El filósofo David Pastor Vico.

El filósofo David Pastor Vico es mexicano de adopción. Nació en Bélgica, donde residían sus padres, emigrantes andaluces; pasó su infancia en España, en Sevilla, pero vive en México; trabaja en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Hablamos con él de su libro Filosofía para desconfiados, de la pandemia actual y del individualismo que va carcomiendo el corazón de nuestra sociedad.

Por Julieta Lomelí Balver

La era del vacío fue publicada en 1983. El espanto frente al individualismo aparecía danzando las páginas de Lipovetsky, el fantasma merodeaba por la comunidad humana, anunciando que algún día se fortalecería, volviéndose el antihéroe de las sociedades futuras de Occidente. Han pasado ya casi cuarenta años y el individualismo perdió su carácter espectral para volverse el gran conquistador de todo ámbito humano: el «proceso de personalización», del cual escribía Lipovetsky, pasó de ser una posición liberadora que arrancaba al individuo del «orden disciplinario-revolucionario-convencional» a una completa sustracción de hombres y mujeres ante cualquier coerción u orden social, en aras del encuentro consigo mismo. Cuántas veces no hemos escuchado repetir a nuestro alrededor ese gran imperativo del nuevo siglo, uno que ordena que primero es necesario pensar en uno mismo para poder después pensar en los otros; o que ante todo lo más importante es «que mientras yo esté bien, puedo ver el mundo arder». Este «yo» de cada uno de nosotros que debería ser lo más importante sobre todo lo demás se ha vuelto un tipo de mantra de esta centuria. Sin embargo, y como David Pastor Vico escribe en Filosofía para desconfiados, la naturaleza del humano es ser, antes que todo, un ser gregario.

Últimamente he pensado que quienes no pueden mirar al otro con un auténtico compromiso están un poco muertos. No digo compromiso en el sentido de obligatoriedad, sino de comparecencia, de prometerte a los demás de verdad, aunque ni siquiera sean nada de ti, pero porque al final sí son una parte de ti. Miro en aquellos seres egoístas que aumentan cada vez más en número —y que obviamente lo hacen gracias al otro—, seres vacíos, hastiados, que en el autoengaño no dejan de sentir que la solución es la inmersión total en sí mismos, imposible e ilusoria.

Heidegger pensó muy bien como un co-estar con los otros (Mitsein), una coexistencia. Porque incluso, cuando uno crea encontrarse solo, ello nunca suprimirá la inevitable comparecencia con los demás. Escribió Heidegger en Ser y tiempo: «El estar solo es un modo deficiente del co-estar, su posibilidad es la prueba de este». No se engañen, no están hastiados del otro, sino de la negativa de no sentirse otros —en el autoengaño de afirmar su individualidad—, pero finalmente ser siempre parte del otro.

Esta rabia que he sentido en los últimos meses, desgraciadamente acentuada por la pandemia que ahora atravesamos, ha encontrado donde sublimarse, antes de estallar, en el lúcido, profundo y no por ello menos irónico libro del filósofo David Pastor Vico. En Filosofía para desconfiados —editado por Planeta— deja clarísima la moraleja de que hemos recorrido, de manera óptima, el sendero del egoísmo y del individualismo muy bien fundamentado en la estulticia y el autoengaño. Vico nos da una zarandeada con sus palabras que nos vuelve conscientes de lo ridículos que nos vemos al sentirnos el sol de un universo infinito, mientras solo somos una migaja de pan caduco, que algún sabio marinero ha tirado en la inmensidad del océano.

El ejercicio debería ser al revés: no nos conocemos a nosotros mismos aislándonos de los demás, nos conocemos a partir de los demás. Esto es algo que Occidente ha olvidado lo suficiente como para volverse una máquina de imbéciles ausentes de mínima empatía. Sobre la horrenda metástasis individualista que va carcomiendo el corazón de nuestra sociedad y otros tópicos referentes al mundo de la vida tuve la fortuna de conversar con el filósofo David Pastor Vico. (En esta ocasión vamos a romper la regla de llamar de usted a un entrevistado, porque, nos dice Pastor Vico, no le gusta, ya que «solo los estirados usan el usted»).

