Cristóbal Colón y las capitulaciones de Santa Fe

Colón en la corte de Fernando el Católico. Xilografía según un óleo de Wenzel Von Brozik. Siglo XIX.

No era la primera vez que los Reyes Católicos y Cristóbal Colón se veían las caras. El navegante genovés ya les había expuesto su descabellada (para algunos) idea de embarcarse rumbo a Asia cruzando el océano Atlántico a finales de 1491. Los reyes lo recibieron en Santa Fe (Granada) y rehusaron garantizarle su apoyo, lo que hizo que Colón marchara al monasterio onubense de la Rábida. Allí, tras unas semanas de reflexión y apoyado por fray Juan Pérez, monje del monasterio que siempre creyó en su empresa, gestó un último intento para conseguir la venia de los reyes. Pérez había sido confesor de la reina Isabel y confió que ella le atendería si se lo pedía.

Así pues los reyes, ya con la Reconquista finalizada tras años de guerra, recibieron a Colón en Santa Fe. Aprovechando el éxtasis religioso de los reyes el navegante ligó su aventurera empresa con la cristianización del lugar al que esperaba llegar pues, según afirmó, el viaje permitiría llevar ayuda a los cristianos del continente, trabajar por la conversión de los infieles y, por si fuera poco, usar los beneficios económicos de la empresa para financiar una cruzada que liberara Jerusalén de los musulmanes.

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Apoyo de personas cercanas a la Corte

Varios personajes cercanos a la corte apoyaron la empresa de Colón y fueron esenciales a la hora de convencer definitivamente a los Reyes Católicos. El cardenal Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo, medió para que estos le dieran audiencia llegando a afirmar de él que se trataba de un “hombre cuerdo y de buen ingenio y habilidad”. Diego de Deza, dominico y miembro del consejo de Salamanca, se quedó impresionado por los argumentos de Colón, llegando a interceder a su favor ante la reina. Luis de Santángel, receptor de las rentas eclesiásticas de Aragón, fue quien convenció a la reina de que aceptara todas las condiciones del genovés. Beatriz de Bobadilla, Marquesa de Moya, y el duque de Medinaceli influyeron igualmente para que la reina Isabel le diera audiencia y para que cediese ante las demandas de Cristobal Colón.

Así pues, los argumentos acabaron por convencer a Fernando e Isabel, llegando a admitir las enormes exigencias del genovés en términos de autoridad personal y de beneficios económicos, tal como quedaron registradas en las definitivas Capitulaciones de Santa Fe, suscritas el 17 de abril de 1492.

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