EL SENDERO INICIÁTICO EXPLICADO POR GOTTFRIED DE PURUCKER

Llegando ahora directamente al tema de la disciplina real en el entrenamiento esotérico, a todos los neófitos se les enseña desde el principio que el primer paso es «vivir para beneficiar a la humanidad», y el segundo paso es practicar en su vida diaria las «seis virtudes gloriosas» o paramitas.
Y hasta que no haya abandonado absolutamente cualquier deseo de beneficio o ganancia personal, el discípulo no es ni siquiera apto para intentar recorrer el camino. Él deberá primero comenzar a vivir para el mundo y cuando su alma esté avivada por un deseo impersonal, entonces él estará al menos listo para intentarlo.
Y tal vez la cosa más importante que debe entender el aspirante es que aunque el sendero iniciático esta casi constantemente representado como uno camino de abatimiento, tristeza y de un auto-sacrificio constante, esto solo es una forma de parafrasear la verdad. De hecho, es el camino más jubiloso de la vida y la guía de conducta más elevada que los seres humanos puedan imaginar.
Aun así he pensado frecuentemente que las dificultades han sido muy enfatizadas por una muy buena razón y es para prevenir que los individuos particularmente ambiciosos se precipiten hacia un camino que los más discernientes temen seguir.
Así que es bueno que esto sea así, porque los peligros de todo tipo que acosarán al postulante no entrenado y solo medio sensibilizado al progreso oculto son extremadamente reales, y las posibilidades de que él haga un paso en falso o de que sus pies queden atrapados en el fango de su propia naturaleza inferior, están tan seguros de que las advertencias que se le dan no son solo advertencias sino que también están dictadas por la más alta compasión, y están sino calculadas para señalar la necesidad de la tremenda disciplina que precede a cualquier introducción a los misterios de la existencia.
Para replantear el asunto de manera mas sucinta, el sendero del chela es uno de alegría inefable para aquellos que son capaces de seguirlo, ya que significa vivir constantemente en la parte más alta de su propia naturaleza, donde no solo la sabiduría y el conocimiento residen, sino también la expansión continua de la compasión y el amor para incluir al universo entero en su comprensión envolvente.
Sin duda sus bellezas son tan sublimes que casi siempre se tiende un velo sobre ellas para que los incautos no se sientan tentados a traspasar regiones en las que sus pulmones no pueden respirar de ninguna manera.
Nuestra civilización occidental a olvidado por demasiado tiempo, y a pesar de las enseñanzas éticas de su aceptada religión cristiana, que la vida del espíritu mientras se encuentre en el cuerpo es la única vida que vale la pena, y de hecho es una preparación para vivir conscientemente y sin disminución de las facultades o el poder mas allá de los portales de la muerte.
El discipulado es por lo tanto el aprendizaje para estar “en casa” en los distintos reinos a la esfera física; y debiera ser evidente que el individuo sin entrenamiento estaría tan desprotegido como un bebé recién nacido si tuviera que enfrentarse a las condiciones extremadamente cambiantes que lo confrontarían a cada paso si de repente lo echaran en estos otros mundos.
El entrenamiento esotérico es el resultado de casi innumerables edades del estudio más cuidadoso realizado por los más grandes sabios y mentes más nobles que la raza humana ha producido.
No se trata de un estudio arbitrario de las reglas que el estudiante debe seguir, y aunque se espera que siga ciertas reglas, también es igualmente la superación (o conversión en el sentido original de esta palabra latina) de lo personal a lo espiritual, y la eliminación de todas las limitaciones que pertenecen a la vida ordinaria, para de esta forma acceder a las facultades y los poderes y los campos más amplios de acción a los que pertenece el iniciado o adepto de acuerdo con su grado de crecimiento.
No hay nada tan engañoso como las falsas luces de Maya [la ilusión que yace en el mundo manifestado]. Frecuentemente las flores más hermosas contienen un veneno mortífero, ya sea en el botón o en las espinas; y de la misma manera la atracción de Maya trae la muerte al alma.
