«Doce hombres sin piedad» y las emociones en la democracia

Tenía que hacer mi propio comentario ahora que estoy leyendo y corrigiendo un trabajo parcial de clase sobre la argumentación en «Doce hombres sin piedad» (Twelve Angry Men, Sidney Lumet, 1957). Me he sentido obligado e interpelado por muchos de los inteligentes textos leídos que ofrecen un poliédrico comentario de la película y de su capacidad de parábola de la deliberación en una democracia. Es muy recomendable revistar esta compañía de hombres enfadados con la mirada contemporánea de quienes hemos visto ascender y declinar el prestigio de la democracia liberal y hemos visto el declive de mujeres razonables como Hillary Clinton y el ascenso de machos enfadados como Donald Trump.

La película va de eso, de la democracia liberal, del lugar de la deliberación en ella, de los prejuicios y emociones y de la razonabilidad sensata del ciudadano medio, educado y el que recuerda los orígenes oscuros que le hicieron emigrar a un país de libertad. Reginald Rose escribió una obra de teatro con el mismo título para la CBS en 1954, el mismo año de la muerte en la cárcel  de los  judíos Julius y Ethel  Rosenberg por haber vendido secretos a la Unión Soviética. El mismo año que el Senado votó por 65 votos contra 22 una condena al senador McCarthy por haber degradado el honor del Senado por sus conductas conspiranoicas y dictatoriales que arrasaron durante una década la libertad de palabra y creatividad en Estados Unidos. La obra de teatro televisiva se convirtió en una película dirigida por Sidney Lumet y producida por Henry Fonda en 1957. Se convirtió rápidamente en una película clásica y en un icono del cine político.

Por si no lo recuerdan, es una obra que discurre en la sala donde un jurado compuesto por doce varones debe decidir el veredicto de culpabilidad para un joven portorriqueño al que se le acusa de haber asesinado a su padre. La culpabilidad implica pena de muerte y por ello debe ser decidida por unanimidad. Al comienzo se realiza una votación con once votos favorables y uno en contra, el del jurado número ocho (Henry Fonda) que expresa una duda al respecto. Así comienza una creciente tensión que enfrenta a este arquitecto tranquilo y al jurado número tres Lee J. Cobb, un irritable, resentido padre que responde con exabruptos y descalificaciones. Poco a poco el jurado número 8, que al comienzo sufre todo tipo de reproches consigue una mayoría y comienza a presionar al resto hasta que al final, desfondado, el jurado número tres acepta cambiar su voto.

Como ejemplo de filosofía política, podrían haber escrito su guión John Rawls, por su canto a la razonabilidad, o Jürgen Habermas, por su canto a la democracia deliberativa. Allí aparecen varios ejemplos de argumentos y contraargumentos que permiten examinar los entresijos de una deliberación en la que los hechos se entrecruzan con los prejuicios y las reacciones emocionales mostrando cómo pueden desmontarse las falacias. Cada jurado representa un estereotipo de ciudadano: el emigrante judío, el entrenador al que no le importa otra cosa que el deporte, el barriobajero que ha realizado el sueño americano, el viejo defensor de las tradiciones, el vendedor charlatán o el liberal ilustrado de clase media alta. Cada uno interviene en el debate con expresiones de su carácter tal como lo ha decidido el guionista. Así, su educación, lenguaje, gestos y corporalidad contribuyen a la dinámica de la controversia que ha de decidir el veredicto. El mensaje final es que la deliberación bajo las condiciones que impone la ley conduce a que salga lo mejor de los ciudadanos y produzca un resultado justo o al menos el menos injusto de los posibles.

Mis alumnos (uso el masculino inclusivamente) han visto ocasionalmente la cara oscura de la dramaturgia tal como la plantearon Rose y Lumet. En cierta forma, cincuenta años después, los estereotipos de la película permiten explicar algunos fenómenos políticos que agitan a nuestro tiempo y que han conducido al ascenso de políticas como las que representan Trump, Corban, Salvini, Bolsonaro o Abascal. Como si cincuenta años después el jurado número tres hubiese vuelto las tornas al jurado número ocho. Como si los rednecks, hillbillies, chonis y canis estuviesen rebelándose contra los pijos hipsters con títulos e arquitecto, MBA o PPE.

