En Seattle han subido el salario mínimo, y no se aclaran sobre el porqué no ha perjudicado a la economía #Katecon2006

En torno a los niveles salariales, y su impacto en la economía más macoeconómica, hay un tema tan recurrente como las negociaciones salariales y los convenios sectoriales mismos. Efectivamente, es un tema que cada ciertos años vuelve a poblar de tinta titulares y portadas de medios tanto económicos como no económicos.

Estamos hablando de ese eterno debate sobre la conveniencia o no de subir el salario mínimo, y el impacto positivo o el deterioro que algunos ven en la economía, según sea su importe o meramente si es una subida o una bajada. En Seattle han tenido una reciente experiencia al respecto, y los resultados sobre la economía no sólo no han sido los esperados, sino que los economistas no los alcanzan a entender, y menos a ser capaces de explicarlos sin dejar margen para las dudas más sistémicas.

Un experimento en campo real que ha llevado la contraria a todos los agoreros que predecían casi una hecatombe

En Seattle Han Subido El Salario Minimo Y No Se Aclaran Sobre El Porque No Ha Perjudicado A La Economia 2

Como pueden leer en esta noticia de Bloomberg, Seattle fue una de las primeras ciudades de Estados Unidos en empezar a dar señales de vida, tras el electrocardiograma plano en el que la Gran Recesión dejó a la economía de las metrópolis estadounidenses (y mundiales). Seattle tímidamente presentaba brotes verdes (de los de verdad, no de los que sólo manchan la suela del Zapatero), pero con esa incipiente recuperación no sólo llegó un alza de ciertos indicadores macroeconómicos, sino que también giraban sensiblemente al alza los indicadores de desigualdad social en la gran urbe de la costa oeste.

Así, las autoridades locales optaron por valorar subir el salario mínimo en la ciudad, como forma de atajar esa tendencia creciente de la desigualdad. Una parte importante del sector económico estadounidense y de Think Tanks muy infuyentes se les echaron encima, y predijeron un futuro económico desolador para la ciudad, con mayores niveles de paro y una vuelta a la reciente depresión económica tras el desastre de Lehman Brothers.

Esto supuso en su momento una gran controversia especialmente desafiante, y puso a prueba las convicciones más férreas de los gobernantes locales. Debemos ponernos en situación y recordar que, tras la Gran Recesión, y en una ciudad donde por fin veian tímidos atisbos de recuperación, era toda una gesta tomar unas medidas tan trasgresoras en EEUU, y por las que muchos economistas y académicos les acusaban de enterrar una tímida recuperación económica aún muy renqueante.

Las categóricas predicciones de gran parte del mundo económico de EEUU dejaban tan poco margen para la ambigüedad como llegaban a ser incluso osadamente específicas: auguraban un panorama especialmente desolador en concreto para el sector de la hostelería de la ciudad, uno de los empleadores de bajo coste más importantes de su tejido socioeconómico. Desde muchos sectores se llegó a calificar la nueva medida económica “Seattleliana” como “un mero intento estúpido de elevar los estándares de vida de la ciudad”.

Pero en economía muchas veces las cosas no son lo que parecían, ni el futuro lo que se esperaba

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Pero, especialmente en el mundo económico, muchas veces a la realidad le encanta llevar la contraria por las bravas a muchos economistas (de cualquier color político según sea la ocasión). Tras subir el salario mínimo a 15$/hora, la economía de Seattle no sólo se resintió, sino que demostró un renovado vigor, que no hizo sino reforzar la por entonces todavía incipiente recuperación económica. Eso además de, obviamente, reducir también los índices de desigualdad social que habían empezado a alarmar a las autoridades locales, y que habían dado origen a lo que resultó ser toda la prueba de campo en la mayor (y capitalista) economía del planeta.

Aunque en su momento supuso un efímero punto de refuerzo para los más agoreros, lo cierto es que la realidad hizo que tan sólo una cadena de pizzerias bajase la persiana definitivamente tras la subida. Sólo por llevar la contraria, no sólo no cerraron más negocios de hostelería, sino que se abrieron multitud de ellos, y el sector hostelero en concreto experimentó una marcada y sostenida tendencia al alza como pueden ver en el gráfico del enlace anterior de Bloomberg. Por otro lado, los trabajadores del segmento de salarios mínimos pasaron a trabajar menos horas, pero ganando más en el cómputo total de ingresos por trabajador.

