Carta abierta a LETIZIA ORTIZ

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Se quitó mucho, pero tal vez se quitó lo bueno.

Señora Ortiz,

Para bien o para mal, y desde luego porque Ud. lo ha provocado, siempre ha sido Ud. objeto de gran atención mediática, cosechando, como es inevitable, críticas de todo tipo, como yo misma me he permitido comentar tanto su comportamiento infantil y caprichoso  en la Biblioteca de Zacatecas durante la visita oficial a su México lindo y querido, como también lo inapropiado de su vestido de rayas verticales, de serpiente venenosa o de condenada a galeras, el día de la cena en el Pardo con los presidentes de Argentina o su obsesión transhumanista por lucir un rostro y una figura que desafían el tiempo y la gravedad, dos enemigos invencibles, le aseguro.
Pero desde el rifirrafe a la salida de la Catedral de Palma,  observo una verdadera operación de acoso y derribo hacia su persona, y me imagino que no debe ser un plato de gusto para una persona tan pediente de la opinión ajena, aunque su perfeccionismo se limite al vestido, los zapatos, las arrugas y el pintalabios y se olvida de lo más importante: el comportamiento adecuado, el trato amable y el gesto elegante que todos esperamos de la reina de España.
España es un país surrealista, por eso es la única monarquía del mundo que tiene una reina republicana.
Y llegamos al motivo de esta carta abierta. Aunque ya sé que Ud. no me contestará, yo me atrevo a preguntarle:
Si no le gusta esquiar.
Si no le gusta Marivent, ni veranear en Mallorca, uno de los lugares más bellos del planeta.
Si no le gusta navegar.
Si no le gustan los amigos de la pandilla de su marido por lo que nunca sale con ellos.
Si no le gustan los perros y ordenó abandonar a su suerte y de la forma más inhumana a Pushkin, el perro adorado de su esposo. 
Si no soporta a nadie de su familia política hasta el punto de poner en peligro la monarquía  el domingo de Pascua al impedir  que sus hijas se hagan un simple foto con la abuela.
Eso a nivel familiar. 
Pero en lo que respecta a su cargo, y probablemente porque no cree en la monarquía, tampoco parece disfrutar de ser la reina de España, ni estar dispuesta a asumir todo lo que el protocolo supone, como el tener que atender a largos y tediosos actos oficiales (hasta el final) u oficios religiosos cuando es atea, o la obligación del decoro, la discreción y los modales necesarios en tantas ceremonias. 
Resumiendo, no parece que haya ningún amor, cariño ni interés sincero hacia nada de lo que, se supone, ha elegido con plena conciencia.
Por todo esto, no encuentro respuesta a mi pregunta:
¿¿por qué se casó con Felipe??  

¿Para ser la española más famosa de España?
¿Para poder operarse cada semana?
¿Para poder tener el ropero más engalanado y la mayor colección de zapatos del mundo mundial?
¿De verdad se casó para ser una celebrity de revista del corazón
Y poder decir «soy la madre de la reina de España»?

En 1993, la esposa del emperador de Japón se retiró de los actos oficiales, desapareció de la vida pública. Según dijeron, debido al terrible acoso de la prensa hacia su persona, enmudeció. No podía hablar. Esta dama se retiró elegantemente de la escena oficial, disculpándose por ello. Y todos la respetaron. Se me ocurre que Ud. podría hacer lo mismo antes de que esto pase a mayores: retírese de la escena y pase a una vida discreta, así dejará de meter la pata y hará un favor a su marido, a sus hijas y a España. Parece mejor solución que el divorcio. Entiendo que dado su carácter imperativo y afán de protagonismo, puede ser un remedio doloroso, pero creo que es lo más sensato, sano y seguro, porque el número de enemigos que está cosechando puede llegar impedirle salir en público.
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Tal vez piense alguien que por qué no le hago la pregunta a Felipe. Pues simplemente porque es evidente que la que decidió casarse fue ella. 

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