El cráneo de Saint Aubert y el arcángel San Miguel

La leyenda que los monjes benedictinos se encargaron de construir y divulgar asegura que en 708 el obispo de Avranches, Aubert, recibió la visita del Arcángel San Miguel, quien le ordenó la construcción de un monasterio en un peñón considerado sagrado desde el neolítico y objeto de adoración pagana. Aquel lugar era conocido por entonces como Mont Tombe. Sin embargo, el obispo hizo caso omiso al Arcángel, y éste se vio obligado a reiterar su petición en una segunda aparición. Pero el clérigo volvió a desoír la voz celestial, lo que motivó el enfado de San Miguel, quien regresó por tercera vez y en esta ocasión se hizo oír de un modo imperativo: introdujo su dedo en el cráneo del incrédulo  Aubert.

El cráneo que se exhibe en la citada iglesia normanda, según la tradición. No obstante, es posible que la fundación del primer monasterio en Mont Tombe –posteriormente conocido como Mont Saint-Michel– respondiera realmente a intereses políticos del momento, puesto que se ha querido ver la devoción al Arcángel como un juramento de fidelidad al Mayordomo del Palacio Pipino de Herstal, portador de la espada de Childeberto III, como San Miguel es portador de la espada de Dios. Igualmente, pudieron subyacer intereses religiosos, dada la pugna existente con la vecina diócesis de Dol, que había consagrado al santo el peñón del Mont-Dol. De modo que finalmente se construyó el siglo VIII un primer monasterio con bloques de granito rústicamente dispuestos los unos sobre los otros dibujando un plano circular en lo alto del peñón. Posteriormente, iría conociendo sucesivas transformaciones hasta la culminación gótica que hoy se admira y a la que popularmente denominan Maravilla. Pero la historia sagrada de aquel paraje era mucho más antigua, y en realidad los benedictinos y su leyenda piadosa intentaban ocultar un pasado pagano en aquel lugar de poder.

El peñón había sido objeto de adoración desde el Neolítico. Entre el V y el III milenio antes de nuestra era, los pobladores de la zona había erigido en la cumbre del monte un dolmen sacralizando el lugar. Además, existen investigaciones que permiten afirmar que ese enclave megalítico estaba relacionado con los menhires que salpican la región, los cuales se alineaban escrupulosamente como el dolmen que coronaba el monte. Posteriormente, los celtas también advirtieron el poder que emanaba de aquel lugar y lo convirtieron en escenario de leyendas salpicadas de cataclismos marinos que, decían, habían sepultado ciudades y bosques legendarios, como el de Scissy. En los mitos celtas, Mont Saint-Michel está relacionado con Mont-Dol. Se suponía que en el primero reinaba el dios Ogmios, divinidad guerrera pero también dios de la elocuencia y la escritura. Por esto último se denomina oghámico a la especie de alfabeto compuesto por muescas y rayas grabadas en piedras y madera. Ogmios suele aparecer representado como un anciano calvo, vestido con una piel de león y armado con una maza y un arco. Es él quien conduce a  los guerreros al otro mundo. Por su parte, Mont-Dol fue consagrado al hermano y rival de Ogmios en la mitología celta, Taranis. Este último era considerado un dios menos guerrero, aunque señor del trueno y las tormentas. Se decía que Taranis había derrotado a un monstruo terrible, medio gigante medio serpiente, que amenazaba a los lugareños. Por ello se dedicó posteriormente en Mont-Dol un santuario a San Miguel, también vencedor del dragón diabólico. Es decir, que una vez más se producía la superposición del cristianismo sobre un mito pagano.

Arenas movedizas

Las mareas que se producen en la bahía de Mont Saint-Michel, de cuarenta y cinco mil hectáreas de extensión, se encuentran entre las más fuertes del mundo. En los equinoccios el mar se aleja de la tierra hasta 18 kilómetros de  distancia para, después, avanzar como una furia a más de sesenta metros por minuto. En ocasiones, el agua fluye bajo los arenales y convierte el terreno en arenas movedizas. Frente al monte, se alza en medio de la bahía la isla de
Tombelaine. 

El hombre ha ganado tierra al mar y ha canalizado los ríos que desembocan en la bahía –el Sée, el Sélune y el Couesnon–, cuyas aguas servían antes para evitar que las arenas que traen las mareas tomaran las tierras. Pero al haber sido desviados sus cauces para aumentar el terreno con fines económicos, el ecosistema se ha quebrado y se ha amenazado la propia insularidad del monte, que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979.

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