Me sorprende cuando me encuentro opiniones formadas y prejuicios con respecto al Yoga que provienen de personas que jamás han acudido a una clase con un buen/a profesor/a. Una de las opiniones más extendidas es tal vez que se precisan ciertas condiciones físicas para poder practicarlo, siendo sobre todo una de ellas, la flexibilidad.

Tal vez parte de la culpa para que esta idea esté tan sumamente generalizada es la gran proliferación de imágenes de cuerpos formidables en posturas muy avanzadas, y que precisan de una flexibilidad y fuerza dignas de acróbatas del Circo del Sol. Sin embargo, yo nunca pensé que debía de reunir ciertas condiciones para ello, porque sinceramente, muy mal me hubiese ido de pensarlo así. Posiblemente yo era una de las personas más sedentarias de mi entorno cuando comencé a practicarlo.

Lleva tiempo dando vueltas en mi cabecita la idea de reflejar en alguna entrada de este blog alguna de mis experiencias y/o vivencias, así que he pensado que hoy viernes, en lugar del acostumbrado Viernes de Reflexión, podía contaros cómo fue mi primer paso en este camino.

Jamás fui una niña que destacara en gimnasia; ni siquiera destacaba jugando a la comba o a la goma… eso si, me gustaba mucho jugar a ambas y día tras día jugaba con mis amigas en el recreo (y algún que otro amigo que se apuntaba de vez en cuando) y nunca me daba por vencida. Ni una sola vez conseguí realizar el pino, mucho menos una voltereta lateral o el puente. De hecho varias veces acabé con la nariz sangrando, dolorida e inflamada con mis intentos de colocarme cabeza abajo. En el colegio, en las horas de gimnasia, el potro lo saltaba con dificultad.

Cuando comencé a interesarme por el baloncesto (ya que nuestro profesor en segundo ciclo de E.G.B. era un gran aficionado), quiso la suerte que me detectaran una escoliosis (desviación de la columna vertebral). En aquella época y tras visitas a médicos, radiografías periódicas, sesiones de ejercicios de rehabilitación y revisiones, tras 6 meses no había otro camino: tenía que llevar un corsé ortopédico (incluso a la hora de dormir por las noches). Corsé que llevé durante 3 largos años. Por consiguiente, dado mi problema y mi grado de movilidad con dicho artefacto, estuve exenta de gimnasia y sólo realizaba ciertos ejercicios de rehabilitación en mi casa.

Es posible que dicho corsé hiciera que mi escoliosis no fuera a más, pero también es cierto que la musculatura de mi cuello, espalda y de mis abdominales quedara totalmente hipotónica (de hecho en la actualidad, tras un accidente de tráfico, cuando algún lesionado tiene una cervicalgia, raramente colocan un collarín, porque se han dado cuenta de lo contraproducente de dicha inmovilización para la musculatura).

Muchos años más tarde probé en un gimnasio unas clases de aerobic… no eran para mí. Sólo veía a otras chias mirándome por encima del hombro y si eran monas, pavoneándose por la sala y el vestuario (por suerte, sólo unas pocas eran así). También probé los típicos aparatos y pesas… tampoco eran para mí, me aburría y me daba la sensación de que todo era muy mecánico y que aquéllo era «sufrir por sufrir».

Bastante tiempo después comencé a hacer Aikido junto con mi marido, comenzando los dos al mismo tiempo. Tras unos meses me lesioné de una forma bastante tonta. Giré de pie y me encontré con un hoyo en el tatami que yo no conocía (de hecho me enteré dos años después que fue a consecuencia del mismo… por muy increíble que parezca… aunque eso es otra historia). El resultado fue un esguince en el pie derecho. Acudí a urgencias, me pusieron la férula mal, tuve que volver a ir ante el dolor que iba en aumento, volvieron a ponerme otra férula (en esta ocasión bajo la atenta supervisión del traumatólogo que me reconoció). Pero ahí no acabó la cosa y para evitar una caída en casa apoyé dicho pie con la férula aún puesta. El segundo fue peor que el primero, claro está. Siguieron meses y meses de rehabilitación y mi tobillo no llegó nunca a recuperarse al cien por cien.

Así llegó el momento en que pensé que debía buscar algo «más tranquilo» que no conllevara realizar rodamientos como en el Aikido. Automáticamente pensé en el Yoga. Siempre me había llamado la atención sin saber muy bien el porqué… tal vez la única visión que tenía de dicha disciplina era a través de Ramiro Calle en algún programa de RTVE.

Así fue como un cuerpo nada acostumbrado al ejercicio físico, con años de rehabilitación y con una lesión reciente dio su primer paso en la práctica del Yoga. Y así fue como mi ser se sintió atendido y cuidado en toda su extensión. Porque de pronto encontré que no sólo importaba el cuerpo físico, sino que también cuidaba y nutría mente y espíritu. Así fue como fuí «tocada por el Yoga».

Foto realizada en el año 2014, durante un seminario del primer módulo de
Formación de Profesorado de Hatha Yoga de la Asociación Alicantina de Yoga

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