pensamiento en mente, indago de forma profunda en esta verdad.
    • Tercera contemplación:
      • La muerte llegará, estés o no preparado.
      • La muerte llegará; estemos o no preparados.
      • Con este pensamiento en mente, entro plenamente en el cuerpo de la vida.
    • Cuarta contemplación:
      • La duración de mi vida es incierta.
      • La duración de la vida humana es incierta; la muerte puede llegar en cualquier momento.
      • Con este pensamiento en mente, presto atención a cada momento.
    • Quinta contemplación:
      • La muerte tiene muchas causas.
      • Hay muchas causas de muerte; incluso los hábitos y los deseos pueden precipitarla.
      • Con este pensamiento en mente, reflexiono sobre las infinitas posibilidades.
    • Sexta contemplación:
      • Mi cuerpo es frágil y vulnerable.
      • El cuerpo humano es frágil y vulnerable; nuestra vida pende de una respiración.
      • Con este pensamiento en mente, presto atención a mi inspiración y a mi espiración.
    • Séptima contemplación:
      • Mis recursos materiales no me servirán de nada.
      • En el momento de la muerte de nada sirven los recursos materiales.
      • Con este pensamiento en mente, me dedico con todo el corazón a la práctica.
    • Octava contemplación:
      • Mis seres queridos no me pueden salvar.
      • Nuestros seres queridos no nos pueden librar de la muerte; nada retrasa su llegada.
      • Con este pensamiento en mente, practico el no apego.
    • Novena contemplación:
      • Mi propio cuerpo no me puede ayudar.
      • El cuerpo no nos puede ayudar en el momento de morir; en ese momento también el cuerpo se perderá.
      • Con este pensamiento en mente, aprendo a dejar ir.
  • Ningún ser, por muy evolucionado espiritualmente que se encuentre, por muy poderoso, rico o motivado que sea, ha escapado a la muerte. Buda, Jesús y Mahoma no la eludieron, y tampoco lo haremos tú y yo.
  • La mayoría de nosotros nos encontraremos con la muerte sin haber fortalecido nuestra conciencia de nuestra verdadera naturaleza. ¿Cuánto tiempo dedicas actualmente a entrenar y estabilizar tu mente? ¿De cuántos de tus pensamientos eres consciente? ¿Cuántos de ellos tienen que ver con la liberación del sufrimiento y con la muerte? ¿Con qué frecuencia recuerdas que la muerte llegará? La mayoría de nosotros hacemos muy poco para prepararnos a morir.
  • ¿Podemos vivir cada día como si fuera el último? ¿Podemos relacionarnos entre nosotros como si no hubiera un mañana?
  • ¿Saber lo frágil y vulnerable que eres dirige tu mente hacia el vivir?
  • Pregúntate ahora: ¿Cuál sería una buena inversión en esta vida? ¿Qué será importante en el momento de la muerte? Suelta el apego y practica la generosidad ahora.
  • ¿Puedes sentir tu dependencia del cuerpo, tu apego a él? ¿Puedes ver cómo aferrarte a tu cuerpo puede ser una tortura para ti?
  • Entrada original: https://raulbarraltamayo.wordpress.com/2020/02/13/estar-con-los-que-muere-de-joan-halifax/
  • Cuando cruzamos el umbral hacia el acompañamiento en el proceso de morir, el regalo más grande que podemos dar a los demás y a nosotros mismos es el regalo de no transmitir miedo.
  • Cuando vemos con claridad nuestro miedo y nos acercamos a él, reconectando con el momento y con aquello que nos hace iguales, el miedo se puede evaporar y en su lugar puede florecer la compasión. Cuando estoy acompañando a una persona que está muriendo, la realidad más profunda es que yo no estoy separado de ella. Nuestra bondad incondicional nos conecta.
  • Morir y estar con los que están muriendo son experiencias límite que tienen el potencial de destruir nuestro aferramiento al yo al liberarnos hacia un espacio más grande.
  • No podemos conocer la muerte hasta que nos pasa. Sin embargo, podemos reconocer el territorio. Podemos investigar las muchas pequeñas muertes y nacimientos que experimentamos en la vida diaria explorando la pérdida, el cambio y la impermanencia. Podemos intentar equilibrar nuestra mente a través de la práctica espiritual.
  • T.S. Elliot señala que los humanos “no podemos soportar demasiada realidad”. En lugar de preparanos para la muerte, podemos tratar de controlarla o de evitarla contándonos historias acerca de vivir hasta una edad avanzada con la esperanza de sentirnos más sólidos, más seguros, más tranquilos.