Y es por eso que no se permite a ningún discípulo cultivar poderes psíquicos hasta que la gran cimentación haya sido colocada en la evocación de las energías y facultades intelectuales y espirituales superiores: visión, voluntad, control interior y un corazón lleno de amor para todos.
Tal es la ley y por lo tanto, no solo está prohibido que el principiante gane y use poderes por el momento están latentes dentro de él, y que despierte las facultades que aún no están a su alcance, sino que también las facultades que ya le hallan llegado a través de karmas pasados y que nazcan con ese despertar, tiene que abandonar su actividad cuando comience con su entrenamiento. Y esto por la razón de que tal entrenamiento es integral, y con esto quiero decir que cada parte de la naturaleza debe ser traída en una relación armoniosa y simétrica con cada otra parte antes de poder transitar por el camino iniciático con toda seguridad.
Sin embargo, llega un momento en que se toma al alumno individualmente de la mano y se le instruye cómo liberar al alma para que el cuerpo la paralice menos, y también cómo volverse más noble en todos los sentidos, y esto mediante ciertas reglas de práctica, conducta y pensamiento. Primero: la filosofía, saber algo sobre la vida en el universo; Segundo, la disciplina; Y tercero, los misterios. Ese es el orden, y hasta en cierta medida avanzan de manera concurrente, aunque cada una es enfatizada en especial cuando llega su momento de abordarla.
Para entra más en detalle: la primera, la filosofía, comprende la enseñanza con una cierta cantidad de disciplina, intuición e indicación de lo que son los misterios. La segunda, la disciplina, con la que igualmente hay enseñanzas, pero sobre todo se le enseña al neófito a controlarse a si mismo, y también una indicación de cómo hacer para obtener una mayor intimidad con los Misterios. Y luego, en tercer lugar, los misterios, lo que se denomina ocultismo práctico cuando el individuo trabaja y es enseñado para liberar el espíritu que tiene dentro así como sus facultades, mientras experimenta una más elevada disciplina y filosofía.
Siete son los grados de iniciación. Los primeros tres son escuelas de aprendizaje y disciplina. El cuarto es similar pero mucho más intenso porque en él comienza el ciclo más noble del entrenamiento iniciático.
Depende del individuo el progreso que tendrá. El discípulo es un hombre libre, con libre albedrío, y es su destino convertirse en un ser divino que toma una parte consciente en el gobierno del universo. Por lo tanto él deberá elegir su propio camino, pero siendo precavido al ejercitar la divina facultad del libre albedrío, de no caer en el sendero izquierdo por el ego o el egoísmo al que es propenso. Y es que el peligro acecha a cada paso, peligro que no esta fuera sino en él mismo.
A menudo se pregunta qué garantía puede ofrecer un aspirante a que las enseñanzas se den por injustas y quizás indiscriminadamente. Y la respuesta es que no hay garantía absoluta. Y esta es una de las razones por las que las líneas son trazadas de manera tan estricta y la razón por la que el toque debe ser el correcto.
Una de las protecciones en contra de la traición de la enseñanza de los grados superiores es el hecho de que el mundo no las entendería. Las personas siempre consideran las cosas que no entienden como tonterías: ¡cuántos genios en el comienzo de sus carreras no se han considerado al menos en parte locos!
Otra protección es que cada individuo que pertenece a uno de los grados superiores sabe perfectamente que una sola traición significa la cesación para él de todas las enseñanzas para el futuro, y que cada nuevo grado explica las enseñanzas dadas en el anterior. En consecuencia, por ejemplo una traición en el tercer grado significaría traicionar el “velo” que por si solo debe ser explicado o dejado atrás en el cuarto grado, y así sucesivamente en los grados posteriores.