«La pandemia que ahora sufrimos nos ha golpeado muy duro en varias cuestiones que dábamos por resueltas ya, y parece ser que estábamos equivocados. Importa un carajo dónde se origine, ya que en pocos días se distribuye por el mundo y no exige pasaporte alguno para matar, así que no hay sitios seguros»

Me ha gustado mucho tu Filosofía para desconfiados. Tengo que admitir que me ha sorprendido la voz de profeta —perdón por los spoilers— que has construido en las últimas páginas de tu libro. Sé que hemos esperado el apocalipsis por siglos, pero me imagino que tú también te has visto sorprendido al ver cumplidas tus propias palabras que escribiste muchos meses antes de lo que ahora vivimos. Esas que, en el último capítulo del libro, vaticinaban un primer escenario apocalíptico de una pandemia por venir, que supongo, pensabas llegaría mucho después. Ante la crisis actual, paradójicamente, la pregunta por el futuro inmediato es casi una pregunta por el presente: habitamos a ciegas los instantes, desconocemos qué pasará la siguiente semana, en dos meses, o el siguiente año. ¿Qué sientes en estos momentos en que la realidad ha superado a la ficción de tus palabras?
Al principio sentía cierta satisfacción insana, sobre todo, contra quienes me tildaban de agorero, precisamente por esos vaticinios finales donde no hago más que externar tres situaciones que, en menor o mayor grado, ya hemos vivido como especie y sería de necios creer que, por haberlas pasado ya, no tuvieran que volver a repetirse. Pero esa sensación de vivir en la vanguardia del tiempo nos suele nublar lo que de certero tiene el pasado. Los avisos de lo contingente, cuando estamos nosotros de por medio, pierden eso que de azaroso les otorgamos y simplemente hay que ser hábil observador para empezar a conjeturar cuándo nos golpeará la realidad de nuevo. Y vaya que lo ha vuelto a hacer, aunque podría haber sido mucho, mucho peor.

¿Esta pandemia es parecida a la que habías pensado en tu libro o, por el contrario, una más benevolente, acaso una que no dejará la población mundial «reducida a mil millones de seres humanos»?  
Esta pandemia, en contra de la opinión de muchos que ahora pueden estar leyendo estas letras, es una oportunidad magnífica para aprender un par de cosas importantes. Sé que decir esto con más de un millón cien mil cadáveres en el mundo —más los que faltan por contabilizarse y los que aún no saben que morirán, y que podríamos ser tú y yo si no hacemos las cosas bien— puede parecer una falta de respeto. Pero si esta pandemia hubiera sido como la que vaticino vendrá en algún momento, y no la actual por SARS-CoV-2, que es mucho más benigna, ahora mismo ni tú ni yo estaríamos cruzándonos preguntas y respuestas, ni habría quien tuviera la tranquilidad espiritual de leerlas. Así que, hecho el vaticinio, solo cabe esperar esa otra peste, la de «a de veras», que cumpla con su fin malthusiano de esquilmar la población para que podamos seguir reproduciéndonos algunos siglos más antes de agotar, por fin, los recursos planetarios.

La realidad es que la pandemia que ahora sufrimos nos ha golpeado muy duro en varias cuestiones que dábamos por resueltas ya, y parece ser que estábamos equivocados. Importa un carajo dónde se origine, ya que en pocos días se distribuye por el mundo y no exige pasaporte alguno para matar, así que no hay sitios seguros, no hay zonas de confort donde atiborrarse de series cuando hablamos de virus, si no aprendemos rápidamente.