  • No sabemos cómo o cuándo moriremos; ni siquiera mientras estemos agonizando.
  • Cada persona muere a su manera.
  • El concepto de una buena muerte puede imponer una presión insoportable sobre las personas que están muriendo y sobre los cuidadores y nos puede alejar del misterio de la muerte y de la riqueza del no saber.
  • La “muerte digna” es otro concepto que se puede convertir en un impedimento ante lo que está ocurriendo realmente. La muerte puede ser muy poco digna.
  • Familiarízate con la forma en la que te escudas ante la certeza de la muerte mediante determinadas ideas o cómo puedes hacer que la historia se convierta en una balsa que te lleve a la otra orilla.
  • Aprende a acceder a ese espacio interior en calma donde reside la sabiduría, esa sabiduría que nos permite cuestionarnos, ver y aprender de todo lo que nos rodea y lo que está en nuestro interior. Esta sabiduría abarca la historia, puede darle forma; pero no es la historia.
  • Estar con aquellos que están muriendo nos ofrece una valiosa oportunidad para cuestionarnos todas nuestras historias, abandonar las versiones perjudiciales antiguas que ya no nos sirven y transformar nuestras historias en ficciones sanadoras que nos ayuden a estar presentes en nuestra vida y en nuestra muerte.
  • Nuestro cuerpo es como un imán que atrae el dolor, es parte de ser humano y no hay forma de escapar de él.
  • Nuestra cultura entera considera el dolor como un enemigo y nos enseña a hacer cualquier cosa, lo que sea, para librarnos de él. Nos vemos envueltos en el intento de escapar del dolor, a veces adormeciéndonos con una adicción y otras veces con una obsesión dañina de evitar el dolor a toda costa.
  • Nuestras vidas incluyen tanto el dolor como el sufrimiento. El dolor es incomodidad física, mientras que el sufrimiento es la historia en torno al dolor.
  • Buda: “Cuando la persona común y corriente, sin instrucción, tiene una sensación de dolor, se acongoja, se aflige, se lamenta, se golpea el pecho y se perturba, de modo que tiene dos dolores, uno físico y uno mental. Es como si le dispararan una flecha y enseguida le dispararan otra, por lo que sentirá el dolor de las dos flechas”.
  • La próxima vez que sientas dolor intenta decirte a ti mismo: “Siento dolor, pero no estoy sufriendo”.
  • El dolor no es inherentemente bueno ni malo. Es la historia que nos contamos sobre el dolor la que crea el sufrimiento.
  • Una vez le pregunté a Su Santidad el Dalai Lama qué hay que hacer cuando no se puede manejar el dolor con medios espirituales y psicológicos, y él insistió en que debemos hacer siempre todo lo posible para aliviar el dolor y el sufrimiento, ya sea con la farmacología moderna o con la meditación y el entendimiento. Según dijo, esto era ser simplemente compasivo.
  • Yo pregunté a Su Santidad el Dalai Lama si creía que suministrar medicamentos fuertes para aliviar el dolor agudo podía poner en riesgo la mente. Él afirmó enfáticamente que, aunque la medicación pudiera nublar la mente, el sustrato mental en sí no resultaba afectado.
  • Es importante abandonar todas las esperanzas y las expectativas sobre un resultado concreto. He aprendido que mi apego a un supuesto buen resultado en realidad puede causar más sufrimiento.
  • En el budismo se dice que la avaricia, el odio y la ignorancia son los tres venenos, y el Buda nos enseñó que son precisamente esos tres estados egocéntricos los que alimentan nuestro sufrimiento.
  • La raíz primaria del sufrimiento es nuestra experiencia de miedo: un miedo basado en la necesidad de preservar nuestro sentido de una identidad fija y separada.
  • Un viejo chiste dice: “La religión es para aquellas personas que tienen miedo del infierno; la espiritualidad es para aquellas personas que han pasado por el infierno”.
  • El sufrimiento es una espada de doble filo: nos puede liberar o llevar a escondernos.
  • Desde la perspectiva de muchas tradiciones de sabiduría, la muerte es vista como el momento último para la liberación total de la mente de todos los enredos, de todos los pesares, de todo estado de separación. En la aparente oscuridad de la muerte descansa la luz de la libertad, si somos capaces de percibirla.
  • Todo lo que ocurre en tu vida ocurre por la realidad de la interconexión. Tú y yo no tenemos un yo real, separado e inherente. Existismo solo a través de nuestras conexiones con cada cosa.