Por lo tanto, la disciplina es esencial a lo largo de toda la línea y difiere de aquella que prevalece en todas las etapas de las relaciones humanas solo en esto, que es el origen de aquellos principios espirituales y éticos que han guiado a las civilizaciones del pasado y a los pueblos que las construyeron. La base de esta disciplina es el olvido de uno mismo, y para lograr esto, otras reglas menores han sido introducidas por los sabios y videntes que fueron los fundadores de las escuelas místicas de las épocas anteriores.
Las reglas son simples en sí mismas, tan simples que los novatos, al no ser versados ​​en el código de lo oculto, a menudo se sienten decepcionados por no encontrar algo más difícil que lograr, olvidando que las verdades más grandes siempre son las más simples. Y una de esas reglas es nunca contraatacar, nunca tomar represalias; Mejor sufrir injusticia en silencio.
Otra es nunca justificarse, tener paciencia y dejar que el karma se ajuste a la ley superior. Y todavía otra, y posiblemente la más grande regla de disciplina, es aprender a perdonar y a amar. Entonces todo lo demás llegará de manera natural, colándose en la conciencia silenciosamente, y uno sabrá las reglas de manera intuitiva, y estará sufriendo con paciencia, compasión y un gran corazón.
¿No podemos ver la belleza en no desquitarse, en no intentar justificarse y en perdonar las injurias, en el silencio?
Uno no puede tomar estas reglas demasiado a pecho, pero aun así deben seguirse de manera impersonal para que no haya la posibilidad de nutrir heridas reales o imaginarias, porque cualquier sensación de injusticia sería en sí mismo fatal para la evolución espiritual, y por lo tanto debe evitarse ya sea de forma pasiva o activa.
El motivo de la prohibición de cualquier esfuerzo de autodefensa en casos de ataque o acusación es el entrenamiento en el autocontrol y el entrenamiento en el amor. Porque no hay disciplina tan efectiva como el esfuerzo iniciado por uno mismo. Además, la actitud de defensa no solo endurece la periferia del huevo áurico, sino que también lo endurece en toda su extensión; y enfatiza el yo personal inferior cada vez que es un entrenamiento en la dirección inversa, o sea que tiende hacia la desintegración, al descontento y al odio. Dejemos pues que la ley kármica siga su curso.
Uno ejercita el juicio y la discriminación de un modo extremadamente elevado se gana conciencia de la efectividad de esta práctica. Y entre más siente el hombre que a la luz de su conciencia ha actuado bien, más el sentimiento de herida, el deseo de desquitarse y la necesidad de auto justificarse se vuelven pequeños e innecesarios. La conciencia de lo correcto trae el perdón y el deseo de vivir en el entendimiento y la compasión.
Pero no confundamos la regla con respecto a la auto justificación con aquellas responsabilidades que, como hombres y mujeres honestos, podemos ser llamados a cumplir. Y así por ejemplo puede ser un claro deber defender activamente un principio que está en juego, o ponerse del lado de quien este siendo atacado injustamente.
Hay bondad en ser rígido y firme, en rehusarse a participar en hacer el mal. El crimen sentimental de permitir que el mal se haga ante nuestros ojos, y por ende participar en él por temor a lastimar los sentimientos de alguien, es una debilidad moral que conduce a la degradación espiritual. Sin embargo, cuando nosotros mismos somos atacados, es preferible sufrir en silencio. Sólo raramente necesitamos justificar nuestros propios actos.
(Observación de Cid: aquí yo no estoy de acuerdo con Purucker porque considero que actuar con amor no significa dejarse maltratar sino aprender a lidiar con la agresividad y la maldad de los demás con discernimiento y sabiduría.)
Superar el ansia de querer probar “que estamos en lo correcto” podría verse como un ejercicio negativo, pero encontraremos que requiere de una acción interior muy positiva. Es un ejercicio intelectual y espiritual que enseña autocontrol y brinda ecuanimidad. Y al practicarlo, poco a poco, intuitivamente uno comienza a ver la posición del otro.
