Con ojos de neonato

Reconocemos un rostro en una nube o en una mancha sobre la pared. Pero nuestro cerebro nos permite distinguir de manera inmediata los objetos inertes de los que tienen vida. Hemos evolucionado en un ambiente que incluye muchos tipos de agentes animados: presas, depredadores, potenciales compañeros sexuales, individuos de la misma especie que pueden ser amistosos u hostiles. Detectar su presencia y entrever sus intenciones resulta fundamental para la supervivencia y reproducción humanas.

De hecho, el comportamiento y la semblanza de los agentes animados difieren mucho de los que muestran los objetos inertes. Los primeros se mueven por sí solos, como si dispusieran de un impulso interno de energía, mientras que los inertes consiguen desplazarse como resultado de una acción: un golpe que le propina otro objeto, por ejemplo. Parece lógico creer que con la experiencia aprendamos a distinguir estas dos categorías fundamentales de entidades que nos rodean. Las investigaciones han demostrado que los humanos, de la misma manera que gran parte de los animales, nacemos pertrechados biológicamente para reconocer las señales asociadas a la presencia de otros seres animados y a responder en consecuencia.

El estudio de los mecanismos neurobiológicos que nos permiten reconocer la condición animada de un agente ha ocupado el foco principal de nuestras investigaciones en los últimos cinco años. Los hallazgos pueden arrojar luz sobre el conocimiento de los trastornos del desarrollo neurológico asociados a la formación del denominado cerebro social.

Cuestión de velocidad

La historia de estos trabajos arranca en los años setenta del siglo pasado, concretamente en la Universidad de Cambridge, donde un grupo dirigido por el neurobiólogo Gabriel Horn estudió las bases neurológicas de la impronta de la cría de pollo doméstico. La impronta consiste en una forma de aprendizaje fácil de observar en los animales que presentan un desarrollo precoz, como las crías de pato o los polluelos. Estas criaturas nidífugas pueden moverse de forma autónoma inmediatamente después de la eclosión del huevo. Además, el primer agente al que se les expone tras nacer, normalmente por un escaso período de tiempo (algunas horas), se queda grabado en su memoria y lo reconocen como compañero social.

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