Otro ídolo caído ha sido el de la percepción de la ciencia. La ciencia es la ciencia, con sus métodos, sus tiempos y sus intereses económicos y políticos. No un sinónimo de «magia altruista». Funciona con ensayo y error, con hipótesis y con posibilidades, con fondos públicos o privados y, para colmo de males, son humanos y no dioses quienes están detrás de las investigaciones e interpretaciones de los resultados. Así que, en contra de la creencia popular de que la ciencia nos salvará ahora mismo, hay que repensar que la ciencia salvará a quienes queden vivos mañana, pero la supervivencia hoy depende de nosotros… ¡Nosotros! Esa palabra tan en desuso, ¿verdad? La reflexión sobre el «nosotros» es esa deuda pendiente que nadie quiere reconocer.

Cuando comenzó esta pesadilla provocada por el SARS-CoV-2, leí un maravilloso artículo del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, quien señalaba la diferencia entre las estrategias —suficientemente malogradas— para controlar la pandemia Occidente, y las que sí parecen haber conseguido domar la pandemia en China, Taiwán, Hong Kong, Singapur, Japón o en su originaria Corea del Sur. Dejando de lado la polémica de si ha sido o no el mejor modo de actuar frente al virus, me ha encantado una tesis que tú también compartes y es que Occidente está más bien construido por sociedades individualistas, como la nuestra, mientras que muchos de los países orientales tienden a ser más comunitarios, más responsables con el prójimo, y por lo mismo eso ha favorecido tener una consciencia y un cuidado común que han ayudado a bajar el número de contagios. Digo esto porque en las páginas de Filosofía para desconfiados encuentro una crítica severa a este individualismo exacerbado en las últimas décadas, que, como escribes, «tal y como lo entendemos y padecemos, lamentablemente parece ser un producto cultural más del animal humano occidental, en lugar de una impronta propia de nuestra condición animal». ¿Consideras que la pandemia —que es solo la raíz de muchas otras crisis por venir, como la económica, la laboral, la educativa y la crisis en temas de salud mental— nos esté orillando a algún tipo de consciencia comunitaria que nos lance a resolver, desde la fraternidad global, los enormes conflictos que ya están azotando nuestra puerta? ¿O crees, como Han escribe, que ningún virus sería capaz de revolucionar a la sociedad, y mucho menos cuando «el virus nos aísla e individualiza y no genera ningún sentimiento colectivo fuerte, porque, de algún modo, cada uno se preocupa tan solo de su propia supervivencia»?
Ver la pandemia como una posible solución a algo creo que es un error; más bien, como te decía, es un marcador fosforescente que está subrayado nuestras debilidades. La más jodida de ellas es ese concepto de sociedad que nos empeñamos en mantener vivo a costa de hipotecar el futuro de nuestros hijos. Sí, el individualismo se ha descubierto como el talón de Aquiles de una sociedad que creía que su acción moral debía ser el imperativo categórico de los que en el futuro la estudiaran, y me alegro que vaya a ser justo lo contrario y ya lo estemos empezando a comprender, al menos unos pocos, como Han. Si pensamos que gracias a la pandemia vamos a arreglar los desaguisados del individualismo capitalista y caníbal en el que vivimos y podremos arribar así a una Ítaca que rezume miel y ambrosía, volveremos a equivocarnos. Redirigir nuestro modelo social hacia un modelo más comunitario, de inspiración oriental o tribal como explico en el libro, requiere de algo que no estamos dispuestos a pagar, porque implicaría no vivirlo: de sacrificar nuestro statu quo. Cualquier cambio real, cuando hablamos de animales humanos, requiere, cuanto menos, de un par de décadas en el sentido orteguiano, unos 30 años, tiempo suficiente para no poder disfrutar en vida útil del nuevo modelo que se genere. ¿Y para qué voy a sacrificar mi ahora por un hipotético mundo mejor que no voy a poder disfrutar? Porque pensamos desde el individualismo y no desde el colectivismo. Ante el sentimiento de tribu que protege la vida de sus descendientes, nosotros solo pensamos en un egoísta aquí y ahora, a menos, claro, que vivamos en Finlandia, Islandia, Noruega… o en un poblado yanomami en el Amazonas, por ejemplo.