Sin embargo, nuevamente existe un peligro sutil, ya que esta práctica puede volverse tan atractiva después de haberla seguido fielmente durante algún tiempo, que existe un riesgo real de generar y cultivar un orgullo espiritual en el éxito alcanzado hasta ahora. Y esto es algo que uno debe vigilar y arrancar de su alma.
He conocido a hombres que lucharon y se esforzaron tanto para ser buenos que dejaron un rastro de corazones rotos detrás de ellos, destrozadas esperanzas de otras almas humanas, miseria traída a otros por su frenético deseo de ser buenos. Querían avanzar tanto que olvidaron ser humanos.
¿Está mal leer un buen libro, hacer ejercicio saludable o disfrutar de la comida que comemos?
Por supuesto que no. Pero si uno está tan fuertemente ligado a algo que le proporciona un placer extraordinario y por consiguiente descuida sus compromisos, entonces uno debe acabar con ese apego, porque esta causando daño. Ya no es un placer inocente, se ha convertido en un vicio.
La respuesta simple es olvidarnos de nosotros mismos y hacer lo que podamos para beneficiar a otros, y seremos felices, espiritual e intelectualmente fuertes, y seremos respetados; y por sobre todas las cosas nos respetaremos a nosotros mismos.
Y esto nos lleva a otro pensamiento: es raro que cometamos nuestros peores errores a través de nuestros vicios; y la razón es que una vez que reconocemos nuestros vicios como tales, muy rara vez nos dejamos llevar por ellos. De hecho, nuestros errores mas serios, tanto de sentimientos como de juicio, generalmente se levantan de nuestras virtudes, lo cual es una paradoja cuya fuerza psicológica crece sobre nosotros cuando lo meditamos.
Esto puede ilustrarse observando la historia de la Europa medieval. Creo que es erróneo suponer que los monjes fanáticos o los gobernadores eclesiásticos que incitaron a esas impactantes persecuciones religiosas eran humanos diabólicos que deliberadamente exageraban las formas de torturar las mentes y cuerpos de sus infortunados semejantes que cayeron en su poder. Lo que hicieron fue diabólico y profundamente perverso, pero surgió de sus virtudes que, como fueron tan grotescamente abusadas, se convirtieron en vicios despreciables.
Las personas más crueles por lo general no son quienes son indiferentes, sino quienes son impulsados ​​por un ideal erróneo, detrás del cual existe una fuerza moral mal utilizada. Haciendo que sus virtudes, ahora se conviertan en vicios no reconocidos, y que parezcan por el momento completamente despiadados.
Grandes pensadores como Lao-tse han señalado la confusión que existe de pensar que el hombre agresivamente virtuoso es el hombre vicioso. Es una paradoja extravagante y sin embargo una que contiene una declaración profunda de un hecho psicológico.

El hombre realmente peligroso no es el hombre malvado, porque ofende por su deformidad intelectual y moral. Es la belleza mal entendida y mal utilizada la que seduce, no solo la belleza física, sino la belleza en una virtud que se ha distorsionado y mal aplicado. La virtud misma nos eleva a los dioses; y sin embargo, son nuestras virtudes cuando se aplican incorrectamente las que nos llevan a hacer nuestras peores acciones.

Hay un profundo significado esotérico en el antiguo precepto: «ama todas las cosas, tanto grandes como pequeñas». El odio es constrictivo; construye velos alrededor del individuo, mientras que el amor rompe esos velos disolviéndolos y dándonos libertad, visión y compasión. Es como la armonía cósmica que se manifiesta en la Música de las Esferas cuando las estrellas y los planetas cantan en sus cursos. El amor, el amor impersonal, nos armoniza con el universo, y esta unión con el universo es el último y el mayor objetivo de todas las fases del ciclo iniciático.