En términos más generales, el crecimiento económico de Seattle resultó demostrar una solidez tal, que a nadie le queda ya la sombra de la duda de que el balance de los aspectos positivos de subir el salario mínimo han superado con creces el de los aspectos negativos (al menos en este caso concreto). Tan sólo se puede poner un “pero” con fundamento, y es que, en el segmento de salarios mínimos, los trabajadores con mayor experiencia fueron los más beneficiados, pero apenas nadie parece darle demasiada importancia al dato, y de hecho otras ciudades han replicado o van a replicar la medida, incluida la influyente y puntera Nueva York.

Debemos saber ver en Seattle más allá de simplemente si conviene subir o no el salario mínimo

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El caso (con tintes académicos) de Seattle es doblemente significativo, y lo revelador va mucho más allá de la simple pregunta de si subir el salario mínimo crea o destruye empleo, y si mejora o perjudica a la economía. En primer lugar, lo relevante del caso viene porque, cuando en la ciudad decidieron subir por ley el salario mínimo, muchos medios y Think Tanks estadounidense se llevaron las manos a la cabeza, y predijeron taxativamente que la ciudad iba a sufrir una calamidad económica por haberse atrevido a semejante medida.

La realidad ha traído datos tangibles de que ha ocurrido exactamente lo contrario a lo que muchos economistas estadounidenses predecían con rotundidad. Quedó patente una de las tesis del espíritu crítico más constructivo de estas líneas, y es que no todo debe ser directamente liberalismo en la economía, sino sólo en aquellos asuntos en los que la solución que aporte el liberalismo sea la adecuada (que ni lo es siempre, ni lo es nunca).

El segundo aspecto interesante del estudio de campo que ha supuesto la experiencia “Seattleliana” es especialmente relevante para unas líneas como las presentes, que asignan también una importancia mayúscula a otros aspectos más socioeconómicos, y menos puramente económicos y econométricos. Ya saben que un servidor no concibe la tradicional disociación con bisturi de economía y sociedad, y por el contrario apostamos por una realidad socioeconómica donde ambas confluyen. Por mucho que a algunos les pese, economía y sociedad dependen mútuamente la una de la otra, y se interrelacionan poderosamente moldeando tanto las cifras económicas más objetivas, como las proyecciones de futuro más subjetivas.

El hecho es que, en socioeconomía, desde aquí consideramos esencial por parte del tejido económico poseer un buen sentido de la autocrítica, que permita a todo dirigente y agente económico ser capaz de correjir sus propios errores, y adaptarse a una realidad económica siempre cambiante. Enriquecerse con otras opiniones diferentes es además también otra de las claves para ser capaces de formarse la opinión más adecuada para cada caso, porque ni nadie lleva siempre la razón, ni a nadie se le puede ocurrir (ni saberlo) todo. La disidencia económica no sólo es algo a tolerar, sino que es un tesoro a preservar como oro en paño: nunca se sabe qué escuela económica será la que nos pueda sacar de un atolladero en el futuro.

Paradójicamente, y para alegría de un servidor, uno de los grupos de académicos que más claramente muchos tomaron como base para vaticinar un desastre económico en Seattle, la Universidad de Washington y su estudio sobre el salario mínimo de 2017, demostró ser capaz de realizar todo un alarde de autocrítica, y reconoció los errores propios, saliendo reforzado en opinión de los sectores más constructivos (como nosotros). El estudio había cometido errores como pasar por alto estudiar el impacto de esta medida en los grandes empleadores de salarios mínimos, muchos de ellos además de carácter interestatal, y que además habían resultado ser el objetivo principal de la nueva política salarial de Seattle, incluso con medidas especiales para ellos como un salario mínimo aún más alto.

Como también relata Bloomberg, otro aspecto esencial que se pasó por alto en este estudio que había hecho las delicias más liberales, fue el hecho de que, ya en 1994, los economistas Alan Krueger y David Card demostraron cómo los aumentos de salario mínimo graduales y no drásticos no tenían por qué reducir el empleo ni impactar en las horas trabajadas de una forma significativa. La reacción de los responsables del estudio de la Universidad de Washington fue peinarse por dentro y tratar de incorporar los nuevos datos a nuevas investigaciones, demostrando que su objetivo real no era llevar razón, sino llegar a la teoría más correcta.