«El individualismo se ha descubierto como el talón de Aquiles de una sociedad que creía que su acción moral debía ser el imperativo categórico de los que en el futuro la estudiaran, y me alegro que vaya a ser justo lo contrario y ya lo estemos empezando a comprender»

Háblanos de tu perspectiva de la actualmente muy agudizada cotidianidad digital. ¿Cómo podríamos pensar en una nueva desigualdad social-digital?
Esto ya está sucediendo ante nuestras narices y no queremos verlo. Y no me refiero a la brecha económica que privilegia a unos y castra a otros muchos de la posibilidad de disfrutar de los adelantos de las TICs [Tecnologías de Información y Comunicación]. No, eso a nivel estadístico no importa porque, de no extinguirnos antes, en unos años habrá WIFI patrocinado por Coca Cola en las chozas de barro del África profunda, mucho antes que tener asegurado el suministro de agua potable, ¡acepto apuestas! No, la nueva desigualdad socio-digital que comentas está apareciendo donde menos cabía esperar, en el propio Silicon Valley. ¿Qué saben los desarrolladores de estas tecnologías de la comunicación e información para que estén prohibiendo a sus hijos el acceso a las mismas y aboguen por una educación analógica y no digital? Estos padres que eran adolescentes brillantes encerrados en garajes imaginando el futuro que hoy disfrutamos, han dado un «paso atrás» cuando se han convertido en padres responsables. Mientras sea el hijo del vecino, poco o no nada les ha importado violar su intimidad, alterar su estado de ánimo, mercadear con su información, anestesiar su pensamiento crítico; pero cuando son los suyos, la cosa cambia. Nuevamente aparece el individualismo y tenemos que estar ágiles para detectar estos movimientos, analizarlos y actuar antes de que algo nuevo nos entretenga y nos olvidemos de lo importante.

En tu libro, que publicaste unos meses antes de esta crisis sanitaria, hablas del tema del trabajo, de cómo en México se trabaja más y se gana menos que en un país como Alemania; y cómo esa falta de tiempo también se materializa en familias cada vez más disfuncionales, y en relaciones interpersonales que dejan mucho que desear. Pero ¿y ahora, con el teletrabajo?
La realidad del teletrabajo en México, que no en Alemania, por seguir con el ejemplo, es que aquí, en realidad, solo ha afectado a una franja muy concreta de la población, y sus efectos pueden ser casi considerados como anecdóticos o pasajeros cuando llegue la «vieja normalidad». Recordemos que en México ni el 70 % de la población tiene acceso a internet y la bolsa de trabajo informal, que por obvias razones no aplica para teletrabajar, supera los 30 millones de una población activa de 90. Y de los 60 millones restantes, ni el 23 % ostenta un puesto de trabajo que permita el teletrabajo. Obvio que en Alemania esto no es así, su realidad será otra. Así que realmente los problemas previos a la pandemia, en relación al trabajo, persistirán cuando la misma acabe. Y aunque para algunos el teletrabajo sea una novedad que quizá viniera para quedarse, dudo que por ello las cifras monstruosas de horas por año que ostenta México, decrezca. A pesar de ello, sin duda, sería interesante averiguar esos cambios y reacciones que el teletrabajo ha suscitado en los hogares afectados, no lo dudo.

Escribes sobre la desconfianza, sobre esa desconfianza que repele el vínculo amoroso con los demás. Esta misma desconfianza que vuelve a viejos y jóvenes impermeables a la amistad. Retando a superar el tono mayéutico de su libro, quisiera que me respondieras: ¿cómo crees que sería posible recuperar la confianza en los demás, para izar en nuestra sociedad la bandera del amor y la empatía? ¿Qué crees que sería necesario hacer para superar esa atomización humana y tejer sociedades realmente comunitarias?
Odio esa pregunta porque nunca sé qué contestar y las posibles respuestas que me vienen a la cabeza no me gustan, me incomodan. Por eso terminé Filosofía para desconfiados con los finales apocalípticos, porque, para quien supiera leerlos, las tres situaciones que planteo (pandemia, tormenta solar y guerra mundial) son, aunque muy bestias, tres formas de reiniciar todo, aprender de los errores e intentar subsanarlos para el futuro. Sea como sea, no va a ser ni fácil ni indoloro y, como mencionaba antes, si llegamos a ponernos de acuerdo para cambiar las cosas, ni tú ni yo lo veremos. Con suerte, nuestros hijos lo verán y seguro nuestros nietos. Pero de no cambiar todo, de no renovarse el modelo social hacia un «nosotros» e ir abandonando este «yo» con tan poco por recorrer ya, lo que entonces no sería seguro es si habrá condiciones necesarias para que en un futuro existan «esos nietos».