  • Por lo general, el sufrimiento nos empuja al camino espiritual. Cuando empezamos a explorar la verdad del sufrimiento, con frecuencia encontramos dentro de cada veneno el néctar de la sabiduría, de la bondad y del amor.
  • Recuerda un momento en el que estuvieras en una situación difícil. Puede que aún te quede energía retenida proveniente de esta dificultad. Quizá te sentiste herido, enfadado, deprimido, ofendido o asustado. Mientras recuerdas la sensación lo más vívidamente posible, inspira humo caliente, pesado, contaminado. Deja ir cualquier sentimiento de culpa o cualquier objeto de culpa. No te impliques en la historia. Más bien inspira directamente ese crudo sentimiento como el humo caliente del sufrimiento. Absórbelo a través de cada poro de tu cuerpo. Aprópiate a fondo de su calor y de su crudeza. Esta práctica requiere mucho valor.
  • Mantener organizada tu vida personal no es una gratificación opcional, sino una absoluta necesidad cuando se trata de ser útil a los demás en el mundo. No estamos separados de nada; cuando sufrimos, otros sufren. Nuestro bienestar es el bienestar de otros.
  • Cuando trabajas con personas que están muriendo necesitas que tu hogar sea un refugio, un lugar en el que descansar y recuperarte, un santuario en el que nutriste y sentirte seguro. Si intentas economizar tiempo ignorando tus necesidades personales y domésticas, quizá acabes pagando un precio con tu salud y tu estabilidad mental.
  • Todas las tradiciones espirituales del mundo comparten la creencia en la importancia del no hacer daño. Muchas veces olvidamos que no hacer daño no se aplica solamente a los demás, sino también a nosotros mismos. Te haces daño cuando descuidas tus propias necesidades, y te haces daño cuando haces daño a otros por no haberte cuidado.
  • Los cuidadores también se agotan cuando creen que no están haciendo lo suficiente por sus clientes, y como respuesta intentan compensar en exceso.
  • El equilibrio entre compasión y ecuanimidad nos permite cuidar sin que ese cuidado nos sobrepase o nos incapacite.
  • En nuestra cultura moderna del aislamiento, desconectados unos de otros y de nosotros mismos, podemos olvidar fácilmente que en el pasado la muerte tenía lugar dentro de un contexto social. Como un rito de paso que sucede dentro de una comunidad, la experiencia del morir solía involucrar a toda una familia extensa y a un pueblo.
  • En la actualidad, es frecuente que quienes brindan cuidados sientan que son los únicos disponibles para ayudar, aunque otros hayan querido hacerlo, pero se hayan visto excluidos.
  • Crear una red de personas que participen en el proceso de morir es la única manera sana y sostenible de crear un apoyo a largo plazo para todos.
  • Yo no creo que podamos hacer sanamente el trabajo de estar con los moribundos si no formamos parte de alguna comunidad.
  • No hay una forma correcta de cuidar de alguien que muere y casi todos lo hacemos lo mejor posible.
  • El marido me contó que desearía haber buscado descanso y no alivio sexual. Esta fue su conclusión mientras lidiaba con las complejidades de su duelo.
  • Por lo general, los cuidadores aprenden las lecciones más valiosas cuando una persona que está muriendo y su familia y amigos les perciben de formas poco realistas.
  • Es fácil tomarse como algo personal el afecto, la crítica o la ira de la familia o de la persona que está muriendo. Muchos de nosotros hemos sido heridos por aquellos a los que estamos cuidando.
  • Presenciar su muerte fue duro, pero más duro fue presenciar el dolor de los amigos que se habían retirado cuando se habían quedado sin fuerzas. Todo el amor y el apoyo que ofrecimos los demás no pudo aliviar el sentimiento de culpa de que debían haber hecho más. Y quizá, lo que podían haber hecho era menos.
  • Roles de cuidadores. No te sientas mal si te descubres en alguno de ellos.
    • El héroe. El heroísmo puede lelvar a un cuidador mucho más allá de lo que es sensato y compasivo. ¿Estás dedicando demasiadas horas a cuidar? ¿Estás recomendando intervenciones médicas extremas, incluso en contra de los deseos de la persona que está muriendo? El mejor antídoto para el héroe es compartir la responsabilidad.
    • El mártir. En muchos sentidos no es más que una etapa tardía del héroe agotado. Sabrás que el mártir está presente cuando te oigas decir a ti mismo sí a todo, pero internamente estés odiándolo todo. Al final se vuelven impacientes con el proceso de muerte. Para evitar que el mártir se apodere de ti, aplícate la poderosa medicina del cuidado personal.