Es cierto: moral y políticamente, la película es dudosa en su planteamiento. Desborda de elitismo intelectualista, enfrentando la razonabilidad estoica del arquitecto educado contra la incontinencia moral y emocional, llena de prejuicios del ciudadano de abajo. Mirada desde el otro lado, el personaje de Henry Fonda, poco a poco se convierte en un acosador que emplea todos los recursos de su grupo para estrechar el cerco también emocionalmente sobre los defensores de la pena de muerte y sus débiles argumentos. De su lado está la superioridad moral, la justicia y la razonabilidad, del otro, vamos viendo, sólo hay prejuicios, desinterés por la política y palabrería. Mirada desde el otro lado, el drama de la película es una parábola de la hegemonía: la disputa por el sentido común. Al comienzo el sentido común está del lado de los que consideran culpable al acusado, al final, del lado del educado liberal. Que nos sintamos atraídos por la figura estilizada, elegante y tranquila de Henry Fonda contra el mal trajeado, gordo y sudoroso Lee J. Cobb es un instrumento eficiente de la puesta en escena. ¿Cómo no dudar de lo razonable de sus argumentos? La razón de la democracia triunfa incluso contra un torpe abogado de oficio como el que defendió malamente al acusado.

Si nos distanciamos de los dos posibles lecturas y, contrariamente al mensaje pretendido de la película, la entendemos como una expresión de una democracia agonista que enfrenta a posiciones que pretenden imponer el sentido común, podremos tal vez aprender algo sobre las dificultades que tiene la deliberación en una sociedad tensa, fracturada, enfrentada por sus prejuicios y ordenada por complejos dispositivos de poder cultural, semántico y simbólico. No funcionará la deliberación en esta sociedad si la consideramos un ejercicio bajo condiciones ideales en las que las pretensiones de validez son universalizadas y cada oponente en el discurso se pone en el lugar del otro y examina con tranquilidad las evidencias y la fuerza de las razones públicas. No. Para nada. Una deliberación bajo las constricciones de las desigualdades en el poder de la palabra y otras formas de poder solo puede conducir a que las deliberaciones así entendidas, como la película, escondan bajo la superficie de perfección lógica una despiadada lucha por el poder y diversas formas de acoso al contrario.

Una democracia radical debe ser deliberativa en un espacio agonístico donde se disputa el sentido común. Bajo estas condiciones, la lucha por la palabra, por la entrada en el espacio de la esfera pública y el reconocimiento de las propias razones, puede incluir oblicuas expresiones emocionales y torcidas expresiones que nacen de la incompetencia discursiva. Todos los fenómenos de polarización, cámaras eco, filtros burbuja, desórdenes verbales, pánicos morales y conspiranoias forman parte de la condición real sobre las que se construyen las democracias contemporáneas. Es algo más que una piadosa intención proponer diálogos tranquilos o educaciones en la ciudadanía como remedio. El aprendizaje de la experiencia colectiva, que es en lo que consiste en último extremo una democracia, implica una transformación de esta realidad de partida no por una imposición de una forma aparente de razonabilidad acosando a la otra, sino por una progresiva transformación mutua, que es en lo que consiste realmente el ponerse en el lugar del otro.

La deliberación bajo condiciones agonísticas no puede funcionar adecuadamente si no entiende las contradicciones mismas de la posibilidad de deliberar en un contexto tenso de desigualdades en el discurso.  Podríamos haber continuado la obra siendo ya nosotros jurados en la zona gris de esta realidad nebulosa. Imaginemos ahora al jurado tomándose unas cañas después del veredicto: «vale, ya hemos dejado al chico en libertad, y a lo mejor era culpable y se suma a los delincuentes del barrio. Y tú, tío listo de upper east side de Manhattan no vas a tener que sufrir la violencia en las calles, ahora incrementada por otro mas…» et cétera. La realidad brutal de nuestra sociedad continúa tras el acto bienintencionado que ha mostrado el triunfo de la razón.

Deliberar y transformar la sociedad son actos que caen o se sostienen juntos. La densidad de la esfera pública y la calidad de las deliberaciones no será nunca ajena a la densidad de los tejidos sociales y a la justicia de las posiciones de los miembros de esa sociedad. No habrá justicia sin la palabra común, sin eso que llamamos argumentar que no es sino invitar a extraer de forma común conclusiones. Pero tampoco habrá palabra común sin justicia ni resistencia al poder insolente, sin que las situaciones de opresión se desvelen en el proceso, aunque sea a través de expresiones heridas, de tormentas emocionales que la democracia ha de traducir en una disputa por el puesto común en la sociedad.

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Maestroviejo

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