Confianza: el “pegamento” de la vida y de todas las relaciones

La confianza es el eslabón de acero que consolida toda relación significativa, ahí donde las personas se regalan las mejores amistades, amores o relaciones partiendo siempre de la integridad y la coherencia. Pocas dimensiones psicológicas son tan vitales, tan nutritivas a la vez que complejas como el permitirnos confiar en alguien, como depositar parte de nosotros mismos en otra persona.

Si pensamos en ello durante un momento, nos daremos cuenta de que la confianza habita de forma implícita en gran parte de las actividades que hacemos a diario. Subir a un taxi, por ejemplo, implica confiar en la persona que conduce el vehículo. Ir al médico, someternos a una operación conlleva tener que confiar en la pericia del profesional.

Asimismo, cada vez que salimos a la calle confiamos en que nadie va a hacernos daño, en que nuestros amigos lo seguirán siendo, en que la calma y el equilibrio de ayer en nuestra sociedad, seguirá hoy del mismo modo, con sus normas, con su armonía dentro del caos, su equilibrio dentro ruido del día a día.

Así, y en caso de no pensarlo de este modo y de percibir nuestra realidad desde la desconfianza permanente, la incertidumbre y el miedo, caeríamos en una especie de neurosis temible, en una serie de trastornos psicológicos donde nos sería imposible realizar cualquier actividad y menos aún, asentar cualquier tipo de vínculo saludable con otras personas.

La desconfianza nos “desconecta” de la vida y nos deja arrinconados en un espacio oscuro, amenazante, nada cómodo. Esto es así por una razón muy simple: las personas somos seres sociales por naturaleza, estamos hechos para conectar con los nuestros. Cuando esto no sucede o más aún, cuando experimentamos la decepción o la traición en piel propia, nuestro cerebro lo interpretará como una herida real, profunda y dolorosa…

Mano con agua

La neurociencia de la confianza

Santiago experimentó hace años la peor traición de su vida. Su mejor amigo, compañero de estudios y colega de profesión en una misma empresa, se adjudicó como propio un proyecto que diseñaron entre ambos. De aquello hace ya bastante tiempo, y aunque muchos le siguen recomendando que sea capaz de perdonar y de avanzar sin rencor, nuestro protagonista se siente incapaz de hacerlo; es más, desde entonces su carácter se ha vuelto algo más hermético, prudente y ante todo desconfiado.

Santiago describía aquella amistad como un baile en el aire entre dos trapecistas. Juntos asumieron riesgos y más de algún desafío, sin embargo él nunca experimentó miedo alguno: las manos de aquel amigo estaban siempre ahí para alcanzarlo en las alturas tras cualquier pirueta. Hasta que de pronto, lo dejó caer, sin más. Desde entonces el dolor perdura de una manera incisiva.

Todas estas sensaciones se explican a nivel neurológico por una serie de procesos muy concretos y reveladores.

La oxitocina

Tal y como nos revelan múltiples expertos sobre el tema, la oxitocina sería en realidad el auténtico “pegamento” de nuestras relaciones sociales. Ella: la que conforma el vínculo de la confianza, la que nos hace ser generosos y la que interpreta estos gestos como positivos y enriquecedores.

De este modo, cuando lo que experimentamos es justo lo opuesto a este tipo de procesos, el cerebro lo interpreta como una amenaza, dando paso así a la liberación de cortisol: la hormona del estrés y la ansiedad.

Oxitocina

 La corteza prefrontal medial

Cualquier proceso social al que le atribuyamos un valor positivo estimula al instante un área muy concreta: la corteza prefrontal medial. Esta área de nuestro cerebro se relaciona con las recompensas y con las emociones positivas. Asimismo, también es en esta zona donde consolidamos muchos de esos recuerdos asociados a nuestras relaciones para tomar decisiones en base a ellas.

De este modo, algo que ha podido verse es que la calidad de todos estos procesos basados en la sociabilidad positiva conforman un cerebro más fuerte, con menos sensación de miedo, de incertidumbres y angustias vitales. Sin embargo, basta a veces con experimentar una traición como la de nuestro protagonista para que parte de esa actividad neurobiológica se altere por completo.

De hecho, las decepciones emocionales estimulan las mismas áreas del dolor que cuando experimentamos una quemadura en la piel. Todo ello nos conduce sin duda a concluir que el comportamiento prosocial más sincero y las relaciones de confianza más íntimas son claves para nuestro bienestar. Experimentar lo contrario supone en muchos casos sentirnos desplazados, desconectados de la vida durante un tiempo determinado…

La confianza, una actitud hacia la vida

Todos hemos experimentado en primera persona las emociones que emergen de una decepción. Sabemos qué sabor tiene y por qué nuestro cerebro interpreta esta falta de armonía como una quemadura, como el quebranto a un bien precioso que concebíamos como irrompible y perdurable. Es común sentirnos humillados y peor aún, pensar que semejante agravio es responsabilidad nuestra por haber confiado.

Nada más lejos de la realidad. El error nunca estará en quien confía, porque esa es nuestra naturaleza, porque confiar es una necesidad instintiva de nuestro cerebro. El error, el auténtico agravio está en quien traiciona, porque nada es tan ofensivo como romper los lazos sociales por beneficio propio, nada es tan ilógico como ir en contra de uno de los principios más básicos de la humanidad, como es la convivencia, el respeto al grupo y a quienes confían en nosotros.

Árbol donde hay una puera

Sin embargo, hay un principio básico en todo esto que no podemos olvidar. Más allá de cómo nos traten en ciertos momentos algunas personas, debemos ser capaces de mirar más allá. Es necesario entender que la confianza es una actitud hacia la vida en general, no hacia unos nombres en concreto que un día nos hicieron daño. Vivir, avanzar y crecer implica asumir que a veces hay ciertos riesgos, que lo que hoy nos parece seguro mañana puede ser falible. 

La confianza es un modo de responder, una actitud hacia el presente que nos permitirá llegar hasta un futuro más feliz, más libre, más íntegro.

Imágenes cortesía de Tomasz Alen Kopera

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