    • El padre / la madre. Aunque seas el padre o la madre de la persona que está muriendo, identificarte con ese papel no es necesariamente la mejor manera de relacionarte con ella o contigo mismo. Empezamos a mostrar comportamientos que son controladores y literalmente paternalistas. Si te descubres controlando los detalles mínimos, dando órdenes o diciéndole a todo el mundo lo que debería ocurrir, haz una pausa. Practicar un poco el no saber permite que surja la verdad de cada situación sin que nosotros tengamos que dirigirla o controlarla.
    • El experto. Suele aparecer en los profesionales médicos desbordados por su trabajo o en los cuidadores que no se encuentran cómodos con los sentimientos intensos que se desencadenan en su interior. La solución es afrontar los sentimientos directamente.
    • El sacerdote. Actuamos en el papel cuando pensamos que tenemos todas las respuestas y que sabemos qué es lo espiritutalmente correcto para la persona que está muriendo. El antídoto para este rol es simplemente no saber. Cuando estés convencido de que savbes lo que es correcto, detente un momento y reflexiona.
  • Con demasiada frecuencia tratamos a las personas que están muriendo como si hubieran muerto, como si no tuvieran voz propia, como si no tuvieran la oportunidad de escoger cómo van a morir.
  • Cuando practicamos la mente del no saber es cuando somos más capaces de ayudar de una manera intuitiva, incluso cuando no sabemos muy bien qué hay que hacer.
  • Pregunta a la persona que está muriendo si desea quedar un rato a solas.
  • Aunque los budistas aceptan la muerte como algo inevitable, la mayoría de los budistas, igual que todos los demás, harán todo lo posible para pronlongar sus vidas.
  • No podría decir a cuántas personas he conocido que han sido resucitadas y se han sentido enfadas o decepcionadas por no habérselas permitido aceptar la muerte en sus propios términos.
  • Asumir la verdad impermanencia es una de la formas más importantes de transformar nuestra relación con el morir y con la muerte.
  • Si somos capaces de darnos cuenta de que todo aquello que apreciamos se perderá, no tendremos tanto miedo a la muerte.
  • En el budismo pensamos, meditamos y esperamos la muerte. Y cuando esta se acerca, nuestra entereza se pone a prueba.
  • Aquello que tan claramente ayuda al que está muriendo también tiene el beneficio más profundo y duradero para los que le sobreviven.
  • Todo en nuestras vidas, nuestra sabiduría inanta, nos dice que soltemos, que nos relajemos y que renunciemos a nuestros temerosos esfuerzos por controlar. Pero nuestro condicionamiento cultural y nuestra historia personal nos alientan a aferrarnos a las personas, a las experiencias y a los logros.
  • El perdón, que es una forma de rendición, con frecuencia es vuelve especialmente significativo a medida que la muerte se acerca.
  • Como cuidadores, se nos puede pedir que seamos el puente entre dos costas de culpa y de malentendidos por mucho tiempo separadas, y que ayudemos a reparar la sensación de fractura que se despertó con la pérdida anticipada.
  • Si la persona que está muriendo tiene tiempo, sus cuidadores le pueden ayudar a poner en orden sus asuntos interpersonales. Muchas veces los que le sobreviven se quedan con una sensación de asuntos sin terminar que les persigue, con heridas que lleva mucho tiempo sanar y que prolongan el duelo dándole a la vida diaria un sabor amargo.
  • Muchas tradiciones espirituales dicen que los últimos pensamientos de una persona que está muriendo son de una profunda importancia.
  • Un elemento al que hay que aproximarse sin demasiado apego es quién desea el paciente que esté presente durante su muerte.
  • Es muy habitual que las personas decidan morir cuando los cuidadores hayan abandonado la habitación; imagino que solo quieren morir tranquilos y solos. algunas personas no quieren que su familia esté allí porque sienten un vínculo muy fuerte con todos sus miembros, tanto positivo como negativo.
  • Algunas personas quieren que las sostengan mientras mueren. Otras personas no desean que las toquen; solo quieren que el cuidador esté presente. Algunas personas quieren que toda la familia esté presente. Hay personas que quieren tener el control absoluto sobre el proceso. Algunas personas desean la gracia y la libertad del silencio profundo.
  • Hay una inmensidad de costumbres diferentes, de necesidades determinadas por la cultura, de percepciones sobre la enfermedad y la muerte, de formas de intervenir, de cuestiones de edad y género, de detalles en la relación cuidador/paciente, de sistemas de creencias y de prácticas religiosas y espirituales que dan forma a nuestra relación con la comunidad.