Sé que eres filósofo, pero no uno en sentido ortodoxo, porque no te veo muy casado con la idea de escribir papers y publicarlos en una revista leída tan solo por un séquito de iniciados. Sé que no te interesa esa escritura elitista y un poco despegada del mundo de la vida que a veces sí representa la escritura académica de la filosofía. En este sentido, ¿cómo ves en México la salud actual de la filosofía, dentro y fuera de la universidad?  
¡Otra pregunta difícil de contestar! Llevo casi ocho años viviendo en México y trabajando en la UNAM [Universidad Nacional Autónoma de México] en diferentes puestos de responsabilidad y, ciertamente, siempre he percibido un buen músculo filosófico que, visto desde dentro —y más siendo la universidad una casa tan grande y poderosa—, da la sensación de que goza de buena salud y vigor. El problema es que, a la par, he impartido más de 700 conferencias en ese mismo lapso, algunas dentro de la UNAM y muchísimas fuera, en otras universidades, preparatorias, secundarias, municipios, etc. Y cuando te mueves es cuando ves que ese músculo filosófico se diluye, desaparece a pesar de ser el motor y ejemplo del resto de la materia gris universitaria nacional y, en gran medida, de Latinoamérica. Pareciera que el mundo de la universidad no permeara al resto de la sociedad, incluso en espacios nobles y presuntamente dedicados al conocimiento, que aún creen que la metafísica es un tipo de arte adivinatorio, la estética un sitio donde arreglarte las uñas y la ética una cosa que dan las escuelas para no impartir religión. Pero lo desolador es ver que, ni dentro del propio ámbito universitario, la filosofía ha sido capaz de reivindicar su sitio; y no faltan profesores de cualquier otra disciplina incapaces de tomar distancia frente a supersticiones y supercherías que con una debida divulgación filosófica mínima se podrían mitigar sensiblemente.

«Pareciera que el mundo de la universidad no permeara al resto de la sociedad, incluso en espacios nobles y presuntamente dedicados al conocimiento, que aún creen que la metafísica es un tipo de arte adivinatorio, la estética un sitio donde arreglarte las uñas y la ética una cosa que dan las escuelas para no impartir religión»

Una pregunta morbosa, para superar ambigüedades. Cuando hablas de esos «filósofos escondidos en nuestras urnas de cristal polvorientas, como pájaros disecados y solos, o volantes en un cielo acotado, viendo cómo la humanidad se hace jirones sin poder hacer nada, sin ser escuchados, sin ser tomados en cuenta más que por nosotros mismos», ¿te refieres a los filósofos metidos en las facultades, o también a otros, que, por ejemplo, escriben en prensa y en revistas de divulgación, o son asesores políticos, o de algún otro órgano público?
Llámame miope, que lo soy, pero cuando leo prensa o revistas de divulgación, analizo la acción política o sufro las inclemencias de la maquinaria pública, jamás habría pensado que hubiera un filósofo detrás de estas cosas. Licenciados en filosofía no lo dudo, incluso algún doctor en Kant, tampoco lo pongo en duda, ¿pero filósofos? Eso sí que lo dudo. Y sí, mi crítica, dando contestación a tu pregunta y uniéndola con la anterior, es de esa endogamia filosófica cavernaria que desde hace años carcome al templo de Sofía. Entiendo perfectamente el feo vicio de la subsistencia, yo mismo confieso que gusto de comer al menos tres veces al día, y que el sistema de recompensas de la academia favorece la mutación del licenciado en filosofía en funcionario burócrata y que, si lo hace bien y paga por publicar en ciertos sitios: manda papers y va a congresos en Japón con cuatro asistentes, esto le traiga alguna que otra dádiva pecuniaria. Entiendo también la magistral sentencia que asegura que «hay gente pa’to». Pero cerrando la cuestión y con el único fin de seguir haciendo amigos, sí me refiero en ese fragmento de mi libro —cuando hablo de los filósofos escondidos en sus urnas— a la filosofía confinada en la academia que provoca, entre otras cosas, que alguien de la calle pueda asegurar que «Walter Mercado fue un gran metafísico».