El amor personal, por el otro lado, es poco caritativo y a menudo desagradable, ya que se concentra en un objeto; piensa en sí mismo más que en el otro; mientras que el amor impersonal se entrega plenamente, es el alma misma del sacrificio. El amor personal es el recuerdo de sí mismo, mientras que el amor impersonal es el olvido de uno mismo, y esa es la prueba de su distinción. El sentimentalismo no tiene nada que ver con eso; de hecho el sentimentalismo es un detrimento, ya que es una acentuación de la personalidad.
La emoción del amor no es amor; eso pertenece al lado psico-mental y animal de nuestro ser. En cambio cuando no ponemos fronteras o límites al actual flujo de nuestro corazón, cuando no condicionamos si extendemos o no nuestra mano protectora y de ayuda, entonces seremos como el sol dando luz y calor a todos. Y cuando el amor es desinteresado, es espiritualmente lúcido, porque su visión penetra en la verdadera esencia del Universo.
Entre otras reglas sencillas está pensar de manera impersonal todo el tiempo; en nuestros actos diarios para tratar de desviar nuestro interés de ellos en lo que respecta a cualquier beneficio personal. Y si podemos hacerlos como una obra de amor, sea lo que sea, seremos altruistas de forma natural, porque habremos perdido interés personal en el servicio de los demás. Y este es el camino real hacia el autoconocimiento, ya que no podemos volvernos universales mientras nuestra atención y pensamiento estén concentrados en el punto limitado de nuestra egoidad.
Otra espléndida regla es la que el Señor Buddha dio como una de sus enseñanzas predilectas a sus discípulos:
« Cuando surgen en la mente pensamientos malvados e indignos, imágenes de lujuria, odio y encaprichamiento, el discípulo debe ganar de estos pensamientos otras imágenes más dignas. Y cuando él induce así otras imágenes más valiosas en su mente, los pensamientos indignos, las imágenes de lujuria, odio e infatuación se detienen; y debido a que el discípulo los ha superado, su corazón interior se vuelve firme, tranquilo, unificado y fuerte. »
(Majjima Nikaya, I, 288)
Lo cual también implica que cuando somos molestados o incluso atormentados con impulsos y pensamientos egoístas y personales, debemos pensar de inmediato en sus opuestos, manteniéndolos firmes en el ojo de nuestra mente. Y así por ejemplo si tenemos un pensamiento de odio, deberíamos evocar una imagen de afecto y bondad; y si es un pensamiento de maldad, entonces debemos traer a nuestra mente la visión de un acto magnánimo y espléndido; y si es un pensamiento egoísta, entonces imagínense haciendo un acto de benevolencia, y en todo momento hay que hacerlo de modo impersonal.
Estoy inclinado a ver esta regla como la mejor de todas. Es un estudio fascinante fuera del beneficio que trae: el fortalecimiento de la voluntad, la limpieza de la visión, el refinamiento de las emociones, el estímulo de las fuerzas del corazón y el crecimiento general de la fuerza y la nobleza del carácter.
Sin embargo, cuando un pensamiento deja la mente, es imposible retirar la energía con la que lo hemos cargado, y para entonces ya es un ser elemental, comenzando su viaje hacia arriba.
(¿Nos damos cuenta de que cada ser humano es el pensamiento de su propio dios interior? Un reflejo imperfecto de ese esplendor interno, y no obstante es un hijo de los pensamientos de la divinidad interna, – aun cuando los pensamientos de los seres humanos evolucionando son entidades vivientes. ¿Las almas embrionarias se desarrollan y avanzan en el camino del crecimiento evolutivo?)
De todos modos, si los pensamientos “neutralizantes” de un carácter opuesto se envían de inmediato – pensamientos de belleza, de compasión, de perdón, de un deseo de ayuda, de aspiración – entonces los dos se unen (el pensamiento negativo y el pensamiento positivo), y los efectos de los pensamientos negativos se vuelven «inofensivos» en el sentido en que Blavatsky habla en su libro La Voz del Silencio (p. 55).
