«Una casa dividida contra sí misma no puede perdurar»
(Abraham Lincoln)

De la guerra de nervios previa hemos pasado al momento en que Rajoy ha optado por abandonar el juego de «El primero que se precipite, pierde» y ha movido ficha, anunciando la aplicación del artículo 155 de la Constitución en el plazo de la semana necesaria para cumplir con todos los requisitos legales que una iniciativa de tal gravedad exige. Cuenta con el respaldo del PSOE y de Ciudadanos, que han condicionado el modo en que se aplicará, buscando que el efecto traumático de una medida por ahora inédita sea el menor posible: deja la autonomía intacta, no toca las instituciones (aunque establece una suerte de tutela del gobierno central, que podrá vetar cualquier medida aprobada por el Parlament) y mantiene la estructura administrativa de la Generalitat, relevando a los cabecillas de la sedición de sus puestos, aunque incurre en un olvido aún subsanable: pretende imponerse al poder autonómico, pero deja intacto el municipal, previsible bastión de los independendentistas más recalcitrantes. ¿Qué va a pasar ahora?

El hombre de plasma y Cabezamocho ya no miran en la mis-
ma dirección. Otro romance imposible, otro desamor …

Lo que la medida adoptada supone es un giro de 180º a la situación, y cambia el orden de los movimientos en esta -hasta ahora- soporífera partida de ajedrez en que la iniciativa, hasta ahora, ha sido de los independentistas. Es la reacción de estos la que hay que esperar, siendo la insumisión la más previsible, con una declaración de independencia rotunda y clara en vez de la «suspendencia» de la kafkiana sesión del Parlament del pasado 9 de octubre. Eso haría cerrar filas a los fanáticos de la secesión y crearía un clima de revuelta que haría harto difícil la aplicación de la medida adoptada por el ejecutivo, de cuya legalidad no cabe dudar, pero sí de su eficacia si no se acompaña del respaldo de la fuerza, algo a lo que el otro autista de esta película, Mariano, se viene resistiendo más que un hipster al rasurado.

El momento entraña una serie de peligros que solo se podrán sortear andando con pies de plomo. Le toca al ejecutivo improvisar, dada la inexistencia de precedentes en cuanto a la aplicación del 155, y el buscar el consenso con las fuerzas políticas mayoritarias -excluído Podemos, cuya demagogia facilona y critica populista a toda solución que no pase por facilitar el desmembramiento de España, según las órdenes recibidas de su amo Soros está asumida en el guión- puede ser un factor retardante de lo que haya que hacer. Y lo retardante puede ser un extra en la profilaxis sexual, pero va en contra de la prontitud y diligencia que exige la acción.

«Menos daña la mala ejecución que la falta de decisión»
(Baltasar Gracián)

Con todo, lo resolutivo de la medida adoptada el sábado por el Consejo de Ministros viene a satisfacer un clamor popular por poner fin a la pesadilla que viene viviendo el país desde que estos tardo-carlistas de las Junts per el Sí se echaron al monte (significado exacto del prefijo del apellido del president catalán, «Puig» completado encima con el redundante «De Mont») en compañía de los neo-batasunos de la CUP.

Sería irónico que el pusilánime Rajoy acabara adquiriendo a ojos del electorado la talla de un verdadero estadista al desperezarse de su somnolencia y hacer, al fin, algo. La resolución de esta crisis le proporcionaría un caladero de votos que podría exceder las más optimistas previsiones de sus consejeros. Ha conseguido tapar las vergüenzas de su partido, con más causas en los tribunales que la Mafia siciliana, los chanchullos de financiación que van saliendo a la luz -con la Gürtel como mascarón de proa-, la corrupción rampante, el austericidio de los recortes, los deshaucios, la amnistía fiscal a los defraudadores, la privatización de servicios públicos, la Ley de Montes a la que tan agradecidos están los pirómanos, el vaciamiento de la Caja de Pensiones, el rescate a fondo perdido a la Banca y la instrumentalización de la Justicia a la que entregaron los ordenadores de Bárcenas con los discos duros borrados 17 veces antes de taladrarlos a lo «Saw» (o «Hostel», que yo el cine-casquería no lo domino). En el orden institucional ha conseguido otorgar relevancia a ese dinosaurio mortecino que venía siendo el Senado, donde cuenta con mayoría absoluta y de cuya aprobación previa dependen las medidas con que se reconduzca la situación. Son las ventajas de jugar la partida con blancas, aunque no aprovechar la situación para recuperar las competencias de educación y seguridad para el gobierno central sería poner las bases para una futura reedición de esta crisis.