  • El camino que recorre el proceso de morir no se suele ajustar a nuestras expectativas.
  • Una persona que está muriendo puede experimentar estados mentales angustiosos, incluyendo ira, agresividad, exacerbamiento, manía, depresión y delirios. Se nos pide que estemos ahí con todo eso. Estas experiencias son una parte normal del proceso de morir. En algunos casos pueden incluso ser beneficiosas.
  • El no saber y el ser testigo han sido durante mucho tiempo mis refugios y mis guías para estar con el proceso de muerte.
  • Estar con los que están muriendo muchas veces implica ser testigos y aceptar lo insoportable y lo inaceptable.
  • A veces, todo lo que necesita un ser querido que está teniendo una muerte difícil es permiso para irse y el conocimiento de que ha sido amado.
  • Necesitamos aprender a estar con el sufrimiento sin intentar cambiarlo o solucionarlo. Solo cuando somos capaces de estar presentes para nuestro sufrimiento, somos capaces de estar presentes para el sufrimiento de los demás y para las dificultades que puedan tener que afrontar cuando estén muriendo.
  • Al final, para ayudar a los demás tenemos que relacionarnos de forma amable con nuestro propio e nfado, nuestra impotencia y nuestra frustración, nuestras dudas, nuestras amargura y nuestro miedo. Tenemos que entrar en contacto con los obstáculos que nos impiden entender y cuidar.
  • Las muertes más inspiradoras, más amables y más instructivas que he conocido han sido las de aquellos individuos cuyas vidas se han dedicado por completo al cultivo de la conciencia interior.
  • En los contextos hospitalarios es frecuente que haya cierta resistencia ante el cuidado espiritual o religioso de las personas que están muriendo. Se considera que el trabajo que hacen aquellos que proporcionan ese tipo de cuidados no influye en nada, que realizan un trabajo “sin importancia”, mientras que el “verdadero” trabajo es el trabajo médico.
  • Con frecuencia, todo lo que necesita una persona que está muriendo es sencillez. Un cielo despejado y una habitación tranquila pueden aportar paz.
  • Lo que ocurre en torno a la persona que está muriendo es, en ocasiones, sorprendentemente divertido.
  • Cuando aceptamos la muerte como algo inevitable, no la calificamos como algo bueno o algo malo.
  • Tanto en la enfermedad como en el envejecimiento se nos da la oportunidad de experimentar aquello a lo que nos vamos a enfrentar mientras estemos muriendo.
  • La práctica de estar con los que están muriendo no termina en el momento de la muerte; como cuidadores o miembros de la familia que hemos estado presentes en la muerte de un amigo o un familiar podemos tener el privilegio de atender al cuerpo después de la muerte.
  • Hoy en día muchos de nosotros hemos perdido una conexión vital con el ciclo de la vida del nacimiento y de la muerte, cada vez más apartados como lo estamos de la comunidad tradicional y la familia extensa.
  • Nuestros antepasados han podido tener una perspectiva del morir más sana como el final natural dela vida. En cambio, a nosotros se nos enseña desde pequeños a asustarnos ante la idea de un cuerpo muerto y con frecuencia se nos “protege”, por ejemplo, de la visión de un abuelo muerto.
  • Una y otra vez he sido testigo de lo profundamente sanador que resulta para los familiares o los amigos bañar y preparar el cuerpo que han amado, como un último acto de intimidad y de respeto.
  • Personalmente, valoro ambas opciones, la donación como un regalo compasivo hacia los vivos y la opción de no alterar el cuerpo tras la muerte. Al final es una elección profundamente personal para todos. Si te es posible, pregúntale qué es lo que prefiere, y después apoya su elección.
  • A veces puede parecer que el budismo no es capaz de manejar la pena, como si la considerara una debilidad de carácter o una falta de práctica, aunque existan muchas enseñanzas budistas sobre el tierno corazón de la compasión que hace posible soportar la pena.
  • Como mamíferos establecemos vínculos complejos entre nosotros y, cuando esos vínculos se rompen, nuestros propios cuerpos lloran la pérdida.
  • Morir no es un acto individual. Con frecuencia, la persona que está muriendo es un intérprete en un drama grupal.
  • Dejamos el legado de cómo hemos experimentado nuestra muerte.
  • Como le dijo Buda a su primo Ananda, el todo de la vida sagrada son las amistades.
  • La muerte es nuestra amiga y no debe ser temida.
  • Sabiendo que la muerte es inevitable, ¿qué es lo más valioso para nosotros hoy?

Estar con los que muere de Joan Halifax – Apuntes

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