Sin embargo, repito: un pensamiento nunca puede ser eliminado. Es como una acción que una vez llevada a cabo, esta hecha para siempre, pero su efecto no es para siempre, ya que al tener un pensamiento noble o al hacer una buena acción, aunque no podamos deshacer el pasado, si podemos neutralizarlo.
Nosotros los humanos somos personales precisamente en la proporción en que la individualidad spiritual es desperdiciada en los rayos de la parte baja de nuestra constitución. Pero cuando disminuimos nuestra personalidad, liberamos la sujeción de los elementos no desarrollados en nuestro verdadero ser. Y esto significa una reunión de los rayos  hasta ahora disipados en las diversas entidades atómicas de nuestros principios inferiores, reuniéndolos en la gavilla de la individualidad, y por lo tanto volviendo a convertirnos en nuestro Ser esencial.
Y es por eso que en la Biblia está escrito que:
      «El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mi causa, la encontrará.» (Mateo10:39)
Si podemos intentar en todo momento ser desinteresados, entonces olvidaremos nuestras necesidades personales. Nuestras necesidades son un deber que debemos de atender, pero estas usualmente nos están paralizando el espíritu. Y a medida que nos esforzamos por volvernos impersonales, con el tiempo entraremos en la conciencia universal.
~ * ~
En estas pocas oraciones tenemos el secreto y la esencia del entrenamiento esotérico. Pero no se trata de eliminar a nuestra personalidad; en vez de eso usémosla cambiando la dirección de sus tendencias evolutivas para que las corrientes de su vitalidad puedan fluir hacia la conciencia superior de nuestra individualidad.
Es un pensamiento maravilloso que, en la medida en que nuestra individualidad aumenta y nuestra personalidad disminuye, nos elevamos en la escalera de la vida hacia una unión más íntima con la divinidad cósmica en el centro de nuestro sistema solar. Y esto se aplica a la vasta multitud del anfitrión humano, así como a cualquier otra entidad de avance evolutivo equivalente que posea la autoconciencia y los otros atributos que hacen al hombre: un ser humano.
Impersonalidad, altruismo y desinterés: estos son efectos mágicos sobre nuestros semejantes. Y cuando podamos aprender verdaderamente a perdonar y amar, el anhelo de nuestra alma dará un servicio sin egoísmos a la humanidad. Nadie es demasiado humilde para practicarlo, y nadie es tan exaltado para ignorarlo. Y cuanto más exaltada sea la posición, más imperativo es el llamado al deber.
Posiblemente enfrentaremos al mundo de manera solitaria, pero aunque caigamos una y otra vez, podemos levantarnos y recordar que las fuerzas del universo están de nuestro lado. El corazón del Ser está con nosotros y en última instancia ganaremos porque nada puede resistir el fuego sutil y penetrante del amor impersonal.
En el hombre se encuentra el camino a la sabiduría: el que se conoce a sí mismo y cuya naturaleza espiritual se manifiesta en mayor grado, puede comprender los movimientos de los planetas. Y aquel cuyo yo interno está aún más evolucionado puede confabular con los seres que gobiernan y guían nuestro sistema solar. Y aquel cuyo ser entero está aún más desplegado puede penetrar en al menos uno de los arcanos del macrocosmos.
Y así sucesivamente indefinidamente. Cuanto mayor es el desarrollo, mayor es la visión y más profunda es la comprensión. El camino hacia el Ser universal es el camino que cada individuo debe recorrer él mismo si desea crecer, evolucionar. Nadie más puede crecer por nosotros, y solo podemos crecer siguiendo las líneas establecidas por la naturaleza y que es la estructura de nuestro propio ser.
El Hombre sin duda es un misterio: debajo de la superficie y detrás del velo está el misterio de la individualidad, la cual es una carrera que se extiende hacia eternidades lejanas. El hombre es esencialmente una energía divina envuelta por velos.
(Extraído de su libro “Fountain-Source of Occultism”)

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