Bebés en el ­laboratorio

Karl, de siete meses de edad, se muestra animoso, sin duda la mejor condición para lo que le espera: participar en un estudio del Instituto de Psicología de la Universidad de Heidelberg. Los inves­tigadores, bajo la dirección de Sabina Pauen, del Departamento de Psicología Biológica y del Desarrollo, estudian el modo en que el cerebro de los lactantes procesa la información sensorial. Del cúmulo de datos que obtienen de participantes como Karl extraen conclusiones sobre la forma en que los bebés experimentan y captan el mundo que los rodea.

«Investigamos el desarrollo cognitivo en la edad prelingüística, cuando todavía no se puede preguntar a los niños qué perciben o piensan», explica la psicóloga Stefanie Höhl. «Por ello debemos recurrir a métodos alternativos», señala. Una de las estrategias consiste en registrar los movimientos oculares de los bebés, es decir, observar adónde miran y durante cuánto tiempo. Con ayuda de la electroencefalografía (EEG) se miden, la actividad eléctrica para averiguar qué pasa en su cabeza. «Si estudiamos el comportamiento de un niño pequeño solo conocemos el resultado de un proceso cognitivo; por ejemplo, si mira una imagen durante mucho tiempo podemos deducir que, probablemente, le resulta interesante. La medición con EEG revela, además, cómo reacciona su cerebro ante los estímulos en centésimas de segundo», añade.

La EEG, un técnica completamente inocua, se aplicó por primera vez al final de los años veinte del siglo XX. Ahora se utiliza de forma habitual en la práctica clínica, sobre todo, para el diagnóstico médico (para determinar la profundidad del coma o analizar los estadios del sueño, por ejemplo). Los electrodos que se colocan en la superficie del cráneo del sujeto registran diferencias de tensión de unos pocos microvoltios que acompañan la actividad neuronal. Estas oscilaciones se producen cuando las neuronas se comunican entre sí a través de pequeñas corrientes eléctricas. La descarga coordinada de grupos más grandes de neuronas se representa gráficamente en el electroencefalograma. De este modo, los médicos obtienen información sobre el grado de actividad del cerebro del paciente, de manera que descubren si duerme, está anestesiado o incluso si está muerto.

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