Me gustaría que nos contaras un poco más sobre los motivos, el público —joven o no tan joven— al que quieres llegar. ¿Cuál es ese resorte que te empuja a escribir divulgación de la filosofía, y no, por ejemplo, una larga perorata académica solo para los iniciados?
Desde hace más de veinte años me dedico a la divulgación de la filosofía y el pensamiento crítico. Desde entonces me preguntaban por cuándo iba a escribir algo y siempre contestaba lo mismo: «No tengo nada que decir». Pero el búho de Minerva ya sabemos cómo las gasta, y ahora que las canas han aparecido, y aunque aún me considero joven, la respuesta a la misma pregunta ha cambiado. Cambiar de país, abandonar Sevilla y aterrizar en México, impartir conferencias y, sobre todo, conocer las diferentes realidades de este apasionante país, han sido esa chispa que ha provocado mi necesidad de compartir lo poco que creo saber. Pero como la mayor parte de mi público siempre ha sido y es gente no versada en la filosofía, al escribir es a ellos a quienes tengo en la cabeza, no al colega filósofo. Por ello, Filosofía para desconfiados está escrito así, con peras y manzanas, con capas y capas que permiten al neófito avistar nuevos horizontes. Y al versado y docto, esbozar una sonrisa si va rápido, o disfrutar encontrando los huevos de Pascua que he ido dejando en cada párrafo, al igual que he hecho en esta entrevista.

Para ti, ¿cómo y qué debería hacer un filósofo actualmente, si hipotéticamente pensáramos en el ideal de una figura intelectual de verdadero impacto social?
Creo que nuestro papel debería ser, al menos, visible. Creo que con eso me conformo. Si pides que me extienda, te diré que debemos reivindicar nuestro espacio en los medios de comunicación. No debemos conformarnos con publicar 200 ejemplares en «editoriales de prestigio», necesitamos publicar miles de ejemplares en editoriales comerciales. Me repugna ver que en esas tiendas donde puedes comprar desde libros a telescopios, los pocos libros de filosofía están en los estantes de autoayuda. ¿Cuándo hemos dejado que esto suceda? ¿Cuánto más lo vamos a permitir? Los gurús de la autoayuda ahora se rebautizan como coach de vida, o peor aún, practican el coaching ontológico. Ante dicha situación no he visto a nadie de la academia hervir en cólera y golpear con el martillo nietzscheano a estos oportunistas, vividores y usurpadores. Mal, muy mal, el filósofo tiene que mancharse de barro y mierda las sandalias y la toga, no encaramarse al Olimpo, porque de ser así, entonces Epicuro tendría razón, y los dioses, de existir, no nos sirven de nada, y además les importamos un pito. Debemos de dejar de hablar lento, en voz queda, hay que hablar más deprisa, con palabras que todos entiendan. Alzar más la voz, aunque escueza a pieles sensibles. Que, para darnos palmaditas en la espalda, siempre tendremos nuestros espacios. O somos visibles, o desapareceremos entre las pajas sucias, como nos diría el bueno de Kafka.

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Antía Bentancort

Activista incondicional de la unicidad humana. ¡Todos somos únicos, con un poder único, una genialidad única y una manera única de enriquecer este mundo!

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