Subterfugio independentista para atacar disimuladamente a
los guardias civiles alérgicos al polen mientras se hace uno
pasar por un pacifista. Maquiavélico a tope.

Al otro lado del Ebro, Puigdemont tiene ahora la pelota en su tejado y tal como están las cosas puede arrasarlo teja por teja para encontrarse que la pelota está deshinchada y ya no da más de sí. Puede ceder a las presiones de los radicales, proclamar la independencia y atrincherarse en el Palau para jugar a ser Allende resistiendo con sus leales al deshaucio que le han anunciado (para lo que ha enviado previamente a su familia lejos de Cataluña), solo que está por ver si la ciudadanía catalana, por mucha programación «zombie» que se la haya administrado, está por jugársela por defender los sueldos y privilegios de la casta cínica y desvergonzada que le ha conducido a este abismo. O puede reponder al guiño que le lanzaba hace unos días Soraya Sáinz de Santamaría aprovechando esta última semana que le queda de legitimidad en el cargo y convocar elecciones para desempantanar la situación, lo cual sería el único gesto posible que le haría merecedor del título de «honorable» que detenta. Jugar a «o yo o el caos» sería de una irresponsabilidad suprema, y abocaría la situación a un indeseable derramamiento de sangre que pesaría sobre todos los actores de esta -por ahora- tragicomedia bufa.

Quién te ha visto y quién te ve, ex-músico concien-
ciado y ahora talibán a tiempo completo

De momento sigue siendo el Vladimir -el Es-tragón es obvio que es Junqueras, y el chiste no es nada meritorio- de «Esperando a Godot», que cuenta con que algún mediador surgirá y le permitirá negociar de igual a igual con el gobierno central. Sus sollozos de «¡Qué injusto es lo que me pasa!» resultan de un quejica infantiloide. Su declaración «La carta europea de derechos debería protegernos» obvia que opinar es libre, pero delinquir no, y debe tener consecuencias judiciales. Ya puestos podría reclamar que le protejan la Liga de los Hombres Estraordinarios, los Cuatro Fantásticos o Iron Man, pero acudir a Europa después de que el Torquemada de su partido, un irreconocible Lluis Llach, declarara, tras el apoyo de Juncker a la legalidad constitucional, que los «líderes europeos son unos cerdos», resulta un pelín esquizofrénico.

Esto es el final de la escapada, y puede vivirse con dignidad o en plan histeria drag-queeniana, que parece que es lo que va a ocurrir. Algún día podrá inspirar un musical tipo «Rocky Horror Picture Show», pero el dramatismo de la sobreactuación en el presente resulta no ya cursi, sino absolutamente fuera de lugar.

Aceptar el correctivo, confiar en una Justicia compasiva y no seguir por la senda de dilapidar la prosperidad previa de la Comunidad Catalana (de donde ya se han marchado 1118 empresas) no sería un trago tan amargo, sobre todo si la alternativa es resistir a sangre y fuego a la legalidad. Al fin y al cabo, el compromiso de los partidos constitucionalistas es convocar nuevas elecciones al cabo de un periodo máximo de seis meses, tal vez insuficientes para volver a la normalidad, pero que ofrecen un horizonte cercano para recuperar el pleno autogobierno.

Y tal vez para que los independentistas sensatos (quiero creer que los hay) descubran que no estaban tan mal, que usar tu idioma, ver respetadas tus tradiciones, tener peso en las decisiones de España, gozar de inversiones estatales, sentir el apoyo tanto en lo bueno (Olimpiada de Barcelona) como en lo malo (atentados de las Ramblas y Cambrils) de una nación tan cohexionada como la española, recuperar las ventajas de ser un destino turístico de primer orden, y tantas otras razones para la sensatez son preferibles al suicidio que les propone la mafia del 3 % por razones harto interesadas.

Las próximas horas dirán si se imponen la sensatez o el fanatismo. Y si la última palabra la va a tener el poder ejecutivo o el ejército, facultado por el artículo octavo de la Constitución para garantizar la integridad territorial de una nación española que no puede permitirse perder este órdago porque significaría, lisa y llanamente, su desaparición.