Seattle ha resultado ser más que un caso de estudio: es un caso de re-estudio (para los que sean capaces de hacer autocrítica)

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La trasgresión salmón que ha supuesto el caso del salario mínimo de Seattle en la cuna del capitalismo ha marcado una vez más y con línea roja las diferencias entre los que son capaces de admitir que estaban equivocados, y tratan de aprender de sus errores anteriores y corregir, y los que se empecinan en persistir en un error que los datos han demostrado evidente. Los segundos no han tenido otra escapatoria mas que ignorar ladinamente esos datos de Seattle tan contradictoriamente descarados, y algunos no dudarán en volver a repetir el mismo discurso inmovilista pasado un tiempo, cuando los datos económicos se vayan difuminando y la memoria del mundo económico se vaya disipando.

Independientemente de la capacidad de autocrítica, tampoco se puede calificar de buen economista a nadie que niegue en la teoría o en la práctica el hecho innegable de que la economía es un sistema muy muy muy complejo. Le que afectan multitud de variables y relaciones que son imposibles de ponderar en todo su potencial para poder así hacer predicciones que nunca fallen. Y sí: ante la tan manida pregunta de si subir el salario mínimo mejora o perjudica a la economía, una respuesta única y salomónica es un craso error.

Efectivamente, la respuesta a una pregunta tan sencilla para los más autosuficientes, pero tan compleja en el fondo para los más detallistas, depende entre otras cosas del momento económico de cada zona económica en la que se pretende subir ese salario mínimo. Es esencial tener en cuenta puntos como su relación con variables como la propensión marginal al gasto, que indica cómo ese extra de ingresos se va a traducir en consumo.

Esta última relación varía sensiblemente entre booms y crisis, y sin duda su impacto cambia y añade un factor de impredecibilidad a los que ni la tienen en cuenta con recetas hieráticas para todos los tiempos. Dicho en palabras simples, subir el salario mínimo puede no impulsar la economía (e incluso deteriorarla de forma importante) si en ese momento de crisis el que recibe ingresos extra decide ahorrarlos por miedo o por necesidad.

Y este razonamiento de hecho parece confirmar el momento óptimo en el que se pudo hacer efectiva la subida de salario mínimo en Seattle: cuando la recuperación se hacía notar y el consumidor ganaba confianza (y ganas de gastar) en el futuro económico. Muy probablemente éste fue el motivo por el cual la gente a la que se puso más dinero en el bolsillo fue más propensa a gastarlo y tirar de la economía para acabar de sacarla del atolladero.

Cuando se evita el hacer difícil política socioeconómica, para hacer política ramplona

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Pero por poner la guinda al matizado artículo de hoy, y la nota de color con tintes más políticos, hay que decir que, lamentablemente, nuestras conclusiones de hoy no van a ser del agrado de muchos políticos. Para nuestra desgracia, nuestros políticos mayormente buscan inculcar y predicar recetas perennes, que inevitablemente acaban siendo más caducas que un haya en otoño.

Para ellos, es mucho más efectivo un discurso económico fácil e inmovilista, que los votantes repitan como un mantra, y que les permita tener más votos cautivos e incondicionales, y menos votos críticos de valor democráctico real y de calidad. Porque los “dependes” como el del salario mínimo les da a los más políticos auténtico pavor, puesto que les supone un sano espíritu crítico por parte de sus votantes que les mantiene en una constante tela de juicio, que muchos no quieren ni aunque les vaya la salud del sistema en ello.

Y claro, además eso les hace a ellos tener que trabajar y analizar constantemente para adaptarse a una realidad político-económica siempre cambiante. Casi todo buen (o más bien mal) político prefiere suicidamente siempre aquello de “más vale votante en mano, que ciento volando”. Y si además esos votantes pueden ser todos cazados para siempre jamás y con un único tiro-eslógan, pues la captación les resulta mucho más eficiente.

Otra cosa es que luego, para cuando llegue la próxima gran crisis, su desafinada puntería (por falta de práctica) ya no les dé para acercarse ni al borde de la diana. Diría que muchos están instalados en el cortoplacismo de cazar votantes, en vez de en el cometido democráctico de atinar a resolver los problemas de los ciudadanos de forma óptima. Así ocurre también con el tema del salario mínimo: prefieren hacer política que hacer socioeconomía (de la de verdad). Y luego pagamos todos por esas políticas tan erróneas que acaban por agostar todo atisbo de brote verde en vez de regarlos.

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