La suerte, esta vez sí, está echada. Aunque cabe todavía una maniobra de Puigdemont que enrevese las cosas: declarar la independencia a la vez que convoca unas elecciones que presentará como «constituyentes». Y ahí habrá logrado liarla de nuevo, en lo que viene siendo su estilo «groucho-marxista»: como presidente aún en ejercicio sería un acto legítimo, ante el cual costaría mucho al gobierno de España justificar ante la UE la intervención programada de la Comunidad Autónoma. ¿Sería plenamente válida la convocatoria, con lo cual el veto previsto por la gestora que nombre el gobierno central sería, de producirse, un acto anti-jurídico por sus pretendidos efectos retroactivos? ¿Tiene autoridad legal el Senado para retrasar o paralizar un proceso electoral legítimamente convocado?

En el discurso que pronunció el sábado como respuesta al anuncio del Consejo de Ministros de que iba a aplicar el famoso artículo 155, Puigdemont declaró «Pediré al Parlament que fije la convocatoria de una sesión plenaria donde los representantes de la soberanía ciudadana, los elegidos por los votos de los ciudadanos, debatiremos y decidiremos sobre el intento de liquidar nuestro autogobierno y nuestra democracia, y actuaremos en consecuencia». Si el cambio de hoja de ruta, además, se produjera este viernes, solapándose con la sesión del Senado que debe validar la medida del gobierno central, ya tenemos nuevo «impasse» en el que los expertos jurídicos tendrán que pronunciarse acerca de una situación absolutamente inédita.

El redactor de estas líneas, que, obviamente, no es un experto en Derecho Constitucional, pero sí se tiene por tal respecto al sentido común, entiende que el único modo de determinar la validez de una convocatoria de elecciones «in extremis» es considerar si se hace antes o después de declarar la independencia.

Ja tinc la quadratura del cercle. ¡Sóc collonut!

Si se hace antes, es válida y la votación deberá materializarse en la fecha que determine el President, sin interferencia ninguna del ejecutivo central, si bien ni puede considerarse constituyente ni puede conjugarse con una Ley de Transitoriedad declarada ilegal por el Tribunal Constitucional. De esas elecciones saldría un nuevo gobierno autonómico que tendría que encarar la situación creada (y que Dios les asista).

Si el anuncio de elecciones se hace después de la DUI, sería el acto de alguien que se ha autoproclamado presidente de un Estado inexistente, pretendiendo presidir también un parlamento que se habría extralimitado en sus funciones, y que al constituirse en Asamblea Constituyente ha perdido toda legitimidad, por lo que se trataría de una convocatoria ilegal que el gobierno español no tiene por qué respetar, algo que podría -y debería- explicar a la comunidad internacional, en particular a los mandatarios europeos que Llach califica de «cerdos» (y yo empezaría por ahí, por aquello de ganarme su voluntad).

Sí, diríase que está hablando de él (el lector de-
dirá quién de acuerdo con su postura personal)

Así que por muy listo que se sienta el Sr. «Monte del Monte», vamos a ver si es capaz de coronar su artimaña con la cuadratura del círculo que supondría hacer imposible distinguir si primero ha sido la DUI y luego la convocatoria de elecciones o viceversa. Ni con el astuto Mas, su Dr. Caligari entre bambalinas, ejerciendo de portavoz simultáneo para que los dos hagan ambas proclamas a la vez, en plan José Luis Moreno y Monchito discutiendo a dos voces, veo que la cosa vaya a salir (aparte de lo revelador que sería ver a Cabezamocho confirmando su condición de mera marioneta accionada por el maquiavélico ventrílocuo Artur, y de que éste tendría que meterle la mano por algún sitio).

Sin duda «Monte al cuadrado» se halla ya preparando un discurso todavía más enrevesado que el que pronunció el 9 de octubre, y que tendrá a toda España, de nuevo, analizando qué ha dicho, qué ha dado por sobreentendido, qué ha quedado a medio decir y qué diablos viene ahora.

NOTA PERSONAL FINAL: Al menos, podemos confiar en que lo que sí vendrá como respuesta es otro discurso vibrante y claro de mi musa particular, que es fácil deducir quien es. Aunque me dará igual si no resulta vibrante y claro. Como si se sube a la tribuna y se pone a cepillarse los dientes, hacer malabares o mirar fijamente a cámara con la expresión maligna de los niños de «El pueblo de los malditos». A mí me tiene ganado de antemano. Salvo votarla, haría lo que fuera por ella …

La única figura de todo el sarao que da la talla como líder.

(posesodegerasa)

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